El imperio jesuítico/Prólogo

Nota: Se respeta la ortografía original de la época
PRÓLOGO

El Gobierno, en decreto de Junio del año pasado, encargóme la redacción de este libro, que por voluntad suya, y por mi propia indicación, iba á ser una Memoria.

Los datos recogidos sobre el terreno, así como la bibliografía consultada, fueron ampliando el proyecto primitivo, hasta formar la obra que entrego á la consideración del lector. Habría podido, ciñéndome estrictamente al plan oficial, ahorrar mi esfuerzo, compensándolo con abundantes fotografías y datos estadísticos; pero he creído interpretar los deseos del Exemo, señor Ministro del Interior, á quien debo esta distinción, agotando el tema.

Así, la "Memoria" primitiva se ha convertido en un ensayo histórico, al cual concurren la descripción geográfica y arqueológica, sin excluir—y esto corre de mi cuenta—la apreciación crítica del fenómeno estudiado.

En cuanto á las ilustraciones he optado por concretarme á lo pertinente, aunque resulte de apariencia menos lucida que esa vaga profusión, cuyo abuso constituye una enfermedad pública; pero éste no es un libro de viajes ni una disertación amena.

Los dibujos y planos que presento—entre los cuales sólo hay dos fotografías—tienden realmente á «ilustrar» el texto, sin esperar que el lector se divierta; por lo demás, los datos incluídos en él sobran hasta para guiar á los «turistas», si su intrépida ubicuidad llega á derramarse por aquellos escombros.

He titulado este trabajo El Imperio Jesuítico, porque, como verá el lector, dicha clasificación cuadra mejor que ninguna á la organización estudiada. Los jesuitas habíanla clasificado con el nombre de República Cristiana, correcto también; pero la palabra "república" apareja ahora un concepto democrático, enteramente distinto del que corresponde á aquella sociedad.

Su carácter imperial fué ya notado, aplicándose también á un titulo, por el jesuita Bernardo Ibáñez; quien escribió en 1770, bajo el nombre de «Reino Jesuítico del Paraguay», una obra contra la orden de la cual había sido expulsado

No necesito advertir al lector, que fuera de ésta, no hay otra coincidencia entre mi libro y la diatriba del sacerdote rebelde; pues no tengo para los jesuítas, y por de contado para los que ya no existen en el Paraguay, cariño ni animadversión. Los odios históricos, como la ojeriza contra Dios, son una insensatez que combate contra el infinito ó contra la nada.

Creo inútil hablar de mi viaje por el territorio de las Misiones, bastándome decir que no se limitó á la parte argentina, pues temo que el lector vea en mí uno de esos viajeros que hacen del héroe fácil, por la misma razón á la cual debe su prestigio «el mentir de las estrellas».

Aprovecharé, sí, esta coyuntura, para agradecer en mi nombre y en el de mis compañeros de exploración, sus finezas á las personas que durante ella nos auxiliaron.

Ocupa el primer lugar el señor Juan J. Lanusse, gobernador de Misiones y distinguido caballero que me ayudó con toda decisión. El doctor Garmendia, Juez Letrado del Territorio, es también acreedor á mi gratitud; y ella se extiende al señor Rafael Garmendia, administrador de la Aduana; al ingeniero señor F. Fouilland, al Jefe de Policía, señor Olmedo, á los comisarios de San José, Apóstoles y Concepción, señores Silva, Rodríguez y Verón, al señor Gallardo, Juez de Paz de San Carlos; al señor Castelli, administrador de la colonia Apóstoles; al señor Augusto Gorordo, vecino de Concepción; á los señores Noriega y García, comerciantes de Saracura; al señor Caldeira, de Santa María; al señor Baumeister, cónsul argentino en Villa Encarnación (Paraguay); al señor Zarza, Jefe político de Trinidad en el mismo país; á la señorita Báez, maestra de escuela en el mismo punto; al señor Chamorro, vecino de Jesús (Paraguay); al señor Mariano Macaya, comerciante de Santo Tomás, y á los esposos Frédéric Villemagne, cuidadores de las ruinas de San Ignacio, hospitalarios vecinos cuya generosidad es inolvidable.

En cuanto al territorio de Misiones, constituye, como es sabido, una belleza nacional que no necesita mi recomendación.

Junio de 1903.—Mayo de 1904.