El maniquí de mimbre: XV

El maniquí de mimbre
de Anatole France
''' '''


—Con preferencia me inclino siempre hacia la religión —dijo el señor de Terremondre—; pero juzgo inconveniente las frases pronunciadas en Notre-Dame por el padre Olivier. Todo el mundo es de mi opinión.

—Seguramente usted le censura —replicó el padre Lantaigne— por haber explicado esa catástrofe como una lección dada por Dios al orgullo y a la incredulidad. Usted le reprocha que haya presentado a la nación preferida súbitamente castigada por sus abandonos y sus rebeldías. ¿Fuera más oportuno renunciar a la significación de tan horrible drama?

—Estaba obligado —repuso el señor de Terrernondre— a guardar atenciones. La presencia del presidente de la República merecía, por lo menos, alguna templanza.

—Es verdad —añadió el padre Lantaigne— que desde el pulpito el fraile se atrevió a decir, a la cara del presidente y de los ministros de la República, de los poderosos y de los ricos, autores o cómplices de nuestros desastres, que Francia olvidaba su vocación secular cuando consentía que millares de cristianos fuesen degollados en Oriente, y se declaraba, cobarde, en favor de la Media Luna contra la cruz. Se atrevió a decir que la patria, durante siglos y siglos fiel a Dios, lo arrojó, al fin, de sus congresos y de sus escuelas. Y esto es lo que juzga como un crimen, señor de Terremondre, usted mismo, uno de los jefes del partido católico en este departamento.

El señor de Terremondre hizo constar su adhesión indiscutible y su absoluto rendimiento a los intereses religiosos; pero se permitía también sus apreciaciones particulares. Por de pronto, no simpatizaba con los griegos y era partidario de los turcos; ponía sobre todas las cosas su tranquilidad. Estaba seguro de que muchísimos católicos veían con absoluta indiferencia la causa de los cristianos de Oriente. Y ¿era lícito herir a esos católicos en sus convicciones legítimas? No estaban obligados a ser helenófilos; tampoco lo era el Papa. Y, por fin, dijo al padre Lantaigne:

—Le oigo con el respeto que usted se merece, mi reverendo señor; pero insisto en afirmar que se imponía en el pulpito un lenguaje más comedido y conciliador, precisamente calando el duelo y la esperanza iban a sellar, sin duda, la reconciliación de las clases.

—Y, entretanto, el alza de la Bolsa comprobaba el acierto de Francia y de toda Europa en los asuntos de Oriente —añadió, irónico, el señor Bergeret.

—Sí —adujo el señor de Terremondre—, debemos apoyar a un Gobierno que sabe combatir al socialismo y a cuyo amparo las ideas religiosas y el espíritu conservador prosperan visiblemente. Nuestro prefecto, el señor Worms-Clavelin, a pesar de ser judío y francmasón, muestra por el clero mucha solicitud. La señora de Worms-Clavelin hizo bautizar a su hija y la educa en un colegio de monjas de París. Puedo asegurarlo, porque la señorita Juana de Clavelin asiste a las mismas clases que mis sobrinas de Ancey. La señora de Worms-Clavelin patrocina varias obras piadosas, y, a pesar de su origen y de su posición social, difícilmente oculta sus instintos aristocráticos y religiosos.

—Lo creo sin que lo jure —dijo el señor Bergeret—, y puede usted afirmar también que hoy día el dinero judío es en Francia el más firme apoyo de la Iglesia católica.

—Está usted en lo cierto —prosiguió el señor de Terremondre—. Los judíos auxilian con donativos cuantiosos a todas las fundaciones católicas... Pero lo que sorprende más en el discurso del padre Ollivier, lo que más asombra es que supone a Dios cómplice de la catástrofe. De sus palabras pudiera deducirse que Dios mismo incendió el bazar. Mi tía de Ancey asistió a la ceremonia y salió indignada. Usted no puede admitir semejantes deslices, mi reverendo señor; estoy seguro.

El padre Lantaigne no solía entablar discusiones teológicas inconvenientes con personas poco versadas para sostenerlas. Aun cuando la controversia fue su constante pasión, sus costumbres y su respeto al decoro sacerdotal le contenían, y, en ocasiones frivolas como aquélla, guardaba silencio.

El señor Bergeret encargóse de contestar al señor de Terremondre.

—Usted hubiera preferido, sin duda, que el fraile disculpara a Dios por la catástrofe sobrevenida en un lugar, al parecer, desatendido un momento por su Divina Previsión, y pintase al Creador apesadumbrado y dolorido ante la desgracia, triste y cuidadoso como un prefecto de Policía.

—Usted se burla de mí —dijo el señor de Terremondre—, ¿Le parece a usted oportuno que hablara el fraile de víctimas expiatorias y del Angel Exterminador? Son ideas de otros tiempos.

—Son las ideas cristianas de todos los tiempos —replicó el señor Bergeret—. El padre Lantaigne podría explicárselo.

Y como el sacerdote continuara en silencio, el señor Bergeret prosiguió:

—Hay en un libro, cuyas doctrinas aprueba el padre Lantaine; hay en el magnífico Estudio acerca de la indiferencia, una teoría de la expiación que merece conocerse, y se la recomiendo a usted. Guardo en la memoria uno de sus conceptos, que puedo repetir letra por letra: "Una ley fatal —dice Lamennais—, una inexorable ley nos abruma; no podemos evitar su influencia; esa ley es la expiación, eje inquebrantable del mundo moral, en torno de la que giran todos los destinos humanos."

—Perfectamente —adujo el señor de Terremondre—. Pero ¿es posible suponer que Dios desatara su encono contra mujeres puras y caritativas, como mi prima Courtrai, como mis sobrinas Laneaux y Felissay, que fueron horriblemente abrasadas en el incendio? Dios no es injusto ni cruel.

Después de asegurar su breviario con la presión del brazo izquierdo, el padre Lantaigne se dirigió hacia la puerta; y de pronto, con la mano derecha levantada, miró al señor de Terremondre, y le dijo, severo:

—Dios no fue injusto ni cruel con esas mujeres al convertirlas, misericordioso, en hostias y en imágenes de la Víctima sin mancha. Pero ya que hasta los cristianos han perdido la idea del sacrificio y la significación del sufrimiento, sumergidos por su culpa en la ignorancia de los más santos misterios de la religión, cuando por ellos deberían salvarse, hay que aguardar advertencias más terribles, avisos reiterados y señales mayores. Hasta más ver, señor de Terremondre. Le dejo en compañía del señor Bergeret, el cual no se interesa por la religión; pero, al menos, evita las miserias y las vergüenzas de la religión fácil. Con débiles recursos intelectuales, faltos de todo sentimiento, le confundirá a usted y lo dejará hecho un lío.

Alejóse, arrogante, con paso firme.

—¿Qué le ocurre? —preguntó el señor de Terremondre—. Se ha disgustado conmigo. Es un hombre digno de respeto; pero tiene un carácter insoportable. Se agria en constantes polémicas. Ha regañado con el arzobispo, con todos los profesores del Seminario, con la mitad, por lo menos, de los curas de la diócesis. No creo que llegue a obispo, y empiezo a convencerme de que para él y para la Iglesia es mejor que siga como está. Sería un obispo muy peligroso por su intolerancia. ¡Empeñarse ahora en alabar el sermón del padre Ollivier, que todo el mundo reprueba!

—Yo, al contrario —dijo el señor Bergeret.

—Pero usted es diferente —repuso el señor de Terremondre—, usted se burla. Usted no es religioso.

—No soy religioso —replicó el señor Bergeret—; pero soy teólogo.

—Yo, al contrario —dijo el señor de Terremondre—. Soy religioso y no soy teólogo. Me siento indignado porque se ha dicho en el pulpito que Dios condenó a perecer entre llamas a infelices mujeres para castigar los crímenes de nuestra patria, que no es la primera nación de Europa. ¿Le parece muy sencillo al padre Ollivier, en las circunstancias actuales, ser la primera nación de Europa?

—No debe parecérselo —respondió el señor Bergeret—. Pero usted, que, según acabo de oír, es uno de los jefes del partido católico en este departamento, no ignorará que su Dios mostró ya en otras épocas, en las edades bíblicas, bastante inclinación hacia los sacrificios humanos, y que debe de serle grata la sangre. Se complacía en los degüellos y celebraba los exterminios. Tal era su carácter, señor de Terremondre. Sanguinario, como el señor de Gromance, que dispara su escopeta sucesivamente, según las épocas del año, contra los corzos, las perdices, los conejos, las codornices, los patos, los faisanes, las tórtolas y los cuclillos, inmolaba inocentes y culpables, guerreros y vírgenes, a pluma y a pelo. Puede afirmarse que devoró con verdadero gusto a la hija de Jefté.

—No es cierto —adujo el señor de Terremondre—. Le fue consagrada; pero no hubo allí sacrificio sangriento.

—A usted se lo refieren suavizado —insinuó el señor Bergeret—, por miramientos a su mucha sensibilidad. Pero, realmente, fue degollada; Jehová se mostraba ansioso de carne fresca. No ignoraba el niño Joas, criado en el tiempo, hasta qué punto le apetecían los niños al Dios. Cuando la buena Josabet le puso la diadema regia, el niño, con extrema inquietud, hizo esta pregunta:

¿Tal vez en holocausto, me consagra la suerte —como en pasados tiempos a la hija de Jefté—para calmar la cólera del Señor con mi muerte?

"En aquel tiempo Jehová ofrecía muchos puntos de semejanza con su rival, Chamos: era feroz, injusto, cruel. Y decía: 'Por los muertos que encontraréis en vuestro camino sabréis que soy el Señor.' No se haga usted ilusiones, y vea cómo al pasar de los judíos a los cristianos se conservó rudo y sanguinario. No diré que no se haya suavizado un poco en este siglo. Próximo a la madurez, envejecido, puesto en la pendiente de facilidad y de indiferencia que a todos nos arrastra, dejó, al fin, de mostrarse a cada punto amenazador y violento. Actualmente sólo anuncia sus castigos por boca de la señorita Deniseau, a la que todos abandonan sin que nadie se preocupe de sus augurios; pero los principios de Jehová son los mismos de siempre; su moral no ha variado.

—Usted es un enemigo implacable de nuestra religión —dijo el señor de Terremondre.

—De ningún modo —repuso el señor Bergeret—. Advierto en ella lo que pudiéramos llamar dificultades intelectuales y morales; también advierto rigores. Pero los rigores antiguos se suavizaron con el tiempo, como las piedras arrastradas por la corriente de un río; y ahora ya casi resultan inofensivos. Me inspiraría mayores recelos una religión de nuevo cuño. Aun cuando procediese de la moral más encantadora y más indulgente, al principio funcionaría con un rigor incómodo y con una exactitud fatigosa. Prefiero la intolerancia embotada y enmohecida que la caridad aguda y ardiente. Al fin y al cabo, el padre Lantaigne padece un error; yo padezco también un error, y sólo usted está en lo firme, señor de Terremondre. Sobre la vieja religión judeocristiana pasaron ya tantos siglos de apasionamiento, de odios y de amores terrestres, tantas civilizaciones bárbaras o refinadas, austeras o voluptuosas, implacables o tolerantes, humildes o soberbias, agrícolas, pastoriles, bélicas, industriales, oligárquicas, aristocráticas, democráticas...; tanto pasó, que todo se ha reducido y allanado al fin. Las religiones no modifican mucho las costumbres, y son como las costumbres quieren que sean...