El poeta llega a la Habana

El poeta llega a la Habana
de Federico García Lorca


A Don Fernando Ortiz.
SON DE NEGROS EN CUBA
Cuando llegue la luna llena
iré a Santiago de Cuba.
Iré a Santiago
en un coche de agua negra.
Iré a Santiago.
Cantarán los techos de palmera.
Iré a Santiago.
Cuando la palma quiere ser cigüeña.
Iré a Santiago.
Y cuando quiere ser medusa el plátano.
Iré a Santiago
Con la rubia cabeza de Fonseca.
Iré a Santiago.
Y con el rosa de Romeo y Julieta
Iré a Santiago.
Mar de papel y plata de monedas.
Iré a Santiago.
¡Oh Cuba! ¡Oh ritmo de semillas secas!
Iré a Santiago.
¡Oh cintura caliente y gota de madera!
Iré a Santiago.
¡Arpa de troncos vivos, caimán, flor de tabaco!
Iré a Santiago.
Siempre dije que yo iría a Santiago
en un coche de agua negra.
Iré a Santiago.
Brisa y alcohol en las ruedas,
iré a Santiago.
Mi coral en la tiniebla.
Iré a Santiago.
El mar ahogado en la arena.
Iré a Santiago.
Calor blanco, fruta muerta.
Iré a Santiago.
¡Oh bovino frescor de cañavera!
¡Oh Cuba! ¡Oh curva de suspiro y barro!
Iré a Santiago.
PEQUEÑO POEMA INFINITO
Para Luis Cardoza y Aragón.
Equivocar el camino
es llegar a la nieve
y llegar a la nieve
es pacer durante veinte siglos las hierbas de los cementerios. 

Equivocar el camino
es llegar a la mujer,
la mujer que no teme la luz,
la mujer que mata dos gallos en un segundo,
y luz que no teme a los gallos
y los gallos que no saben cantar sobre la nieve. 

Pero si la nieve se equivoca de corazón
puede llegar el viento Austro
y como el aire no hace caso de los gemidos
tendremos que pacer otra vez las hierbas de los cementerios. 

Yo vi dos dolorosas espigas de cera
que enterraban un paisaje de volcanes
y vi dos niños locos que empujaban llorando las pupilas de un asesino. 

Pero el dos no ha sido nunca un número
porque es una angustia y su sombra,
porque es la guitarra donde el amor se desespera,
porque es la demostración de otro infinito que no es suyo
y es las murallas del muerto
y el castigo de la nueva resurrección sin finales.
Los muertos odian el número dos,
pero el número dos adormece a las mujeres
y como la mujer teme la luz
la luz tiembla delante de los gallos
y los gallos sólo saben volar sobre la nieve
tendremos que pacer sin descanso las hierbas de los cementerios 

10 de enero de 1930. Nueva York 
(LA LUNA PUDO DETENERSE AL FIN)
La luna pudo detenerse al fin por la curva blanquísima de los caballos. 
Un rayo de luz violenta que se escapaba de la herida 
proyectó en el cielo el instante de la circuncisión de un niño muerto. 

La sangre bajaba por el monte y los ángeles la buscaban, 
pero los cálices eran de viento y al fin llenaba los zapatos. 
Cojos perros fumaban sus pipas y un olor de cuero caliente 
ponía grises los labios redondos de los que vomitaban en las esquinas. 
Y llegaban largos alaridos por el Sur de la noche seca. 
Era que la luna quemaba con sus bujías el falo de los caballos. 
Un sastre especialista en púrpura 
había encerrado a tres santas mujeres 
y les enseñaba una calavera por los vidrios de la ventana. 
Las tres en el arrabal rodeaban a un camello blanco, 
que lloraba porque al alba 
tenía que pasar sin remedio por el ojo de una aguja. 
¡Oh cruz! ¡Oh clavos! ¡Oh espina! 
¡Oh espina clavada en el hueso hasta que se oxiden los planetas! 
Como nadie volvía la cabeza, el cielo pudo desnudarse. 
Entonces se oyó la gran voz y los fariseos dijeron: 
Esa maldita vaca tiene las tetas llenas de leche. 
La muchedumbre cerraba las puertas 
y la lluvia bajaba por las calles decidida a mojar el corazón 
mientras la tarde se puso turbia de latidos y leñadores 
y la oscura ciudad agonizaba bajo el martillo de los carpinteros. 

Esa maldita vaca 
tiene las tetas llenas de perdigones, 
dijeron los fariseos. 
Pero la sangre mojó sus pies y los espíritus inmundos 
estrellaban ampollas de laguna sobre las paredes del templo. 
Se supo el momento preciso de la salvación de nuestra vida. 
Porque la luna lavó con agua 
las quemaduras de los caballos 
y no la niña viva que callaron en la arena. 
Entonces salieron los fríos cantando sus canciones 
y las ranas encendieron sus lumbres en la doble orilla del río. 
Esa maldita vaca, maldita, maldita, maldita 
no nos dejará dormir, dijeron los fariseos, 
y se alejaron a sus casas por el tumulto de la calle 
dando empujones a los borrachos y escupiendo sal de los sacrificios 
mientras la sangre los seguía con un balido de cordero. 

Fue entonces 
y la tierra despertó arrojando temblorosos ríos de polilla.

18 de octubre de 1929. New York.
TIERRA Y LUNA
Me quedo con el transparente hombrecillo
que come los huevos de la golondrina.
Me quedo con el niño desnudo
que pisotean los borrachos de Brooklyn,
con las criaturas mudas que pasan bajo los arcos.
Con el arroyo de venas ansioso de abrir sus manecitas. 

Tierra tan sólo. Tierra.
Tierra para los manteles estremecidos,
para la pupila viciosa de nube,
para las heridas recientes y el húmedo pensamiento.
Tierra para todo lo que huye de la tierra. 

No es la ceniza en vilo de las cosas quemadas,
ni los muertos que mueven sus lenguas bajo los árboles.
Es la tierra desnuda que bala por el cielo
y deja atrás los grupos ligeros de ballenas. 

Es la tierra alegrísima, imperturbable nadadora.
la que yo encuentro en el niño y en las criaturas que pasan los arcos.
¡Viva la tierra de mi pulso y del baile de los helechos,
que deja a veces por el aire un duro perfil de Faraón! 
Me quedo con la mujer fría
donde se queman los musgos inocentes,
me quedo con los borrachos de Brooklyn
que pisan al niño desnudo;
me quedo con los signos desgarrados
de la lenta comida de los osos. 

Pero entonces baja la luna despeñada por las escaleras,
poniendo las ciudades de hule celeste y talco sensitivo,
llenando los pies de mármol la llanura sin recodos,
y olvidando, bajo las sillas, diminutas carcajadas de algodón. 

¡Oh Diana, Diana, Diana vacía!
Convexa resonancia donde la abeja se vuelve loca.
Mi amor de paso, tránsito, larga muerte gustada,
nunca la piel ilesa de tu desnudo huido. 
Es tierra, ¡Dios mío!, tierra, lo que vengo buscando.

Embozo de horizonte, latido y sepultura.
Es dolor que se acaba y amor que se consume,
torre de sangre abierta con las manos quemadas. 

Pero la luna subía y bajaba las escaleras,
repartiendo lentejas desangradas en los ojos,
dando escobazos de plata a los niños de los muelles
y borrando mi apariencia por el término del aire. 
OMEGA
Poemas para muertos
Las hierbas.
Yo me cortaré la mano derecha.
Espera.
Las hierbas.
Tengo un guante de mercurio y otro de seda.
Espera.
¡Las hierbas!
No solloces. Silencio, que no nos sientan.
Espera.
¡Las hierbas!
Se cayeron las estatuas
al abrirse la gran puerta.
¡¡Las hierbaaas!!
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