El purgatorio de San Patricio (Versión para imprimir)

Esta es la versión para imprimir de El purgatorio de San Patricio.

El presente texto ha sido copiado de Wikisource, biblioteca en línea de textos originales que se encuentran en dominio público o que hayan sido publicados con una licencia GFDL. Puedes visitarnos en http://es.wikisource.org/wiki/Portada



{{c|


Personas que hablan en ella:
 
• Egerio, rey de Irlanda.
• Leogario.
• Un Capitán.
• Polonia.
• Patricio.
• Lesbia.
• Ludovico.
• Philipo.
• Paulín, villano.
• Locía, villana.
• Un hombre embozado.
• Un Ángel bueno.
• Dos Canónigos Reglares.
• Un Ángel malo.
• Un viejo, de villano.
• Dos villanos.'

Pág. 1 de 6
El purgatorio de San Patricio Jornada 1 Cuadro 1 Pedro Calderón de la Barca


PRIMERA JORNADA

[CUADRO I]

Salen Egerio, rey de Irlanda, vestido de pieles; Leogario; un Capitán; Polonia y Lesbia, deteniéndole.

Rey.

Dejadme dar la muerte.

Leogario.

Señor, detente.

Capitán.

        Escucha.

Lesbia.

        Mira.

Polonia.

        Advierte.

Rey.

Dejad que desde aquella
punta vecina al sol, que de una estrella
corona su tocado,
a las saladas ondas despeñado,
baje quien tantas penas se apercibe:
muera rabiando quien rabiando vive.

Lesbia.

¿Al mar furioso vienes?

Polonia.

Durmiendo estabas; di, señor, ¿qué tienes?

Rey.

Todo el tormento eterno
de las sedientas furias del infierno,
partos de aquella fiera
de siete cuellos que la cuarta esfera
empaña con su aliento.
En fin, todo su horror y su tormento
en mi pecho se encierra,
que yo mismo a mí mismo me hago guerra
cuando, en brazos del sueño,
vivo cadáver soy; porque él es dueño
de mi vida, de suerte
que vi un pálido amago de la muerte.

Polonia.

¿Qué soñaste, que tanto te provoca?

Rey.

¡Ay, hijas! Atended: que de la boca
de un hermoso mancebo
—aunque mísero esclavo, no me atrevo
a injuriarle, y le alabo—;
al fin, que de la boca de un esclavo
una llama salía,
que en dulces rayos mansamente ardía,
y a las dos os tocaba,
hasta que en vivo fuego os abrasaba.
Yo, en medio de las dos, aunque quería
su furia resistir, ni me ofendía,
ni me tocaba el fuego.
Con esto, pues, desesperado y ciego,
despierto de un abismo,
de un sueño, de un letargo, un parasismo,
tanto mis penas creo,
que me parece que la llama veo,
y, huyendo a cada paso,
ardéis vosotras, pero yo me abraso.

Lesbia.

Fantasmas son ligeras
del sueño, que introduce estas quimeras
al alma y al sentido.

Tocan una trompeta.

Mas, ¿qué clarín es éste?

Capitán.

        Que han venido
        a nuestro puerto naves.

Polonia.

Dame licencia, gran señor, pues sabes
que un clarín, cuando suena,
es para mí la voz de la sirena;
porque a Marte inclinada,
del militar estruendo arrebatada,
su música me lleva
los sentidos tras sí; porque le deba
fama a mis hechos, cuando
llegue en ondas de fuego navegando
al sol mi nombre, y con veloces alas
allí compita a la deidad de Palas.
([Ap.] Aunque más parte debe a este cuidado,
el saber si es Filipo el que ha llegado.)

Vase.

Leogario.

Sal, señor, a la orilla
del mar, que la cabeza crespa humilla
al monte, que le da, para más pena,
en prisión de cristal, cárcel de arena.

Capitán.

Divierta tu cuidado
este monstruo nevado,
que en sus ondas dilata
a espejos de zafir, marcos de plata.

Rey.

Nada podrá alegrarme.
Tanto pudo el dolor enajenarme
de mí, que ya sospecho
que es Etna el corazón, volcán el pecho.

Lesbia.

Pues, ¿hay cosa a la vista más süave
que ver quebrando vidrios una nave,
siendo en su azul esfera,
del viento pez, y de las ondas ave,
cuando corre veloz, surca ligera,
y de dos elementos amparada,
vuela en las ondas y en los vientos nada?
Aunque agora no fuera
su vista a nuestros ojos lisonjera,
porque el mar alterado,
en piélagos de montes levantado,
riza la altiva frente,
y sañudo Neptuno,
parece que, importuno,
turbó la faz y sacudió el tridente.
Tormenta el marinero se presuma,
que se atreven al cielo
montes de sal, pirámides de yelo,
torres de nieve, alcázares de espuma.

Sale Polonia.


El purgatorio de San Patricio

Jornada primera: Cuadro 1 - Cuadro 2
Jornada segunda: Cuadro 1 - Cuadro 2 Cuadro 3
Jornada tercera Cuadro 1 - Cuadro 2 - Cuadro 3 - Cuadro 4

Pág. 2 de 6
El purgatorio de San Patricio Jornada 1 Cuadro 1 Pedro Calderón de la Barca


Polonia.

¡Gran desdicha!

Rey.

        Polonia,
¿qué es eso?

Polonia.

        Esa inconstante Babilonia,
que al cielo se levanta
—tanta es su furia y su violencia tanta—
con un furor sediento
—¿quién ha visto con sed tanto elemento?—
en sus entrañas bárbaras esconde
diversas gentes, donde
a consagrar se atreve
sepulcros de coral, tumbas de nieve
en bóvedas de plata;
porque el dios de los vientos los desata
de la prisión que asisten;
y ellos, sin ley y sin aviso, embisten
a ese bajel, cuyo clarín sonaba,
cisne que sus exequias se cantaba.
Yo, desde aquella cumbre,
que al sol se atreve a profanar la lumbre,
contenta le advertía,
por ver que era Filipo el que venía;
Filipo, que en los vientos, lisonjeras
tus armas, tremolaban sus banderas;
cuando su estrago admiro
y, cada voz envuelta en un suspiro,
desvanecí primero sus despojos,
efeto de mis labios y mis ojos,
porque dieron veloces
más agua y viento en lágrimas y voces.

Rey.

Pues, dioses inmortales,
¿cómo probáis con amenazas tales
tanto mi sufrimiento?
¿Queréis que suba a derribar violento
ese alcázar azul, siendo segundo
Nembrot, en cuyos hombros
pueda escaparse el mundo,
sin que me caüse asombros
el ver rasgar los senos
con rayos, con relámpagos y truenos?

Dentro Patricio.

Patricio.

¡Ay de mí!

Leogario.

        Triste voz.

Rey.

        ¿Qué es eso?

Capitán.

        A nado
un hombre se ha escapado
de la cruel tormenta.

Lesbia.

Y con sus brazos dar la vida intenta
a otro infelice, cuando
estaba con la muerte agonizando.

Polonia.

Mísero peregrino,
a quien el hado trujo, y el destino,
a tan remota parte,
norte vocal, mi voz podrá guiarte
si me escuchas, pues por animarte hablo:
llegad.

Salen mojados Patricio y Ludovico, abrazados los dos,
y caen saliendo cada uno a su parte.

Patricio.

        ¡Válgame Dios!

Ludovico.

        ¡Válgame el diablo!

Lesbia.

A piedad han movido.

Polonia.

Si no es a mí, que nunca la he tenido.

Patricio.

Señores, si desdichas
suelen mover los corazones dichas,
sucedidas no espero
que pueda hallarse corazón tan fiero
a quien no ablanden. Mísero y rendido,
piedad por Dios a vuestras plantas pido.

Ludovico.

Yo no, que no la quiero;
que de los hombres ni de Dios la espero.

Rey.

Decid quién sois; sabremos
la piedad y hospedaje que os debemos.
Y porque no ignoréis quién soy, primero
mi nombre he de decir; porque no quiero
que me habléis indiscretos,
ignorando quién soy, sin los respetos
a que mi vista os mueve,
y sin la adoración que se me debe.
Yo soy el rey Egerio,
digno señor deste pequeño imperio;
pequeño porque es mío,
que hasta serlo del mundo desconfío
de mi valor. El traje,
más que de rey, de bárbaro salvaje
traigo porque quisiera
fiera ansí parecer, pues que soy fiera.
A dios ninguno adoro,
que aun sus nombres ignoro,
ni aquí los adoramos ni tenemos,
que el morir y el nacer sólo creemos.
Ya que sabéis quién soy, y que fue mucha
mi majestad, decid quién sois.


El purgatorio de San Patricio

Jornada primera: Cuadro 1 - Cuadro 2
Jornada segunda: Cuadro 1 - Cuadro 2 Cuadro 3
Jornada tercera Cuadro 1 - Cuadro 2 - Cuadro 3 - Cuadro 4

Pág. 3 de 6
El purgatorio de San Patricio Jornada 1 Cuadro 1 Pedro Calderón de la Barca


Patricio.

        Escucha:
mi propio nombre es Patricio,
mi patria Irlanda o Hibernia,
mi pueblo Emptor, por humilde
y pobre sabido apenas.
Este, entre el setentrión
y el occidente, se asienta
en un monte, a quien el mar
ata con prisión estrecha,
en la isla que llamaron,
para su alabanza eterna,
gran señor, isla de santos:
tantos fueron los que en ella
dieron la vida al martirio
en religiosa defensa
de la fe; que ésta en los fieles
es la última fineza.
De un caballero irlandés,
y de una dama francesa,
su casta esposa, nací,
a quien debí en mi primera
edad—fuera deste ser—
otro de mayor nobleza,
que fue la luz de la fe
y religión verdadera
de Cristo, por el carácter
del santo bautismo, puerta
del cielo como primero
sacramento de su iglesia.
Mis piadosos padres, luego
que pagaron esta deuda
común que el hombre casado
debió a la naturaleza,
se retiraron a dos
conventos, donde en pureza
de castidad conservaron
su vida hasta la postrera
línea fatal; que rindieron,
con mil católicas muestras,
el espíritu a los cielos
y el cadáver a la tierra.
Huérfano entonces quedé
debajo de la tutela
de una divina matrona,
en cuyo poder apenas
cumplí un lustro o cinco edades
del sol, que en doradas vueltas
cinco veces ilustró
doce signos y una esfera,
cuando mostró Dios en mí
su divina omnipotencia;
que de flacos instrumentos
usa Dios porque se vea
más su majestad, y a El solo
se atribuyan sus grandezas.
Fue, pues—y saben los cielos
que no es humana soberbia,
sino celo religioso
de que sus obras se sepan,
el contarlas yo—, que un día
un ciego llegó a mis puertas,
llamado Gormas, y dijo:
«Dios me envía aquí, y ordena
que en su nombre me des vista».
Yo, rendido a su obediencia,
la señal de la cruz hice
en sus ojos, y con ella
pasaron restituidos
a la luz, de las tinieblas.
Otra vez, pues, que los cielos,
rebozados entre densas
nubes, con rayos de nieve
hicieron al mundo guerra,
cayó tanta sobre un monte
que, desatada y deshecha
a los rigores del sol,
inundaba de manera
las calles que ya las casas,
sobre las ondas violentas,
eran naves de ladrillo,
eran bajeles de piedra.
¿Quién vio fluctuar por montes?
¿Quién vio navegar por selvas?
La señal de la cruz hice
en las aguas y, suspensa
la lengua, en nombre de Dios
les mandé que se volvieran
a su centro y, recogidas,
dejaron la arena seca.
¡Oh, gran Dios! ¡Quién no te alaba!
¡Quién no te adora y confiesa!
Prodigios puedo deciros
mayores, mas la modestia
ata la lengua, enmudece
la voz y los labios sella.
Crecí, en fin, más inclinado
que a las armas a las ciencias;
y sobre todas me di
al estudio de las letras
divinas y a la lección
de los santos, cuya escuela,
celo, piedad, religión,
fe y caridad nos enseña.
En este estudio ocupado,
salí un día a la ribera
del mar con otros amigos
estudiantes, cuando a ella
llegó un bajel, y arrojando
de sus entrañas a tierra
hombres armados, cosarios
que aquestos mares infestan,
nos cautivaron a todos;
y por no perder la presa,
se hicieron al mar, y dieron
al libre viento las velas.
General deste bajel
Filipo de Roqui era,
en cuyo pecho se hallara,
a perderse, la soberbia.
Este, pues, algunos días
tierras y mares molesta
de toda Irlanda, robando
las vidas y las haciendas.
Sólo a mí me reservó;
porque me dijo que, en muestra
de rendimiento, me había
de traer a tu presencia
para esclavo tuyo. ¡Oh, cuánto,
ignorante, el hombre yerra,
que, sin consultar a Dios,
intentos suyos asienta!
Dígalo en el mar Filipo,
pues hoy, a vista de tierra,
estando sereno el cielo,
manso el aire, el agua quieta,
vio en un punto, en un instante,
sus presunciones deshechas,
pues en sus cóncavos senos
brama el viento, el mar se queja,
montes sobre montes fueron
las ondas, cuya eminencia
moja el sol, porque pretende
apagar sus luces bellas.
El fanal junto a los cielos
pareció errado cometa,
o exhalación abortada,
o desencajada estrella.
Otra vez, en lo profundo
del mar tocó las arenas,
donde, desatado en partes,
fueron las ondas funestas
monumentos de alabastro
entre corales y perlas.
Yo—a quien el cielo no sé
para qué efeto conserva,
siendo tan inútil—pude,
con más aliento y más fuerza,
no sólo darme la vida
a mí, pero aun en defensa
deste valeroso joven
aventurarla y perderla;
porque no sé qué secreto
tras él me arrebata y lleva,
que pienso que ha de pagarme
con grande logro esta deuda.
En fin, por piedad del cielo,
salimos los dos a tierra,
donde espera mi desdicha,
o donde mi dicha espera,
pues somos vuestros esclavos.
Que nuestro dolor os mueva,
que nuestro llanto os ablande,
nuestro mal os enternezca,
nuestra aflicción os provoque,
y os obliguen nuestras penas.


El purgatorio de San Patricio

Jornada primera: Cuadro 1 - Cuadro 2
Jornada segunda: Cuadro 1 - Cuadro 2 Cuadro 3
Jornada tercera Cuadro 1 - Cuadro 2 - Cuadro 3 - Cuadro 4

Pág. 4 de 6
El purgatorio de San Patricio Jornada 1 Cuadro 1 Pedro Calderón de la Barca


Rey.

        Calla, mísero cristiano,
que el alma, a tu voz atenta,
no sé que afecto la rige,
no sé qué poder la fuerza
a temerte y adorarte,
imaginando que seas
tú el esclavo que en un sueño
vi respirando centellas,
vi escupiendo vivo fuego,
de cuya llama violenta
eran mariposas mudas
mis hijas, Polonia y Lesbia.

Patricio.

La llama que de mi boca
salía es la verdadera
dotrina del evangelio;
ésta es mi palabra, y ésta
he de predicarte a ti
y a tus gentes, y por ella
cristianas vendrán a ser
tus dos hijas.

Rey.

        Calla, cierra
los labios, cristiano vil;
que me injurias y me afrentas.

Lesbia.

        Detente.

Polonia.

        ¿Pues tú, piadosa,
te pones a su defensa?

Lesbia.

        Sí.

Polonia.

        Déjale dar la muerte.

Lesbia.

        No es justo que a manos muera
de un rey.
([Ap.]
        No es sino piedad
que tengo a cristianos ésta.)

Polonia.

        Si este segundo Joseph,
como Joseph interpreta
sueños al Rey, de su efeto
ni dudes, señor, ni temas;
porque si el quemarme yo
es imaginar que pueda
ser cristiana, es imposible
tan grande como que vuelva
yo misma segunda vez
a vivir después de muerta.
Y porque a tan justo enojo
el sentimiento diviertas,
oigamos quién es esotro
pasajero.


El purgatorio de San Patricio

Jornada primera: Cuadro 1 - Cuadro 2
Jornada segunda: Cuadro 1 - Cuadro 2 Cuadro 3
Jornada tercera Cuadro 1 - Cuadro 2 - Cuadro 3 - Cuadro 4

Pág. 5 de 6
El purgatorio de San Patricio Jornada 1 Cuadro 1 Pedro Calderón de la Barca


Ludovico.

        Escucha atenta,
hermosísima deidad,
porque así mi historia empieza.
Gran Egerio, rey de Irlanda,
yo soy Ludovico Enio,
cristiano también, que sólo
en esto nos parecemos
Patricio y yo, aunque también
desconvenimos en esto,
pues después de ser cristianos
somos los dos tan opuestos,
que distamos cuanto va
desde ser malo a ser bueno.
Pero, con todo, en defensa
de la fe que adoro y creo,
perderé una y mil veces
—tanto la estimo y la precio—
la vida. Sí, ¡voto a Dios!,
que pues le juro le creo.
No te contaré piedades
ni maravillas del cielo
obradas por mí; delitos,
hurtos, muertes, sacrilegios,
traiciones, alevosías
te contaré; porque pienso
que aun es vanidad en mí
gloriarme de haberlas hecho.
En una de muchas islas
de Irlanda nací, y sospecho
que todos siete planetas,
turbados y descompuestos,
asistieron desiguales
a mi infeliz nacimiento.
La Luna me dio inconstancia
en la condición; ingenio
Mercurio—mal empleado,
mejor fuera no tenerlo—;
Venus lasciva me dio
apetitos lisonjeros,
y Marte, ánimo cruel:
¿qué no darán Marte y Venus?;
el Sol me dio condición
muy generosa, y, por serlo,
si no tengo qué gastar,
hurto y robo cuanto puedo;
Júpiter me dio soberbia
de bizarros pensamientos;
Saturno, cólera y rabia,
valor y ánimo resuelto
a traiciones; y a estas causas
se han seguido los efetos.
Mi padre, por ciertas cosas
que callo por su respeto,
de Irlanda fue desterrado.
Llegó a Perpiñán, un pueblo
de España, conmigo, entonces
de diez años poco menos,
y a los diez y seis murió:
¡téngale Dios en el cielo!
Huérfano, quedé en poder
de mis gustos y deseos,
por cuyo campo corrí
sin rienda alguna ni freno.
Los dos polos de mi vida
eran mujeres y juegos,
en quien toda se fundaba:
¡mira sobre qué cimientos!
No te podrá referir
mi lengua aquí por extenso
mis sucesos, pero haré
una breve copia dellos.
Por forzar a una doncella,
di la muerte a un noble viejo,
su padre; y, por su mujer,
a un honrado caballero
en su cama maté, donde
con ella estaba durmiendo,
y entre su sangre bañado
su honor, teatro funesto
fue el lecho, mezclando entonces
homicidio y adulterio.
Y, al fin, el padre y marido
por su honor las vidas dieron,
que hay mártires del honor:
¡téngalos Dios en el cielo!
Huyendo deste castigo,
pasé a Francia, donde pienso
que no olvidó la memoria
de mis hazañas el tiempo,
porque asistiendo a las guerras
que entonces se dispusieron
entre Ingalaterra y Francia,
yo, debajo del gobierno
de Estéfano, rey francés,
milité, y en un encuentro
que se ofreció me mostré
tanto que me dio por premio
de mi valor el Rey mismo
una bandera. No quiero
decirte si le pagué
aquella deuda. Bien presto
volví a Perpiñán honrado,
y entrando a jugar a un cuerpo
de guardia, sobre nonada
di un bofetón a un sargento,
maté a un capitán, herí
a unos tres o cuatro dellos.
A las voces acudió
toda la justicia luego,
y sobre tomar iglesia,
ya en la resistencia puesto,
a un corchete di la muerte
—algo había de hacer bueno
entre tantas cosas malas—:
¡téngale Dios en el cielo!
Toméla, en fin, en un campo,
en un sagrado convento
de religiosas que estaba
fundado en aquel desierto.
Allí estuve retirado
y regalado en estremo,
por ser allí religiosa
una dama, cuyo deudo
la puso en obligación
deste cuidado. Mi pecho,
como basilisco ya,
trocó la miel en veneno;
y pasando despeñado
desde el agrado al deseo,
monstruo que de lo imposible
se alimenta, vivo fuego
que en la resistencia crece,
llama que la aviva el viento,
disimulado enemigo
que mata a su propio dueño,
y, en fin, deseo en un hombre
que, sin dios y sin respeto,
lo abominable, lo horrible
estima por sólo serlo,
me atreví ... Turbada aquí
—si desto, señor, me acuerdo—
muda fallece la voz,
triste desmaya el acento,
el corazón a pedazos
se quiere salir del pecho,
y, como entre obscuras sombras,
se erizan barba y cabellos,
y yo, confuso y dudoso,
triste y absorto, no tengo
ánimo para decirlo,
si le tuve para hacerlo.
Tal es mi delito, en fin,
de detestable, de feo,
de sacrílego y profano
—harto ansí te lo encarezco—
que, de haberle cometido,
alguna vez me arrepiento.
En fin, me atreví una noche,
cuando el noturno silencio
construía a los mortales
breves sepulcros del sueño;
cuando los cielos tenían
corrido el escuro velo,
luto que ya, por la muerte
del sol, entapiza el viento,
y en sus exequias las aves
nocturnas, en vez de versos,
cantan caïstros, y en ondas
de zafir, con los reflejos,
las estrellas daban luces
trémulas al firmamento;
en fin, esta noche entré
por las paredes de un huerto,
de dos amigos valido,
que para tales sucesos
no falta quien acompañe,
y, entre el espanto y el miedo,
pisando en sombras mi muerte,
llegué a la celda—aquí tiemblo
de acordarme—donde estaba
mi parienta, que no quiero
por su respeto nombrarla,
ya que no por mi respeto.
Desmayada a tanto horror,
cayó rendida en el suelo,
de donde pasó a mis brazos,
y, antes que vuelta en su acuerdo
se viese, ya estaba fuera
del sagrado en un desierto,
adonde, si el cielo pudo
valerla, no quiso el cielo.
Las mujeres, persuadidas
a que son de amor efetos
las locuras, fácilmente
perdonan, y así, siguiendo
al llanto el agrado, halló
a sus desdichas consuelo;
aunque ellas eran tan grandes,
que miraba en un sujeto
escalamiento, violencia,
incesto, estupro, adulterio
al mismo Dios como esposo,
y, al fin, al fin, sacrilegio.
Desde allí, en efeto, en dos
caballos, hijos del viento,
a la huerta de Valencia
fuimos, adonde, fingiendo
que era mi mujer, vivimos
con poca paz mucho tiempo;
porque yo, hallándome—ya
gastado el poco dinero
que tenía—sin amigos,
ni esperanza de remedio
de aquestas necesidades,
para la hermosura apelo
de mi fingida mujer.
(Si hubiera de cuanto he hecho
tener vergüenza de algo,
sólo la tuviera desto,
porque es la última bajeza
a que llega el más vil pecho,
poner en venta el honor,
y poner el gusto en precio.)
Apenas, desvergonzado,
a ella le doy parte desto,
cuando cuerda me asegura,
sin estrañar el intento.
Pero, apenas a su rostro,
señor, las espaldas vuelvo,
cuando, huyendo de mí, toma
sagrado en un monasterio.
Allí, por orden de un santo
religioso, tuvo puerto
de la tormenta del mundo,
y allí murió, dando ejemplo
su culpa y su penitencia:
¡téngala Dios en el cielo!
Yo, viendo que a mis delitos
ya les viene el mundo estrecho,
y que me faltaba tierra
que me sufriese, resuelvo
el dar la vuelta a mi patria,
porque en ella, por lo menos,
estaría más seguro,
como mi amparo y mi centro,
de mis enemigos. Tomo
el camino y, en fin, llego
a Irlanda, que como madre
me recibió; pero luego
fue madrastra para mí,
pues al abrigo de un puerto
llegué, buscando viaje,
donde estaban encubiertos
en una cala cosarios,
y Filipo, que era dellos
general, me cautivó,
después, señor, de haber hecho
tan peligrosa defensa
que, aficionado a mi esfuerzo,
Filipo me aseguró
la vida. Lo que tras esto
sucedió, ya tú lo sabes;
que fue que, enojado el viento,
nos amenazó cruel
y nos castigó soberbio,
haciendo en mares y montes
tal estrago y tal esfuerzo,
que éstos hicieron donaire
de la soberbia de aquéllos.
De trabucos de cristal
combatidos sus cimientos,
caducaron las ciudades
vecinas, y por desprecio,
tiraba el mar a la tierra,
que es munición de sus senos,
en sus nácares las perlas
que engendra el veloz aliento
del aurora con rocío,
lágrimas de fuego y hielo.
y, al fin, para que en pinturas
no se vaya todo el tiempo,
sin bóvedas de alabastro,
sin salados monumentos,
se fueron todas sus gentes
a cenar a los infiernos.
Yo, que era su convidado,
también me fuera tras ellos,
si Patricio—a quien no sé
por qué causa reverencio,
mirando su rostro siempre
con temor y con respeto—
no me sacara del mar,
cuando ya rendido el pecho,
iba bebiendo la muerte,
agonizando en veneno.
Esta es mi historia, y agora,
ni vida ni piedad quiero,
ni que mis penas te ablanden,
ni que te obliguen mis ruegos,
sino que me des la muerte,
para que acabe con esto
vida de un hombre tan malo,
que a penas podrá ser bueno.


El purgatorio de San Patricio

Jornada primera: Cuadro 1 - Cuadro 2
Jornada segunda: Cuadro 1 - Cuadro 2 Cuadro 3
Jornada tercera Cuadro 1 - Cuadro 2 - Cuadro 3 - Cuadro 4

Pág. 6 de 6
El purgatorio de San Patricio Jornada 1 Cuadro 1 Pedro Calderón de la Barca


Rey.

Ludovico, aunque hayas sido
cristiano, a quien aborrezco
con tantas veras, estimo
tanto tu valor, que quiero
que en ti y Patricio se vea
mi poder a un mismo tiempo;
pues, como levanto, humillo,
y como castigo, premio.
Y así, a ti te doy los brazos
para levantarte en ellos
a mi privanza, y a ti
Arrójale en el suelo a Patricio,
        y pónele el pie.
te arrojo a mis plantas puesto,
significando a los dos
las balanzas deste peso.
Y porque veas, Patricio,
cuánto estimo y cuánto precio
tus amenazas, la vida
te dejo. Vomita el fuego
de la palabra de Dios,
para que veas en esto
que ni adoro su deidad,
ni sus maravillas temo.
Vive, pues, pero de suerte
pobre, abatido, y sujeto,
que has de servir en el campo,
como inútil; y así, quiero
que me guardes los ganados
que por esos valles tengo.
A ver si, para que salgas
a derramar ese fuego,
siendo mi esclavo, te saca
tu Dios de ese cautiverio.
Vase.

Lesbia.

A piedad Patricio mueve.

Polonia.

Sino a mí, que no la tengo;
y a moverme alguno, antes
fuera Ludovico Enio.
Vanse.

Patricio.

Ludovico, cuando humilde
en tierra estoy y te veo
en la cumbre levantado,
mayor lástima te tengo
que envidia. Cristiano eres,
aprovéchate de serlo.

Ludovico.

Déjame gozar, Patricio,
de los aplausos primero
que me ofrece la fortuna.

Patricio.

Una palabra —si puedo
esto contigo— te pido.

Ludovico.

¿Cuál es?

Patricio.

        Que vivos o muertos,
en este mundo otra vez
los dos habemos de vernos.

Ludovico.

¿Tal palabra pides?

Patricio.

        Sí.

Ludovico.

Yo la doy.

Patricio.

        Y yo la aceto.
Vanse.


El purgatorio de San Patricio

Jornada primera: Cuadro 1 - Cuadro 2
Jornada segunda: Cuadro 1 - Cuadro 2 Cuadro 3
Jornada tercera Cuadro 1 - Cuadro 2 - Cuadro 3 - Cuadro 4


FIN DEL PRIMER CUADRO DE LA PRIMERA JORNADA


Pág. 1 de 6
El purgatorio de San Patricio Jornada 1 Cuadro 1 Pedro Calderón de la Barca


PRIMERA JORNADA

[CUADRO I]

Salen Egerio, rey de Irlanda, vestido de pieles; Leogario; un Capitán; Polonia y Lesbia, deteniéndole.

Rey.

Dejadme dar la muerte.

Leogario.

Señor, detente.

Capitán.

        Escucha.

Lesbia.

        Mira.

Polonia.

        Advierte.

Rey.

Dejad que desde aquella
punta vecina al sol, que de una estrella
corona su tocado,
a las saladas ondas despeñado,
baje quien tantas penas se apercibe:
muera rabiando quien rabiando vive.

Lesbia.

¿Al mar furioso vienes?

Polonia.

Durmiendo estabas; di, señor, ¿qué tienes?

Rey.

Todo el tormento eterno
de las sedientas furias del infierno,
partos de aquella fiera
de siete cuellos que la cuarta esfera
empaña con su aliento.
En fin, todo su horror y su tormento
en mi pecho se encierra,
que yo mismo a mí mismo me hago guerra
cuando, en brazos del sueño,
vivo cadáver soy; porque él es dueño
de mi vida, de suerte
que vi un pálido amago de la muerte.

Polonia.

¿Qué soñaste, que tanto te provoca?

Rey.

¡Ay, hijas! Atended: que de la boca
de un hermoso mancebo
—aunque mísero esclavo, no me atrevo
a injuriarle, y le alabo—;
al fin, que de la boca de un esclavo
una llama salía,
que en dulces rayos mansamente ardía,
y a las dos os tocaba,
hasta que en vivo fuego os abrasaba.
Yo, en medio de las dos, aunque quería
su furia resistir, ni me ofendía,
ni me tocaba el fuego.
Con esto, pues, desesperado y ciego,
despierto de un abismo,
de un sueño, de un letargo, un parasismo,
tanto mis penas creo,
que me parece que la llama veo,
y, huyendo a cada paso,
ardéis vosotras, pero yo me abraso.

Lesbia.

Fantasmas son ligeras
del sueño, que introduce estas quimeras
al alma y al sentido.

Tocan una trompeta.

Mas, ¿qué clarín es éste?

Capitán.

        Que han venido
        a nuestro puerto naves.

Polonia.

Dame licencia, gran señor, pues sabes
que un clarín, cuando suena,
es para mí la voz de la sirena;
porque a Marte inclinada,
del militar estruendo arrebatada,
su música me lleva
los sentidos tras sí; porque le deba
fama a mis hechos, cuando
llegue en ondas de fuego navegando
al sol mi nombre, y con veloces alas
allí compita a la deidad de Palas.
([Ap.] Aunque más parte debe a este cuidado,
el saber si es Filipo el que ha llegado.)

Vase.

Leogario.

Sal, señor, a la orilla
del mar, que la cabeza crespa humilla
al monte, que le da, para más pena,
en prisión de cristal, cárcel de arena.

Capitán.

Divierta tu cuidado
este monstruo nevado,
que en sus ondas dilata
a espejos de zafir, marcos de plata.

Rey.

Nada podrá alegrarme.
Tanto pudo el dolor enajenarme
de mí, que ya sospecho
que es Etna el corazón, volcán el pecho.

Lesbia.

Pues, ¿hay cosa a la vista más süave
que ver quebrando vidrios una nave,
siendo en su azul esfera,
del viento pez, y de las ondas ave,
cuando corre veloz, surca ligera,
y de dos elementos amparada,
vuela en las ondas y en los vientos nada?
Aunque agora no fuera
su vista a nuestros ojos lisonjera,
porque el mar alterado,
en piélagos de montes levantado,
riza la altiva frente,
y sañudo Neptuno,
parece que, importuno,
turbó la faz y sacudió el tridente.
Tormenta el marinero se presuma,
que se atreven al cielo
montes de sal, pirámides de yelo,
torres de nieve, alcázares de espuma.

Sale Polonia.


El purgatorio de San Patricio

Jornada primera: Cuadro 1 - Cuadro 2
Jornada segunda: Cuadro 1 - Cuadro 2 Cuadro 3
Jornada tercera Cuadro 1 - Cuadro 2 - Cuadro 3 - Cuadro 4

Pág. 2 de 6
El purgatorio de San Patricio Jornada 1 Cuadro 1 Pedro Calderón de la Barca


Polonia.

¡Gran desdicha!

Rey.

        Polonia,
¿qué es eso?

Polonia.

        Esa inconstante Babilonia,
que al cielo se levanta
—tanta es su furia y su violencia tanta—
con un furor sediento
—¿quién ha visto con sed tanto elemento?—
en sus entrañas bárbaras esconde
diversas gentes, donde
a consagrar se atreve
sepulcros de coral, tumbas de nieve
en bóvedas de plata;
porque el dios de los vientos los desata
de la prisión que asisten;
y ellos, sin ley y sin aviso, embisten
a ese bajel, cuyo clarín sonaba,
cisne que sus exequias se cantaba.
Yo, desde aquella cumbre,
que al sol se atreve a profanar la lumbre,
contenta le advertía,
por ver que era Filipo el que venía;
Filipo, que en los vientos, lisonjeras
tus armas, tremolaban sus banderas;
cuando su estrago admiro
y, cada voz envuelta en un suspiro,
desvanecí primero sus despojos,
efeto de mis labios y mis ojos,
porque dieron veloces
más agua y viento en lágrimas y voces.

Rey.

Pues, dioses inmortales,
¿cómo probáis con amenazas tales
tanto mi sufrimiento?
¿Queréis que suba a derribar violento
ese alcázar azul, siendo segundo
Nembrot, en cuyos hombros
pueda escaparse el mundo,
sin que me caüse asombros
el ver rasgar los senos
con rayos, con relámpagos y truenos?

Dentro Patricio.

Patricio.

¡Ay de mí!

Leogario.

        Triste voz.

Rey.

        ¿Qué es eso?

Capitán.

        A nado
un hombre se ha escapado
de la cruel tormenta.

Lesbia.

Y con sus brazos dar la vida intenta
a otro infelice, cuando
estaba con la muerte agonizando.

Polonia.

Mísero peregrino,
a quien el hado trujo, y el destino,
a tan remota parte,
norte vocal, mi voz podrá guiarte
si me escuchas, pues por animarte hablo:
llegad.

Salen mojados Patricio y Ludovico, abrazados los dos,
y caen saliendo cada uno a su parte.

Patricio.

        ¡Válgame Dios!

Ludovico.

        ¡Válgame el diablo!

Lesbia.

A piedad han movido.

Polonia.

Si no es a mí, que nunca la he tenido.

Patricio.

Señores, si desdichas
suelen mover los corazones dichas,
sucedidas no espero
que pueda hallarse corazón tan fiero
a quien no ablanden. Mísero y rendido,
piedad por Dios a vuestras plantas pido.

Ludovico.

Yo no, que no la quiero;
que de los hombres ni de Dios la espero.

Rey.

Decid quién sois; sabremos
la piedad y hospedaje que os debemos.
Y porque no ignoréis quién soy, primero
mi nombre he de decir; porque no quiero
que me habléis indiscretos,
ignorando quién soy, sin los respetos
a que mi vista os mueve,
y sin la adoración que se me debe.
Yo soy el rey Egerio,
digno señor deste pequeño imperio;
pequeño porque es mío,
que hasta serlo del mundo desconfío
de mi valor. El traje,
más que de rey, de bárbaro salvaje
traigo porque quisiera
fiera ansí parecer, pues que soy fiera.
A dios ninguno adoro,
que aun sus nombres ignoro,
ni aquí los adoramos ni tenemos,
que el morir y el nacer sólo creemos.
Ya que sabéis quién soy, y que fue mucha
mi majestad, decid quién sois.


El purgatorio de San Patricio

Jornada primera: Cuadro 1 - Cuadro 2
Jornada segunda: Cuadro 1 - Cuadro 2 Cuadro 3
Jornada tercera Cuadro 1 - Cuadro 2 - Cuadro 3 - Cuadro 4

Pág. 3 de 6
El purgatorio de San Patricio Jornada 1 Cuadro 1 Pedro Calderón de la Barca


Patricio.

        Escucha:
mi propio nombre es Patricio,
mi patria Irlanda o Hibernia,
mi pueblo Emptor, por humilde
y pobre sabido apenas.
Este, entre el setentrión
y el occidente, se asienta
en un monte, a quien el mar
ata con prisión estrecha,
en la isla que llamaron,
para su alabanza eterna,
gran señor, isla de santos:
tantos fueron los que en ella
dieron la vida al martirio
en religiosa defensa
de la fe; que ésta en los fieles
es la última fineza.
De un caballero irlandés,
y de una dama francesa,
su casta esposa, nací,
a quien debí en mi primera
edad—fuera deste ser—
otro de mayor nobleza,
que fue la luz de la fe
y religión verdadera
de Cristo, por el carácter
del santo bautismo, puerta
del cielo como primero
sacramento de su iglesia.
Mis piadosos padres, luego
que pagaron esta deuda
común que el hombre casado
debió a la naturaleza,
se retiraron a dos
conventos, donde en pureza
de castidad conservaron
su vida hasta la postrera
línea fatal; que rindieron,
con mil católicas muestras,
el espíritu a los cielos
y el cadáver a la tierra.
Huérfano entonces quedé
debajo de la tutela
de una divina matrona,
en cuyo poder apenas
cumplí un lustro o cinco edades
del sol, que en doradas vueltas
cinco veces ilustró
doce signos y una esfera,
cuando mostró Dios en mí
su divina omnipotencia;
que de flacos instrumentos
usa Dios porque se vea
más su majestad, y a El solo
se atribuyan sus grandezas.
Fue, pues—y saben los cielos
que no es humana soberbia,
sino celo religioso
de que sus obras se sepan,
el contarlas yo—, que un día
un ciego llegó a mis puertas,
llamado Gormas, y dijo:
«Dios me envía aquí, y ordena
que en su nombre me des vista».
Yo, rendido a su obediencia,
la señal de la cruz hice
en sus ojos, y con ella
pasaron restituidos
a la luz, de las tinieblas.
Otra vez, pues, que los cielos,
rebozados entre densas
nubes, con rayos de nieve
hicieron al mundo guerra,
cayó tanta sobre un monte
que, desatada y deshecha
a los rigores del sol,
inundaba de manera
las calles que ya las casas,
sobre las ondas violentas,
eran naves de ladrillo,
eran bajeles de piedra.
¿Quién vio fluctuar por montes?
¿Quién vio navegar por selvas?
La señal de la cruz hice
en las aguas y, suspensa
la lengua, en nombre de Dios
les mandé que se volvieran
a su centro y, recogidas,
dejaron la arena seca.
¡Oh, gran Dios! ¡Quién no te alaba!
¡Quién no te adora y confiesa!
Prodigios puedo deciros
mayores, mas la modestia
ata la lengua, enmudece
la voz y los labios sella.
Crecí, en fin, más inclinado
que a las armas a las ciencias;
y sobre todas me di
al estudio de las letras
divinas y a la lección
de los santos, cuya escuela,
celo, piedad, religión,
fe y caridad nos enseña.
En este estudio ocupado,
salí un día a la ribera
del mar con otros amigos
estudiantes, cuando a ella
llegó un bajel, y arrojando
de sus entrañas a tierra
hombres armados, cosarios
que aquestos mares infestan,
nos cautivaron a todos;
y por no perder la presa,
se hicieron al mar, y dieron
al libre viento las velas.
General deste bajel
Filipo de Roqui era,
en cuyo pecho se hallara,
a perderse, la soberbia.
Este, pues, algunos días
tierras y mares molesta
de toda Irlanda, robando
las vidas y las haciendas.
Sólo a mí me reservó;
porque me dijo que, en muestra
de rendimiento, me había
de traer a tu presencia
para esclavo tuyo. ¡Oh, cuánto,
ignorante, el hombre yerra,
que, sin consultar a Dios,
intentos suyos asienta!
Dígalo en el mar Filipo,
pues hoy, a vista de tierra,
estando sereno el cielo,
manso el aire, el agua quieta,
vio en un punto, en un instante,
sus presunciones deshechas,
pues en sus cóncavos senos
brama el viento, el mar se queja,
montes sobre montes fueron
las ondas, cuya eminencia
moja el sol, porque pretende
apagar sus luces bellas.
El fanal junto a los cielos
pareció errado cometa,
o exhalación abortada,
o desencajada estrella.
Otra vez, en lo profundo
del mar tocó las arenas,
donde, desatado en partes,
fueron las ondas funestas
monumentos de alabastro
entre corales y perlas.
Yo—a quien el cielo no sé
para qué efeto conserva,
siendo tan inútil—pude,
con más aliento y más fuerza,
no sólo darme la vida
a mí, pero aun en defensa
deste valeroso joven
aventurarla y perderla;
porque no sé qué secreto
tras él me arrebata y lleva,
que pienso que ha de pagarme
con grande logro esta deuda.
En fin, por piedad del cielo,
salimos los dos a tierra,
donde espera mi desdicha,
o donde mi dicha espera,
pues somos vuestros esclavos.
Que nuestro dolor os mueva,
que nuestro llanto os ablande,
nuestro mal os enternezca,
nuestra aflicción os provoque,
y os obliguen nuestras penas.


El purgatorio de San Patricio

Jornada primera: Cuadro 1 - Cuadro 2
Jornada segunda: Cuadro 1 - Cuadro 2 Cuadro 3
Jornada tercera Cuadro 1 - Cuadro 2 - Cuadro 3 - Cuadro 4

Pág. 4 de 6
El purgatorio de San Patricio Jornada 1 Cuadro 1 Pedro Calderón de la Barca


Rey.

        Calla, mísero cristiano,
que el alma, a tu voz atenta,
no sé que afecto la rige,
no sé qué poder la fuerza
a temerte y adorarte,
imaginando que seas
tú el esclavo que en un sueño
vi respirando centellas,
vi escupiendo vivo fuego,
de cuya llama violenta
eran mariposas mudas
mis hijas, Polonia y Lesbia.

Patricio.

La llama que de mi boca
salía es la verdadera
dotrina del evangelio;
ésta es mi palabra, y ésta
he de predicarte a ti
y a tus gentes, y por ella
cristianas vendrán a ser
tus dos hijas.

Rey.

        Calla, cierra
los labios, cristiano vil;
que me injurias y me afrentas.

Lesbia.

        Detente.

Polonia.

        ¿Pues tú, piadosa,
te pones a su defensa?

Lesbia.

        Sí.

Polonia.

        Déjale dar la muerte.

Lesbia.

        No es justo que a manos muera
de un rey.
([Ap.]
        No es sino piedad
que tengo a cristianos ésta.)

Polonia.

        Si este segundo Joseph,
como Joseph interpreta
sueños al Rey, de su efeto
ni dudes, señor, ni temas;
porque si el quemarme yo
es imaginar que pueda
ser cristiana, es imposible
tan grande como que vuelva
yo misma segunda vez
a vivir después de muerta.
Y porque a tan justo enojo
el sentimiento diviertas,
oigamos quién es esotro
pasajero.


El purgatorio de San Patricio

Jornada primera: Cuadro 1 - Cuadro 2
Jornada segunda: Cuadro 1 - Cuadro 2 Cuadro 3
Jornada tercera Cuadro 1 - Cuadro 2 - Cuadro 3 - Cuadro 4

Pág. 5 de 6
El purgatorio de San Patricio Jornada 1 Cuadro 1 Pedro Calderón de la Barca


Ludovico.

        Escucha atenta,
hermosísima deidad,
porque así mi historia empieza.
Gran Egerio, rey de Irlanda,
yo soy Ludovico Enio,
cristiano también, que sólo
en esto nos parecemos
Patricio y yo, aunque también
desconvenimos en esto,
pues después de ser cristianos
somos los dos tan opuestos,
que distamos cuanto va
desde ser malo a ser bueno.
Pero, con todo, en defensa
de la fe que adoro y creo,
perderé una y mil veces
—tanto la estimo y la precio—
la vida. Sí, ¡voto a Dios!,
que pues le juro le creo.
No te contaré piedades
ni maravillas del cielo
obradas por mí; delitos,
hurtos, muertes, sacrilegios,
traiciones, alevosías
te contaré; porque pienso
que aun es vanidad en mí
gloriarme de haberlas hecho.
En una de muchas islas
de Irlanda nací, y sospecho
que todos siete planetas,
turbados y descompuestos,
asistieron desiguales
a mi infeliz nacimiento.
La Luna me dio inconstancia
en la condición; ingenio
Mercurio—mal empleado,
mejor fuera no tenerlo—;
Venus lasciva me dio
apetitos lisonjeros,
y Marte, ánimo cruel:
¿qué no darán Marte y Venus?;
el Sol me dio condición
muy generosa, y, por serlo,
si no tengo qué gastar,
hurto y robo cuanto puedo;
Júpiter me dio soberbia
de bizarros pensamientos;
Saturno, cólera y rabia,
valor y ánimo resuelto
a traiciones; y a estas causas
se han seguido los efetos.
Mi padre, por ciertas cosas
que callo por su respeto,
de Irlanda fue desterrado.
Llegó a Perpiñán, un pueblo
de España, conmigo, entonces
de diez años poco menos,
y a los diez y seis murió:
¡téngale Dios en el cielo!
Huérfano, quedé en poder
de mis gustos y deseos,
por cuyo campo corrí
sin rienda alguna ni freno.
Los dos polos de mi vida
eran mujeres y juegos,
en quien toda se fundaba:
¡mira sobre qué cimientos!
No te podrá referir
mi lengua aquí por extenso
mis sucesos, pero haré
una breve copia dellos.
Por forzar a una doncella,
di la muerte a un noble viejo,
su padre; y, por su mujer,
a un honrado caballero
en su cama maté, donde
con ella estaba durmiendo,
y entre su sangre bañado
su honor, teatro funesto
fue el lecho, mezclando entonces
homicidio y adulterio.
Y, al fin, el padre y marido
por su honor las vidas dieron,
que hay mártires del honor:
¡téngalos Dios en el cielo!
Huyendo deste castigo,
pasé a Francia, donde pienso
que no olvidó la memoria
de mis hazañas el tiempo,
porque asistiendo a las guerras
que entonces se dispusieron
entre Ingalaterra y Francia,
yo, debajo del gobierno
de Estéfano, rey francés,
milité, y en un encuentro
que se ofreció me mostré
tanto que me dio por premio
de mi valor el Rey mismo
una bandera. No quiero
decirte si le pagué
aquella deuda. Bien presto
volví a Perpiñán honrado,
y entrando a jugar a un cuerpo
de guardia, sobre nonada
di un bofetón a un sargento,
maté a un capitán, herí
a unos tres o cuatro dellos.
A las voces acudió
toda la justicia luego,
y sobre tomar iglesia,
ya en la resistencia puesto,
a un corchete di la muerte
—algo había de hacer bueno
entre tantas cosas malas—:
¡téngale Dios en el cielo!
Toméla, en fin, en un campo,
en un sagrado convento
de religiosas que estaba
fundado en aquel desierto.
Allí estuve retirado
y regalado en estremo,
por ser allí religiosa
una dama, cuyo deudo
la puso en obligación
deste cuidado. Mi pecho,
como basilisco ya,
trocó la miel en veneno;
y pasando despeñado
desde el agrado al deseo,
monstruo que de lo imposible
se alimenta, vivo fuego
que en la resistencia crece,
llama que la aviva el viento,
disimulado enemigo
que mata a su propio dueño,
y, en fin, deseo en un hombre
que, sin dios y sin respeto,
lo abominable, lo horrible
estima por sólo serlo,
me atreví ... Turbada aquí
—si desto, señor, me acuerdo—
muda fallece la voz,
triste desmaya el acento,
el corazón a pedazos
se quiere salir del pecho,
y, como entre obscuras sombras,
se erizan barba y cabellos,
y yo, confuso y dudoso,
triste y absorto, no tengo
ánimo para decirlo,
si le tuve para hacerlo.
Tal es mi delito, en fin,
de detestable, de feo,
de sacrílego y profano
—harto ansí te lo encarezco—
que, de haberle cometido,
alguna vez me arrepiento.
En fin, me atreví una noche,
cuando el noturno silencio
construía a los mortales
breves sepulcros del sueño;
cuando los cielos tenían
corrido el escuro velo,
luto que ya, por la muerte
del sol, entapiza el viento,
y en sus exequias las aves
nocturnas, en vez de versos,
cantan caïstros, y en ondas
de zafir, con los reflejos,
las estrellas daban luces
trémulas al firmamento;
en fin, esta noche entré
por las paredes de un huerto,
de dos amigos valido,
que para tales sucesos
no falta quien acompañe,
y, entre el espanto y el miedo,
pisando en sombras mi muerte,
llegué a la celda—aquí tiemblo
de acordarme—donde estaba
mi parienta, que no quiero
por su respeto nombrarla,
ya que no por mi respeto.
Desmayada a tanto horror,
cayó rendida en el suelo,
de donde pasó a mis brazos,
y, antes que vuelta en su acuerdo
se viese, ya estaba fuera
del sagrado en un desierto,
adonde, si el cielo pudo
valerla, no quiso el cielo.
Las mujeres, persuadidas
a que son de amor efetos
las locuras, fácilmente
perdonan, y así, siguiendo
al llanto el agrado, halló
a sus desdichas consuelo;
aunque ellas eran tan grandes,
que miraba en un sujeto
escalamiento, violencia,
incesto, estupro, adulterio
al mismo Dios como esposo,
y, al fin, al fin, sacrilegio.
Desde allí, en efeto, en dos
caballos, hijos del viento,
a la huerta de Valencia
fuimos, adonde, fingiendo
que era mi mujer, vivimos
con poca paz mucho tiempo;
porque yo, hallándome—ya
gastado el poco dinero
que tenía—sin amigos,
ni esperanza de remedio
de aquestas necesidades,
para la hermosura apelo
de mi fingida mujer.
(Si hubiera de cuanto he hecho
tener vergüenza de algo,
sólo la tuviera desto,
porque es la última bajeza
a que llega el más vil pecho,
poner en venta el honor,
y poner el gusto en precio.)
Apenas, desvergonzado,
a ella le doy parte desto,
cuando cuerda me asegura,
sin estrañar el intento.
Pero, apenas a su rostro,
señor, las espaldas vuelvo,
cuando, huyendo de mí, toma
sagrado en un monasterio.
Allí, por orden de un santo
religioso, tuvo puerto
de la tormenta del mundo,
y allí murió, dando ejemplo
su culpa y su penitencia:
¡téngala Dios en el cielo!
Yo, viendo que a mis delitos
ya les viene el mundo estrecho,
y que me faltaba tierra
que me sufriese, resuelvo
el dar la vuelta a mi patria,
porque en ella, por lo menos,
estaría más seguro,
como mi amparo y mi centro,
de mis enemigos. Tomo
el camino y, en fin, llego
a Irlanda, que como madre
me recibió; pero luego
fue madrastra para mí,
pues al abrigo de un puerto
llegué, buscando viaje,
donde estaban encubiertos
en una cala cosarios,
y Filipo, que era dellos
general, me cautivó,
después, señor, de haber hecho
tan peligrosa defensa
que, aficionado a mi esfuerzo,
Filipo me aseguró
la vida. Lo que tras esto
sucedió, ya tú lo sabes;
que fue que, enojado el viento,
nos amenazó cruel
y nos castigó soberbio,
haciendo en mares y montes
tal estrago y tal esfuerzo,
que éstos hicieron donaire
de la soberbia de aquéllos.
De trabucos de cristal
combatidos sus cimientos,
caducaron las ciudades
vecinas, y por desprecio,
tiraba el mar a la tierra,
que es munición de sus senos,
en sus nácares las perlas
que engendra el veloz aliento
del aurora con rocío,
lágrimas de fuego y hielo.
y, al fin, para que en pinturas
no se vaya todo el tiempo,
sin bóvedas de alabastro,
sin salados monumentos,
se fueron todas sus gentes
a cenar a los infiernos.
Yo, que era su convidado,
también me fuera tras ellos,
si Patricio—a quien no sé
por qué causa reverencio,
mirando su rostro siempre
con temor y con respeto—
no me sacara del mar,
cuando ya rendido el pecho,
iba bebiendo la muerte,
agonizando en veneno.
Esta es mi historia, y agora,
ni vida ni piedad quiero,
ni que mis penas te ablanden,
ni que te obliguen mis ruegos,
sino que me des la muerte,
para que acabe con esto
vida de un hombre tan malo,
que a penas podrá ser bueno.


El purgatorio de San Patricio

Jornada primera: Cuadro 1 - Cuadro 2
Jornada segunda: Cuadro 1 - Cuadro 2 Cuadro 3
Jornada tercera Cuadro 1 - Cuadro 2 - Cuadro 3 - Cuadro 4

Pág. 1 de 5
El purgatorio de San Patricio Jornada 2 Cuadro 1 Pedro Calderón de la Barca


SEGUNDA JORNADA

Del Purgatorio de San Patricio

[CUADRO I]

Salen Ludovico y Polonia.

Ludovico.

Polonia, aquél que ha querido
desigualmente emplearse,
no tiene de qué quejarse
si llega a ser preferido
de otro amor, porque éste ha sido
su castigo. ¿Quién subió,
soberbio, que no cayó?
Y así, mi amor anticipo
a Filipo, que Filipo
es mucho mayor que yo
en la nobleza que aquí
le dio la naturaleza,
mas no en aquella nobleza
que ha merecido por sí.
Yo sí, Polonia, yo sí,
que por mí mismo he ganado
más honor que él ha heredado.
Testigo este imperio ha sido,
a quien han enriquecido
las vitorias que le he dado.
Tres años ha que llegué
a estas islas—que fue hoy
me parece—, y tres que estoy
en tu servicio, y no sé
si referirte podré
presas que tu padre encierra,
ganadas en buena guerra,
que Marte pudo envidiar,
siendo escándalo del mar,
siendo asombro de la tierra.

Polonia.

Ludovico, tu valor,
o heredado o adquirido,
en mi pecho ha introducido
una osadía, un temor,
un, no sé si diga, amor,
porque me causa vergüenza,
cuando mi pecho comienza
a sentir y padecer,
que me rinda su poder,
ni que su deidad me venza.
Sólo digo que ya fuera
tu esperanza posesión,
si la fiera condición
de mi padre no temiera.
Mas, sirve, agrada y espera.

Sale Filipo.

Filipo.

([Ap.]
        Si es que mi muerte he de hallar,
¿por qué la vengo a buscar?
Pero, ¿quién podrá tener
paciencia para no ver
lo que le ha de dar pesar?)

Ludovico.

        Pues, ¿quién fía que serás
mía?

Polonia.

Esta mano.

Filipo.

Eso no,
que sabré estorbarlo yo,
que no puedo sufrir más.

Polonia.

¡Ay de mí!

Filipo.

¿La mano das
a un advenedizo?—¡ay, triste!
Y tú, que al sol te atreviste,
para que la pompa pierdas,
¿por qué, por qué no te acuerdas
de cuando mi esclavo fuiste,
para no atreverte así
a mi gusto?

Ludovico.

Porque hoy
me atrevo por lo que soy,
cuando no por lo que fui.
Esclavo tuyo me vi,
es verdad, que no hay quien pueda
vencer la inconstante rueda;
pero ya tengo valor
para que iguale tu honor,
si no para que te exceda.


El purgatorio de San Patricio

Jornada primera: Cuadro 1 - Cuadro 2
Jornada segunda: Cuadro 1 - Cuadro 2 Cuadro 3
Jornada tercera Cuadro 1 - Cuadro 2 - Cuadro 3 - Cuadro 4

Pág. 2 de 5
El purgatorio de San Patricio Jornada 2 Cuadro 1 Pedro Calderón de la Barca


Filipo.

¿Cómo excederme? Atrevido,
infame…

Ludovico.

En cuanto has hablado,
Filipo, te has engañado.

Filipo.

No engañé.

Ludovico.

Pues si no ha sido
engaño…

Filipo.

¿Qué?

Ludovico.

…habrás mentido.

Filipo.

Fuiste desleal.

Dale un bofetón.

Polonia.

¡Ay, cielos!

Ludovico.

¿Cómo, a tantos desconsuelos,
no tomo satisfación,
cuando mis entrañas son
volcanes y mongibelos?

Sacan las espadas.
        Salen Egerio, rey, y soldados, y
        todos se ponen de la parte de Filipo.

Rey.

       ¿Qué es esto?

Ludovico.

Un tormento eterno,
una desdicha, una injuria,
una pena y una furia
desatada del infierno.
Ninguno por su gobierno
me llegue a impedir, señor,
la venganza, que el furor,
ni a la muerte está sujeto,
y no hay humano respeto
que importe más que mi honor.

Rey.

¡Prendelde!

Ludovico.

Llegue el que fuere
tan osado que se atreva
a morir, porque le deba
a su esfuerzo el ver que muere
a tus ojos.

Rey.

¡Que esto espere!
¡Seguilde!

Ludovico.

Desesperado,
en roja sangre bañado,
pienso proceder un mar,
por donde pueda pasar,
buscando a Filipo, a nado.

Acuchíllalos a todos y queda Egerio solo.

Rey.

Esto sólo me faltó
tras las nuevas que he tenido,
y es que el esclavo atrevido
que de la prisión huyó,
de Roma a Irlanda volvió,
y predicando la fe
de Cristo, tan grande fue
el número que ha seguido
su voz, que ya dividido
el mundo en bandos se ve.
Dícenme que es hechicero,
pues, a muerte condenado
de otros reyes, se ha librado
con escándalo tan fiero,
que ya atado en un madero
estaba, cuando la tierra
—que tantos muertos encierra
en sus entrañas—tembló,
gimió el aire, y se eclipsó
el sol, que en sangrienta guerra
no quiso dar a la luna
luz, que en su faz resplandece;
que este Patricio parece
que tiene, sin duda alguna,
de su mano a la fortuna.
Esto he sabido, y que cuantos,
entre prodigios y espantos,
admiraron su castigo
le siguieron, y hoy conmigo
viene a probar sus encantos.
Venga pues, e intentos vanos
examine entre los dos;
veremos quién es el Dios
que llaman de los cristianos.
Muerte le darán mis manos,
a ver si della se escapa,
en este sucinto mapa,
esfera de mi rigor,
este obispo, este pastor,
que viene en nombre del Papa.

Salen todos con Ludovico.


El purgatorio de San Patricio

Jornada primera: Cuadro 1 - Cuadro 2
Jornada segunda: Cuadro 1 - Cuadro 2 Cuadro 3
Jornada tercera Cuadro 1 - Cuadro 2 - Cuadro 3 - Cuadro 4

Pág. 3 de 5
El purgatorio de San Patricio Jornada 2 Cuadro 1 Pedro Calderón de la Barca


Capitán.

Ludovico viene aquí
preso, después que mató
tres de tu guarda y hirió
a muchos.

Rey.

Cristiano, di,
¿cómo no tiemblas de mí,
viendo levantar la mano
de mi castigo? Aunque en vano
siento estas desdichas yo,
porque esto y más mereció
quien hizo bien a un cristiano.
No castigo, premio sí
mereces tú, porque es bien
que a mí el castigo me den
de haberte hecho bien a ti.
Preso le tened aquí
hasta su muerte. Ya vano
es mi favor soberano.
Muere a mi furor rendido,
no por cristiano atrevido,
sino sólo por cristiano.

Vanse todos y queda Ludovico.

Ludovico.

Si por eso muero, harás
mi infeliz muerte dichosa,
pues morirá por su Dios
quien muriera por su honra.
Y un hombre que vive aquí,
entre penas y congojas,
debe agradecer la muerte,
última línea de todas,
pues cortará su guadaña
el hilo a vida tan loca,
que hoy empezara a ser mala,
fénix de mortales obras,
pues naciendo en las cenizas
de mi agravio y mi deshonra,
mi vista fuera veneno,
mi aliento fuera ponzoña,
que en Irlanda derramara
sangre vil en tanta copia
que se borrara con ella
de mi afrenta la memoria.
¡Ay, honor!, rendido yaces
a una mano rigurosa.
Muera yo contigo, y juntos
los dos no demos vitoria
a aquestos bárbaros. Pues
un breve rato le sobra
a mi vida, este puñal
tome en mí venganza honrosa.
Mas, ¡válgame Dios!, ¿qué aliento
endemoniado provoca
mi mano? Cristiano soy,
alma tengo, y luz piadosa
de la fe. ¿Será razón
que un cristiano intente agora,
entre gentiles, acciones
a su religión impropias?
¿Qué ejemplo les diera yo
con mi muerte lastimosa,
sino que antes desmintieran
las de Patricio mis obras?
Pues dijeran los que aquí
sólo sus vicios adoran
y el alma niegan eterna
a la pena y a la gloria:
«Que nos predique Patricio
el alma inmortal, ¿qué importa,
si Ludovico se mata
cristiano? También ignora
que es eterna, pues la pierde.»
Y con acciones dudosas,
fuéramos aquí los dos,
él la luz y yo la sombra.
Baste que tan malo sea,
que aún no me arrepiento agora
de mis cometidas culpas,
y que quiera intentar otras.
Pues, ¡vive Dios!, que mi vida,
si fuese posible cosa
escaparse hoy, fuera asombro
del Asia, Africa y Europa.
Hoy empezara a tomar
venganza tan rigurosa,
que en estas islas de Egerio
no me quedara persona
en quien no satisfaciera
la pena, la sed rabiosa
que tengo de sangre. Un rayo,
antes que la esfera rompa,
con un trueno nos avisa,
y después, entre humo y sombras,
de fuego fingiendo sierpes,
el aire trémulo azota.
Yo así, el trueno he dado ya
para que todos le oigan,
el golpe del rayo falta.
Mas, ¡ay de mí!, que se aborta
y antes que a la tierra llegue
es de los vientos lisonja.
No, no me pesa morir
por morir muerte afrentosa,
sino porque acabarán,
con mi edad temprana y moza,
mis delitos. Vida quiero
para empezar desde agora
mayores temeridades,
no, cielos, para otra cosa.

Sale Polonia.


El purgatorio de San Patricio

Jornada primera: Cuadro 1 - Cuadro 2
Jornada segunda: Cuadro 1 - Cuadro 2 Cuadro 3
Jornada tercera Cuadro 1 - Cuadro 2 - Cuadro 3 - Cuadro 4

Pág. 4 de 5
El purgatorio de San Patricio Jornada 2 Cuadro 1 Pedro Calderón de la Barca


Polonia.

  ([Ap.] Yo vengo determinada.)
Ludovico, en las forzosas
ocasiones, el amor
ha de dar muestras heroicas.
Tu vida está en gran peligro;
mi padre airado se enoja
contra ti, y de su furor
huir el peligro importa.
Las guardas que están contigo,
liberalmente soborna
mi mano, y al son del oro
yacen sus orejas sordas.
Escápate, porque veas
cómo una mujer se arroja,
cómo su honor atropella,
cómo su respeto postra.
Contigo iré, pues ya es fuerza
que contigo me disponga
ya a vivir, o ya a morir;
que fuera mi vida poca
sin ti, que en mi pecho vives.
Yo llevo dinero y joyas
bastantes para ponernos
en las Indias más remotas,
donde el sol yela y abrasa,
ya con rayos, ya con sombras.
Dos caballos a la puerta
esperan, diré dos onzas,
hijas del viento, aunque más
del pensamiento se nombran.
Son tan veloces que, aunque
huidos vamos agora,
nos parecerá que vamos
seguros en ellos. Toma
resolución. ¿Qué imaginas?
¿Qué te suspendes? Acorta
los discursos. Y porque
fortuna, que siempre estorba
al amor, no desbarate
finezas tan generosas,
yo iré delante de ti.
Sal, en tanto que, ingeniosa,
divierto guardas y doy
espaldas a tu persona.
Aun el sol nos favorece,
que, despeñado en las ondas,
para templar su fatiga
los crespos cabellos moja.

                   Vase.


El purgatorio de San Patricio

Jornada primera: Cuadro 1 - Cuadro 2
Jornada segunda: Cuadro 1 - Cuadro 2 Cuadro 3
Jornada tercera Cuadro 1 - Cuadro 2 - Cuadro 3 - Cuadro 4

Pág. 5 de 5
El purgatorio de San Patricio Jornada 2 Cuadro 1 Pedro Calderón de la Barca


Ludovico.

A las manos ha venido
la ocasión más venturosa,
pues sabe el cielo que fueron
las finezas amorosas
que con Polonia mostré
fingidas, porque Polonia
conmigo se fuese donde,
valiéndome de las joyas
que llevase, yo saliese
de la infeliz Babilonia;
porque, aunque en ella vivió
estimada mi persona,
era al fin esclavitud,
y mi vida libre y loca
la libertad deseaba,
que ya los cielos me otorgan.
Mas para el fin que deseo,
ya me embaraza y estorba
una mujer, porque en mí
es amor una lisonja
que no pasa de apetito,
y, éste ejecutado, sobra
luego al punto la mujer
más discreta y más hermosa.
Y pues que mi condición
es tan libre, ¿qué me importa
una muerte más o menos?
Muera a mis manos Polonia,
porque quiso bien en tiempo
que nadie estima ni adora,
y como todas viviera
si quisiera como todas.

Vase y sale el Capitán.

Capitán.

Con orden vengo del Rey
a que Ludovico oiga
la sentencia de su muerte.
Mas la puerta abierta y sola
la torre, ¿qué puede ser?
¡Soldados! ¿No hay quien responda?
¡Ah, guardas! ¡Traición, traición!

Salen el Rey, y Filipo, y Leogario.

Rey.

¿Qué das voces? ¿Qué pregonas?
¿Qué es esto?

Capitán.

Que Ludovico
falta, y que las guardas todas
han huido.

Leogario.

Yo, señor,
aquí vi entrar a Polonia.

Filipo.

¡Ay, cielos! Sin duda que ella
le dio libertad. No ignoras
que la sirve, y que mis celos
me incitan y me provocan
a seguillos. Hoy será
Hibernia segunda Troya.

                            Vase.

Rey.

Dadme un caballo, que quiero
seguirlos por mi persona.
¿Qué dos cristianos son éstos
que, con acciones dudosas,
uno mi quietud altera,
y el otro mi honor me roba?
Mas los dos serán despojos
de mis manos vengadoras,
que de mí no está seguro
aun su pontífice en Roma.

                          Vanse.

FIN DEL CUADRO I DE LA SEGUNDA JORNADA


El purgatorio de San Patricio

Jornada primera: Cuadro 1 - Cuadro 2
Jornada segunda: Cuadro 1 - Cuadro 2 Cuadro 3
Jornada tercera Cuadro 1 - Cuadro 2 - Cuadro 3 - Cuadro 4


Pág. 1 de 2
El purgatorio de San Patricio Jornada 2 Cuadro 2 Pedro Calderón de la Barca


[CUADRO II]

Sale Polonia huyendo herida, y Ludovico con una daga.

Polonia.

Ten la sangrienta mano,
ya que no por amante, por cristiano.
Lleva el honor y déjame la vida,
piadosamente a tu furor rendida.

Ludovico.

Polonia desdichada:
pensión de la hermosura celebrada
fue siempre la desdicha,
que no se avienen bien belleza y dicha.
Yo, el verdugo más fiero
que atrevido blandió mortal acero,
con tu muerte procuro
mi vida, pues con ella voy seguro.
Si te llevo conmigo,
llevo de mis desdichas un testigo
por quien podrán seguirme,
hallarme, conocerme y perseguirme.
Si te dejo con vida,
enojada te dejo, y ofendida,
para que seas conmigo
un enemigo más—¡y qué enemigo!—.
Luego, por buen consejo,
hago mal si te llevo y si te dejo.
Y así el mejor ha sido
que, fiero, infame, bárbaro, atrevido,
desleal, inhumano,
sin ley ni Dios, te mate por mi mano,
pues aquí sepultada
en las entrañas rústicas, guardada
desta robusta peña,
quedará mi desdicha, no pequeña;
y también, porque alcanza
mi furia un nuevo modo de venganza,
quedando satisfecho
de que mato a Filipo si en tu pecho
vive, y, porque me cuadre,
no a Filipo no más, sino a tu padre.
Causa primera fuiste
de mi deshonra triste,
y así has de ser primera
causa también de mi venganza fiera.

Polonia.

¡Ay de mí, que he querido
mi muerte fabricar! Gusano he sido
que labró por su mano
su sepulcro. ¿Eres hombre? ¿Eres cristiano?

Ludovico.

Demonio soy: acaba, dando indicio
de todo.

Polonia.

El dios me valga de Patricio.

Cae dentro.

Ludovico.

Cayó sobre las flores,
sembrando vidas, derramando horrores.
Así más libremente
escaparme podré, pues suficiente
hacienda me acompaña
para poder vivir rico en España
hasta que, disfrazado,
con el tiempo mudado,
vuelva a satisfacerme
de un traidor; que el agravio nunca duerme.
Mas, ¿dónde desta suerte
voy, pisando las sombras de la muerte?
El camino he perdido,
y quizá voy por donde inadvertido,
huyendo de tiranos,
por escaparme, dé en sus propias manos.
Si la vista no engaña,
albergue pobre y rústica cabaña
es ésta. En ella quiero
informarme.

Llama y responden dentro Locía y Paulín.


El purgatorio de San Patricio

Jornada primera: Cuadro 1 - Cuadro 2
Jornada segunda: Cuadro 1 - Cuadro 2 Cuadro 3
Jornada tercera Cuadro 1 - Cuadro 2 - Cuadro 3 - Cuadro 4

Pág. 2 de 5
El purgatorio de San Patricio Jornada 2 Cuadro 2 Pedro Calderón de la Barca


Locía.

¿Quién es?

Ludovico.

Un pasajero,
perdido, triste y ciego,
¡oh, labrador!, impide tu sosiego.

Locía.

¡Ah, Juan Paulín! Despierta,
que parece que llaman a la puerta.

Paulín.

Yo estoy bien en la cama.
Mira quién llama tú, pues por ti llama.
¿Quién es?

Ludovico.

Un caminante.

Paulín.

¿Es caminante?

Ludovico.

Sí.

Paulín.

Pues, adelante,
que aquesta no es posada.

Ludovico.

Ya del villano la malicia enfada.
Derribaré la puerta.
Cayó en el suelo.

Locía.

¡Ah, Juan Paulín, despierta!
Mira que han derribado
la puerta.

Paulín.

Ya de un ojo he despertado,
mas del otro no puedo.
Sal tú conmigo allá, que tengo miedo.
[Salen desnudos.]
¿Quién es?

Ludovico.

Callad, villanos,
si morir no queréis hoy a mis manos.
Perdido en este monte
a tu casa he llegado. Así, disponte
a enseñarme el camino
de aquí al puerto, por donde yo imagino
que hoy escaparme pueda.

Paulín.

Pues, venga y vaya, y tome esta vereda,
y luego a esotra mano
suba, si hay monte, y baje donde hay llano;
y en llegando, esté cierto,
cuando en el puerto esté, que allí es el puerto.

Ludovico.

Mejor es que tú vengas
conmigo. Y no prevengas
disculpa, o, ¡vive el cielo!,
que con tu sangre has de esmaltar el suelo.

Locía.

¿No es mejor, caballero,
pasar aquí la noche hasta el lucero?

Paulín.

¡Qué piadosa os mostráis para nonada!
¿Ya estáis del caminante inficionada?

Ludovico.

Lo que te agrada escoge:
o morir o guiarme.

Paulín.

No se enoje,
que escojo, sin demandas y respuestas,
ir, y aun llevaros, si queréis, a cuestas,
no tanto por temer la muerte mía,
como por no le dar gusto a Locía.

Ludovico.

([Ap.]
        Este, porque no diga
por dónde voy a alguno que me siga,
del monte despeñado
ha de morir en el cristal helado
del mar.) Que os recojáis a vos os pido,
que luego volverá vuestro marido.

Vanse.


El purgatorio de San Patricio

Jornada primera: Cuadro 1 - Cuadro 2
Jornada segunda: Cuadro 1 - Cuadro 2 Cuadro 3
Jornada tercera Cuadro 1 - Cuadro 2 - Cuadro 3 - Cuadro 4

Pág. 1 de 7
El purgatorio de San Patricio Jornada 2 Cuadro 3 Pedro Calderón de la Barca


Salen el Rey Egerio y Lesbia y Leogario y el Capitán.
Lesbia.

No hay rastro ninguno dellos.
Todo el monte, valle y sierra,
se ha examinado hoja a hoja,
rama a rama y peña a peña,
y no se ha hallado evidente
indicio que nos dé muestra
de sus personas.

Rey.

Sin duda
los ha tragado la tierra
para guardarlos de mí;
que en el cielo no estuvieran
seguros, no, ¡viven ellos!

Lesbia.

Ya el sol las doradas trenzas
estiende desmarañadas
sobre los montes y selvas,
para que te informe el día.

Sale Filipo.

Filipo.

Vuestra Majestad atienda
a la desdicha mayor,
más prodigiosa y más nueva
que el tiempo ni la fortuna
en fábulas representa.
Buscando a Polonia vine
por esas incultas selvas,
y habiendo toda la noche
pasado, señor, en ellas,
a la mañana salió
la aurora medio despierta,
toda vestida de luto
con nubes pardas y negras;
y con mal contenta luz
se ausentaron las estrellas,
que sola esta vez tuvieron
por venturosa la ausencia.
Discurriendo a todas partes,
vimos que las flores tiernas
bañadas en sangre estaban,
y, sembrados por la tierra,
despojos de una mujer.
Fuimos siguiendo las señas
hasta que llegamos donde,
a las plantas de una sierra,
en un túmulo de rosas,
estaba Polonia muerta.

Está sobre una peña Polonia, muerta.

Vuelve los ojos: verás
destroncada la belleza,
pálida y triste la flor,
la hermosa llama deshecha;
verás la beldad postrada,
verás la hermosura incierta,
y verás muerta a Polonia.

Rey.

¡Ay, Filipo, escucha, espera!
Que no hay en mí sufrimiento
con que resistirse puedan
tantos géneros de agravios,
tantos linajes de penas,
tantos modos de desdichas.
¡Ay, hija infeliz! ¡Ay, bella
prenda por mi mal hallada!

Lesbia.

El sentimiento no deja
aliento para quejarme.
¡Infeliz hermana, sea
compañera en tus desdichas!

Rey.

¿Qué mano airada y violenta
levantó sangriento acero
contra divinas bellezas?
Acabe el dolor mi vida.

Dentro Patricio.

Patricio.

¡Ay de ti, mísera Hibernia!
¡Ay de ti, pueblo infelice!,
si con lágrimas no riegas
la tierra, y días y noches
llorando ablandas las puertas
del cielo, que con candados
las tuvo tu inobediencia.
¡Ay de ti, pueblo infelice!
¡Ay de ti, mísera Hibernia!


El purgatorio de San Patricio

Jornada primera: Cuadro 1 - Cuadro 2
Jornada segunda: Cuadro 1 - Cuadro 2 Cuadro 3
Jornada tercera Cuadro 1 - Cuadro 2 - Cuadro 3 - Cuadro 4

Pág. 2 de 7
El purgatorio de San Patricio Jornada 2 Cuadro 3 Pedro Calderón de la Barca


Rey.

¿Qué voces, cielo, tan tristes
y lastimosas son éstas,
que me traspasan el pecho,
que el corazón me penetran?
Sabed quién de mi dolor
impide así la terneza.
¿Quién sino yo llora así,
y quién sino yo se queja?

Leogario.

Aquéste es, señor, Patricio,
que, después que dio la vuelta,
como tú sabes, a Irlanda,
de Roma, y después que en ella
le hizo el Pontífice obispo,
dignidad y preeminencia
superior, todas las islas
discurre desta manera.

Patricio.

¡Ay de ti, pueblo infelice!
¡Ay de ti, mísera Hibernia!

Sale Patricio.

Rey.

Patricio , que mi dolor
interrompes y mis penas
doblas con voces doradas
en falso veneno envueltas,
¿qué me persigues? ¿Qué quieres,
que así los mares y tierras
de mi estado, con engaños
y novedades alteras?
Aquí no sabemos más
que nacer y morir. Esta
es la doctrina heredada
en la natural escuela
de nuestros padres. ¿Qué Dios
es éste que nos enseñas,
que vida después nos dé,
de la temporal, eterna?
El alma, destituida
de un cuerpo, ¿cómo pudiera
tener otra vida allá,
para gloria o para pena?

Patricio.

Desatándose del cuerpo,
y dando a naturaleza
la porción humana, que es
un poco de barro y tierra,
y el espíritu subiendo
a la superior esfera,
que es centro de sus fatigas,
si en la gracia muere; y ésta
alcanza antes el bautismo,
y después la penitencia.

Rey.

Luego esta beldad, que aquí
en su sangre yace envuelta,
¿allá está viviendo agora?

Patricio.

Sí.

Rey.

Dame un rasgo, una muestra
de esa verdad.

Patricio.

([Ap.]
 Gran Señor,
volved vos por la honra vuestra.
Aquí os importa mostrar
de vuestro poder la fuerza.)

Rey.

¿No me respondes?

Patricio.

El cielo
querrá que responda ella.
En nombre de Dios te mando,
yerto cadáver, que vuelvas
a vivir, restituido
a tu espíritu, y des muestras
desta verdad, predicando
la dotrina verdadera.


El purgatorio de San Patricio

Jornada primera: Cuadro 1 - Cuadro 2
Jornada segunda: Cuadro 1 - Cuadro 2 Cuadro 3
Jornada tercera Cuadro 1 - Cuadro 2 - Cuadro 3 - Cuadro 4

Pág. 3 de 7
El purgatorio de San Patricio Jornada 2 Cuadro 3 Pedro Calderón de la Barca


Polonia.

¡Ay de mí! ¡Válgame el cielo!
¡Qué de cosas se revelan
al alma! ¡Señor, Señor,
detén la mano sangrienta
de tu justicia! ¡No esgrimas
contra una mujer sujeta
las iras de tu rigor,
los rayos de tu potencia!
¿Dónde me podré esconder
de tu semblante, si llegas
a estar enojado? Caigan
sobre mí montes y peñas.
Enemiga de mí misma,
hoy estimara y quisiera
esconderme de tu vista
en el centro de la tierra.
Mas, ¿cómo, si a todas partes
que mi desdicha me lleva
llevo conmigo mi culpa?
¿No veis, no veis que esa sierra
se retira, que ese monte
se estremece? El cielo tiembla,
desquiciado de sus polos,
y su fábrica perfeta
a mí me está amenazando
con su eminente soberbia.
El viento se me escurece,
el paso a mis pies se cierra,
los mares se me retiran;
sólo no me huyen las fieras,
que para hacerme pedazos
parece que se me acercan.
¡Piedad, gran Señor, piedad!
¡Clemencia, Señor, clemencia!
El santo bautismo pido,
muera en vuestra gracia, y muera.
Mortales, oíd, oíd:
Cristo vive, Cristo reina,
y Cristo es Dios verdadero.
¡Penitencia, penitencia!

                            Vase.

Filipo.

¡Gran prodigio!

Lesbia.

¡Gran milagro!

Capitán.

¡Qué admiración!

Leogario.

¡Qué grandeza!

Rey.

¡Gran encanto, grande hechizo!
¡Que esto sufra, esto consienta!

Todos.

¡Cristo es el Dios verdadero!

Rey.

¡Que tenga un engaño fuerza,
pueblo ciego, para hacer
maravillas como éstas,
y no tengas tú valor
para ver que la apariencia
te engaña! Y para que aquí
quede la vitoria cierta,
yo quiero rendirme como
arguyendo me convenza
Patricio. Atended, que así
nuestra disputa comienza.
Si fuera inmortal el alma,
de ningún modo pudiera
estar sin obrar un punto.

Patricio.

Sí, y esa verdad se prueba
en el sueño, pues los sueños,
cuantas figuras engendran,
son discursos de aquella alma
que no duerme, y como quedan
entonces de los sentidos
las acciones imperfetas,
imperfetamente forman
los discursos, y por esta
razón sueña el hombre cosas
que entre sí no se conciertan.

Rey.

Pues, siendo así, aquel instante,
o estuvo Polonia muerta,
o no. Si es que no lo estuvo,
y fue un desmayo, ¿qué fuerza
tuvo el milagro? No trato
desto; mas, si estuvo muerta,
en uno de dos lugares
estar aquel alma es fuerza,
que son o cielo o infierno:
tú, Patricio, nos lo enseñas.
Si en el cielo, no es piedad
de Dios que del cielo vuelva
ninguno al mundo, y que luego
éste condenarse pueda,
habiendo estado una vez
en gracia: verdad es cierta.
Si es que estuvo en el infierno,
no es justicia, pues no fuera
justicia que el que una vez
pena mereció, volviera
donde pudiera ganar
gracia, y es fuerza que sean
en Dios, justicia y piedad,
Patricio, una cosa mesma.
¿Pues dónde estuvo aquel alma?


El purgatorio de San Patricio

Jornada primera: Cuadro 1 - Cuadro 2
Jornada segunda: Cuadro 1 - Cuadro 2 Cuadro 3
Jornada tercera Cuadro 1 - Cuadro 2 - Cuadro 3 - Cuadro 4

Pág. 4 de 7
El purgatorio de San Patricio Jornada 2 Cuadro 3 Pedro Calderón de la Barca


Patricio.

Oye, Egerio, la respuesta.
Yo concedo que del alma
bautizada, centro sea
o la gloria o el infierno,
de donde salir no pueda
por el especial decreto,
hablando de la potencia
ordinaria, pero hablando
de la absoluta, pudiera
Dios del infierno sacarla.
Pero no es la cuestión ésta.
Que va a uno de dos lugares
el alma, es bien que se entienda,
cuando se despide el alma
del cuerpo en mortal ausencia
para no volver a él,
mas, cuando ha de volver, queda
en estado de viadora,
y así se queda suspensa
en el universo, como
parte dél, sin que en él tenga
determinado lugar,
que la suma omnipotencia
antevió todas las cosas
desde que su misma esencia
sacó esta fábrica a luz
del ejemplar de su idea,
y así vio este caso entonces,
y seguro de la vuelta
que había de hacer aquel alma,
la tuvo entonces suspensa,
sin lugar y con lugar.
Teología sacra es ésta,
con que queda respondido
a tu argumento. Y aún queda
otra cosa que advertir:
que hay más lugares que piensas,
de la pena y de la gloria
que dices, y es bien que sepas
otro, que es el purgatorio,
donde el alma a purgar entra,
habiendo muerto en la gracia,
las culpas que dejó hechas
en el mundo, porque nadie
entra en el cielo con ellas,
y así allí se purifica,
se acrisola, allí se acendra,
para llegar limpia y pura
a la divina presencia.

Rey.

Esto dices tú, y no tengo
muestra ni señal más cierta
que tu voz. Dame un amago,
dame un rasgo, una luz de esa
verdad, y tóquela yo
con mis manos, porque vea
que lo es. Y pues que puedes
tanto con tu Dios, impetra
su gracia. Pídele tú
que, para que yo le crea,
te dé un ente real, que todos
le toquen; no todos sean
entes de razón. Y advierte
que sólo un hora te queda
de plazo, y en ella hoy
me has de dar señales ciertas
de la pena y de la gloria,
o has de morir. Vengan, vengan
los prodigios de tu Dios
donde los tengamos cerca.
Y por si no merecemos
nosotros glorias ni penas,
dénos ese purgatorio,
que ni uno ni otro sea,
donde todos conozcamos
su divina omnipotencia.
La honra de tu Dios te va,
dile a El que la defienda.

Vanse todos.


El purgatorio de San Patricio

Jornada primera: Cuadro 1 - Cuadro 2
Jornada segunda: Cuadro 1 - Cuadro 2 Cuadro 3
Jornada tercera Cuadro 1 - Cuadro 2 - Cuadro 3 - Cuadro 4

Pág. 5 de 7
El purgatorio de San Patricio Jornada 2 Cuadro 3 Pedro Calderón de la Barca


Patricio.

Aquí, Señor inmenso y soberano,
tus iras, tus venganzas, tus castigos
rompan los escuadrones enemigos
de una ignorancia, de un error profano.
No piadoso procedas, pues en vano
a tus contrarios tratas como amigos,
y, ya que a tu poder buscan testigos,
rayos esgrima tu sangrienta mano.
Rigores te pidió el celo de Elías,
y la fe de Moisés pidió portentos,
y, aunque suyas no son las voces mías,
penetrarán el cielo sus acentos,
pidiéndote, Señor, noches y días,
portentos y rigores, porque atentos
a glorias y a tormentos,
por sombras, por figuras, sea notorio
al mundo, cielo, infierno y purgatorio.

Baja un Ángel Bueno, y sale otro Malo.

Ángel Malo.

Temeroso de que el cielo
descubra a Patricio santo
este prodigio, este encanto,
mayor tesoro del suelo,
quise, de rigores lleno,
como ángel de luz, venir
a turbar y prevenir,
vertiendo rabia y veneno,
su petición.

Ángel Bueno.

No podrás,
monstruo cruel, porque soy
quien en su defensa estoy.
Enmudece, no hables más.
Patricio, tu petición
oyó Dios, y así ha querido
dejarte favorecido
con esta revelación.
Busca en estas islas una
cueva, que es en su horizonte
la bóveda de ese monte
y el freno de esa laguna,
y el que entrare osado a vella
con contrición, confesados
antes todos sus pecados,
tendrá el purgatorio en ella.
En ella verá el infierno,
y las penas que padecen
los que en sus culpas merecen
tormentos de fuego eterno;
verá una iluminación
de la gloria y paraíso,
pero dase cierto aviso:
que aquél que sin contrición
entrare, por sólo ver
los misterios de la cueva,
su muerte consigo lleva,
pues entrará a padecer
mientras que Dios fuere Dios;
el cual, por favor segundo,
de las fatigas del mundo
hoy te sacará, y los dos
os veréis en la región
del empíreo soberano,
subiendo a ser ciudadano
de la celestial Sïón,
dejando el mayor indicio
del milagro más notorio
del mundo, en el purgatorio
que llamen de san Patricio.
Y en prueba de que es verdad
un milagro tan divino,
aquesta fiera que vino
a profanar tu piedad
llevaré al obscuro abismo,
prisión, calabozo y centro,
porque se atormenten dentro
su envidia y veneno mismo.

Cúbrese la apariencia.

Patricio.

¡Gloria los cielos te den,
inmenso Señor, pues sabes
con maravillas tan graves
volver por tu honor tan bien!
¡Egerio!

Salen todos.


El purgatorio de San Patricio

Jornada primera: Cuadro 1 - Cuadro 2
Jornada segunda: Cuadro 1 - Cuadro 2 Cuadro 3
Jornada tercera Cuadro 1 - Cuadro 2 - Cuadro 3 - Cuadro 4