El jugador: Capítulo 14

El jugador
Capítulo 14
 de Fiódor Dostoyevski

Lancé una exclamación de sorpresa.

- ¿Qué le pasa? -preguntó ella, en un tono extraño.

Estaba pálida y abatida.

- ¿Cómo que qué me pasa? ¡Usted aquí, en mi cuarto!

-Sí, aquí estoy. Cuando vengo, vengo yo misma, toda entera. Es mi costumbre. Usted va a verlo. Encienda la bujía.

Encendí. Ella se puso en pie. Se acercó a la mesa y puso ante mí una carta abierta.

- ¡Lea! -ordenó.

-Es... letra de Des Grieux -dije, tomando la carta.

Mis manos temblaban y los renglones danzaban ante mis ojos. He olvidado los términos exactos de la misiva, pero hela aquí, si no palabra por palabra, al menos idea por idea:

"Mademoiselle -escribía Des Grieux-, circunstancias desagradables me obligan a partir inmediatamente.

Se habrá usted, sin duda, dado cuenta de que he evitado con toda intención una explicación definitiva con usted hasta que todas las circunstancias estuviesen aclaradas. La llegada de la "vieille dame", su parienta y su conducta extravagante han puesto fin a mis perplejidades. La difícil situación de mis negocios me veda al fomentar las dulces esperanzas que había osado concebir durante algún tiempo. Deploro lo ocurrido, pero espero que no encontrará usted nada en mi conducta que sea indigno "d'un gentilhomme et d'un honnête homme". Habiendo perdido casi todo mi dinero para regular las deudas del general, me veo en la necesidad de sacar partido de lo que aún me queda: he avisado ya a mis amigos de Petersburgo para que proceda inmediatamente a la venta de los bienes hipotecados a mi favor. Sabiendo, sin embargo, que en su ligereza, el general ha disipado la fortuna de usted, he decidido perdonarle cincuenta mil francos y devolverle una parte de los pagarés por dicha suma. De modo que ahora queda usted en situación de recobrar lo perdido y reivindicar su fortuna por vía judicial. Creo, "mademoiselle", que en la actual situación mi proceder le será muy ventajoso. Espero también cumplir de este modo el deber de un "galant homme". Esté cierta de que su recuerdo quedará para siempre grabado en mi corazón."

-Vaya, vaya, esto está claro -dije a Paulina-. ¿Podía usted esperar otra cosa? -añadí, con indignación.

-Yo no esperaba nada -replicó ella con calma aparente; pero una nota de emoción vibraba en su voz-. Estoy informada desde hace tiempo. He leído sus pensamientos. El pensaba que yo buscaba... que insistiría...

Se detuvo, se mordió los labios y calló.

-He redoblado con toda intención mi desprecio hacia él -dijo al cabo de un instante-. Le esperaba en su modo de obrar. Si hubiese llegado un telegrama anunciando la herencia, le habría despedido después de tirarle a la cara el dinero que le debe ese idiota -entiéndase el general-.

Hace mucho tiempo, mucho tiempo, que le odio. ¡No era el mismo hombre de otros tiempo, no, mil veces no...! ¡Pero ahora, ahora...!¡Con qué placer le lanzaría a la cara esos cincuenta mil francos, con un salivazo además!

-Pero los documentos..., esa hipoteca de cincuenta mil francos que ha devuelto. ¿No es el general quien la tiene? Pídala y devuélvasela a Des Grieux.

- ¡Oh, no es lo mismo!

-No, en efecto; no es lo mismo. Además, ¿para qué le sirve ahora el general? ¿Y la abuela...? -dije de pronto.

Paulina me miró con aire distraído, impaciente.

- ¿La abuela? -replicó con disgusto-. No puedo ir a su casa... Y no quiero pedirle perdón a nadie - añadió, irritada.

- ¡Qué hacer! -exclamé-. ¿Pero cómo, cómo ha podido usted amar a Des Grieux? ¡Oh, el cobarde, cobarde! Pues bien, ¿quiere usted que le desafíe y mate en duelo? ¿Dónde se halla ahora?

-En Francfort, donde pasará tres días.

-Una sola palabra de usted y salgo mañana mismo en el primer tren -ofrecíle con un entusiasmo estúpido.

Se echó a reír.

-Para que él le diga: "Empiece por devolverle los cincuenta mil francos." ¿Y por qué se batirá con usted? ¡Qué absurdo!

-Entonces, ¿de dónde sacar esos cincuenta mil francos? ¿De dónde? -repetía yo, rechinando los dientes, como si fuera posible irlos recogiendo del suelo-. Pero ahora se me ocurre: ¿y Mr. Astley? - le pregunté, sintiendo surgir en mí una idea espantosa. Sus ojos brillaron.

- ¡Entonces "tú" quieres que "te" deje para ir a buscar a ese inglés! -dijo con sonrisa amarga, hundiendo su mirada en mis ojos. Erala primera vez que me tuteaba.

En aquel instante debió sentir una especie de vértigo a causa de la emoción, pues se dejó caer sobre el diván, como agotada.

Fue para mí como un rayo de luz. No podía creer lo que veía ni lo que oía. ¡Me amaba! ¡Había venido a mí y no había ido a Mr. Astley! Había venido sola a mi cuarto, ¡ella, una señorita! Se comprometía públicamente... ¡y yo permanecía plantado ante ella, sin comprender todavía!

Una idea fantástica me iluminó.

- ¡Paulina, concédeme solamente una hora! ¡Espera aquí una hora y... volveré! ¡Es necesario! ¡Tú verás! ¡Quédate aquí, quédate aquí!

Y me lancé fuera de la habitación, sin contestar a su interrogación muda. Dijo algo, pero no me volví.

Sí; a veces la idea más absurda, la idea más fantástica en apariencia, se apodera de nosotros con tal fuerza que acabamos por creerla realizable...

Más todavía: si esa idea se asocia a un deseo violento, apasionado, se considera como algo fatal, ineludible, predestinado.

Quizá medie en ello un no sé qué, una combinación de presentimientos, un esfuerzo extraordinario de la voluntad, una intoxicación por la propia imaginación.

Lo ignoro; pero aquella noche -que no olvidaré nunca- me ocurrió una aventura prodigiosa. Aunque se explica perfectamente por la aritmética, continúa, sin embargo, siendo prodigiosa a mis ojos.

¿Y por qué, por qué esta certeza estaba tan profundamente arraigada en mí, y desde hacía tanto tiempo? Pensaba en ello -lo repito- no como una eventualidad, sino como algo que debía necesariamente ocurrir.

Eran las diez y cuarto. Entré en el casino con una viva esperanza, pero también con una agitación tal como nunca hasta entonces sintiera. Había aún bastante gente en las salas; menos, sin embargo, que durante el día.

A esta hora no quedan en torno del tapete verde más que los jugadores empedernidos que han acudido al balneario sólo por la ruleta y no se interesan por ninguna otra cosa durante toda la temporada, y apenas se dan cuenta de lo que pasa en torno suyo. Juegan desde la mañana hasta la noche y estarían seguramente dispuestos a continuar jugando hasta la madrugada, pues sólo de mala gana se retiran cuando, hacia las doce, se para la ruleta. Y cuando el croupier principal anuncia "Les trois derniers coups, messieurs" están dispuestos a arriesgar en aquellas tres últimas jugadas cuanto tienen en los bolsillos. Es a esta hora, en efecto, cuando se observan las mayores pérdidas.

Me dirigí hacia la mesa en que había jugado la abuela. No había allí mucha gente, así que pude ocupar pronto un buen lugar. Ante mí, en el tapete verde, leí la palabra passe. Passe designa los números que van del 19 al 36. La primera serie, del 1 al 18, se llama manque . Pero ¿que me importa eso? Yo no calculaba, ignoraba incluso el último número que había salido y no me informé siquiera, según cuidan de hacer todos los jugadores metódicos antes de empezar a jugar.

Saqué mis veinte federicos y los puse en el passe.

- ¡Veintidós! -dijo el croupier.

Había ganado. Arriesgué de nuevo el total: la postura y la ganancia.

- ¡Treinta y uno! -anunció el croupier.

Nueva ganancia. Tenía, pues, ochenta federicos. Lo puse todo sobre la docena del centro -ganando triple, pero dos contras-. El platillo comenzó a girar... Salió el veinticuatro. Me entregaron tres cartuchos de cincuenta federicos y diez monedas de oro. Mi haber se elevaba ahora a doscientos federicos.

Presa de una especie de fiebre, puse todo ese dinero en el rouge y, de pronto, recobré la conciencia.

Fue la única vez durante esta sesión de juego que el estremecimiento del miedo me poseyó, traduciéndose en un temblor de las manos y de los pies.

Sentí, con horror, lo que significaba para mí perder en aquel momento.

-"¡ Rouge!" -cantó el croupier.

Recobré el aliento. Sentía hormigueos por todo el cuerpo. Me pagaron en billetes. En total cuatro mil florines y ochenta federicos.¡Mi vida entera estaba en el juego!

Luego, recuerdo que coloqué dos mil florines en la columna del centro y perdí. Jugué todo mi oro y ochenta federicos y perdí de nuevo. El furor se apoderó de mí. Tomé los dos mil florines que me quedaban y los lancé sobre los doce primeros números; al azar, sin calcular. Hubo entonces un momento de espera... una emoción análoga a la que debió experimentar madame Blanchard cuando, después de haber volado sobre París, se sintió precipitada con su globo contra el suelo.

-"¡ Quatre!" -anunció el croupier.

Al contar la postura, mi capital ascendía de nuevo a seis mil florines. Tenía el aire triunfante, ya no temía a nada. Puse cuatro mil florines en el noir. Unas diez personas jugaron, siguiéndome, a ese color. Los croupiers cambiaron una mirada, murmurando entre ellos.

Salió noir.

A partir de aquel momento ya no puedo recordar la cuantía de mis posturas ni la serie de mis ganancias.

Recuerdo solamente, como en un sueño, haber ganado unos dieciséis mil florines.

Una jugada desgraciada se me llevó doce mil. Luego jugué los últimos cuatro mil al passe y esperé maquinalmente, sin reflexionar, y gané de nuevo.

Gané todavía cuatro o cinco veces seguidas. Sólo puedo recordar que amontoné florines por millares.

Sé también que fueron los doce números del centro, a los cuales permanecí fiel, los que salieron con más frecuencia. Aparecían regularmente, siempre tres o cuatro veces seguidas; luego desaparecían dos veces, para volver a darse otra vez.

Creo que desde que llegué no había transcurrido media hora. De pronto, el croupier me informó que había ganado treinta mil florines y que la banca no respondía en una sesión más allá de esa suma y que se iba a tapar la ruleta hasta el día siguiente.

Recogí todo mi oro, lo metí en los bolsillos, tomé los billetes y pasé a otra sala donde había también una ruleta. La gente me siguió. Me hicieron inmediatamente sitio y empecé a jugar de cualquier modo, sin contar.

- ¡No comprendo qué fue lo que me salvó!

Algunas veces, sin embargo, la noción del cálculo, de las combinaciones posibles, se presentaba en mi mente. Procuraba retener ciertos números, pero los abandonaba pronto para jugar de nuevo casi inconscientemente.

Debía de estar, ciertamente, muy distraído, pues recuerdo que algunas veces los croupiers rectificaban mi juego. Cometía burdos errores. Mis sienes estaban mojadas, mis manos temblaban. Unos polacos me ofrecieron sus servicios, pero yo no escuchaba a nadie. ¡La suerte no me abandonaba!

De pronto hubo, en torno mío, un gran rumor, gritos de "¡ bravo, bravo!". Algunos, hasta aplaudieron.

Había amontonado allí también treinta mil florines y la ruleta se paraba hasta el día siguiente.

- ¡Márchese, márchese! -dijo una voz a mi oído.

Era un judío de Francfort, que había estado todo el tiempo detrás de mí, y creo que me había ayudado alguna vez a hacer las apuestas.

- ¡Por el amor de Dios, váyase! -murmuró otra voz a mi izquierda.

Una rápida mirada me permitió ver a una dama de unos treinta años, vestida modestamente pero con corrección, y cuyo rostro fatigado, de una palidez enfermiza, ofrecía aún restos de una prodigiosa belleza. En aquel momento atiborraba mis bolsillos de billetes y recogía el oro de encima de la mesa. Al recoger el último rollo de cincuenta federicos conseguí ponerlo, sin que nadie lo viera, en manos de la dama pálida.

Sus dedos delicados me estrecharon fuertemente la mano en señal de vivo agradecimiento. Todo eso pasó en el espacio de un segundo.

Después de haber recogido todo, me dirigí rápidamente al "trenteet quarante".

El treinta y cuarenta es frecuentado por el público aristocrático. Aquí la banca responde de cien mil talers a la vez. La postura máxima es de cuatro mil florines. No tenía idea alguna del juego ni conocía casi ninguna postura, aparte del rouge y del noir. A ellos me dediqué.

Todo el casino se reunió en torno mío. No sé si pensé una sola vez en Paulina durante aquella noche.

Experimentaba entonces una voluptuosidad irresistible en recoger los billetes de banco, cuyo montón aumentaba ante mí.

En efecto, hubiérase dicho que el destino me empujaba. Esta vez, como adrede, ocurrió una circunstancia que se repite, por otra parte, bastante frecuentemente en el juego. El juego se da, por ejemplo, rojo, y sale diez, quince veces seguidas. Anteayer mismo oí decir que durante la semana pasada el rojo se dio veintidós veces consecutivas. Era un hecho sin precedentes en la ruleta y causó gran sorpresa. Un jugador experto sabe lo que significa ese capricho del azar. Cualquiera diría, por ejemplo, que habiendo salido el rojo dieciséis veces, a la jugada diecisiete saldrá negro. Los novatos muerden en masa en este cebo, doblan y triplican sus posturas y pierden de un modo feroz.

En cuanto a mí, por un capricho extraño, habiendo notado que el rojo había salido siete veces seguidas, jugué a él expresamente. Estoy persuadido de que el amor propio, en gran parte, entraba en esta decisión.

Quería impresionar a la galería con mi loca temeridad. Sin embargo -lo recuerdo muy bien-, una sed ardiente del riesgo me invadió de pronto, sin que el amor propio mediase en ello. Quizás estas sensaciones múltiples, lejos de saciar el alma, no hacen más que irritarla y hacer que exija sensaciones nuevas, cada vez más intensas hasta el agotamiento total. Y en verdad que no miento al decir que, si el reglamento hubiera permitido poner cincuenta mil florines en una sola jugada, los habría arriesgado.

En torno mío decían todos que era una locura, que el rojo se había dado ya catorce veces.

-Monsieur a déja gagné cent mille florins -sonó una voz a mi lado.

Me volví de pronto. ¿Cómo? ¿Había ganado cien mil florines en aquella velada? ¿Qué más quería? Me lancé sobre los billetes, los metí en mis bolsillos, sin contar; recogí todo el oro, todos los cartuchos, y salí rápidamente del casino.

Todos reían cuando atravesé por las salas, al ver mis bolsillos hinchados y mi paso desigual, que el oro hacía pesado. Debía llevar más de medio pud . Varias manos se tendieron hacia mí. Distribuí dinero a puñados. Dos judíos me detuvieron a la salida.

-Usted es muy atrevido, muy atrevido -dijéronme-, márchese mañana mismo, por la mañana; si no lo perderá todo... todo.

No me paré a escucharles.

La avenida estaba oscura, tanto que difícilmente habría podido distinguir los dedos de mis manos. Había quinientos metros hasta el hotel. No he tenido nunca miedo, ni aun en mi niñez En aquella hora tampoco pensaba en ello. No puedo recordar lo que iba pensando por el camino. Mi cabeza estaba vacía. Experimentaba tan sólo una especie de voluptuosidad intensa -embriaguez del éxito, de la victoria, de la potencia-; no sé cómo explicarme.

La imagen de Paulina surgía ante mí. Recordaba claramente que iba hacia ella, que dentro de un momento estaríamos reunidos, que le enseñaría mi ganancia... Pero había ya olvidado casi mis palabras, la razón de mi salida. Todas aquellas sensaciones, de hacía dos horas a lo sumo, me parecían algo ya pasado, viejo, caduco, algo que ya no evocaríamos, pues todo volvería a empezar.

Casi al final de la avenida el miedo me invadió de pronto. ¿Si me asesinasen y desvalijasen? A cada paso aumentaba mi temor. Casi corría. De pronto, al extremo de la avenida, nuestro hotel, espléndidamente iluminado, resplandeció en bloque: "¡Loado sea Dios! -me dije-. ¡Ya he llegado!" Corrí hasta mi habitación y abrí bruscamente la puerta. Paulina estaba allí, sentada en el diván, ante una luz encendida, las manos juntas.

Me miró con sorpresa, y, seguramente, en aquel momento, yo tenía un aspecto muy extraño. Me detuve ante ella y volqué sobre la mesa todo mi dinero.


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