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El niño de la Tumbaga



IEditar

-¡Camará, pos ni que hubiera venío de la luna! -exclamó Pepita la Ecijana al notar como a su paso por las callejas del Perchel no encontraba hombre que no intentara comérsela con los ojos y que no diera expansiones a su sensual codicia en pintorescos piropos, ni hembra que no la mirara a hurtadillas y con envidiosísima expresión.

-Es que eres tú mucha mujer, chavó; es que tiées tú por cara una reliquia y un proigio por cuerpo -repúsole, al par que la contemplaba con íntima complacencia, la señora Dolores la Remilgos, hermana carnal de su padre, el señor Paco el Talabartero.

-Oiga usté, señá Dolores -exclamó en aquel instante el famoso Niño de la Tumbaga-. Oiga usté, ¿no me quiere usté jacer el favor de darme ese fenómeno, que nunca me ha dao usté naíta?

La señora Dolores midió al Niño de arriba abajo con una mirada de afectado desdén, y repúsole, al par que lo apartaba con la mano suavemente de su camino:

-Vamos, hombre, quita, que es mucha la calor que jace, y no está el tiempo pa dar, sino pa peír, y usté dispense, caballero, si no pueo jacer con usté esa obra de misericordia.

Pepita la Ecijana no habíase dignado acoger con una sonrisa siquiera la salida del Niño, y ya disponíase a proseguir su camino, cuando díjole con voz acariciadora el de la Tumbaga:

-Pero ¿es que no la ha jecho a usté gracia lo que yo acabo de decir, señora?

-¡Pues no ve usté que no me pueo tener de risa!

-Pues mire usté, que me den una puñalá si no es la vez primera que me falla esta chirigota, que llevo ya la mar de años de emplearla con la mar de güen resultao.

-Pos cuando me trompiece usté otra vez, me la dice usté de nuevo, a ver si entonces me jace más cosquillas que hoy me ha jecho.

Y Pepa siguió calle arriba con paso rítmico y acompasado, seguida de la señora Dolores, mientras el Niño, plantado como una estatua en el centro de la calle, seguíala con mirada llena de febril apasionamiento, y murmuraba con voz sorda, en que vibraban la admiración y el deseo:

«Vaya un postín de mujer, y vaya unos andares, y vaya un mo de pisar, y vaya unos clisos que son dos ventanales, y vaya una boca que parece jechita con un punzón, y vaya un pechito de órdago y vaya una caera de chipé, y vaya un talle que es un torzal, y... Oye tú, Clavicordio, ¡por el amor de Dios, dame una miajita de algo, que me quemo, que me está ardiendo jasta la Santa Bárbara!

Y esto último lo dijo el Niño dirigiéndose al tabernero, que, cruzado de brazos en la puerta de su taberna, había presenciado, canturreando irónicamente uno de los tangos más en boga a la sazón, la casi mortificante derrota de aquél, uno de los más acreditados por aquel entonces catedráticos en lances de amor y bizarría.

-¿Y quién te manda a ti meterte en esas honduras, camará, que no quieres dejar nunca na pa naide, que te lo quieres llevar tú to en el pico u a la bandola?

-Pero ¿tú has visto bien a esa gachí?

-¡Vaya!

-¿Y quién es esa gachí?

-Pos ésa es Pepa la Ecijana, la jembra más rebonita que ha parío madre desde que el mundo es mundo.

-¿Y desde cuándo navega en estas aguas esa goleta de marfil con el velamen de oro?

-¡Pos tres o cuatro días mal contaos, sigún parece! El Talabartero ha tenío que venir a unos negocios, y como tiée aquí una hermana, que es la Remilgos, ¡pos velay tú!, en su casa está parando.

-Pos di tú que si lo llego yo a saber me meto en cama y me pongo una bizma por no tropezarme a ese querubín. ¡Camará!, que me ha dao hipo y se me ha cortao toíto el cuerpo.

-¡Pos como no te purgues, no te alivias! Porque lo que es esa tórtola no la alicortas tú, que ésa tiée ya el milano que se la ha de comer con su sal y con su pimienta.

-¿Y quién es ese milano, a quien Dios le dé lo que yo diga?

-Ortigosa el de Osuna, un gachó que tiée por nariz un caballete y por ojos dos estornúos, y que si no da bellotas es por misericordia divina.

-¿Y ese gachó está en Málaga?

-No, que yo sepa. Pero ¿a ti qué te importa to eso?

-¿Que a mi qué me importa? ¡Camará!, pos si tengo el tifus desde que vi a esa gachí; si es que me ha embragao el corazón con sus pestañas; si es que esa jembra no pue ser ya pa naide, ni pa el del caballete, sino pa mí, pa el hijo del señor Paco el Cotufero y de la señá Dolores la Pinturera.

-¡Eso no se sabe! -exclamó el tabernero con acento irónico e incrédula expresión.

-Pos tan y mientras se sabe u no se sabe, dame una miajita de solera, que estoy achicharraíto.

Y mientras aquél se dirigía al barril del amontillado, sentose el de la Tumbaga junto a una mesa, y colocando en ella el codo y en la palma de la mano la cara, canturreó dulcemente, acompañándose con nervioso, rápido y acompasado taconeo:

Que Dios bendiga la hora
en que te hallé en mi verea,
si lo mismo que te quiero
consigo yo que me quieras.


IIEditar

-Pero vamos a ver, martirio -decíale, con acento vibrante de pasión, quince días después de la escena que acabamos de narrar, el Niño de la Tumbaga a la bellísima unigénita del Talabartero, que sentada tras la reja, bañada en sol y compitiendo triunfalmente en tintas y en perfumes y en gallardías con las flores que lucían en las macetas, contemplaba a aquél con melancólica expresión-; vamos a ver, por qué ese empeño de que yo, en la flor de mi edá, me vista la mortaja; porque si usté se va de la vera mía, sin darme su consentimiento, no voy a encontrar médico que me cure la puñalá que me voy a meter en el sitio que más me duela.

-Pero ¿qué quiere usté que yo le haga? Lo que no puée ser, no puée ser, y querer usté casarse conmigo es como si quisiera casarse con la luna.

-Pero ¿por qué ha de ser eso asín? ¿Por qué? Yo tengo veintiséis años no cumplíos; mis méritos o mis desméritos a la vista están; no tengo más familia que un tío embarsamao, una gata morisca, un perro perdiguero y un patio que es un encanto; además, tengo pa vivir sin ayunar manque suban los comestibles; además, tengo un corazón que no me cabe en su departamento; además, buenos procederes. A mí to el mundo me estima, probes y ricos, chatos y narigones, y lo único que me falta en el mundo pa yo reírme de la pena, es usté, usté, y sin usté no quieo pa na la vía, ni al probetico embarsamao, ni mi gata morisca, ni mi potro alazán, ni mi perro perdiguero. ¿Usté se entera?

-Pero si es que no puée ser lo que usté me píe; si es que no puée ser; si es que yo tengo da palabra de casamiento a otro hombre.

-¿A quién? ¿Al de Osuna?

-¡Al que sea! ¡A un hombre!

-Si yo estoy enterao de toíto; si yo sé que usté no quiere a ese gachó; si yo sé que lo que pasa es que ese mal ángel le tiée puesto el pie encima al señor Francisco, que le emprestó cuatro ochavos, y que el plazo está cumplió, y que el día que quiera ese mal arate se come la finca hipotecá, y como usté es güena y usté quiere a su bato corno lo debe querer, pos velay usté, por no verle pasar fatigas, está usté dispuesta a pasar por la ruea de las navajas.

-¿Y quién le ha contao a usté to eso? -preguntole con acento de reproche la Ecijana.

-Pos una calé, que me ha dicho la güena ventura.

-Pos la calé y usté se han dequivocao de medio a medio, porque si yo me caso con Ortigosa es porque lo quiero con toas las veritas de mi corazón y con tos mis cinco sentíos.

-Entonces perdone usté; cualquierita se equivoca, y yo me he dequivocao. Así, pues, quédese usté con Dios y con la Pastora Divina -repúsole el Niño con voz triste y reconcentrada.

-Pero es que lo cortés no quita lo valiente, hombre de Dios, y esto que yo le he dicho no es para que me tome usté ojeriza ni me ponga usté esa cara de cólico miserere.

-No, señora; pero es que yo había ensoñao con la gloria, y usté me ha jecho despertar, y como ya aquí no puée crecer pa mí la flor de la esperanza, yo me voy, y me voy pa no volver tan y mientras usté no me mande venir, diciéndome que me traiga ya listos toítos mis papeles.

Y el Niño, para evitar que la Ecijana viera cómo se le humedecían los ojos, dio media vuelta y se alejó rápidamente, murmurando:

«Ya me mandarás tú venir si es mentira, como creo, lo de tu querer al Ortigosa».


IIIEditar

¡Camará!, hija mía, hoy sí que me he alevantao con la Virgen de cara -exclamó el señor Francisco, penetrando en la habitación donde se encontraba su hija con el semblante contraído y los ojos llenos de vaga y luminosa tristeza.

-¿Qué le ha ocurrío a usté? -preguntole la muchacha, que pugnaba inútilmente por quitarse el amargor de boca que acababa de dejarle su entrevista con el Niño.

-Pos lo que me ha ocurrío es una cosa que no pasa más que una vez en la vía -exclamó el viejo con acento alborozado-. Suponte tú que a poquito de salir de aquí me trompiezo con el Maroto, un gachó que yo conozco cuasi desde cuando le dieron el jarabe. Pos bien: me lo trompiezo, mos damos un achuchón, y después del achuchón mos vamos a tomarnos unas copas a ca del Especiero; ya en ca del Especiero, platicando, platicando por la verdá, le dije al Maroto lo que me pasaba, porque como yo sé que si tú pasas por toas, y estás dispuesta a pechar con el de Osuna, es porque yo no tenga que dir en mi vejez a peir un mendrugo de puerta en puerta, pos la verdá, platicando, platicando, se me resbaló la sin hueso y le puse toas las cartas boca arriba y fue que Dios me iluminó. ¡Camará!, porque apenitas se las puse, se me queó mirando el Maroto con cara de güenas aciones y me dice: «Pus por eso no tiée usté que pisarle un pie, ni lastimarle una alita del corazón a su hija, que por casolidá tengo yo guardaítos cuatro maraveíses, y como precisamente ahora no tengo naíta en que emplearlos, pos se los doy a usté; usté le paga a ese guasón, y usté me hipoteca u no me hipoteca la finca, con interés u sin interés, como a usté le dé la repotente gana, y a pagar cuando a usté más le convenga». Yo, ¡camará!, al oír esto, me quedé como catalértico; pero como yo no juego más que con los cabales, y no soy capaz de jacerle una charraná ni a un enemigo, le jice ver que lo que debo al de Osuna es cuasi tanto como lo que vale la finca; pero el Maroto me dijo que güeno, que queaba enterao, y que esta misma tarde me daría esos parneses... Con que ya ves tú, hija mía, si tengo razón si digo que hay días en que se alevanta vino con la Virgen de cara.

Mientras hablaba el señor Paco, el semblante de Pepa había sufrido tina extraña metamorfosis, una misteriosa expresión de inquietud y de gozo iluminaba sus ojos, y cuando su padre hubo puesto fin al pintoresco relato, exclamó ella, incorporándose bruscamente y dirigiéndose hacia la puerta:

-¡Tía Dolores, tía Dolores!

-¿Qué se te ha roto, hija mía? -exclamaba momentos después ésta penetrando en la habitación con aire casi asustado.

-Oiga usté, tía, vamos a ver si usté me dice quién es el Maroto -díjole su sobrina mirándola con interrogadora fijeza.

-¿Quién es el Maroto?... Pos el Maroto es un «Viva la Virgen» y un «Me alegro verte güena». Pero no es mala persona...; uña y carne del Niño de la Tumbaga.

-¡Ah!... Uña y carne del Niño... Ya me lo suponía yo. Y oiga usté, tía Dolores, ¿ese hombre habillela muchos parneses?

-¿Parneses el Maroto?... Pos si no fuera por el Niño andaría el gachó en cueros vivos y descalzo, y alimentándose de arpiste. ¡Chavó, parneses el Maroto!

-Eso no puée ser -exclamó el Talabartero con voz de asombro y de ira encarándose con su hermana.

-¡Sí, padre, sí puée ser; ya verá usté como cuando vea usté de nuevo a ese hombre no hay na de lo platicao; ya verá usté como to no ha sío más que una broma, una chufla de verano!

-Pos eso mu pronto se ha de ver -exclamó el viejo, dirigiéndose hacia la puerta de la calle en actitud airada- que no soy hombre pa aguantar coces de amos ni burlas de mal nacíos.

-Aquí, aquí están los parneses -exclamó el viejo, penetrando sudoroso y jadeante en la sala y mirando a su hija con aire de triunfo, al par que llevaba la mano al bolsillo interior de la chaqueta.

Pepa posó en él sus grandes ojos con extraña y gozosa expresión, y después, dirigiéndose a su tía, díjole con acento indefinible:

-¡Tía, hágame usté el favor de dir ahora mismito a casa del Niño y de decirle que venga juyendo, y dígale usté de camino que puede dir ya pensando en arreglar los papeles!

Y mientras su tía y su padre la contemplaban con aire de asombro, ella salió de la habitación con los ojos llenos de luz y el corazón vibrante de alegría.