El retablo de maese Pedro

Escritos de juventud
El retablo de maese Pedro
 de José María de Pereda


Está corrida la tela, y ofrezco a mis lectores un espectáculo tan interesante como el que ofreció Ginés de Pasamonte al famoso Caballero de la Triste Figura y demás huéspedes de la venta.

Aquí no hay Melisendras, ni Gaiferos, ni moros, ni fortalezas; pero hay mucho pájaro de cuenta que puede dar tanto juego como los autómatas reducidos a polvo por la tizona del heroico manchego.

La escena, como se ve, lo mismo puede representar una olla de grillos, que un patio de vecindad, que una plaza pública, que una nación en vías de reconstituirse.

Elijan ustedes lo que más les cuadre, y miren si no están bien propias esas nueve figuras sentadas alrededor de una mesa. La del centro y la que le sigue por la derecha son dos generales; para el uno parece que se creó el dulce placer de no hacer nada; del otro, por el contrario, podría decirse que para él no se ha creado bastante todavía en el mundo, según la cara de ambición que la distingue. La tercera figurita zurce, con un espeque y un cable, una telaraña que ha cogido del sombrero de su a látere que dormita, y a cuyo débil tegumento ha dado en la manía de llamar honra nacional. La quinta, estruja, manosea y exprime con desesperación una bolsa vacía. La sexta, echa papelitos en una cuba desfondada, que amenaza desorganizarse en sus manos. La séptima se deleita en destruir con una piqueta pequeños templos y monasterios, cuyos escombros ofrece, entre zalemas y contorsiones, a un busto de Mahoma que tiene delante, después que el personaje que le sigue ha rebuscado entre las chinitas que figuran los sillares, pedacitos de pergamino, remedos de esculturas antiguas, monedas y relicarios, que apila y clasifica con afán. El último autómata se gasta la paciencia en escribir cuartillas, salvando en unas los errores que apunta en otras.

Ese grupo que junto a la mesa agita incensarios, no tiene más incumbencia que ésa, a cambio de los mendrugos que, de cuando en cuando, les dan los nuevos señores.

Los que escriben al otro lado y no comen, harto muestran en sus fisonomías de vinagre y rescoldo que no escriben alabanzas de los que devoran.

Eso, multitud de monigotes que se agitan y manotean acá y allá figura el pueblo y los contribuyentes, que matan el hambre y el mal humor según el carácter de cada grupo, por lo cual más de dos de ellos se apalean.

Repara cómo el señor de la bolsa se levanta, da un paseo por la escena y se la presenta, como un postulante, a cada figura que revela en su porte buena posición social. Pero todos le vuelven la espalda, encogiéndose de hombros. Otros la apedrean y nadie le da un cuarto. Los de los incensarios enseñan los puños a los desdeñosos. El de la bolsa, mustio y cabizbajo, llega hasta los incensarios, y dándoles a entender que no hay más por entonces, sacude encima de ellos el polvo que aquélla conserva entre sus pliegues, y por eso le inciensan de nuevo y le adoran postrados.

Algunos grupos se amotinan al verlo y amenazan a los generales; pero éstos, con una presteza admirable, que demuestra la frecuencia con que lo hacen, se cambian la casaca; el de la piqueta destruye una catedral y el de las cuartillas escribe media docena más. -Tranquilidad por un momento. -Aprovechémosla para acabar de explicar la situación.

Se acaba de despedir el inquilino de la casona que se ve enfrente, y se trata de buscar otro de un carácter más adaptable a las exigencias de la vecindad, que, al efecto, tiene voz y voto. La elección ha de hacerse en la casa que aparece a la derecha.

Ese que se presenta por aquella bocacalle con larga viveza y una rueda de amolar es un pretendiente a la casona. Al verle, los generales dan otra vuelta a la casaca y le saludan afectuosísimos. El grupo de al lado inciensa al recién venido. Éste presenta a los nueve unos papeles, que tienen más de recibo que de solicitud.

Una especie de tití con largos bigotes de estopa, ayudado por un monigote algo carcomido y renqueando, sube sobre un guardacantón y hace que protesta contra el intruso y que arenga a los grupos, y los señala con el dedo, y después, a sí mismo, y después, a la casona, y después, a la otra casa. Y los grupos dicen que sí e injurian al de la rueda y a los de la mesa. Por eso cambian éstos otra vez la casaca, saludando al orador, y se va el de la rueda echando chispas.

Ahora aparecen nuevos personajes: uno con organillo y un mono y otro muy finchado y desdeñoso, con grandes relumbrones. Ambos vienen asidos a los faldones de la casaca de un tercero, que los presenta a los nueve de la mesa.

Reparen ustedes cómo en este asunto concurren los mismos lances que en el otro del de la rueda de amolar.

En vista de ello, los de la mesa convienen en la necesidad de elegir unos pocos que representen a la vecindad la cuestión magna. Para que la elección sea más ordenada y legal se empieza por amarrar de pies y manos al grupo que escribe y no come y no aprueba, y por echar de la plaza a cuantos piensan como él.

Elegido así el conclave, se dirige a la casa de la derecha, a cuya puerta aparecen los tres aspirantes. El del organillo toca el himno de Garibaldi a cada uno que pasa, y se descoyunta a saludos; el finchado no chista; el de la rueda brinda a los que entran con algo que no se distingue bien, pero que debe de valer mucho.

Las turbas se aglomeran a la puerta. De pronto se detienen como movidas por un resorte; algunos de los de adentro salen, se reúnen a los grupos, y todos miran aterrados hacia un punto del horizonte. -Reparen ustedes también y verán ciertos bultos negros que crecen a medida que se acercan. -Ahora se reúnen en una sola mesa, que se estira y retuerce y cada vez se acerca más.

Muge el huracán, desplómanse las chimeneas, rómpense los cristales y el monstruo se enrosca y serpentea y sigue aproximándose. Los grupos se deshacen, las tropas aparecen, los niños lloran y los perros aúllan.

Cuando en este país se arma la gran culebra que es el monstruo que ustedes están viendo, sólo Dios alcanza a verle la cola.

Nosotros la veremos en el segundo acto, por lo cual, acabado aquí el primero, echo el telón para disponer el retablo.



(De El Tío Cayetano, núm. 15.)

14 de febrero de 1869.