El niño
de Emilia Pardo Bazán


Según avanzaban las horas del fosco día de diciembre, tasada su mísera luz por los turbios vidrios de la venta que pretendía iluminar la guardilla, aumentaba el sufrimiento de la mujer. Había instantes en que pensaba morir -y aún lo deseaba- con la fuerza del dolor que atarazaba sus fibras. El marido no estaba allí; había desaparecido una mañana, no se sabía hacia dónde, aunque se suponía que a América, no tanto en busca de trabajo, que aquí no le faltaba, sino de libertad y vicios, dejando a su esposa como se deja la copa agotada sobre el mostrador de la taberna. Y ella, la mísera, que no sabía oficio alguno, que venía en derechura del campo cuando se casó, allí se había quedado, sin más amparo que el de la caridad; pues ni aun en el servicio doméstico más humilde la admitirían en el estado en que se encontraba.

Y con todo esto, sola, pobre, abandonada, retorciéndose de sufrimiento y de tortura, la mujer sentía por momentos que se estremecía de esperanza y de gozo. Andrajo de humanidad tirado en un rincón, olvidado, barrido, por decirlo así, de entre sus semejantes, la infeliz iba a dar vida, a producir, por el desgarramiento de sus entrañas, un nuevo ser. ¡Y sus pensamientos volaban, volaban hacia lo más alto, en un vértigo de esperanza ambiciosa! Oía, según iba cayendo la noche, el chirrido de las chicharras, el estridente himno de las cornetas, el silbo de los pitos, el rasgueo de los guitarros, y pensaba, enorgullecida, que todo aquel alborozo era por un Niño, por un Niño como el que ella iba a traer al mundo. No calculaba la diferencia de significación espiritual; de eso, ¿qué entendía ella, la cuitada? Veía otro Niño regordete, colorado, con pelusa en el cráneo, con un corpezuelo hecho a torno; otro Niño como el del pesebre, con una risa tempranera y una gracia candorosa al buscar el seno de la madre...

Con tales suposiciones se calmaban algo los rigores del suplicio, y por momentos quedábase adormecida; mejor dicho, amodorrada. La fiebre, que empezaba a apoderarse de ella, le sugería entonces singulares ensueños. Dentro de su cerebro surgían escenas que no eran del todo inventadas, pues procedían de sermones escuchados a retazos, de ideas recogidas aquí y allí, de alguna conversación suelta, de algún «Nacimiento» exhibido en el locutorio de las monjitas para regocijo de los pilletes del barrio. Con tales elementos la fantasía de la mujer trabajaba inconscientemente, al mitigarse un poco por el aletargamiento del dolor que la descuartizaba.

Veía un claror de luna, argéntico y lácteo, sobre la nieve que cubría una llanura y una aldea al parecer dormida. Y aquel cielo frío, de invierno cerrado, parecía de repente inflamarse con luces de aurora. Reflejos nacarados, de un azul de ópalo, irradiaban del celaje, y era como si una sola perla enorme llenase con sus irisaciones todo el firmamento. Sobre el mágico fondo, figuras delicadísimas se destacaban lentamente, como nieblas finas que se cuajasen. Flotantes túnicas de exquisitos pliegues acanalados las revestían, y cada túnica era de un color distinto; pero tan atenuado, tan esfumado, que más bien que color debiera llamarse matiz. Las cabezas de los arcángeles -por tales los tuvo la desdichada- brotaban de cuellos largos y mórbidos, y sostenían cabelleras rubias, tan foscas y ondeadas, que pudieran compararse a la aureola solar. Era un coro de soles lo que surgía sobre el fondo opalino, y aquel coro de soles cantaba la alegría de que el Niño hubiese nacido al fin. ¡Aleluya! ¡Aleluya!

Abajo, en la tierra endurecida por el hielo que cuajaba la nieve, una muchedumbre avanzaba cantando, exhalando su júbilo. No eran bellos arcángeles ni se vestían de seda luminosa. Zaleas de cabra cubrían sus torsos, por encima de túnicas de lana grosera, sujetas a la cintura con cuerdas de cáñamo; se apoyaban en rudas cachavas, y sus pies, callosos y negros, iban desnudos. Empujaban ovejas y corderos recentales, y las mujeres, en cestillas, llevaban ofrenda de huevos y miel. Hacían sonar sus agrios rabeles y sus flautas rústicas. Uno azuzaba a un pollino cargado de odres de fresca leche. Otro porteaba en la cabeza un saco de vellón, para mullirle al Niño la cama. Una vieja sostenía por las duras patas espolonadas a un gallo. Una virgen agasajaba en el seno dos tórtolas.

Y toda esta comitiva iba loca de contento porque había nacido el Niño. Esto era lo que clamaban en sus cánticos; esto era lo que les llevaba, pisando escarchas y hielo, a la humilde aldea donde el Niño había venido al mundo.

La parturienta veía también que bajaba de un monte un séquito de asiático esplendor: camellos y dromedarios, caballos y esclavos daban escolta a tres Monarcas orientales, de rozagantes mantos orlados de armiños y martas, de vestiduras recamadas de pedrería. Iban camino también de la aldehuela, haciendo saltar la nieve bajo las pezuñas de sus monturas, y recogiendo la claridad lunar en las doradas vainas de sus alfanjes y en los gruesos diamantes que sujetaban sus garzotas. Y el murmurio de adoración que exhalaban sus labios era también consagrado al Niño. ¡Lo que bendecían aquellos sabios sultanes era al Niño; lo que ansiaban ver antes de regresar a sus lejanas patrias era el Niño; lo que adorarían de rodillas, columpiando el incensario, que soltaba nubes de aromático humo, era el Niño! Todo por el Niño... Y el sacrílego pensamiento volvía a fatigar a la mujer amodorrada: «Tú también vas a tener un niño... Y nadie se alegra. Y a nadie le importa, ni a su propio padre. Y te dejarán morir aquí, en el abandono, sin auxilio...».

Una ola de frío glacial que entró por los cristales de la guardilla despabiló a la mujer y renovó sus sufrimientos. Notó, entre nuevos tártagos, que había anochecido. La habitación estaba completamente a obscuras. Echó la mano fuera para buscar las cerillas. Pero alguien entró, que pisaba firme, y detrás otros pasos blandos, como de anciana, que llevaba una vela encendida en una palmatoria. Conoció a la castañera de la esquina, la señá Engracia, que vivía en el mismo tramo y venía a ofrecerse «pa todo». Y el de los firmes pasos, el doctor, tuvo un murmullo de aliento, de piedad.

-Vamos, no hay que apurarse... Esto avanza, y pronto quedará usted tranquila del todo... A ver...

Después del reconocimiento, con menos seguridad ya, exclamó:

-Buen ánimo; espero que hemos de ir bien...

La castañera sacó del hueco de su mantón una ollita vaheando, y advirtió:

-Aquí he calentao una chispa de caldo del puchero, que me lo da la cocinera del señor de Arróspide, un banquero riquísimo...

-No debe tomarlo ahora -declaró el doctor-. Tiene destemplanza. Hay que andar con cuidado.

Guardó la buena mujer su pucherico y se instaló en una silla.

-¿Será pa pronto?

-Creo que es inminente... Ya no me voy. En casa me esperan para cenar -¡la cena de esta noche!-, pero no puedo dejar a esta cuitada.

El ruido exterior ahogaba las palabras del médico y los gemidos de la paciente. El estrépito crecía, formidable. Cantos vinosos, chillidos discordes, músicas sin concierto hacían de la calle un trasunto de zahúrda infernal. Abajo, apenas se entreoían los acordes de un mesocrático piano. Y de pronto, un grito desgarrador indicó el desenlace del drama...

-Viene sin vida -balbució el médico, compasivo, nunca habituado a estas desventuras.

La triste había oído, y sus ojos, extraviados, giraron alrededor, del médico a la vieja caritativa, del techo al piso. En el pasillo, voces frescas de criaturas entonaban el villancico familiar: había nacido un Niño, blanco, rojo y colorado; un Niño que salvaría al mundo... Sí, aquel Niño había nacido; pero ¿y el suyo? Y la infeliz, delirando, empezó a blasfemar, a renegar. No sabía qué decirle el médico para darle algún consuelo. La ciencia en tales casos dimite...

Fue la vieja castañera la que, con su habla madrileña y semichulesca, argumentó:

-¡Vaya, mujer! ¿Querías que hubiá nacido tu nene vivo y robusto, a trueque e que te lo azotasen y le diesen hiel y lo clavasen en un palo? ¿Era eso lo que tú querías?

Ella cayó sobre la almohada, abatida. Una calma repentina la envolvió. De sus ojos comenzaron a fluir lágrimas. El doctor tocó sus sienes, tocó su pulso.

-Ha desaparecido la calentura... Me parece que la tenemos fuera del peligro.

Fuera, los rabeles, las chicharras, los guitarros, alborotaban más, como locos.