Nota: En esta transcripción se ha respetado la ortografía original.


El rey y Quevedo.

Felipe IV convidó un dia á tomar chocolate á nuestro célebre y chistosísimo Quevedo, que, ageno á lo que le estaba preparado, se presentó con su confianza habitual en la real cámara. El monarca habia dispuesto que su chocolate estuviese á punto de poderse beber, y el de Quevedo hirviendo. Cuando este saludó al rey, S. M., señalando con una mano el chocolate caliente y tomando con la otra el frio, le dijo:

— Vamos, amigo mio, no tenemos mas tiempo que para beberle; ánimo, pues, y concluyamos de un sorbo.

El rey lo hizo así, tambien Quevedo lo hizo; pero se abrasó las fauces, y entre una multitud de gestos y contorsiones dejó escapar un sonido de los que tienen el singular privilegio de herir á un tiempo el oido y el olfato.

— ¿Qué es eso? preguntó el monarca, amostazado por aquel esceso de confianza.

— Nada, señor, contestó impasible nuestro héroe, es un desgraciado que va huyendo de la quema.