El misterio de María Rogêt

Nota: Se respeta la ortografía original de la época
 
EL MISTERIO DE MARÍA ROGÊT
 
ADVERTENCIA
 

La siguiente obra de Poe, será, creo, mejor apreciada, si se conocen las circunstancias especiales que rodearon su aparición por primera vez en el Graham s Magazine, en Noviembre de 1842[1].

Una joven, María Cecilia Rogers, fué asesinada en la vecindad de New-York; y aunque su muerte ocasionó una intensa y duradera sensación, el misterio que envolvía el crimen permaneció en el mismo estado, hasta el período en que esta obra fué escrita y publicada. En ella, bajo el pretexto de relatar el fallecimiento de una grisette de París, el autor ha seguido, detalle por detalle, el asesinato real de María Rogers, haciendo simplemente un paralelo entre ese hecho y el crimen supuesto en la persona de la griseta. Asi todos los argumentos fundados sobre lo ficticio eran aplicables á la verdad, y la investigación de la verdad fué el objeto.

El Misterio de Maria Rogết fué escrito á una gran distancia del teatro de la atrocidad real, y sin ningunos otros medios de investigación que los diarios que se podían proporcionar. Así, mucho escapó al escritor de lo que podía haberle sido útil si hubiera estado en el lugar del suceso y visitado las localidades. Puede no ser impropio recordar, sin embargo, que la confesión de dos personas (una de ellas la Sra. Delue, que figura en la narración) hecha en diferentes periodos, y mucho después de la publicación de esta novela, confirmaron por completo, no sólo la conclusión general, sino absolutamente todos los principales detalles hipotéticos por los cuales fué alcanzada esa conclusión[2].

Los nombrés empleados por Edger Poe en la obra que va á leerse, son simplenmente pseudónimos con que oculta los personajes reales, y he considerado innecesario hacerlos conocer, por cuanto no ofrecen ningún interés, dado el tiempo trascurrido y la naturaleza del asunto.

El Misterio de María Rogêt, perteaece á una trilogia basada sobre el mismo análisis sutil y maravilloso de las circunstancias que rodean un hecho lieno de misterio. Esta trilogia comienza en Los Crímenes de la calls Morgue y concluye con la Carta Robada.


Hay series ideales de sucesos que corren paralelamente á los reales. Coinciden entre si raras veces. En general, los hombres y las circunstancias modifican la sucesión ideal de los acontecimientos, de tal manera, que parece imperfecta, y sus consecuencias son igualmente imperfectas. Ejemplo: la Reforma; en lugar del protestantismo, vino el luteranismo.


Hay pocas personas, hasta entre los pensadores más calmosos, que no hayan temblado ante una vaga aunque penetrante semi-creencia en lo sobrenatural, adquirida á la vista de coincidencias de un carácter tan aparentemente maravillosó, que el intelecto ha sido incapaz de recibirlas como simples coincidencias. Tales şentimientos, para la semicreencia de los que hablo, no han tenido nunca la completa fuerza del pensamiento; tales sentimientos son rara vez ahogados del

todo, á no ser por referencia a la doctrina del acaso, ó como ha sido llamada técnicamente, el Cálculo de las Probabilidades. Ahora bien, este cálculo, en su esencia, es puramente matemático: y así tenemos la anomalía de lo más rígidamente exacto en ciencia, aplicado á la sombra, á la espiritualidad de lo más intangible en especulación.

Se encontrará que los extraordinarios detalles que he sido exhortado á publicar, forman, teniendo en cuenta el tiempo corrido, la primera de una serie de coincidencias apenas inteligibles, cuya rama secundaria ó final será reconocida por todos los lectores del asesinato de María Cecilia Rogers, en New-York.

Cuando en un artículo titulado Los Crímenes de la calle Morgue, traté, hace un año, de pintar algunos notabilísimos rasgos del carácter mental de mi amigo el señor C. Augusto Dupin, no me figuré tener que ocuparme de nuevo del mismo asunto. Esa pintura del carácter constituía mi designio; y este designio se vió completamente satisfecho en la extraña sucesión de circunstancias narradas como una prueba de la idiosincracia de Dupin. Hubiera podido presentar otros ejemplos, pero no habría probado más. Hechos producidos hace poco, sin embargo, me habían llevado en su sorprendente desenvolvimiento, á algunas conclusiones que traerán consigo el aspecto de confesiones violentas. Oyendo lo que he oído últimamente, sería, á la verdad, extraño que guardara silencio acerca de lo que he oído y sabido hace tanto tiempo.

Después del desenlace de la tragedia oculta en las muertes de Madame L'Espanaye y su hija, Dupin relegó el asunto al olvido y volvió a caer en sus antiguos hábitos de extravagante meditación. Dispuesto, en todo tiempo, á las abstracciones, caí prontamente en ellas con su humour; y continuando en nuestros cuartos del Faubourg Saint-Germain, dejábamos el futuro á los vientos y reposábamos tranquilamente en el presente, cruzando en sueños el oscuro mundo de nuestro alrededor.

Pero estos sueños eran interrumpidos algunas veces. Puede fácilmente suponerse que el rol jugado por mi amigo en el drama de la calle Morgue había hecho impresión en el ánimo de la Policía parisiense. El nombre de Dupin se convirtió, para sus agentes, en una palabra familiar.

El simple carácter de las inducciones con que había desembrollado el misterio no había sido explicado ni aun al Prefecto, ni á ninguna otra persona que á mí; no es sorprendente que el asunto fuera mirado como poco menos que milagroso, ó que la capacidad analítica de Dupin adquiriera para él, el crédito de la intuición, Su franqueza hubiera hecho desengañar de esa preocupación á cualquier curioso; pero su humour indolente le prohibía toda agitación ulterior sobre un tópico cuyo interés había cesado hacía tiempo para él. Sucedió que la Policía puso en él los ojos, como en un faro guiador; y no fueron pocas las veces que se pretendió utilizar sus servicios en la Prefectura. Uno de los más notables ejemplos fué el del asesinato de una niña llamada María Rogêt.

Ocurrió este suceso como dos años después de la atrocidad de la calle Morgue. María, cuyos nombres cristiano y de familia, llamarán la atención por su parecido con los de la infortunada «cigargirl», era la única hija de la viuda Estela Rogêt. El padre había fallecido cuando esta niña tenía muy poca edad aún, y desde el período de su muerte hasta ocho meses antes del asesinato que motiva nuestra narración, madre é hija habían vivido juntas en la calle Pavée Saint-Andrée; la señora tenía allí una «casa de huéspedes», ayudada por María. Pasó así el tiempo, hasta que la última hubo cumplido 22 años de edad; su notable belleza llamó la atención de un perſumista que ocupaba uno de los almacenes del entresuelo del Palais Royal, y cuya clientela era formada principalmente por los terribles aventureros que infestaban la vecindad. El señor Le Blanc no ignoraba las ventajas que reportaría á su establecimiento la asistencia de la hermosa María; y sus liberales proposiciones fueron aceptadas ardientemente por la joven, aunque con gran disgusto de su señora madre.

Las esperanzas del negociante se vieron realizadas, y sus salones llegaron bien pronto á hacerse célebres, gracias á los encantos de la espiritual grisette. Llevaba ella un año en su empleo, cuando sus admiradores fueron confundidos por su repentina desaparición de la tienda. El señor Le Blanc no pudo dar explicaciones acerca de su ausencia, y la señora Rogêt se vió presa de ansiedad y terror. Los diarios recogieron inmediatamente el tema y la policía estaba a punto de hacer serias investigaciones, cuando, una bella mañana, después de una semana, María, en buena salud, aunque con aire algo triste, hizo su reaparición en su habitual mostrador de la perfumería. Toda averiguación, excepto las de carácter privado, fue abandonada inmediatamente, como se comprende. El señor Le Blanc profesaba una ignorancia total; lo mismo que antes. María con la señora Rogêt replicaba á todas las preguntas, que la última semana la había pasado en el campo, en casa de una parienta. Así se apaciguó el asunto, y fué olvidado por todo el mundo; porque la joven, ostensiblemente para librarse de la impertinencia de la curiosidad, dió pronto un último adiós al perfumista y se refugió en la residencia de su madre, calle Pavée Saint-Andrée.

Fué cerca de cinco meses después de su retorno á la casa, que sus amigos se alarmaron por una segunda desaparición repentina. Corrieron tres días, y no se supo nada de ella. Al cuarto día su cuerpo fué encontrado flotando en el Sena, cerca de la ribera opuesta al barrio de la calle Saint-Andrée y en un punto no muy distante de la apartada vecindad de la Barrera de Roule.

La atrocidad de este asesinato (porque era evidente que se había cometido asesinato), la juventud y belleza de la víctima, y sobre todo, lo conocida que era, conspiraban para producir una intensa excitación en el ánimo de los sensitivos parisienses. No me acuerdo que ningún otro accidente de este carácter haya producido jamás un efecto tan general y tan intenso. Durante, muchas semanas, en la discusión de este absorbente tema, fueron olvidados hasta los importantes tópicos de la política diaria. El prefecto hizo esfuerzos que no había hecho nunca; y los medios de toda la Policía parisiense fueron empleados en todos sentidos.

Después del descubrimiento del cadáver, no se supuso que el asesino pudiera escapar, por más de un breve período, á la inquisición que fué inmediatamente puesta en juego. Sólo después de una semana se juzgó necesario ofrecer un premio; y hasta entonces este premio fué limitado á mil francos. Mientras tanto, las diligencias se practicaban con vigor, si no siempre con buen juicio, y un gran número de individuos fueron examinados sin éxito alguno, y debīlo á la obstinada ausencia de todo dato que pudiera descubrir el misterio, la excitación del pueblo crecía grandemente. Al final del décimo día fué considerado conveniente doblar la suma ofrecida; y al último, habiendo corrido la segunda semana sin conducir á ningún descubrimiento, y habiéndose manifestado en algunos serios motines la preocupación que existe en París contra la Policía, el Prefecto resolvió ofrecer, por sí mismo, la suma de 20.000 francos por «la convicción del asesino» ó si más de uno estaba implicado en el hecho, «por la convicción de alguno de los asesinos». En la proclama que anunciaba este premio, se prometía un completo perdón á cualquier cómplice que delatase á los criminales; y á todo se añadía, el aviso particular de un comité de ciudadanos, que ofrecia 10.000 francos, en adición á la cantidad propuesta por la Prefectura. El total del premio alcanzaba, pues, á treinta mil francos, que debe ser mirado como una suma extraordinaria, si consideramos la humilde condición de la joven y la mucha frecuencia con que en las grandes ciudades, tienen lugar atrocidades como la que hemos narrado.

Nadie dudaba casi que, de esa manera, cesara el misterio del asesinato. Pero, aunque en uno o dos casos, se hicieron capturas que prometían aclaración, nada pudo descubrirse que arrojara sospechas sobre los presos; y fueron puestos inmediatamente en libertad. Extraño parecerá que la tercera semana, desde el encuentro del cadáver, hubiera pasado, y hubiera pasado sin que se descubriera nada respecto á los asesinos, sin que ni el más leve rumor de los sucesos que así habían agitado al público, fuera á herir los oidos de Dupin ni de mi mismo. Empeñados en investigaciones que habían absorbido toda nuestra atención, hacía cerca de un mes que ninguno de los dos habiamos salido á la calle ni recibido una visita, ni hecho más que ojear los artículos principales sobre política en uno de los diarios. El primer aviso del crimen nos fué llevado por G*** en persona. Entró á casa, temprano, en la mañana del 13 de Julio de 18... y permaneció con nosotros hasta tarde de la noche. Estaba picado por la inutilidad de sus esfuerzos para dar con la pista de los asesinos. Su reputación — esto lo dijo con un aire exclusivamente parisienseestaba empeñada. Hasta su honor se hallaba comprometido. Los ojos del pueblo estaban fijos sobre él; y no había, en realidad, ningún sacrificio que no deseara hacer por el descubrimiento del misterio. Concluyó su discurso algo raro con un cumplimiento sobre lo que le agradó llamar el tacto de Dupin, y le hizo una proposición directa y ciertamente liberal, cuya naturaleza precisa no tengo el poder para manifestar, y que además no está ligada al objeto propio de esta narración.

Mi amigo respondió al cumplimiento como mejor pudo, pero aceptó la proposición, aunque sus ventajas eran del todo provisionales. Habiendo sido fijado este punto, el Prefecto nos explicó sus propias opiniones, mezclándolas con largos comentarios respecto á los testimonios recogidos; de los cuales no estábamos, todavía, en posesión. Discurrió mucho, y sin duda, sabiamente, hasta que aventuré una insinuación respecto á lo lentamente que pasaba la noche. Dupin, sin variar de postura en su habitual silla de brazos, era la personificación de la atención respetuosa. Tuvo puestas sus gafas durante toda la entrevista; y una incidental ojeada por debajo de sus cristales verdes, bastó para convencerme que había dormido no poco profundamente, aunque en silencio, las siete ú ocho pesadas horas que precedieron inmediatamente a la partida del Prefecto.

Al día siguiente por la mañana, procuré en la Prefectura una relación completa de todos los datos adquiridos, y en las oficinas de varios diarios, un ejemplar de todos aquellos en que se había publicado algún informe decisivo sobre este triste asunto. Libre de lo que había sido positivamente confutado, aquella reunión de informes establecía lo siguiente:

María Rogêt dejó la residencia de su madre, en la calle Pavée Saint-Andrée, cerca de las nueve de la mañana, el domingo 22 de Junio de 18... Al salir comunicó al señor Jacques St-Eustache, y solamente á él, su intención de pasar el día en casa de una tía que reşide calle de Drômes. La calle de Drômes es una estrecha aunque populosa calle, no lejos de los bancos del río, y á una distancia de casi dos millas, en la línea más directa posible, desde la casa de huéspedes de la señora Rogêt. St-Eustache era el pretendiente aceptado de María, y se alojaba y comía en la «casa de huéspedes». Debía ir por ella al anochecer y acompañarla hasta su domicilio. Á la tarde, sin embargo, llovió copiosamente; y suponiendo que pasaría la noche en casa de su tía (como lo había hecho antes, en idénticas circunstancias), no creyó necesario cumplir su promesa. Cuando la noche se acercó, la señora Rogêt (que es enferma y de setenta años de edad) expresó el temor «de que no vería de nuevo á su hija»; pero esta observación atrajo poco cuidado en ese momento.

El lunes se supo que la joven no había estado en la calle de Drômes; y habiendo pasado el día sin que se tuvieran noticias de ella, se hizo una pequeña investigación en muchos puntos de la ciudad y sus alrededores. Sin embargo, recién al cuarto dia de su desaparicion fué que se averiguó algo de cierto respecto á ella. Ese día (miércoles, 28 de Junio) un señor Beauvais, que con un amigo, había estado inquiriendo por María cerca de la Barrera del Roule, en la ribera del Sena opuesta á la calle Pavée Saint-Andrée, fué informado que un cuerpo acababa de ser recogido por algunos pescadores que lo habían encontrado flotando en el río. Después de examinarlo y hesitar algún tiempo, lo identificó como el de la joven perfumista. Su amigo la reconoció más prontamente que él.

El rostro estaba cubierto en algunos puntos, por sangre negra, que brotaba del interior de su boca. No había espuma en ella, como en los casos de simple muerte por sumersión. No había decoloración en el tejido celular. En la garganta presentaba magulladuras é impresiones de dedos. Los brazos estaban encorvados sobre el pecho, y rígidos. La mano derecha estaba cerrada; la izquierda medio abierta. En la muñeca izquierda se notaban dos escoriaciones circulares, evidentemente efecto de cuerdas, o de una cuerda que había sido enrollada. Una parte de la muñeca de­recha, también, estaba muy desollada, lo mismo que la espalda en toda su éxtensión pero más especialmente en los omóplatos. Para sacar el cuerpo á tierra, los pescadores le habían atado con una cuerda, pero ninguna de las escoriaciones había sido causada por ella. La carne del cuello se hallaba muy hinchada. No había ninguna herida aparente ni magulladura que pareciera efecto de heridas. Un trozo de cordel se encontró tan apretado alrededor del cuello, que se ocultaba á la vista; estaba completamente enterrado en la carne y anudado tras de la oreja izquierda. Esto sólo hubiera bastado para producir la muerte. Los tes­timonios médicos hablan confidencialmente del carác­ter virtuoso de la finada. Había sido víctima, decían, de una violencia brutal. El cuerpo estaba en tal estado cuando se le encontró, que no podía haber ninguna dificultad en reconocerlo.

El vestido se hallaba roto y en completo desorden, En la ropa exterior, una tira de cerca de un pie de ancho, había sido rasgada hacia arriba desde el extremo del dobladillo hasta el talle, pero no arran­cada. Había sido enrollada tres veces en la cintura y asegurada por una especie de nudo en la espalda. La ropa que seguía inmediatamente bajo la bata era de rica muselina; y de ella había sido arrancada por com­pleto una tira de ocho pulgadas de ancho, arrancada con mucha igualdad y con gran cuidado. Fué encontrada al rededor de su cuello, flojamente adaptada y asegurada con un fuerte nudo. Sobre esta tira de muselina y sobre el trozo de cuerda, habían sido atadas las cin­tas de una gorra, que pendía, ligada por ellas. El nudo que sujetaba las cintas de esta gorra, no era de una señora, sino más bien de un marinero.

Después que el cuerpo hubo sido reconocido, no se le llevó, como es de costumbre, á la Morgue, pues esta formalidad era superflua, y se le enterró apresuradamente no lejos del punto en que había sido sacado del río. Por las diligencias de Beauvais, el asunto fué industriosamente ocultado; tanto como fué posible; y muchos días corrieron, sin que el público supiera nada de lo sucedido. Un periódico, semanal, sin embargo, se apoderó del tema; el cuerpo fué desenterrado y se produjo un nuevo examen médico; pero nada fué descubierto fuera de lo que ha sido ya dicho. Los vestidos, no obstante, fueron sometidos á la inspección de la madre y hermanos de la muerta, y resultaron ser exactamente los mismos que llevaba la joven al abandonar su casa.

Mientras tanto, la excitación popular crecía de hora, en hora. Algunos individuos fueron arrestados y puestos en libertad, en seguida. En St-Eustache recayeron especialmente las sospechas; y no pudo al principio, probar donde había estado durante el domingo en que María salió de su domicilio. Subsecuentemente, sin embargo, dió al señor G*** una declaración satisfactoria acerca de las horas del día en cuestión. Como el tiempo pasaba sin que se descubriera nada, circularon mil contradictorios rumores, y los mismos periodistas se ocuparon en hacer sugestiones. Entre ellas la que llamó más la atención, fué la idea de que María Rogêt vivía aún, y que el cuerpo encontrado en el Sena era el de alguna otra desgraciada. Será conveniente, dé á conocer al lector algunos pasajes que resumen las sugestiones de que he hablado. Estos pasajes son traducciones literales de l'Eloile: diario redactado en general con mucha habilidad:


«La señorita Rogêt dejó la casa de su madre, en la mañana del domingo 22 de Junio de 18... con el ostensible propósito de ir á ver á su tía ó alguna otra parienta, en la calle de Drômes. No se ha podido probar que nadie la haya visto después de esa hora. No hay absolutamente ninguna huella ni noticia de su persona... Nadie se ha presentado, hasta este momento, que la haya visto, ese día, después de la hora en que salió de su casa. Ahora, aunque no tenemos la evidencia de que María Rogêt estaba en la tierra de los vivos después de las 9 del domingo 22 de Junio, existen pruebas, de que antes de esa hora, estaba viva. El miércoles á medio día, á las doce, un cuerpo de mujer fue descubierto flotando en la margen de la Barrera de Roule. Hacía, pues, hasta si presumimos que María Rogêt fué arrojada al río tres horas después de salir de casa de su madre, solamente tres días que habia desaparecido de su domicilio: tres días menos una hora. Pues, es locura suponer que el asesinato, si asesinato había sido cometido, podía haberse consumado lo suficientemente temprano para permitir á los asesinos arrojar el cuerpo al río, antes de media noche. Los autores de crímenes tan horribles, escogen la oscuridad más bien que la luz... Vemos por estas consideraciones, que si el cuerpo encontrado en el río, era el de María Rogêt, no podía haber estado en el agua sino dos días y medio, o tres, cuando más. Todas las experiencias han mostrado que los cuerpos de ahogados, ó los cuerpos arrojados al agua inmediatamente después de ser muertos por violencia, necesitan de seis á diez días para que una descomposición suficiente les permita salir á la superficie del agua. Hasta cuando se dispara un cañón cerca de un cadáver y llega á sobrenadar después de cinco ó seis dias de inmersión, se hunde de nuevo, si no se le recoge. Ahora preguntamos, ¿qué hay en este caso que autorice una desviación del curso ordinario de la naturaleza?... Si el cuerpo hubiera sido guardado en su sangriento estado hasta el martes a la poche, se habría encontrado alguna huella de los asesinos. Es un punto dudoso, también, si el cuerpo hubiera flotado tan pronto, hasta habiendo sido muerto dos días antes, Además, es muy poco probable que los infames que hubieran cometido un asesinato tal como se le supone, arrojaran el cuerpo al agua, sin atarle un peso cualquiera á los pies, cuando esa precaución se podía haber tomado tan fácilmente.»


El editor seguía arguyendo que el cuerpo debía haber estado en el rio «no tres días solamente, sino, cinco veces tres días, cuando menos» porque estaba tan descompuesto que Beauvais había tenido gran dificultad para reconocerlo. Este último punto, sin embargo, se hallaba plenamente controvertido por la realidad. Continúo la traducción:


«¿Cuáles son los hechos en que se apoya el Sr. Beauvais para decir que no tiene duda que el cuerpo era el de María Rogêt? Rasgó la manga de la bata que cubría al cadáver, y dice que encontró señales que le dejaron satisfecho acerca de la identidad. El público, en general, supuso que esas señales consistirían en alguna cicatriz. Frotó el brazo y encontró pelo en él — algo tan indefinido — tan poco concluyente como encontrar el brazo en la manga. El Sr. Beauvais no volvió esa noche, pero envio á decir a la señora Rogêt, el miércoles a las siete de la tarde, que se proseguía aún una investigación respecto a su hija. Si admitimos que la señora Roget por su edad y sus dolencias, no podía comparecer (lo que es admitir mucho), ciertamente debía haber alguien que pensara que valía la pena de comparecer y esperar la investigación, si creía que el cuerpo era el de María. Nadie compareció.

«Nada de lo dicho ú oído acerca del asunto de la calle Pavée Saint-Andrée, había llegado siquiera á los habitantes del edificio mismo. El Sr. St-Eustache, el amante y proyectado esposo de María, que se alojaba en casa de la madre de ésta, no había sabido del descubrimiento del cuerpo de su prometida, hasta la mañana siguiente, que el Sr. Beauvais fué á su pieza y se lo comunicó. Una noticia de tal naturaleza, sorprende verdaderamente, que fuera recibida con tanta frialdad.»


Siguiendo este camino, el diario trataba de mostrar á los parientes de María culpables de una indolencia incompatible con la suposición de que creían que el cuerpo era el de ella. Sus insinuaciones importaban esto: que María, en connivencia con sus amigos, se había ausentado por razones que envolvían un cargo contra su castidad: y que estos amigos, habiéndose descubierto un cadáver en el Sena, algo parecido al de la joven, habían aprovechado la oportunidad, para impresionar al público con la noticia de su muerte. Pero L'Étoile se había apresurado demasiado, otra vez. Fué perfectamente probado que ninguna indolencia como la imaginada, existía; que la anciana señora estaba en extremo débil, y tan afligida que le era imposible atender á nada; que St-Eustache, lejos de recibir la noticia con frialdad, se enloqueció casi de dolor, y sufría tan desesperadamente, que el Sr. Beauvais pidió á un amigo y un pariente; que le cuidaran y le privaran que asistiera al examen, cuando se exhumara el cuerpo. Además, aunque fué constatado por L'Étoile que el cadáver había sido inhumado la segunda vez, á expensas del pueblo — que una ventajosa oferta para sepultarlo privadamente había sido rechazada en absoluto por la familia — y que ningún miembro de la familia asistió al ceremonial religioso — aunque, digo, todo esto fue asegurado por L'Etoile en apoyo de la impresión que deseaba trasmitir — todo fué satisfactoriamente refutado. En un número posterior del diario, se pretendió arrojar sospechas hasta sobre Beauvais mismo. El editor decía:


«Ahora, el asunto cambia una de sus faces. Se nos ha dicho que una vez, estando la señora B*** en casa de la señora Rogêt, el Sr. Beauvais, que había salido á la calle, le dijo á ella, que se esperaba á un gendarme, y que ella, la señora B*** no debía decir nada al gendarme hasta que él volviera; quo le dejara el asunto á él... En el estado actual de los negocios, el Sr. Beauvais parece que tiene todo el asunto encerrado en su cabeza. No se puede dar el más simple paso sin el señor Beauvais; porque, en el camino que toméis, estará siempre él... Por ciertas razones, ha determinado que nadie tenga que hacer con los procedimientos, sino el mismo, y han alejado de las investigaciones á los parientes masculinos, accediendo á sus deseos de ser representados, deuna manera verdaderamentesingular. Parece haber hecho todo lo posible para no permitirles que vieran el cuerpo.»


Por el siguiente hecho, fué dado algún color á la sospecha así arrojada sobre Beauvais. Un individuo que había ido á verle á su oficina, pocos días antes de la desaparición de la joven, le encontró ausente de ella, y notó que en el agujero de la cerradura había una rosa, y el nombre de María, escrito en una pizarrita colgada al alcance de la mano.

La creencia general, hasta donde nos era posible recogerla de los diarios, parecía ser, que María había sido víctima de una banda de atrevidos — que por éstos había sido llevaba cerca del río, maltratada y asesinada. Le Commerciel, sin embargo, impreso de gran influencia, combatió ardientemente esa idea popular, Reproduzco aquí algunos pasajes de sus columnas:


«Estamos persuadidos que la pesquisa ha seguido una falsa huella, hasta la Barrera de Roule. Es imposible que una persona tan conocida como era la joven María Rogêt, haya pasado tres manzanas sin que nadie la viera; porque cualquiera que la hubiese visto, la recordaria, porque interesaba a todos los que la conocían. La calle estaba llena de gente, cuando ella salió... Es imposible que pudiera haber llegado hasta la Barrera de Roule, ó hasta la calle de Drômes, sin que no la conocieran una docena de personas; sin embargo, nadie la declarado haberla visto luera de los umbrales de su casa, y no hay ninguna evidencia, excepto el testimonio de su intención expresada, de que haya salido á la calle. Su vestido estaba roto, enrollado á su cuerpo y atado; así el cadáver había sido llevado como un fardo. Si el crimen hubiera sido cometido en la Barrera de Roule, no habría habido necesidad de hacer tal cosa. El hecho de que el cuerpo fué encontrado flotando cerca de la Barrera, no prueba dónde fue arrojado al agua... Un trozo de una de las enaguas de la infortunada joven, de dos pies de largo por uno de ancho, había sido cortado y atado bajo su barba, dando vuelta a la parte posterior de cabeza, probablemente para prevenir gritos, Esto ha sido hecho por hombres que no tenían pañuelos de manos.»


Sin embargo, un día ó dos antes de que el Prefecto fuera á casa, algunas importantes informaciones llegaban á la Policía, las que parecian echar por tierra la parte principal de los argumentos de Le Commerciel. Dos niños, hijos de la señora Delue, que jugaban en los bosques cercanos de la Barrera de Roule, penetraron por casualidad en un espeso bosquecito, en el que había tres o cuatro grandes piedras, formando una especie de asiento, con espaldar y escabel. En la piedra superior se hallada una enagua blanca; en la segunda una túnica de seda.

Encontraron también un quitasol, guantes y un pañuelo de manos. Este pañuelo tenía el nombre de María Rogêt. Fragmentos de vestido fueron descubiertos en los arbustos espinosos de allí cerca. La tierra estaba pisoteada, la hierba hollada, y en fin, había muchos testimonios de una lucha. Entre el bosquecito y el río, se encontraron destruidos los vallados, y en la tierra señales de que un pesado fardo había sido arrastrado por ella.

Un periódico semanal, Le Soleil, traía los siguientes comentarios sobre ese descubrimiento comentarios que eran simplemente el eco del sentimiento de toda la prensa.parisiense:


«Todo lo encontrado había permanecido allí, evidentemente, tres o cuatro semanas, cuando menos; estaba enmolecido y sumido en el barro por la acción de la lluvia, y pegadas unas cosas á otras por el moho. El césped había crecido alrededor y hasta sobre algunas de ellas. La seda del quitasol era fuerte, pero por dentro estaba desflocada. La parte superior, que había estado plegada y doblada, estaba enmohecida y podrida, y se rompió al ser abierta. Los trozos de su bata desgarrados por los zarzales, eran de cerca de tres pulgadas de ancho por seis de largo. Una parte era el dobladillo y había sido remendada; la otra era un pedazo de la falda; no del dobladillo. Parecian jirones arrancados y estaban en los espinos, como á un pie del suelo... No puede haber duda, por consiguiente, de que ha sido descubierto el teatro de este horrible crimen. »

Como una consecuencia de este descubrimiento, nuevos datos aparecieron. La señora Delue declaró que tiene una posada no lejos de la orilla del rio, opuesta á la Barrera de Roule. No hay casas ni vecinos á su alrededor. Es el punto de reunión habitual que tienen los domingos los pillastres de la ciudad, que cruzan el río en botes. Hacia las tres de la tarde del domingo en cuestión, una joven llegó a la posada, acompañada por un hombre de tez morena, Ambos permanecieron en ella, por algún tiempo. Al partir, tomaron el camino de unos bosques muy espesos de la vecindad. La atención de la señora Delue fué atraída por el vestido que llevaba la joven, á causa de su parecido con otro de una parienta, ya muerta. Observó particularmente una túnica de seda. Poco después de la partida de ellos, una banda de forajidos apareció en la posada, en la que se condujeron ruidosamente; comieron y bebieron sin pagar, siguieron el camino que habían tomado los dos jóvenes, regresaron al anochecer y volvieron á atravesar el río como si estuvieran muy apurados.

Temprano, antes de oscurecer, esa misma noche, la señora Delue, así como su hijo mayor, oyó los gritos de una mujer, en la proximidad de su establecimiento. Los gritos eran violentos, pero breves. La señora Delue reconoció no solamente la túnica que fué encontrada en el bosquecito, sino también el vestido con que estaba cubierto el cuerpo. Un conductor de omnibus, Valence, declaró en seguida, haber visto á María Rogêt cruzar el Sena en un bote el domingo en cuestión, en compañia de un joven de tez morena. Valence conocía á Maria, y no puede haberse equivocado á este respecto. Los objetos encontrados en el bosquecito fueron reconocidos sin dificultad por los parientes de la víctima.


Estos diversos detalles recogidos asi por mi mismo, de los periódicos, á pedido de Dupin, abrazaban únicamente el punto más grande — pero era un punto de vasta consecuencia al parecer. Aconteció que inmediatamente después del descubrimiento de las ropas, que he mencionado, el inanimado ó casi inanimado cuerpo de St-Eustache, novio de María, fué hallado cerca del sitio supuesto como teatro del crimen. Á su lado se halló un frasquito con este rótulo: láudano. Su aliento dió evidencia del veneno. Murió sin hablar. Se halló una carta sobre su persona, en que declaraba laconicamente su amor por María y su intención de suicidarce.

— Casi no necesito decir á Vd., dijo Dupin cuando hubo concluido de leer mis apuntes, que éste es un caso muchísimo más intrincado que el de la calle Morgue, del cual difiere en un punto importante. Este es un crimen ordinario, aunque atroz. No hay en el nada especialmente exagerado. Usted observará, que por esta razón, el misterio ha sido considerado como de solución fácil, cuando por eso mismo, debía haber sido considerado todo lo contrario. Asi, al principio, se creyó innecesario ofrecer un premio. Los esbirros de G*** han sido capaces solamente de comprender cómo y por qué podía haber sido cometida una atrocidad semejante. Pôdian imaginar un modo — muchos modos — y un motivo — muchos motivos; y porque no era imposible que alguno de esos numerosos modos y motivos, existiera en el caso presente, han dado por supuesto que uno de ellos existía. Pero la facilidad con que fueron concebidas esas imaginativas y la verdadera plausibilidad que asumía cada una, debía haber sido tomada más bien como una indicación de las dificultades, que de las facilidades á elucidar. He observado en otra ocasión, que son las proininencias en el plano de lo ordinario las que hacen perder su camino á la razón, al menos, en su investigación de la verdad; y que la pregunta necesaria en casos como este, es no tanto: ¿Qué ha ocurrido? como ¿Qué ha ocurrido que no haya ocurrido antes? En la indagación en casa de la señora L'Espanaye[4], los agentes de G*** se desalentaron y confundieron por lo poco habitual del hecho cosa que para una inteligencia bien dispuesta, hubiera sido un seguro presagio de éxito; aunque esta misma inteligencia podía haberse desesperado en presencia del carácter ordinario de todo lo que se encuentra en el caso de la joven perfumista, y hablado nada más que de triunfos triviales á los funcionarios de la Prefectura.

En el caso de la señora L'Espanaye y su hija, había, desde el principio de nuestra investigación, seguridad de que un asesinato había sido perpetrado. La idea del suicidio estaba excluida absolutamente. Aquí, igualmente, estamos libres, desde el comienzo, de toda suposición de suicidio. El cuerpo encontrado en la Barrera de Roule, lo ha sido con tales circunstancias, que Página:Novelas y Cuentos de Edgar Allan Poe (1884).djvu/169 Página:Novelas y Cuentos de Edgar Allan Poe (1884).djvu/170 Página:Novelas y Cuentos de Edgar Allan Poe (1884).djvu/171 Página:Novelas y Cuentos de Edgar Allan Poe (1884).djvu/172 Página:Novelas y Cuentos de Edgar Allan Poe (1884).djvu/173 Página:Novelas y Cuentos de Edgar Allan Poe (1884).djvu/174 Página:Novelas y Cuentos de Edgar Allan Poe (1884).djvu/175 Página:Novelas y Cuentos de Edgar Allan Poe (1884).djvu/176 Página:Novelas y Cuentos de Edgar Allan Poe (1884).djvu/177 Página:Novelas y Cuentos de Edgar Allan Poe (1884).djvu/178 Página:Novelas y Cuentos de Edgar Allan Poe (1884).djvu/179 Página:Novelas y Cuentos de Edgar Allan Poe (1884).djvu/180 Página:Novelas y Cuentos de Edgar Allan Poe (1884).djvu/181 Página:Novelas y Cuentos de Edgar Allan Poe (1884).djvu/182 Página:Novelas y Cuentos de Edgar Allan Poe (1884).djvu/183 Página:Novelas y Cuentos de Edgar Allan Poe (1884).djvu/184 Página:Novelas y Cuentos de Edgar Allan Poe (1884).djvu/185 Página:Novelas y Cuentos de Edgar Allan Poe (1884).djvu/186 Página:Novelas y Cuentos de Edgar Allan Poe (1884).djvu/187 Página:Novelas y Cuentos de Edgar Allan Poe (1884).djvu/188 Página:Novelas y Cuentos de Edgar Allan Poe (1884).djvu/189 Página:Novelas y Cuentos de Edgar Allan Poe (1884).djvu/190 Página:Novelas y Cuentos de Edgar Allan Poe (1884).djvu/191 Página:Novelas y Cuentos de Edgar Allan Poe (1884).djvu/192 Página:Novelas y Cuentos de Edgar Allan Poe (1884).djvu/193 Página:Novelas y Cuentos de Edgar Allan Poe (1884).djvu/194 Página:Novelas y Cuentos de Edgar Allan Poe (1884).djvu/195 Página:Novelas y Cuentos de Edgar Allan Poe (1884).djvu/196 Página:Novelas y Cuentos de Edgar Allan Poe (1884).djvu/197 Página:Novelas y Cuentos de Edgar Allan Poe (1884).djvu/198 Página:Novelas y Cuentos de Edgar Allan Poe (1884).djvu/199 Página:Novelas y Cuentos de Edgar Allan Poe (1884).djvu/200 Página:Novelas y Cuentos de Edgar Allan Poe (1884).djvu/201 Página:Novelas y Cuentos de Edgar Allan Poe (1884).djvu/202 Página:Novelas y Cuentos de Edgar Allan Poe (1884).djvu/203 Página:Novelas y Cuentos de Edgar Allan Poe (1884).djvu/204 Página:Novelas y Cuentos de Edgar Allan Poe (1884).djvu/205 Página:Novelas y Cuentos de Edgar Allan Poe (1884).djvu/206 Página:Novelas y Cuentos de Edgar Allan Poe (1884).djvu/207 Página:Novelas y Cuentos de Edgar Allan Poe (1884).djvu/208 Página:Novelas y Cuentos de Edgar Allan Poe (1884).djvu/209 Página:Novelas y Cuentos de Edgar Allan Poe (1884).djvu/210 Página:Novelas y Cuentos de Edgar Allan Poe (1884).djvu/211 Página:Novelas y Cuentos de Edgar Allan Poe (1884).djvu/212 Página:Novelas y Cuentos de Edgar Allan Poe (1884).djvu/213 Página:Novelas y Cuentos de Edgar Allan Poe (1884).djvu/214 Página:Novelas y Cuentos de Edgar Allan Poe (1884).djvu/215 Página:Novelas y Cuentos de Edgar Allan Poe (1884).djvu/216 Página:Novelas y Cuentos de Edgar Allan Poe (1884).djvu/217 Página:Novelas y Cuentos de Edgar Allan Poe (1884).djvu/218 vertirla es recibido en general, más con una irrisoria sonrisa que con algo parecido á respetuosa atención. El error envuelto en este asunto — error grande y lleno de malicia — no puedo pretender exponerlo en los límites asignados á este trabajo; pero para los filósofos no necesita explicaciones. Será suficiente decir aqui que él pertenece á una de las series infinitas de equivocaciones que se levantan en el camino de la Razón á causa de su propensión á buscarla verdad en detalle.


  1. Gill's Life of Poe, pag. 106. Tercera edición, Londres, 1878.
  2. Estas lineas se encuentran al pie de la novela de que me ocupo, én las dos ediciones de Poe que poseo, y han sido escritas por él mismmo en la edición de Cuentos publicados durante an vida, según se desprende de Gill's Life of Poe, pág. 107.
  3. Pseudónimo de Van Hardenberg
  4. Véase «Los Crímenes de la calle Morgue».