El jugador: Capítulo 13

El jugador
Capítulo 13
 de Fiódor Dostoyevski

He estado casi un mes sin continuar estas memorias, empezadas bajo la influencia de impresiones, desordenadas, pero fuertes.

La catástrofe, cuya inminencia preveía, se ha desencadenado, en efecto, pero cien veces más brusca e inesperada de lo que supusiera.

Todo aquello fue algo extraño, tumultuoso, y hasta trágico para mí. Al menos las sigo considerando así hasta el momento actual, aunque, desde otro punto de vista, y sobre todo juzgando según el torbellino en que me agitaba entonces, sean a lo más un poco excepcionales. Pero lo que me parece más milagroso es el modo cómo me he comportado respecto a esos acontecimientos. ¡No consigo todavía comprenderlo! Todo eso pasó volando, como un sueño -incluso mi pasión-. Sin embargo, era una pasión fuerte y sincera.... pero ¿qué ha sido de ella? No queda nada, hasta el punto que algunas veces se me ocurre la siguiente idea: "¿ No habré perdido la cabeza y pasado todo ese período en algún manicomio? ¿Quizá me hallo en él todavía, de modo que "todo eso no existe' y continúa no existiendo", no es más que una ilusión...?

He reunido y releído mis cuartillas -quién sabe si para convencerme que no las escribí en un manicomio-. Ahora estoy completamente solo. El otoño se acerca, las hojas amarillean. Permanezco en esta melancólica y pequeña ciudad - ¡qué tristes son las pequeñas ciudades alemanas!- y en lugar de reflexionar en lo que conviene hacer, vivo bajo la influencia de sensaciones apenas extinguidas, de recientes recuerdos, como un objeto ligero arrastrado por el viento...

Antójaseme, a veces, que continúo siendo juguete del viento y que de un momento a otro me empujará con fuerza, me hará perder el equilibrio, el sentido de la medida, y girar indefinidamente...

Aunque, por lo demás, tal vez me detenga en algún sitio si recapacito, lo más exactamente posible, en todo lo que me ha ocurrido durante este mes. Siento de nuevo necesidad de escribir, pues muchas veces mis veladas vacías son interminables. Cosa extraña. Para matar el tiempo, no importa cómo, entro en un deplorable gabinete de lectura para tomar las novelas de Paul de Kock -traducidas al alemán-, queme fastidian, pero que leo, con gran asombro de mi parte. Se diría que temo que se rompa el encanto del pasado a causa de una lectura o por una ocupación seria. Ese sueño tumultuoso y las impresiones que de él subsisten me son tan queridas que temo que el contacto de las cosas nuevas lo haga desvanecer. Si todo esto me es querido, seguramente de aquí a cuarenta años me acordaré todavía... Tomo, pues, la pluma. Puedo ahora narrar ciertas cosas más brevemente. Las impresiones no son en modo alguno las mismas...

Ante todo terminaremos de hablar de las aventuras de la abuela.

Al día siguiente perdió hasta el último céntimo. No tenía más remedio que ser así. Una vez en ese camino las gentes como ella van rodando, cada vez más rápidamente, como un trineo por una pendiente nevada. Estuvo jugando durante todo el día, hasta las ocho de la noche. Yo no me hallaba presente y lo sé por lo que oí decir.

Potapytch permaneció todo aquel tiempo a su lado, en el casino. Los polacos que asesoraban el juego de la abuela fueron relevados varias veces. Comenzó la abuela por despedir a aquel a quien la víspera había tirado de los pelos y tomó otro que demostró ser casi peor. Arrojó al segundo polaco para volver a tomar al primero, que no se había marchado a pesar de su mala suerte y no había cesado de rondar tras el sillón de lapavi. Entonces la abuela cayó en una verdadera desesperación. El segundo polaco despedido no quería marcharse a ningún precio. Uno se instaló a la derecha y otro a la izquierda.

Todo el tiempo discutían respecto a las posturas y a las jugadas, tratándose mutuamente de ladjak - canalla- y otras amabilidades polacas, después de lo cual se reconciliaban, tiraban el dinero al tuntún, maniobraban de cualquier manera. Durante sus peleas cada uno jugaba por su parte, el uno sobre el rouge y el otro sobre el noir.

Marearon de tal modo a la abuela y la desalentaron hasta tal punto, que ella imploró, casi con lágrimas en los ojos, la protección del croupier mayor. Efectivamente, en seguida los echaron, a pesar de sus gritos y de sus protestas. Hablaban los dos a la vez, pretendiendo que la abuela les había engañado y se había mostrado desleal con ellos.

El desgraciado Potapytch me contó todo esto la misma noche, llorando sin consuelo y renegando de que aquellos canallas se hubiesen llenado los bolsillos. Les había visto maniobrar y robar descaradamente.

Uno de ellos, por ejemplo, pedía a la abuela cinco federicos por su trabajo y los ponía a la ruleta al lado de la postura de la vieja señora. Si ganaba, gritaba que la ganancia le pertenecía, mientras que la abuela había perdido. Luego que los echaron, Potapytch salió tras ellos, denunció que llevaban los bolsillos llenos de oro. La abuela rogó al croupier que adoptase las medidas oportunas, y, a pesar de los clamores de los dos bribones (exactamente como dos gatos cogidos por las patas), se presentó la policía, qué vació el contenido de sus bolsillos para entregarlo a la abuela.

Mientras tuvo dinero para perder la anciana, se impuso visiblemente a los croupiers y a la dirección del casino. Poco a poco su fama se difundió por toda la ciudad. Los bañistas de todos los países, sin distinción de rango, afluían para contemplar "une vieille comtesserusse, tombée en enfance" que había perdido ya "varios millones".

Pero la abuela ganó muy poco con que la librasen de los dos polacos. En su lugar acudió un tercero a ofrecer inmediatamente sus servicios. Esta hablaba perfectamente el ruso y parecía un lacayo vestido de señor. Tenía grandes bigotes y mucho amor propio. El también "se arrastraba a los pies de la pani", pero se mostraba arrogante con los que le rodeaban, mandaba como un déspota. En una palabra, se afirmó no como el servidor, sino como el tirano de la abuela. En todo momento, a cada jugada, se dirigía a la abuela y juraba por todos los dioses que era " un panz honorem " -un hombre honrado- y que no cogería un solo kopek. A fuerza de oírle repetir estos juramentos la abuela acabó por tenerle miedo.

Pero como aquel panz , efectivamente, pareció al principio modificar su juego, dudaba en prescindir de él.

Al cabo de una hora, los dos polacos expulsados del casino volvieron a aparecer detrás del sillón de la abuela, ofreciendo de nuevo sus servicios, aunque no fuese más que para encargos. Potapytch juraba que el "panz honorem" les había guiñado el ojo e incluso entregado algo.

Corno la abuela no había comido y no abandonaba su sillón, uno de los polacos pudo serle útil. Corrió al buffet para buscar una taza de caldo, luego otra de té. Pero al fin de la jornada, cuando ya era evidente que estaba perdiendo sus últimos billetes de banco, estaban detrás de su sillón hasta seis polacos que habían salido no se sabe de dónde. La abuela veía cómo se le escapaban las últimas monedas y ellos, sin escucharla ni hacerla caso, se inclinaban sobre la mesa, por encima de su cabeza, cogían el dinero ellos mismos, daban órdenes, jugaban, disputaban y trataban de tú por tú al "panz honorem", que se había olvidado casi de la existencia de la anciana señora.

Y cuando la abuela, ya despojada de cuanto tenía, volvió a las ocho de la noche al hotel, tres o cuatro polacos no se decidían a abandonarla. Corrían a derecha e izquierda del sillón, vociferaban, aseguraban, con volubilidad, que ella les había engañado y les debía una compensación. Llegaron hasta la puerta del hotel, de donde los echaron a empujones. Según los cálculos de Potapytch, la abuela perdió en aquel día noventa mil rubios, sin contar el dinero perdido la víspera. Todos sus valores -obligaciones al cinco por ciento, rentas del Estado, acciones- desaparecieron unos tras otros.

Me causaba extrañeza que se hubiese podido mantener firme en el sillón ocho horas seguidas. Pero, según Potapytch, había realizado grandes ganancias y entonces se abandonaba a una nueva esperanza que impedía que se marchase. Por otra parte, los jugadores saben perfectamente que se puede estar sentado veinticuatro horas seguidas jugando a las cartas sin desviar la mirada ni a la derecha ni a la izquierda. Aquel mismo día pasaron igualmente en nuestro hotel cosas decisivas.

Poco antes de las once de la mañana, cuando aún la abuela estaba en su cuarto, el general y Des Grieux resolvieron intentar un último esfuerzo. Habiéndose enterado de que, lejos de marcharse, había vuelto al casino, fueron a verla para discutir definitivamente e incluso "francamente". El general que temblaba y desfallecía ante la perspectiva de las funestas consecuencias que podían resultar para él, perdió los estribos; después de haber suplicado durante media hora y de haberlo confesado todo, es decir, sus deudas y hasta su pasión por la señorita Blanche -estaba completamente loco tomó de pronto un tono amenazador y comenzó a reñir a la abuela. Ella deshonraba su nombre, se convertía en la causa de un escándalo en toda la ciudad y, en fin... en fin...

-Desacredita usted el nombre de Rusia, señora -clamó el general-, ¡y aquí hay policía para eso!

La abuela le expulsó finalmente con un par de golpes de su bastón.

Una o dos veces todavía el general y Des Grieux examinaron la posibilidad de recurrir a la Policía.

"Una pobre vieja, honrada, pero chocha, acaba de arruinarse en el juego.... etc. ¿No se podría obtener una vigilancia o una intervención ... ?" Pero Des Grieux se contentaba con encogerse de hombros y se reía en las mismas narices del general, que no sabiendo ya qué despotricar, iba de un lado a otro del cuarto. Finalmente Des Grieux se cansó y se marchó.

Por la noche se supo que había salido del hotel después de una conversación misteriosa con la señorita Blanche.

En cuanto a esta última, había tomado, desde por la mañana, medidas decisivas. Había despedido al general, prohibiéndole que se volviese a presentar ante sus ojos. Cuando él corrió a unírsele en el casino y la encontró del brazo del pequeño príncipe, ni ella ni la señora viuda de Cominges dieron muestras de conocerle. El príncipe no saludó.

Durante todo el día la señorita Blanche sondeó y maniobró cerca del príncipe para que se le declarase definitivamente. Pero, ¡ay!, se había equivocado cruelmente en lo que se refiere a ese personaje.

Esta pequeña catástrofe ocurrió por la noche. Se descubrió que el príncipe era más pobre que una rata y que incluso se proponía pedirle prestado dinero contra un pagaré para poder jugar a la ruleta. Blanche, indignada, lo echó de su lado y fue a encerrarse en sus habitaciones.

En la mañana de aquel mismo día fui a casa de Mr. Astley, o más bien le busqué durante varias horas sin poder encontrarle ni en el casino ni en el parque. Ese día no comía en su hotel. A las cinco vi casualmente que salía de la estación y se dirigía al Hôtel d'Angleterre. Iba de prisa y no parecía muy preocupado, aunque hubiera sido difícil discernir en su rostro expresión alguna. Me tendió alegremente la mano con su exclamación habitual: "¡ Ah!", pero continuó andando con paso rápido.

Le acompañé, pero me recibió de tal modo que no pude preguntarle nada. Además, me repugnaba mucho hablar de Paulina. El mismo tampoco me preguntó por ella. Le hablé de la abuela; me escuchó con atención, y luego se encogió de hombros.

- ¡Lo perderá todo! -insinué.

- ¡Oh, sí! -contestó él-. Se disponía a jugar cuando me marché. Ya sabía que perdería. Si tengo tiempo iré a verla al casino, pues es cosa muy curiosa.

- ¿A dónde fue usted? -le pregunté, sorprendido de no haberlo hecho hasta entonces.

-A Francfort.

- ¿Por negocios?

-Sí, por negocios.

¿Para qué insistir? Continué marchando a su lado, pero dio la vuelta hacia el Hôtel des Quatre Saisons, me hizo una inclinación de cabeza y desapareció.

Al volver al hotel me di poco a poco cuenta de que, aunque hubiera hablado dos horas con él, no habría sacado nada, porque.... en realidad, no tenía nada que preguntarle. ¡Sí, era seguramente eso! Me hubiese sido imposible formular mi pregunta.

Todo aquel día estuvo Paulina de paseo por el parque con la niñera y los niños, y luego permaneció en su habitación . Desde hacía tiempo evitaba al general, y casi no le dirigía la palabra. Ya lo había notado yo tiempo antes.

Pero sabiendo en qué situación se encontraba entonces el general pensé que éste no podía menos de contar con ella, es decir, que entre ellos tendría que haber una explicación familiar importante. Sin embargo, cuando regresé al hotel, después de mi conversación con Mr. Astley, encontré a Paulina con los niños. Su fisonomía reflejaba una serenidad imperturbable, como si fuese la única que hubiese salido con bien de las tempestades de familia. Contestó a mi saludo con una inclinación de cabeza. Entré en mi habitación de muy mal humor.

Ciertamente que yo evitaba hablar con ella, y ni una vez le había dirigido la palabra después del incidente con los Wurmenheim. Además, me hacía el ofendido, pero a medida que el tiempo pasaba una verdadera indignación se acentuaba en mí. Aun cuando no me amase, no era ésta una razón para que prescindiera en absoluto de mí y acogiese mis confidencias con tal desdén. Ella sabía que yo la amaba e incluso había permitido que se lo dijese. A decir verdad, nuestras relaciones habían empezado de un modo extraño. Desde hacía tiempo, cosa de dos meses, yo notaba que ella quería hacer de mí su amigo, su confidente, y que en parte trataba de tentarme. En verdad, eran extrañas nuestras relaciones. He aquí por qué yo la había hablado en aquel tono. Pero si mi amor la ofendía, ¿por qué no me prohibía francamente hablarle de él?

"No me lo prohíbe -pensaba-. Ella misma, por el contrario, me ha incitado algunas veces a hablar... seguramente para burlarse. Estoy seguro, lo he comprobado muchas veces. Le gustaba, después de haberme escuchado y llevado al terreno de las confidencias, contestarme con una manifestación de su soberano desprecio y de su indiferencia. Sin embargo, no ignoraba que yo no podía vivir sin ella. Han pasado tres días desde el incidente con el barón y ya no puedo soportar por más tiempo nuestra "separación". Cuando la he encontrado, hace un momento, mi corazón latía con tal violencia que me he puesto pálido.¡Ella tampoco puede vivir sin mí! Le soy necesario, ¿solamente a título de bufón?"

"Ella tiene un secreto, ¡es evidente! Su diálogo con la abuela me ha oprimido el corazón. ¡Cuántas veces la he suplicado que fuese franca conmigo, pues sabe perfectamente que yo estoy dispuesto a arriesgar por ella mi vida! Pero siempre me ha tratado con el mismo desdén, y en lugar de la vida que le ofrecía exigía de mí proezas ridículas, como la de provocar al barón. ¿No resulta todo esto doloroso?¿Es posible que ese francés lo represente todo para ella? ¿Y Mr. Astley?" Pero al llegar a este punto mis ideas se confundían completamente. ¡Y cuántas torturas experimentaba! ¡Cuántas, Dios mío!

Al entrar en mi habitación bajo el imperio de la cólera, cogí la pluma y escribí esta carta: "Paulina Alexandrovna, comprendo que el desenlace está próximo. Usted también sufrirá las consecuencias.

Por última vez repito: ¿Tiene usted, sí o no, necesidad de mi cabeza? Si le soy necesario "sea para lo que sea", disponga de mí. Por el momento permanezco la mayor parte del día en mi habitación y no pienso salir. En caso de necesidad escriba o mándeme llamar."

Lacré la misiva y la envié por el camarero, con la orden de entregarla en propia mano. No esperaba yo contestación, pero al cabo de algunos minutos volvía el criado con la noticia de que "le habían encargado de transmitir un saludo".

A las siete el general me mandó buscar.

Estaba aquél en su gabinete. Iba vestido de calle, como si se dispusiera a salir.

Al entrar vi que estaba en el centro de la habitación, con las piernas separadas, la cabeza baja, y hablando solo, en voz alta. En cuanto me hubo visto se lanzó hacia mí, casi gritando, de modo que retrocedí instintivamente y quise huir. Pero me cogió las manos y me llevó hacia el diván. Sentóse allí, y a mí me hizo sentar en una butaca ante él, y, sin soltar mis manos, con labios pálidos y temblorosos, con lágrimas en sus ojos, dijo con voz suplicante: - ¡Alexei Ivanovitch, sálveme! ¡Sálveme, tenga piedad de mí!

Permanecí largo rato sin comprender nada. A través de una oleada de palabras repetía constantemente:

"¡Tenga piedad, tenga piedad!" Finalmente pude entender que esperaba de mí algo así como un consejo. O más exactamente, que abandonado de todos, angustiado, desesperado, se había acordado de mí y me llamaba con el único fin de hablar, de hablar sin descanso.

Se sentía trastornado, o al menos trastornado en grado sumo. Juntó las manos, dispuesto a arrojarse a mis pies, para... - ¡cualquiera lo adivina ...!- para que yo fuese a buscar a la señorita Blanche, para que la exhortase a volver a él, a casarse con él.

- ¡Por Dios, mi general! -exclamé-; ¿qué puedo hacer yo? La señorita Blanche probablemente no se ha fijado siquiera en mí.

Pero las objeciones no servían para nada. No comprendía lo que le decía yo. Hablaba con frases incoherentes acerca de la abuela, persistía en su idea de llamar a la policía.

- ¡En nuestra patria, en nuestro país -dijo lleno de indignación-,es decir, en un estado con policía, donde las autoridades cumplen con su deber, se pondría inmediatamente bajo tutela a viejas como ésa!

Sí, señor, sí -siguió diciendo, levantándose de su asiento y yendo de un lado a otro de la habitación-. ¿Lo ignora usted, señor? -y se dirigía aun personaje imaginario que se hallara en un rincón-. Pues bien, sépalo... sí... en nuestra patria, a viejas como ésa se las castiga, se las hace entrar en razón... ¡Oh, sapristi!

Se dejó caer nuevamente sobre el diván, y al cabo de un instante, sollozando casi, con voz apagada, me anunció que la señorita Blanche ya no se casaba con él, porque la abuela había llegado en vez del esperado telegrama y era evidente que se escapaba la herencia. Creía comunicarme algo nuevo. Yo intenté hablarle de Des Grieux. El hizo un gesto de desaliento.

- ¡Se ha marchado! ¡Tiene todos mis bienes en garantía! ¡Estoy pelado como un halcón! Del dinero que trajo usted... ignoro lo que queda. Lo más setecientos francos. Esto es todo cuanto poseo; de ahora en adelante... ¡a la buena de Dios...!

- ¿Cómo pagará usted la cuenta del hotel? -exclamé asustado-. Y luego... ¿qué va a hacer?

Me miró con aire pensativo, pero creo que no me había comprendido siquiera. Hice alusión a Paulina Alexandrovna, a los niños. El contestó muy aprisa. "¡ Sí, sí!", pero comenzó en seguida a hablar del príncipe que iba a partir con Blanche y...

- ¿Qué va a ser de mi, Alexei Ivanovitch? -me preguntó de pronto-. ¡En nombre del cielo! ¿Qué va a ser de mí?... Se trata de una negra ingratitud. ¿No es verdad que es una ingratitud?

Para terminar, comenzó a derramar un torrente de lágrimas.

No era posible hacer nada con semejante hombre. Por otra parte, dejarle solo era peligroso, pues podía ocurrirle algo. Conseguí salir, pero advertí a la niñera que diese una mirada de cuando en cuando. Hablé, además, al mozo del corredor, un muchacho muy inteligente, que me prometió vigilarle.

Apenas hube dejado al general cuando Potapytch vino a buscarme de parte de la abuela. Eran las ocho y acababa de llegar del casino sin un céntimo. Me encaminé a sus habitaciones. La vieja estaba sentada en su sillón, agotada y visiblemente enferma. Marta le servía una taza de té, que le hacía beber casi a la fuerza. La voz y el tono de la abuela habían cambiado.

-Hola, amigo Alexei Ivanovitch -dijo, saludándome con gravedad-. Excúsame por haberte molestado una vez más, perdona a una anciana. Lo he perdido todo allá abajo, cerca de cien mil rublos. Tenías mucha razón al no querer acompañarme ayer. Me encuentro ahora aquí sin recursos. No quiero perder un solo minuto y me voy a las nueve y media. He mandado a buscar a ese inglés amigo tuyo, Mr. Astley, para pedirle prestados tres mil francos por ocho días. Tranquilízale en caso de que tenga dudas. Tengo todavía algo, amigo mío. Poseo tres fincas y dos casas. Me queda dinero líquido, pues no lo traje todo conmigo. Digo esto para que no tenga recelos... ¡Ya está aquí! Bien se ve que es una buena persona.

Mr. Astley había acudido a la primera llamada de la abuela. Sin dudar ni hablar mucho le contó inmediatamente tres mil francos a cambio de un recibo que la abuela firmó. Después de lo cual saludó y se retiró inmediatamente.

-Y ahora vete tú también, Alexei Ivanovitch. Me queda un poco más de una hora. Quiero acostarme, pues los huesos me duelen. Ahora ya no acusaré más a los jóvenes de ligereza. Hasta me causa escrúpulos acusar a ese desgraciado general. Sin embargo no le daré dinero, tanto si quiere como si no quiere, porque según mi opinión es un solemne estúpido. Pero yo, vieja y tonta, no estoy tampoco razonable. Bien es verdad que, aunque tarde, Dios castiga la presunción. ¡Que lo pases bien! ¡Marta, ayúdame!

Hubiera querido, sin embargo, acompañar a la abuela. Además, estaba en espera de un acontecimiento, de algo que iba a ocurrir. No podía estarme quieto. Salí al corredor y luego a dar un paseo por la avenida. Mí carta a Paulina era clara y categórica, y la catástrofe, seguramente, definitiva. Oí hablar en el hotel de la partida de Des Grieux. Después de todo, si ella me rechazaba como amigo, quizá pudiera serle útil como criado. Pues yo podía serle útil, aunque sólo fuese para desempeñar sus encargos. ¡Esto era lógico!

A la hora de salida corrí a la estación y saludé a la abuela. Ella y su séquito ocuparon un departamento reservado.

-Gracias, amigo mío, por tu concurso desinteresado -me dijo al despedirse-. Repite a Praskovia lo que le dije ayer. La espero.

Volví al hotel. Al pasar por delante de las habitaciones del general encontré a la niñera y le pregunté por él.

-No va mal -dijo ella, tristemente.

Entré. Pero me detuve en la puerta del gabinete en el colmo de la sorpresa. La señorita Blanche y el general reían a carcajadas. La señora viuda de Cominges estaba sentada en el diván. El general parecía loco de alegría y decía barbaridades. Se hallaba presa de un acceso nervioso de risa, que arrugaba su rostro y escamoteaba sus ojos.

Me enteré más tarde de que Blanche, después de haber despachado al príncipe, informada de la desolación del general, había ido a pasar unos momentos a su lado para consolarle. Pero el pobre hombre no suponía que en aquellos momentos su suerte estaba ya decidida y que Blanche había ya empezado a hacer las maletas para huir a París en el primer tren de la siguiente mañana.

Después de haberme detenido en el umbral del gabinete renuncié a entrar y me retiré sin ser visto. Al entrar en mi cuarto distinguí en la penumbra una persona sentada sobre una silla, en un rincón, cerca de la ventana. Avancé rápidamente, miré... y me faltó la respiración. ¡Era Paulina!


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