El poeta (Zorrilla)

El poeta
de José Zorrilla

Nota: Publicado en Los españoles pintados por sí mismos (1851)


Cúpome en suerte, carísimo lector, escribir el artículo del Poeta, tipo y personaje harto fácil de confundir con muy diferentes personajes y tipos, que figuran en el teatro de nuestra sociedad actual, y de entre los cuales procuraré sacártele cuanto necesario sea, para que aparezca a tus ojos representado su verdadero papel. Agrádame tanto más esta tarea, cuanto me proporciona más favorable coyuntura para rendir un justo y sincero homenaje a los que con honra ganaron en nuestra España semejante renombre. Famosa ocasión era ésta para hacer alarde de moderna erudición en una de esas largas introducciones filosóficas que ahora se usan en los artículos de los periódicos; y a ser ésta mi voluntad, remontaríame a buscar el origen de los Poetas en los tiempos fabulosos, o antediluvianos, o subiendo aun a mayor altura, iría, tal vez, a parar en los serafines que cantan el Hosanna, dándoles por los primeros músicos y Poetas del orbe conocido y por conocer. Mas pláceme seguir distinto rumbo, y voy entrar en materia con la franqueza de un castellano viejo, ya que en tal lugar de la tierra me tocó nacer. Así, pues, voy a delinear el tipo de Poeta tal cual existe hoy entre nosotros, sin más introducciones ni preámbulos; y sin meterme en lo que han sido, ni debían ser los Poetas, me ceñiré a lo que son, es decir, a lo que al presente debemos entender en este país por un Poeta.

Sin embargo, como no habrá quien se atreva a negarme que todos los hombres somos hijos de nuestra madre, tampoco habrá quien me niegue que nuestra generación de Poeta es hija de la generación de Poetas del inmediato siglo anterior; por lo cual me veo en la necesidad de decir dos palabras sobre estos últimos, para entendernos más fácilmente cuando tratemos de los primeros. Todas las épocas tienen sus especiales creencias, teorías, aficiones y costumbres, a las que pagan necesariamente tributo los hombres especiales que en ella nacen. El siglo pasado fué esclavo del demonio de la filosofía, y el presente del de la poesía; en aquél, para ser hombre de pro, era preciso filosofar, y en éste, para valer, es forzoso poetizar. No sé en qué consiste que la ciencia y el oro rara vez caminan juntos, pero ello es una verdad de la que todo el mundo está convencido; los filósofos, pues, de la pasada centuria, tuvieron tan poco dinero como los Poetas de la presente. Existe, sin embargo, una notable diferencia entre aquéllos y éstos. Aquéllos tenían el prurito por poetizar su pobreza y no se avergonzaban de mendigar los desperdicios de los ricos, al paso que éstos arrostran la suya con fiereza y aparentan más de lo que poseen. Y éste es uno de los mil caprichos con que nacemos, porque en el siglo pasado corrían de mano en mano las buenas onzas y doblones de Carlos III, y en éste ni aun siquiera andan esas malditas monedas de cinco francos en que los señores franceses nos convierten nuestros pesos mejicanos. Los Poetas que vieron la luz antes de 1800, enviaban a la musa a dar días, a pedir aguinaldos, a solicitar empleos, pensiones o favores como hoy día los repartidores de nuestros periódicos, los cajistas de nuestras imprentas y los serenos de nuestro barrio para pedirnos la propina de año nuevo. Complacíanse en exagerar su mala situación, celebrándolo sin vergüenza alguna, y aun elevando a virtud aquella misma miseria en que acaso no vivían, y ridiculizábanse, en fin, a sí propios sin piedad, como los mendigos que laceran sus miembros para excitar mejor la compasión del prójimo, poniéndole ante los ojos su repugnante deformidad. Entonces la poesía era un adorno secundario en un legista, en un curial o en un clérigo, que destinaba sus ratos de ocio a hacer cuatro composicioncillas amatorias, muy apreciables sin duda para la mujer que las inspiraba, pero muy insípidas para el lector juicioso, que no hallaba en ellas más que copias de copias de cuantos versos amatorios se habían escrito desde Anacreonte hasta aquellos días (téngase entendido, y lo advierto con tiempo, que no hablo aquí de don Nicolás Moratín, Cienfuegos, ni de otros varios en quienes brillaron dotes reales de Poetas, por más que cediesen al mal gusto del tiempo en que vivieron): ahora es una carrera como cualquiera otra que conduce a una posición social decorosa, y aun a destinos honoríficos del Estado, y que produce lo suficiente para vivir sin lujo, pero sin estrechez. Entonces se decía por lo bajo: Yo soy un miserable Poeta; hoy se dice con orgullo: La poesía me ha hecho independiente. Entonces un Poeta excitaba la compasión, o era buscado en las sociedades de la clase media para gozar con sus dichos agudos (vulgo bufonadas), y hoy excita la admiración y el aplauso, y es recibido sin dificultad en las mejores sociedades, donde no le resisten la más esmerada educación, ni el más extremado decoro. Entonces podía aspirar a una plaza de escribiente en las oficinas de un grande, en la mayordomía de alguna colegiata, o en casa de un escribano, si tenía buen carácter de letra; y ahora un tomo de poesías, una buena comedia, un poema bien escrito, introduce a un Poeta en la secretaría de Estado o de Gobernación, en la Biblioteca real, o en una Legación al extranjero, donde al paso que goza el premio de su trabajo y talento, los perfecciona y enriquece con nuevos y necesarios conocimientos. Entonces se creía que el abandono y desaliño de la persona era una señal evidente del talento, y que para ser sabio, filósofo o Poeta inspirado, era preciso ser sucio, grosero, distraído y cínico; hoy, por lo contrario, la juventud que se dedica a la poesía, viste con elegancia, frecuenta la sociedad y no avergüenza a sus amigos, a sus protectores o sus apasionados con manchas y desgarrones. Entonces los poetas se mordían con encarnizada furia, desacreditando con palabras y escritos las obras ajenas en los términos más injuriosos y descomedidos, sin ocultar su envidia, su pesar o su enemistad; ahora las producciones afortunadas de un Poeta son aplaudidas por los demás, juzgadas con recta severidad, y criticadas con noble indulgencia. Entonces un Poeta que llegaba a cierta buena situación, esquivaba las ocasiones de proteger y favorecer a otros Poetas, porque los miraba como sus enemigos naturales; y ahora un Poeta en la fortuna presenta ventajosamente a los demás en todas partes, y se llama amigo suyo; lo cual, si no es adelanto del talento, es adelanto de la educación y hombría de bien.

De aquí nació la justa ojeriza que nuestros padres tomaron a la poesía y a los Poetas, en quienes no veían sino miseria, envidia y relajada conducta; de aquí los disgustos que los hijos hemos dado a nuestros padres con este malhadado afán de poetizar, en favor del cual tenían tan pocos ejemplos que traer a la memoria. Verdad es que la mayor parte de estos malos ejemplos son debidos, no a los verdaderos Poetas, sino a la turba de aficionados a la poesía, que no los imitan en las vigilias, los estudios y los trabajos, sino en las estragadas costumbres que el vulgo les atribuye continuamente: porque hablando en plata, amigo lector, tengo para mí que los aficionados son la polilla del arte a que se aficionan; sea esto dicho de paso y con perdón de los aficionados, que se las tienen de críticos y profesores, sin más conocimientos que su afición. Con estos antecedentes, vamos a entrar de lleno en el artículo del Poeta del siglo XIX, separándole de otros tipos o caracteres que pueden en algún punto semejársele.

No hablo de aquel muchacho de diez y seis años que viene a Madrid fugado de la casa paterna a sentar plaza de Poeta porque ha oído decir que Byron y Walter Scott lo hicieron así, y alcanzaron grande reputación. A éste, después de vagar algunos meses sin dinero ni domicilio, haciendo y diciendo necedades de muchacho, le caza un día algún individuo de su desconsolada familia y le vuelve a llevar a su provincia, donde al cabo se convence de la mala suerte que acompaña al talento y especialmente al de la poesía; se hace abogado, o médico, o boticario, y conservando su afecto a las bellas letras, concluye por ser un mal boticario, o médico, o abogado, y más decididamente, un detestable aficionado a la poesía. Éste entra, pues, en el tipo del aficionado y no en el del Poeta.

No hablo tampoco de aquel otro mancebito de barbería que en vez de aprender a conocer los simples, pasa el tiempo escribiendo coplas a las criadas de sus vecinos; y dejándose crecer su indomable pelo de la dehesa, su áspero bigote y desigual perilla, pone en comedia la vida y aventuras del sacristán de su lugar, y se lanza a presentarla a las empresas de teatros y a los autores, perdonándoles la vida si se la ponen en escena. A éste le ofende su amor propio el verse desairado por aquellos a quienes se dirige, y vuelve a su tienda a cantar sus coplas en la vihuela, a afeitar a sus parroquianos y a mudar el agua a las sanguijuelas; teniendo para sí que los empresarios y los Poetas están envidiosos de su saber, y de las buenas partes de sus obras. Guarda, pues, su comedia cuidadosamente en su baúl, y vuelve a su pueblo diciendo que es Poeta; créenle los palurdos bajo su palabra, y le convidan a las bodas de los pueblos del contorno para echar bombas a los postres, a la salud de los novio y los padrinos. Éste tampoco entra en el tipo del Poeta, sino en el de cirujano romancista.

No hablo tampoco de aquel imberbe muchacho que representa en las redacciones de los periódicos de literatura, que no pagan, a escribir lo que necesitar los redactores o el dueño del periódico. Éste anuncia con la mejor fe que escribirá de todo; artículos de artes, de crítica, poesías sobre todo: que escribirá los artículos de teatros si las empresas le mandan gratis su correspondiente luneta; que traducirá novelitas del francés al gascón, y aun las hará originales a pedir de boca. Si consigue su objeto, inunda el periódico de sus peregrinos artículos, que nadie lee; se da con sus amigos, en los cafés y en los sitios públicos, la importancia y el nombre de Poeta; se hace sensible con las damiselas de equívoco carácter y les lee sus versos en tono lastimero, recordándoles la buena amistad que le une con las notabilidades literarias de la capital. «Hoy como con Rubí, chez M. Prosper, exclama inocentemente. ¡Oh! Rubí es un buen muchacho; tenemos corridas algunas trifulcas juntos, vaciadas algunas botellas de champagne. Algunos días nos acompañan otros Poeta, literatos y periodistas de buen humor. Doncel y Valladales, los redactores del Laberinto, varios articulistas de los Españoles pintados por sí mismos. ¡Oh!, gente toda de buen humor, bebedores y calaveras si los hay. ¡Qué vida, amigas mías, qué vida!, eso es gloria y lo demás patarata.» Y así explicándose, toma su sombrero y parte a la plazuela de Santa Ana a pasarse por la fonda de Próspero, ; pero no a comer con tal compañía, sino a mirar por los alumbrados que dan la calle si hay en las salas de comer algunos de los citados, a quienes mira y escucha desde fuera para poder mañana contar con quién comió ayer. Éste llega al fin a creerse él mismo grande amigo de todos los Poetas; cuenta sus vidas como las oye de bocas tan fidedignas como la suya, embelleciéndolas siempre con alguna circunstancia que las marque mejor; y cualquiera que le oiga, concluirá por creer que los Poetas son una raza de hombres perjudiciales en todos sentidos; que pasan sus días y sus noches en largos festines, en ridículas disputas y desafíos, y continuos y escandalosos espectáculos. A estos imbéciles deben la mayor parte de los Poetas una crónica escandalosa de que jamás han sido héroes, y de ellos hay que oye contar su propia historia sin conocer siquiera el lugar en que nació ni los lances y escenas en que su nombre figura. Éstos tampoco son individuos que pertenecen al tipo del Poeta, sino al del tonto. Tampoco hablo de aquel otro mancebo que hace diez años que se ha plantado en los veinticinco, que ha hecho una o dos excursiones hasta París, donde ha adquirido un modo de hablar de vestir, de andar y de vivir, en fin, si no muy acomodado a las costumbres del país en que nació y vive, muy a propósito para hacerse remarquable. De allí ha importado consigo una ciencia universal infusa y el título que más de moda le pareció, el de Poeta. Conoce a Alejandro Dumas, se cartea con Chateaubriand, ha comido mil veces con Víctor Hugo, ha enseñado a su esposa (de Víctor Hugo) varias canciones andaluzas (que ni ella, ni él, ni Víctor Hugo han entendido jamás); ha tomado el té en varias ocasiones con la elegante Mme. Dudevant (Jorge Sand); ha dado algunos útiles consejos a Federico Soulié, sobre sus Memorias del Diablo, y se ha visto suplicado por los empresarios del Teatro francés para que se estableciera en el mismo París, con el objeto de que les ayudase a dirigir su teatro. Escribe en todos los periódicos por amistad con sus directores, por darles reputación firmando sus columnas. Todas las hermosas de Madrid le confían su álbum, el cual se encarga de llenar por la estrecha amistad que le une a todas las notabilidades. Da exactas noticias de cuanto pasa en la capital y provincias de España con respecto a las artes, y conoce todas las joyas que encierran los liceos y teatros caseros de la nación; es decir, todas las muchachas bonitas que desgarran tan lindamente las comedias, que sólo debieran ejecutarse en los teatros, a quienes perjudican esta hermosas, mágicas e inspiradas actrices, que siendo muy poco para elevarse a artistas, se consideran mucho para descender a cómicas. (Y sea dicho de paso ahora que estamos en ello, todavía no hemos visto salir de estas sociedades artísticas ningún actor que se haya ganado para el arte.) De estos teatros caseros es el panegirista este mancebo de quien voy hablando; y él es el que aparecer en los periódicos los artículos laudatorios de sus sacrílegas representaciones, cuyos artículos vienen generalmente a parar en unas detestables coplas a los ojos de la fulanita, al cabello de la menganita y a la deliciosa sonrisa de la zutanita, que serán a mi ver las mejores dotes de actriz que poseerán, cuando por ellos sólo se les encomia. Éste no entra tampoco en el tipo del Poeta, sino en los tres juntos del aficionado, del artista y del mentecato. Réstame ahora, lector pacientísimo, decirte lo que es un Poeta, segregado de estos otros entes de quienes te he hablado y con los cuales no es justo que le confundas.

El Poeta, pues, es un individuo de nuestra raza humana, que ve la luz en el lugar que el Sumo Hacedor le destina para nacer, en la aldea o en la corte, en la tierra o en el mar, y en medio de una familia noble o plebeya, opulenta o miserable, como todos los demás hombres. Recibe la educación que le dan, y vive sujeto a todas las visicitudes de la fortuna, ni más ni menos que el resto de sus hermanos; pero, dotado de corazón fogoso y brillante imaginación, empieza a ver y juzgar las cosas con alguna diferencia de lo que las ve y juzga el común de las gentes. Sus tutores le dedican a la carrera que mejor les parece, poniéndole bajo la dirección de los mejores profesores; pero él adelanta poco en los estudios graves y echa mano de otros libros que no son de su facultad. Poco a poco su lectura despierta en su imaginación ideas nuevas, cuyo germen había siempre sospechado y poco a poco se decide a extender sobre el papel sus informes pensamientos, reduciendo a palabras sus deseos, sus esperanzas, sus ilusiones de muchacho. La historia, la retórica, la geografía…, todo lo que aprendió en el colegio, o a solas con los libros y escritos que le cayeron en las manos, viene entonces en su ayuda. Pronto concibe que sus ideas pueden expresarse propia y elegantemente; que la riqueza y armonía de su lengua patria le está brindando con una fácil versificación, cuyo desempeño no le embaraza mucho, porque su propio instinto hace brotar de su pluma sus conceptos en versos de todas medidas, que él va reconociendo conforme los va viendo escritos delante de sus ojos. Desde aquí su afición a la poesía, desarrollada completamente, le hace imponerse modelos que imitar, estudios que cultivar y obras que emprender. Aquí tienen principio sus dudas y desconfianzas; algunos versos o discursos suyos han sido celebrados ya por amigos, ya por extraños, pero siempre como pasatiempo de chico; y esto, que no satisface su corazón, le obliga a avanzar con ansia y fe por el camino que él mismo se ha trazado. Lee cuantas obras literarias encuentra, asiste a cuantas sociedades artísticas conoce, escucha a cuantos cree con reputación de literatos y Poetas, y ensaya a sus solas la manera de poner en práctica las teorías que ha aprendido de ellos, o la imitación de las obras que han sometido al fallo del público y que han sido de éste bien recibidas. Desde este momento sólo le falta ya un cuarto de hora de buena suerte; y si lo busca con asidua tenacidad, lo encontrará seguramente. Un amigo que le presenta en un liceo, una señora que le recomienda a un empresario de teatros, etc., etc., le ponen en estado de mostrar al mundo modestamente una obra de su genio. La sociedad le escucha con gusto, o tal vez le aplaude con entusiasmo; el empresario se paga de la obra y se la hace leer en una reunión ad hoc, y he aquí su momento feliz. Su producción agrada a estos comités, se determina su representación (o su impresión, según el género de la obra); por medio de ella establece su conocimiento con las personas cuyos nombres está acostumbrado a venerar, y el muchacho pasa a ser hombre y el estudiante a Poeta. En este día empieza para él una nueva era.

El teatro es en este siglo el objeto de la ambición del Poeta, porque una obra dramática reporta más gloria y más utilidad que otra alguna, y el joven ha echado ya sus cuentas para el porvenir. Éste es el Poeta; el que cuenta con hacer de la poesía su profesión y su ocupación de toda la vida. Ansioso de reputación y del aplauso en su país, canta sus glorias en inspirados poemas, ensalza sus héroes en históricas producciones dramáticas, y celebra o critica en sátiras comedidas las virtudes y ventajas, o los vicios y manías de las costumbres de su sociedad y su siglo. El público recompensa sus fatigas con sus aplausos, y su país le agradece lo que hace por su gloria, en nombre de los héroes que celebra y las hazañas que canta, colocando su nombre entre los nombres que darán honor a su centuria.

Por lo demás, el Poeta no se distingue en nada del resto de los hombres. Sus costumbres están en armonía con sus afecciones, sus caprichos o sus convicciones, como las de todos los demás. Tal vez (lo que sucede a menudo) sus escritos están en oposición con su carácter; y un hombre, metódico, severo y de buenas costumbres, se complace en pintarnos las escenas más bulliciosas, más cómicas o más desordenadas; al paso que otro alegre, feliz e inconstante, nos retrata al vivo grandes cuadros trágicos y profundas y misteriosas pasiones, en que la virtud y el heroísmo juegan los principales papeles. Como todas las personas que ejercen una profesión, se disgusta de las que continuamente cuestionan sobre la suya y le hacen hablar de ella en lugar y horas incompetentes.

No usa de sus facultades poéticas sino en las ocasiones y asuntos que lo requieren: y jamás emplea sus conceptos en adular al poder, en celebrar la injusticia, ni en favorecer sórdidas ambiciones. Recibe modestamente las recompensas o distinciones con que las Academias, las autoridades o los Gobiernos premian sus talentos, y parte su gloria como su bolsillo con los que valen tanto como él, sin mirar jamás si les da la parte más considerable. Alegre o melancólico, jubiloso o calavera, bueno o malo, en una palabra, el Poeta es siempre Poeta, por más que sea su vida sedentaria o activa, su educación esmerada o abandonada, sus gustos y costumbres ejemplares o reprensibles y borrascosa o monótona la historia de sus pasados días. Esta historia corre generalmente entre el vulgo desfigurada por los mentecatos que creen que por conocer a los hombres célebres se colocan a su altura; como si el comer con un gran general, vivir con un gran orador, tratar con un gran músico, pudiera infundir valor en sus mezquinos espíritus, dar elocuencia a sus lenguajes infamadoras, o hacer producir a su estéril talento una brillante sinfonía, o un solemne miserere. Pero éste es riesgo que corren todos los hombres que se distinguen en algo, y que le toca al Poeta, no por Poeta, sino por hombre distinguido.

Este artículo se alargaría demasiado si nos detuviésemos más en él; haré, no obstante, una última observación, y es que casi todos los Poetas alcanzan fama de calaveras y disipados, y la mayor parte de ellos con razón; pues como sus trabajos son más de inspiración que de convicción, frecuentemente les ocurre pasar largos días en la inacción y en la holganza, en cuyos días no siempre son santas sus ocupaciones, arrastrados por su carácter y sus exagerados pensamientos, aunque esto no pasa de una vaga teoría desmentida por muchos ejemplos.

Y aquí concluye mi artículo del Poeta, ¡oh lector benévolo!, el cual, ya que no satisfaga mi conciencia, puede acaso darte una idea ligera de los Poetas; si es que no te han hecho dormir sus períodos desaliñados. En cuanto a los nombres de los que hoy viven en este trabajado suelo de España, tú los podrás deletrear si has tenido la bondad de leerme con atención. Quiero, sin embargo de esto, que sepas que los autores de Guzmán el Bueno, Detrás de la Cruz el Diablo, Los Amantes de Teruel, Don Álvaro o la fuerza del Sino, No ganamos para sustos, El Diablo mundo (poema), Simón Bocanegra y otros largos de enumerar, serán siempre tenidos como verdaderos Poetas, sea cualquiera su vida, su reputación y su fortuna; y por más que sus envidiosos y detractores les disputen los derechos a semejante título, sus nombres pasarán con sus obras a la posteridad, y no les faltarán, tarde o temprano, ni una corona de laurel para su sepultura después de su muerte, ni un admirador durante su vida mientras pueda latir el corazón de J. Zorrilla.