El papá de las bellezas/Capítulo X

El papá de las bellezas (1912) de Felipe Trigo
Capítulo X

Capítulo X

Con la boca seca, con el alma llagada de recuerdos, toda fatigadísima por los estragos del alcohol, despertó Luz á las once.

Lloró. Día horrible, tras la noche estúpida y funesta. La vida suya parecíala un sucio tormento. En su padre había querido salvar aquellas únicas inocencias de la niñez que la guardaba el corazón, y su padre, al que ya antes de saber que lo fuese la entregó como amante el sarcástico destino, había intentado de nuevo envilecerla, injuriarla... ¡¡poseerla!!

¿Habría querido... habría podido realmente su padre querer aquel horror?... Reconstituía la breve escena, tratando de penetrarla el sentido. La duda la mataba -porque continuaba sin saber si la maldita borrachera que los dos tuvieron, pudo inducirle á él al crimen, al agravio, ó á ella, engañada por el sueño y el champaña, á suponerlo.

¡Oh, la noble hija de duques y de reyes!... ¡La prostituta más encanallada por su padre ó por la gratuíta ofensa monstruosa que ella al padre le infería... y día por día, forzada aquí, de todos modos, á seguir siendo el lindo basurero de los hombres!...

Saltó de la cama. Habíase acordado de la buenísima Matilde, la única amiga que igualmente amargada, llorábale las penas, y en un febril afán de plena confidencia, púsose á vestirse para buscarla y llorar sobre su pecho.

Por la calle, la sorprendió el instinto de purezas que habíala hecho repugnar las galas y ponerse un simple traje obscuro.

También Matilde ¡la infeliz! guardaría en su vivir de escarnio algún hondo misterio que cien veces habíala dejado adivinar entre sollozos. Triste, más triste que ella, quizás, ayer mismo la dejó Luz muerta de enigmáticas vergüenzas, hablándole de no se supiese qué retiro en qué conventos, y negándose á acompañarla al baile del Real...

Llegó. Pasó. Matilde se peinaba, y recibió á la fraternal amiga sonriendo melancólica:

-Hola, Luz... ¿Qué; te divertiste anoche?... ¡Perdóname! ¡No quise ir! ¡Soy muy tonta, muy bruta!...

Pero reparó en su faz, é inquirió:

-¿Qué tienes? ¡Pareces una muerta!

Y como la ofrecía los brazos, Luz cayó en ellos con una explosión de llanto que la rasgó y la vació de un golpe el alma, el corazón, la vida entera, atormentada en el afán de darle á otra alma buena la totalidad de sus dolores.

-¡Oh, Matilde, Matilde, perdóname tú! ¡Sufro siempre mucho, porque no soy quien crees, porque yo tengo que lucirle á un padre, á un hombre que tú conoces, la indecencia de esta vida, y sufrí anoche lo indecible, lo horroroso, porque no sé si él anoche quiso poseerme, allí en un palco, ó yo le ofendí creyéndolo, en mi padre!

-¡Un padre! ¡Tu padre!... ¿Qué padre?

-¡Qué horror, Matilde, qué horror!... ¡Mira, sí, perdóname, Matilde... yo, que fuí su amante sin saber que era su hija, soy la hija del duque de Puentenegro!...

La noticia causó en Matilde el efecto de una bomba. Eléctricamente separada, preguntó:

-¡Del duque?

-¡Del duque! -confirmó Luz, no extrañada del asombro.

-¡Del duque! ¡Tú! ¡Tú hija del duque, Luz! ¡Tú, hija de... mi padre!!

El estupor, esta vez, las dejó á las dos petrificadas.

Se miraban.

Y-fué Luz quien ahora demandó:

-¿Cómo de tu padre?

Nada respondía Matilde. Lo que acababa de oír parecíala una burlesca copia de su historia, que Luz la lanzase por blasfemia. Pensó que alguien la hubiese dicho aquel oprobio de que ella hubiese sido la amante del duque, cuando no podía sospecharse su hija, y esta maldad llenábala de ira y de dolor contra la hipócrita.

Por un instante la contempló, dudando si escupirla y arrojarla de la casa. Pero al fin, el mártir aspecto y el llanto de Luz colmáronla de confusión, y para descifrar el enigma, la cogió de una muñeca y la condujo hacia el sofá:

-Ven, Luz, ven... Es necesario que hablemos, que te expliques.

Y el prólogo de lágrimas y de recelos con que empezaron las dos, fué el prólogo de la verdadera, de la enorme, de la interesante y profunda é infinita confidencia...