El porqué de la inconstancia

El porqué de la inconstancia de Gertrudis Gómez de Avellaneda



A mi amigo...


    Contra mi sexo te ensañas
 Y de inconstante lo acusas;
 Quizá porque así te excusas
 De recibir cargo igual.
    Mejor obrarás si emprendes
 Analizar en ti mismo
 Del alma humana el abismo,
 Buscando el foco del mal.
    
    Proclamas que las mujeres
 (Cual dijo no sé quién antes),
 Piensan amar sus amantes
 Cuando aman sólo al amor;
    Que el vago ardor del deseo
 Se agita constante en ellas;
 Mas pasa sin dejar huellas
 Su preferencia mayor.
    
    ¡Ay, amigo! no te niego
 Verdad que tan sólo prueba
 Que son las hijas de Eva
 Como los hijos de Adán.
    A entrambos el daño vino
 De la funesta manzana,
 Y a toda la raza humana
 Sus tristes efectos van.
    
    ¡Mísera raza!... su mengua
 Sufre, pero no la entiende;
 Y aún sueña y hallar pretende
 Bienes que torpe perdió.
    Tras ellos ciega se lanza,
 Girando en vértigo insano...
 Mas nunca su empeño vano
 Ni aun en sombra los gozó.
    
    Amor pide, dicha busca,
 Y a esperar loca se atreve
 Que en vaso corrupto y breve
 Apague el alma su sed;
    Pero ella su afán inmenso
 Siente perenne, profundo,
 Y rompe lazos del mundo
 Como el águila la red.
   
    En balde en la extraña lucha
 De su cansancio y su anhelo
 Le agrada tomar el velo
 Que la presenta el error,
    Y en los pálidos fantasmas,
 -Que agranda ilusa ella sola
 Se finge ver la aurëola
 De la dicha y del amor.
    
    ¡Resbala pronto la venda!
 ¡Resbala y ve -con despecho-
 Que vuela, en humo deshecho,
 El fulgor de su ilusión!
    Pues no cabe en ser que piensa
 Que eterno el engaño sea
 Aunque inmortal es la idea
 Que seduce al corazón.
    
    No es, no, flaqueza en nosotros,
 Sí indicio de altos destinos,
 Que aquellos bienes divinos
 Nos sirvan de eterno imán,
    Y que el alma no los halle,
 -Por más que activa se mueva
 Ni tú en las hijas de Eva,
 Ni yo en los hijos de Adán.
    
    Unas y otros nos quedamos
 De lo ideal a distancia,
 Y en todos es la inconstancia
 Constante anhelo del bien.
    ¡De amor y dicha tenemos
 Sólo un recuerdo nublado;
 Pues su goce fue enterrado
 Bajo el árbol del edén!
    
    Jamás ¡oh amigo! ventura
 Ni amor eterno hallaremos...
 Pero ¿qué importa? ¡esperemos!
 Porque es vivir esperar;
    Y aquí -do todo nos habla
 De pequeñez y mudanza
 Sólo es grande la esperanza
 Y perenne el desear.