El mendigo (María de Santa Cruz)




 Cuando con trémula mano
Toque un mendígo á mi puerta,
La encontrará siempre abierta
Como amigo y como hermano.

 Si el que implora mi clemencia
Peina ya blancos cabellos,
Me hace recordar á aquellos
Que me dieron la existencia.

 Y digo á solas conmigo:
«Si la fortuna traidora

 «Fuesa con ellos ahora
«Cual fué con este mendígo.

 «¡Si entre crudos desengaños
«Viese á mis padres del alma,
«Sin tranquilidad ni calma
«Al fin de sus largos años!»

 Entónces mis labios frios
Al consolar al anciano
Así murmuran, hermano
Pedid á Dios por los mios.

 Si es un huerfano inocente,
Si una mujer desvalida,
Pionso que tambien mi vida
Pudo ser tan inclemente;

 Y digo: —Dios poderoso
¿Qué mérito he tenido
Para haber yo merecido
Destino tan venturoso?

 Que pruebas, que sacrificios
Me impusistes en el mundo,
Si no son tu amor profundo,
Tus inmensos beneficios?

 Si la brillante fortuna
Me negó sus resplandores,
Ni el hambre ni sus horrores
Cercaron mi pobre cuna.

 Y si he llorado algun dia
Por fugaces desventuras,
¡Cuantas esperanzas puras
Aun renacen todavia!

 Mas no he visto á mi familia
Para buscar el sustento,
En contínuo sufrimiento
Y en una eterna vigilia.

 ¿Quién soy yo, Dios justo y pio;
Para tal merecimiento?
¿Cómo probarte, Dios mio,
Mi amor, mi agradecimiento?
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 Por eso cuando la mano
De un pobre toque á mi puerta,
La encontrará siempre abierta
Como amigo y como hermano.