El guante negro

EL GUANTE NEGRO

I

LA PRENDA DE AMISTAD

Era una de esas deliciosas noches del país argentino. La luna bañaba con sus blancos rayos las encantadas riberas del Plata y hacía brillar entre la sombría verdura de los huertos y alamedas de las mil bellísimas quintas, y los palacios de campo que circundan Buenos Aires. Aunque la hora no era avanzada, todo estaba silencioso y desierto en derredor de la gran ciudad, y sólo se oía el murmullo de las ondas del vecino rio, y el silbido del viento entre las hojas de los sauces.

De repente vino a mezclarse a estos rumores de la naturaleza una voz humana, una divina voz de mujer, que elevándose suave y cautelosa del fondo de una de esas espesas avenidas de árboles, comenzó a cantar con indecible melodía aquella adorable música de Julieta y Romeo.

—Sei pur tu che ancor rivedo?

El canto fue interrumpido por el ruido de un carruaje que se acercaba.

Una elegante berlina se detuvo al pie de la escalinata de una quinta. Un cazador vestido de lujosa librea abrió la portezuela y presentó la mano a una bella joven de talle esbelto y flexible, de mirada rápida e imperiosa, que saltando del estribo, ligera como un pájaro, subió las gradas de la escalinata, y entró en el vestíbulo.

A su vista, el portero que velaba en la primera antesala, se inclinó profundamente.

—Amigo mío —le dijo ella, paseando en derredor su inquieta mirada—: ¿duerme su joven amo de usted?

—Mi amo está herido, señora, y…

—Lo sé, lo sé, y por eso estoy aquí. Condúzcame usted a su cuarto.

El portero hizo una reverencia, y guió a la joven por una galería abierta sobre un jardín interior, y deteniéndose delante de una puerta, iba a abrirla para anunciar a la dama, pero ésta le apartó sonriendo, abrió ella misma la puerta, atravesó corriendo un elegante salón, y entró en un dormitorio alumbrado por una lámpara de gas, y en cuyo fondo, entre dos manoplas de armas había un lecho en donde estaba acostado un joven de bella y simpática fisonomía. Su frente alta y espaciosa llevaba el sello de la altivez y de la inteligencia, en sus grandes ojos negros sombreados por largas pestaña, había relámpagos que rebelaban el choque de pasiones fuertes y encontradas. Sus brillantes cabellos caían en abultados bucles sobre su cuello, y un bigote negro y sedoso capaz de matar de envidia a todos los leones del mundo, se retorcía graciosamente sobre una boca que habría hecho palpitar a una mujer de miedo o de amor.

La joven corrió hacia él, y apartándose con una mano el velo de su linda cara,

—Wenceslao! –le dijo, presentándole la otra-. ¿No es cierto que he tardado mucho?

—¡Que veo! ¡Manuelita, vos aquí!

—¿Me habéis llamado de ingrata? ¡Oh!, es que aunque moría de impaciencia y de deseo de venir a veros, no podía sustraerme un momento a las miradas de mi padre, y de esa inicua turba de pretendientes y aduladores que me rodean.

—¡Llamaros ingrata, yo!: ¡oh no, Manuelita! Yo sé que habéis pensado en mí, y vuestros más ligeros recuerdos son tan preciosos para mi corazón, que no creería poder pagarlos, ni aun dando por vos mi sangre y mi alma… Pero permitid que me convenza que no es un sueño la dicha de veros aquí, a esta hora, así, inclinada sobre mi lecho.

Y quitando él mismo el guante de tul negro bordado de arabescos, que cubría la linda mano de la joven, imprimió en ella un beso que debió ser muy apasionado, porque Manuelita retiró vivamente su mano, sus ojos se bajaron al suelo, y una nube de rubor cubrió su alta frente.

—¡Lisonjero! —dijo ella, haciendo un esfuerzo para serenarse y sonreír—, ¿qué hay de más natural que el que yo me encuentre aquí, a esta hora, así inclinada sobre vuestro lecho? Un mal caballero atacó mi honor, creyendo desacreditar así la administración de mi padre; como si la deshonra arrojada sobre la frente de una joven, pudiera eclipsar el brillo de la estrella de Rosas el fuerte; vos tomasteis la defensa de vuestra amiga de infancia, desarmasteis a vuestro contrario y le obligasteis a desmentirse desde Montevideo; pero quedasteis herido, y es de mi deber no sólo el venir a veros, sino el ser vuestra enfermera. ¡Qué dulces habrían sido para mi corazón los cuidados que os prodigara! ¡Pero me encadenan lejos de vos la necesidad que mi padre tiene de mí, y el terror de ese mundo que se ha apoderado de mi vida para destrozarla, como si no fuera aun bastante triste y contrariada! ¡Oh, Wenceslao! ¡Por qué no estamos aún con mi madre y la vuestra bajo las frescas sombras de Luján!

Y la hija del Dictador elevó sus ojos al cielo para hacer quizá retroceder sus lágrimas, reclinando tristemente su linda cabeza sobre una de las columnas del lecho.

Wenceslao se incorporó sobre su almohada, y estrechando la mano de la joven sobre su pecho herido:

—¡Manuelita, hermosa flor nacida entre zarzas! —exclamó—. La sociedad que os posee no es digna de vos; no pudiendo comprenderos, os calumnia, pero si un hombre leal decidido y enérgico puede algo contra la desgracia de vivir en un mundo que os comprende, mandad, mi vida es vuestra; este corazón que palpita bajo vuestra mano está lleno de adhesión por vos. Confiaos a él, dadle su parte de vuestras penas.

Manuelita estrechó la mano del joven sonriendo melancólicamente.

—¡Ay!, amigo mío —le dijo—, el destino tan envidiado de Manuela Rosas, la ha condenado a la soledad y aislamiento del corazón, alejando de ella uno a uno a todos sus amigos. Aquellos que no han emigrado se hallan en el ejército de Lavalle, ese implacable enemigo de mi padre; y aunque yo sé que ellos guardan una tierna memoria de mi amistad, el deber me ordena arrojar de mi corazón el recuerdo de la suya. Vos mismo, Wenceslao, el último, y más querido de todos, muy poco tiempo estaréis cerca de mí; pronto dejaréis de ser edecán: he visto en el bufete de mi padre vuestro despacho de segundo jefe del regimiento que manda el coronel Ramírez, vuestro padre, y la orden para que marche al Norte aquel regimiento.

—¿Qué decís?, ¡alejarme de… vos! Ausentarme de Buenos Aires; ¡oh! –exclamó Wenceslao revelando en su acento un dolor misterioso.

La joven lo comprendió, levantóse vivamente, y cubriendo su rostro con el velo:

—Adiós, Wenceslao —le dijo, extendiendo la mano sobre la cubierta de la cama, para buscar el guante que aquel habíale quitado—. Son las once y me queda poco tiempo para llegar a Palermo antes que cierren las puertas… Pero… ¿qué he hecho de mi guante?

—Yo lo tengo —dijo Wenceslao, descubriendo su pecho y mostrando el guante sobre el corazón—. Manuelita, deseo conservarlo eternamente en memoria de esta noche. ¿Cómo queréis que lo guarde? ¿Como una conquista o como una prenda?

—Como prenda de amistad —respondió ella, alzando con graciosa coquetería la extremidad de su velo, y enviando un beso a Wenceslao desde la puerta.

—¡Me ama! —dijo él cuando la puerta se hubo cerrado detrás de Manuelita —. Me ama y yo podía ser su esposo, y realizar de este modo la dicha y prosperidad que sueño para mi patria hace tanto tiempo, si un amor fatal no hubiese venido a oscurecer con un soplo tempestuoso el brillante horizonte de ambición y de gloria que se abría para mí. ¡Isabel! ¡Isabel! ¡Por qué te conocí! ¡Por qué tu mirada y tu voz penetraron tan hondamente en mi corazón!

En aquel momento la voz que cantó en la alameda se hizo oír otra vez.

—¡Es su voz! ¡Es Ella! —exclamó Wenceslao, incorporándose y oprimiendo el resorte de una puerta secreta que estaba a la cabecera de la cama.


II

EL GUANTE NEGRO

La puerta se abrió, dejando ver la campiña alumbrada por los rayos de la luna, y dando paso a una figura blanca, vaporosa y aérea como las Wilis de las baladas alemanas. Era una joven envuelta en un largo peinador blanco, y con la cabeza cubierta con un velo de gasa. La estatura era algo elevada; su larga y suelta cabellera, brillante y negra como el azabache, descendía en sombrías ondas hasta tocar el suelo; sus rasgados ojos negros de anchas pupilas, tenían esa larga y profunda mirada que se atribuye a aquellos que leen en el porvenir.

Al verla, el recuerdo de Manuelita y con él las ideas de gloria y ambición, huyeron de la imaginación de Wenceslao.

—¡Isabel! ¡Mi ángel hermoso, mi hada benéfica! —exclamó—. ¡Ya estás aquí! ¡Oh! Que mi madre perdone la ingratitud de su hijo; pero, ¡cuánto bendigo su ausencia, que le obliga a venir como mi ángel guardián, entre las sombras y el silencio de la noche a curar con tus manos mi herida, e inundar mi corazón de delicias con la magia de tu mirada, de tu voz y de tu sonrisa!... Pero… ¡tú estás pálida!... ¡trémula! ¡No tienes ni una caricia, ni una palabra de amor para el que te adora! ¡Isabel!, ¿Qué pesar oscurece tu frente, amada mía?

—Nada ha cambiado en torno mío —respondió ella arrodillándose al pie del lecho, y obligando a Wenceslao a recostarse en su almohada—; Nada ha cambiado, el sol ha sido brillante; las flores me han enviado sus más suaves perfumes; los pajarillos me han hecho oír las melodías que han callado en mi arpa desde que tú sufres; las hermosas estrellas de nuestro cielo me sonríen como siempre; tú a quién amo con idolatría estás ahí, cerca de mí, y yo leo en tus ojos tu amor; ¡y sin embargo ha habido en ese sol, en esos perfumes, en esas melodías, en la noche, en las estrellas y en tus ojos, algo de lúgubre que pesa como plomo por sobre mi corazón.

Escucha, Wenceslao. Cuando mi madre me llevaba en su seno, me oyó llorar una noche que velaba, pensando en el ser que iba dar a luz. Una creencia de nuestro país, supersticiosa si quieres, enseña que cuando un niño llora en el vientre de su madre, si ésta guarda el secreto, el niño poseerá el don de adivinación. Mi madre calló creyendo darme la dicha; ¡pobre madre, ella ignoraba que funesto presente legaba al destino de su hija! Encadenada como todo lo que existe a ese orden eterno llamado fatalidad, siento llegar la desgracia, sin poder evitarla; conozco su aproximación en el aire, en la luz, en las sombras, pero ignoro de dónde viene, y el momento en que me herirá. Cuando mi padre cayó bajo los golpes de la Mas-horca, esa asociación de caribes, ya había yo visto en sueños toda aquella escena. Cada uno de los infortunios de mi vida se ha revelado anticipadamente a mi corazón. Hoy, durante todo el día me han perseguido las más espantosas alucinaciones; mi espíritu ha visto espectáculos horribles en los que el asesinato ejercía sus sangrientas funciones; he oído la voz de los celos, esa funesta enfermedad de mi alma, gritarme con acento lúgubre: ¡perfidia! ¡traición! Ahora mismo, Wenceslao, al entrar en tu cuarto he sentido cerca de mí una sombra, un espíritu enemigo que me cerraba el paso, y que como la mano de una rival me rechazaba lejos de ti; y era tanto lo que sufría mi corazón, que al acercarme a tu lecho, al hallarte solo esperando la presencia y los cuidados de tu Isabel, he bendecido tus heridas que te entregan exclusivamente a mi amor, y he deseado que se prolonguen tus sufrimientos por toda una eternidad.

—Amada mía —repuso Wenceslao, besando con ardor las manos de la joven—, hay palabras que sólo deben escucharse de rodillas; tales son las que acabas de pronunciar. ¿Qué he hecho yo para merecer el amor de un ser tan hermoso y sublime como tú? Y cuando poseo esta dicha que me envidiarán los ángeles del cielo, ¿había de pagarla con la perfidia, en vez de una eterna adoración? ¡Oh, Isabel mía! Destierra esos insensatos temores, como una injuria hecha a ti misma y a tu amor.

Hablando así Wenceslao era sincero, pues como hemos dicho, sus ideas de ambición se habían desvanecido a la presencia de Isabel. La joven se sonrió con ternura, moviendo tristemente la cabeza.

En ese momento el reloj del salón dio las doce.

—¡Dios mío! —dijo Isabel—, es media noche, y yo no he pensado aún en curar tu herida.

Un terrible recuerdo brilló como un relámpago en la memoria de Wenceslao, que llevó vivamente las manos al pecho.

¡Era tarde! Isabel lo había descubierto para levantar el apósito de la herida.

Un profundo silencio reinó entonces en el cuarto. Wenceslao inmóvil de confusión y terror, miraba a Isabel pálida como una muerta tenía entre sus manos un guante negro que examinaba con mirada fija y devorante.

De repente sus grandes ojos se abrieron desmesuradamente; de su pecho se exhaló un grito ahogado, sus brazos se deslizaron inertes a lo largo de su cuerpo, sus pies vacilaron, y cayendo sobre sus rodillas, ocultó su frente en el suelo.

En la parte interior del guante, sobre la cinta que contiene el resorte, Isabel había leído el nombre de Manuela Rosas.

—¡Isabel, amada mía, dígnate escucharme un momento! No me condenes sin oírme! –exclamó Wenceslao, tendiendo los brazos para levantarla. Ella rechazó en silencio, volviendo a su primera actitud.

Largo rato quedó así, inmóvil, silenciosa e insensible a las súplicas de Wenceslao.

Después alzó su frente; pasó por ella la mano, como para avivar un recuerdo, y poniéndose en pie:

—¡Oh, padre mío! —exclamó, cruzando los brazos y elevando al cielo su profunda mirada—, este golpe que hiere mi corazón, es el castigo de la hija culpable que infiel a su juramento, dejaba vagar olvidada vuestra sangrienta sombra, cambiando impíamente vuestra venganza con el amor de un federal.

¡Ah! Ha sido necesario que él me arroje de su corazón, para que vuelvan al mío el recuerdo de vuestra funesta muerte y el sentimiento de mi deber. Pero aún no es tarde, padre mío. El juramento que os hice bajo las negras bóvedas de vuestro calabozo, no habrá sido hecho en vano: ¡yo renuevo aquí el voto de consagrar la sombría existencia que me espera a vuestra venganza, y al triunfo de esa causa, cuyo testimonio sellasteis con el martirio!

Y volviéndose hacia su amante, que la escuchaba consternado:

—¡Adiós, Wenceslao! —le dijo—. Ésta es la última vez que pronuncio vuestro nombre, ese nombre que mi labio se complacía en repetir sin cesar porque resonaba en mi corazón como una deliciosa música. ¡Adiós para siempre! Amad en paz a esa Manuela Rosas cuyo gaje de amor lleváis sobre el corazón; y cuando penséis en Isabel, recordarla sin remordimientos, pues vuestra perfidia la ha conducido al camino del deber, al mismo tiempo que a vos al de los honores y la dicha.

Al escuchar este terrible sarcasmo, Wenceslao que permanecía agobiado bajo el peso de una irremisible prueba, alzó con orgullo su pálida frente, y extendiendo la mano con un gesto de autoridad, dijo a la joven, que daba ya un paso hacia la puerta:

—¡Isabel! ¡En nombre de tu padre, escúchame una palabra, una sola!

Isabel volvió hacia él su pálido rostro.

—Todo se ha acabado entre nosotros —dijo ella con voz triste pero firme—. Un abismo nos separa; en uno de sus bordes estáis vos con Manuela Rosas, en el otro Isabel y la sombra de su padre.

—¡Oh, Isabel! ¿Rehúsas escucharme? Dígnate entonces decir tú misma, amada mía, ¿qué podré hacer para convencerte de que ninguna otra imagen se ha acercado jamás al santuario que tienes en mi corazón? ¡Habla! Si es necesario descender al infierno para rescatar tu amor, allí bajaré.

Un profundo sollozo elevó el pecho de Isabel, que vacilante y trémula bajó los ojos para que Wenceslao no leyera en ellos su amor.

De repente su mirada cayó sobre el guante negro que estaba en el suelo. Un estremecimiento convulsivo recorrió su cuerpo, en sus negros ojos brilló un rayo de tremenda cólera, y uno de esos malos pensamientos hijos de los celos, que convierten al ángel en demonio, surgió en su mente y mordió su corazón.

—¡Que muera para mi amor —murmuró—, con tal que se aleje para siempre de ella!

Y fijando en Wenceslao una mirada fascinadora:

—Hay un sitio —le dijo— desde donde podríais persuadirme que lo que he visto esta noche ha sido sólo un sueño, uno de esos malos sueños que bajan a torturar el corazón, pero ese sitio está… ¡entre las filas del ejército unitario!

Y desapareció entre las sombrar que se extendían al otro lado de la puerta.

Wenceslao quedó un momento anonadado bajo el peso de aquellas terribles palabras. Los ojos se cerraron, su corazón cesó de latir, un sudor frío bañó sus sienes. Luego una desesperación inmensa invadió su corazón, sacudiéndolo con su terrible fuerza.

—¡La he perdido para siempre! —exclamó hiriendo su frente—. ¡No me ama ya, pues quiere mi deshonra! ¡Quiere que abandone la causa que desde la niñez ha defendido mi espada, la causa de mi ilustre bienhechor… la de la compañera de mi infancia! ¡Quiere que me haga un traidor, en fin! ¡Oh, Isabel!... jamás… jamás… Pero ¿qué haré en delante de esta existencia vacía y silenciosa, que no iluminará ya tu amor? ¿Cómo atravesaré esas horas, esos días que encantaba su presencia? Porque perderte a ti no es sólo perder el corazón de una mujer: ¡es perder el aire, la luz, el cielo… ¡Oh, es mejor morir!

Y llevando a su pecho una mano homicida, arrancó el vendaje de su herida, y la desgarró.

La sangre corriendo a borbotones sobre el lecho adormeció poco a poco la desesperación que devastaba en el alma de Wenceslao. Una niebla azul se extendió ante sus ojos, un rumor confuso invadió sus oídos, que cesaron de percibir los ruidos exteriores; el frío de la muerte comenzó a helar sus miembros, y en su corazón se difundió ese sentimiento de paz que debe hallarse al otro lado de la tumba, y que se pinta en el semblante de los cadáveres.


III

UNA MADRE

De repente una voz dulce y suave vino a interrumpir el silencio de su agonía.

—!Oh, Dios mío! —exclamó entre sollozos—. ¡tú me has traído para salvarlo! ¡Wenceslao!

—¡Isabel! —murmuró la voz exánime del moribundo.

Al lado de aquel sangriento lecho se hallaba de rodillas una mujer de estatura elevada, de rostro dulce y bello, a pesar de la gran palidez que lo cubría. Se conocía que aquella alma había sentido mucho, y que la hoguera que ardía en su pecho había consumido su vida.

Reclinada la cabeza de Wenceslao sobre su pecho, le rodeaba con sus brazos y se esforzaba en restañar la sangre que escapaba de la herida, regando con sus lágrimas la frente del joven y llamándole en voz baja y cariñosa.

—¡Ay! —dijo, cuando oyó en sus labios el nombre de Isabel—. ¡No me reconoce, él ama a otra, no importa! ¡Bendito sea el nombre que le vuelve a la vida! Dios mío, ¡restituídmelo! Y aunque me posponga a todas sus otras afecciones, pues yo sé que aunque él ocupa toda mi alma, no soy yo quien debe ocupar la suya.

¿Quién era esa mujer, que amaba tanto, pero cuya abnegación era superior a los celos, ese poderoso demonio que ha hecho su infierno en el corazón humano?

Era una madre.


IV

LA CARTA

Algunos días después, aquella misma mujer se paseaba sola, o más bien vagaba como una sombra bajo los elevados árboles del jardín de la quinta. Su frente estaba aún más pálida, y en sus miradas se pintaba una sombría inquietud.

—¡Dios mío! —decía—, cuál será el origen de ese pesar profundo, de esa espantosa cólera que se ha apoderado de mi esposo, desde que un espía del gobierno le entregó aquella carta. Ha murmurado el nombre de Wenceslao, acompañándolo de horribles imprecaciones. ¡Ay! ¿Qué desgracia amenaza todavía a mi idolatrado hijo? ¡Virgen Santísima! Tú que padeciste tanto en esa tierra de lágrimas, ¡ten piedad de los sufrimientos de una madre en memoria de tus propios sufrimientos! ¡Protege a mi hijo! ¡Si hay algún peligro bajo sus pies, sálvalo, como lo has hecho otra vez! Hazlo a él feliz, y dadme a mí toda su parte de los males de la vida…

Pero es imposible quedar en esta terrible incertidumbre que me hace padecer un siglo en cada instante. Esa carta debe estar ahí… en su bufete… Él no está allí… se ha encerrado en el salón… ¡Si yo fuera a buscar esa carta! ¡Sí iré! ¡Oh Ramírez! ¡Perdón! No soy una esposa indiscreta que va a escudriñar los secretos de su marido: soy una madre que vela sobre el destino de su hijo.

Y atravesando las largas calles de árboles, cubiertas ya con las sombras de la noche, abrió una ventana baja, y mirando cautelosamente hacia dentro:

—¡Nadie! —murmuró—, ¡nadie! —Y entró en un cuarto ocupado por estantes de libros, panoplias de armas, y un bufete cargado de papeles, sobre el que se elevaba en un rico marco el retrato del general Belgrano.

La mirada de la madre reconoció entre mil cartas, aquella que deseaba y temía leer, tomóla con mano trémula y mirando la letra del sobre-escrito

—¡Dios mío! —dijo abriéndola—, es de mi Wenceslao, es de mi hijo.

Un guante negro se deslizó de entre los pliegues de la carta, y cayó a los pies de la madre de Wenceslao que dio un grito.

—¡Oh! ¿Por qué me ha causado tanto terror este objeto? ¡Se diría que es la mano la muerte que viene a posarse sobre mi corazón!

Tendió una mirada en torno suyo y leyó:

“Isabel

El hombre a quien has puesto en la horrible alternativa de hacerse un traidor o de vivir sin ti, ese hombre fuerte, a quien sus compañeros llaman el león de los combates, ha sucumbido miserablemente en la lucha del amor con el deber. ¡Oh vergüenza! Honor, deber, amistad, gratitud todos los sentimientos del corazón han callado ante la idea de perderte para siempre, de renunciar a la dicha de contemplar tu rostro, de arder bajo el fuego de tu mirada, de sentir el contacto de tu mano, de escuchar el sonido de tu voz.

Tu amante para quien el honor era la vida, llevará pronto sobre su frente el sello de la deserción, ese bautismo de oprobio, que la muerte misma no podrá borrar. El ejército de Lavalle se halla a dos jornadas de aquí, y el sol de mañana me verá en sus filas, volviendo mi espada envilecida contra la causa que tenía mis simpatías, contra mi protector, y contra mí mismo padre.

En esta carta hallarás ese guante, origen de tantos dolores. Envíalo a Manuela Rosas, y hazla decir que el amigo de su infancia, el hombre en cuyo corazón había ella buscado un asilo contra la calumnia, no es ya digno de poseer ese don de la amistad, porque se ha hecho un traidor.

!Isabel! ¡Tú lo has querido! ¡Así sea!”

La pobre madre no pudo leer las últimas palabras de esta carta. Un temblor convulsivo sacudió sus miembros; el hielo del espanto invadió su corazón; la carta se escapó de sus manos, sus rodillas se doblaron, y cayó en tierra como una masa inerte. Al volver en sí de su largo desmayo, su oído todavía percibió dos voces que hablaban cerca de ella. La debilidad que embargaba sus miembros la impedía moverse, y permaneció oculta bajo los largos pliegues de la carpeta.

—¡Bracho —decía el coronel Ramírez a su criado favorito, llamado así por haber nacido en el ardiente desierto de este nombre—, aunque tengo en ti una confianza ilimitada, necesito que hagas un juramento.

Bracho saludó militarmente y respondió:

—¡Mandad, mi coronel! Vuestro antiguo soldado está pronto a obedeceros.

El coronel se acercó a él, y estrechando fuertemente su mano, puso la otra sobre su propio corazón, y le dijo con voz solemne:

—¡Bracho! Júrame por nuestros días de fatigas y gloria, y pos los inmaculados laureles que durante treinta años hemos recogido juntos sobre los campos de batalla, que guardarás un silencio sepulcral sobre todo lo que va a pasar aquí.

El rostro bronceado y grave de Bracho se volvió más grave todavía; su mano respondió a la presión del coronel, y colocándole igualmente la otra sobre su pecho, respondió con voz firme.

—¡Yo, lo juro!

—Bracho —continuó el coronel, señalando un azadón y una pala que estaban en el suelo—, toma esos instrumentos que te he mandado traer, y abre en ese ángulo del cuarto un hoyo de siete pies de longitud y seis de profundidad.

Bracho, con esa sangre fría, unas veces admirable y otras espantosas que caracteriza a los hijos de aquel suelo, desclavó una de las extremidades del tapiz y obedeció a su señor. Durante largo rato sólo se oyó la respiración oprimida del coronel y los acompasados golpes del azadón de Bracho.

Un horrible presentimiento atravesó el alma de la madre que contuvo su aliento y escuchó.

Cuando el hoyo estuvo hecho, Bracho apoyándose en el azadón se volvió hacia su jefe.

El coronel se acercó a la negra boca del hoyo, y midió con la vista su profundidad.

¡Bracho! —dijo con una voz lúgubre que llevó un frío mortal al corazón de la madre—. ¡Dentro de pocas horas ese abismo se cerrará sobre un cadáver! ¡Escucha! —prosiguió—; hoy, en este mismo sitio, tendrán lugar el juicio y el castigo de un gran crimen, desconocido entre los soldados argentinos, y que todavía no ha manchado nuestros anales militares: ¡la traición!

“Ve ahora a la ciudad, busca en el cuartel de mi regimiento a su segundo jefe, y dale de mi parte la orden de venir inmediatamente a encontrarme aquí, recomendándole el mayor secreto sobre el lugar donde se dirige.

Bracho hizo un movimiento involuntario de dolorosa sorpresa, al escuchar aquella orden. Vaciló y miró a su amo, como si quisiera hablarle; pero una severa mirada de éste le hizo obedecer en silencio.


V

AMOR DE MADRE

—¡Desertor! —exclamó el coronel, cuando quedó solo—, ¡desertor! ¡Un soldado argentino, un Ramírez desertor! ¡Sombra de Belgrano! –continuó él con dolor, dirigiéndose al retrato de aquel héroe, sombra augusta de Belgrano—. ¿No os estremecéis de indignación al oír aliar con la infamia el nombre de vuestro amigo, repetido con honor en el detal de cien batallas? ¿No gemís de dolor, al ver deshonradas las cicatrices de vuestro antiguo compañero? Deshonradas no, gracias al cielo, el crimen no ha sido consumado, todavía; y esa tumba, y este puñal lo sepultarán para siempre con el culpable.

Al ruido metálico que produjo el ancho puñal del coronel, al caer sobre la mesa, se estremecieron las entrañas de la pobre madre, que hasta entonces procuraba persuadirse de que todo aquello era un sueño. Su corazón sintió el frío del acero destinado al corazón de su hijo, y exhalando un grito desgarrador, alzóse de repente pálida como un espectro, a los ojos de su marido, que retrocedió espantado exclamando:

—¡Margarita! ¿Qué has venido a buscar aquí?

—¡Ramírez! —gritó ella, con acento lamentable—. ¡Por piedad! ¡Dime que estoy loca, y que son efecto de mi delirio las palabras atroces que te he oído pronunciar! ¡Ramírez, Ramírez! En nombre del cielo, di que esa tumba, ese puñal, esa espantosa sentencia, son sólo las alucinaciones de una horrible pesadilla que agita mi mente. ¡Di que no es cierto que tú quieras hacerte el asesino de mi hijo, de nuestro hijo!

—¡Tu hijo! ¡Nuestro hijo! —exclamó el coronel en una explosión de dolor y indignación—. Ya no le tienes, desventurada mujer; el que fue nuestro hijo es un traidor, que subyugado por una pasión abandonaba el estandarte sagrado de la patria. Los momentos de su existencia están ya contados, y sólo pertenece a mi justicia. Margarita! Ve a orar por él y olvida para siempre el nombre de tu hijo.

—¡Oh! —exclamó la madre con acento profundo y desgarrador— ¡que ore por él como por un difunto! ¡Que olvide el nombre de hijo, ese dulcísimo nombre, que hace veinte años es el objeto de mi existencia! ¿Quién lo ha dicho? ¿Quién?... ¡Oh, nadie!... Nadie. ¡Gracias al cielo, estoy loca! ¡Estoy loca!

Y la infeliz recorría el cuarto retorciendo sus brazos, y comprimiendo con ambas manos la frente, como para hacer estallar la locura que invocaba.

La tremenda voz del honor ofendido que había sofocado la del amor paternal en el alma del coronel, enmudeció ante aquella desesperación de madre. Ramírez sintió despedazarse el corazón y vacilar su terrible resolución. Tendió los brazos a su mujer y la dijo tristemente:

—Margarita ¡pobre madre! ¡Ven a llorar en el seno de tu esposo, de tu amigo! ¡Yo también tengo necesidad de derramar lágrimas!

Pero de repente los ojos encontraron la mirada de Belgrano, que destacándose fija y penetrante del fondo sombrío del cuadro, parecía echarle en cara su debilidad.

La vergüenza cubrió entonces de púrpura el rostro desencajado y lívido del coronel. Sus ojos despidieron llamas; y una ancha cicatriz recuerdo de sus glorias, dibujándose pálida sobre el rubor de su frente, le coronó como una aureola siniestra.

—¡No! —exclamó, rechazando a su mujer, y yendo a colocarse ante el retrato de su antiguo jefe—. Aquél a quien visteis a vuestro lado arrastrar con serenidad la muerte entre la metralla de los combates, no desmentirá su valor ante el cumplimiento de su deber, por terrible que este sea. Si este corazón se rebela –continuó golpeando su pecho—, yo le romperé;!pero el honor se habrá salvado, porque el culpable perecerá!

—¡Oh! —gritó la madre, lanzándose hacia su marido y apretando convulsivamente su brazo— ¿era verdad? ¿Mis oídos me engañaban? ¡Ramírez, Ramírez! ¿Es cierto que ese horrible pensamiento que mi labio rehúsa expresar, ha hallado lugar en tu alma? ¡Ah! –continuó, cayendo a los pies del coronel y abrazando sus rodillas—, ¡si necesitas sangre, he aquí la mía! Toma ese puñal, abre una a una todas mis venas, martirízame, arráncame el corazón, sepúltame viva en esa ignorada tumba, pero ¡ten piedad de mi hijo! respeta su vida, esa preciosa vida que recién comienza a florecer. ¡Oh, Ramírez! Si has olvidado que eres padre, acuérdate que eres hombre, compadécete de su juventud, de su belleza de su porvenir, ese hermoso horizonte de promesas y esperanzas que tú quieres robarle. El crimen no ha sido sentido aún: todavía hay lugar para el arrepentimiento. ¿Con qué derecho, quieres ser más severo que Dios, que siempre da tiempo al culpable para reconocer su falta?

La hora de debilidad había pasado para el coronel. Sus labios pálidos y severos sonrieron amarga y desdeñosamente.

—¡El arrepentimiento! —exclamó—. ¿Puede redimir un crimen que deshonra, aunque éste sólo haya existido en el pensamiento? ¡Margarita! ¡Tú sabes que no! Tú, que novia todavía, decíais a tu esposo, cuando sin guardias se hallaba en la capilla bajo su palabra de honor: ¡Ramírez! ¡Muere, pero no te deshonres faltando a la palabra! ¡Nada puede borrar las manchas del honor!

—¡Ah! —respondió ella llorando —, ¡era esposa, ahora soy madre! ¡Oh! Tú a quien una mujer llevó en su seno y alimentó con su sangre, en memoria suya ten piedad de la madre que te pide de rodillas la vida de su hijo.

Los pasos de algunos caballos resonaron en el patio de la quinta.

El coronel, tomando entonces violentamente a su esposa en sus brazos, procuró llevarla fuera del cuarto: pero ella se asió de uno de los pies del bufete, y los dedos finos y transparentes de aquella mujer, se convirtieron en otros tantos resortes de acero en que se estrelló la fuerza del coronel.

—¡No! No me arrancaran de aquí —decía ella con voz ahogada—. ¡quiero librar a mi hijo de la muerte, y a ti de un horrendo crimen! ¡Quiero interponer mi pecho entre el suyo y los golpes de un asesino!

—¡Margarita! —exclamó con voz solemne—. ¡Quieres ver morir a tu hijo! ¡Sea! ¡Lo verás morir, porque juro que nada puede salvarlo!

A estas palabras los ojos de la madre centellaron como los de una leona herida, sus lágrimas se secaron de repente, y poniéndose en pie, pálida y terrible como la imagen de la fatalidad:

—!Ramírez! —gritó acercándose a su marido—. ¡Es cierto que nada puede salvar a mi hijo del horrible destino que le reservas!

—!Nada! —respondió con firmeza el coronel.

—¡Nada! —replicó ella, con acento extraño—. ¡Nada, ni mis ruegos, ni mis lágrimas, ni la memoria de los días felices que nos ha dado en los veinte años de su existencia!

—¡Nada! —repitió él con voz lúgubre —. Soy un juez, he condenado a un criminal, y yo mismo ejecutaré la sentencia.

—¡Pues muere tú! —gritó la madre—, muere tú, porque yo quiero que mi hijo viva, aunque sea sobre las ruinas del mundo.

Y arrebatando el puñal que estaba sobre la mesa, lo sepultó en el corazón de su esposo.

—¡Madre mía! ¡Qué hacéis! —exclamó Wenceslao, precipitándose sobre el cuerpo del coronel, que había caído muerto sin exhalar un suspiro.

La madre se volvió hacia él con la impasibilidad de la desesperación.

—Mi esposo había jurado matar un traidor —dijo ella—, ¡ese traidor era mi hijo, y yo he matado a mi esposo para salvar a mi hijo!

Al día siguiente, a la cabeza de su regimiento Wenceslao pálido, sombrío y llevando en el corazón un triple duelo, marchaba a reunirse con el ejército del general Oribe.

El deber había interpuesto entre él y la felicidad un voto terrible. Sobre el cadáver ensangrentado de su padre, y en las manos de su madre moribunda, había jurado olvidar para siempre a Isabel.

VI

QUEBRACHO HERRADO

La noche del 28 de noviembre había extendido su sombra sobre el campo de ese nombre.

El sol de aquel día había visto el triunfo de Oribe, y la derrota del ejército unitario, que compuesto de guerreros tan generoso como valientes, aceptó la batalla con fuerzas inferiores y en un terreno desventajoso, antes que desamparar con una marcha forzada, la emigración de aquellos héroes, y coronó con el laurel de la victoria las sienes de sus enemigos, que quedaron dueños del campo.

Entonces se vio una escena espantosa, en que el pillaje, el asesinato y la violencia saciaron su horrible sed, en esa inmensa emigración compuesta de venerables ancianos de hermosas vírgenes y de niños inocentes.

Mas a aquella hora, el tumulto de las armas, los gritos de los combatientes y los gemidos de las víctimas habían cesado. La oscuridad velaba los lagos de sangre humana que inundaban la tierra; la brisa de la noche esparcía en el fúnebre campo el delicioso perfume de los vecinos bosques de aroma; la dulce luz de las estrellas reflejando sobre el rostro de los cadáveres, daba a su actitud la apariencia de un dulce sueño: nada en fin, revelaba allí un campo de batalla, si no era el profundo silencio que reinaba por todas partes, silencio sólo interrumpido por el prolongado y lamentable canto del coyuyo, que oculto entre el negro ramaje de los algarrobos, parecía llorar el destino de aquellos héroes.

VII

LA PREDICCÍON

De repente el eco lejano de una voz dulce y triste, hizo callar la lúgubre melodía del insecto. La voz se aproximaba entonando el último canto de Julieta: Oh! sfortunato atendimi… Non mi lasciare ancor…

Una forma blanca, de forma vaporosa y vaga, se dibujó entre las tinieblas. El centinela avanzado del ejército vencedor, que vivaqueaba a algunos centenares de pasos, viéndola acercarse se santiguó y cerró los ojos, creyendo que era el alma de uno de aquellos muertos.

La sombra blanca entró en el recinto del campo de batalla. Era una mujer joven y bella, a pesar de la extrema extenuación de sus formas.

Sobre su larga túnica blanca se esparcía con admirable profusión una cabellera negra, que agitada por el viento de la noche, tenía la apariencia de un ancho velo de luto. La mirada de sus grandes ojos negros era vaga y extraña, cual si una sombra se interpusiera entre ella y los objetos exteriores; sus labios murmuraban alternativamente el canto de la Julieta, las plegarias de los difuntos y el nombre de Wenceslao, deteniéndose delante de los muertos.

—¡Lezica! —dijo, inclinándose sobre un cadáver y apartando suavemente los sedosos cabellos castaños, que ocultaban un rostro joven cuya belleza había respetado la muerte—. ¡Lezica! Pobre niño que al ver la luz encontraste en torno tuyo el lujo y la riqueza, ¡quién habría dicho a tu madre, cuando te mecía en cuna de oro y seda, que dormirías tu último sueño sobre el árido suelo de un desierto! ¡Y cuando besaba tus bellos ojos azules, cuán lejos estaría de imaginar que habían de ser de los buitres!

—¡Varela! —exclamó contemplando el rostro yerto e inmóvil de un hombre tendido a corta distancia, y anegado en su sangre—, noble vástago de esa familia de cisnes que ha encantado con sus melodías las riberas del Plata. ¡La muerte ha puesto su negro sello entre los laureles de vuestras frentes! ¡Porque he ahí que mientras el chacal lame tu sangre generosa, mientras el tigre devora tu corazón donde ardieron sublimes inspiraciones, el puñal del asesino se prepara en la sombra para sofocar con un solo golpe el canto del poeta e el grito de la libertad del patriota! ¡Ay, ay! —Y comenzando de nuevo su fúnebre canto, prosiguió su camino.

El terreno por donde se dirigió estaba sembrado de centenares de cadáveres, y regado con arroyos de sangre, que mojaban los pies y el blanco ropaje de aquella fantástica peregrina. Se habría dicho que la espada del ángel exterminador había pasado por allí, o que la mano humana que había segado la vida de tantos hombres, habría tenido que ejecutar una grande venganza o redimir una gran falta.

A lo lejos, y al cabo de aquella vía sangrienta, rodeado de cadáveres, de fusiles descargados, de lanzas y espadas rotas, yacía el cuerpo de un guerrero, cuyo noble y hermoso rostro conservaba aun después de la muerte una expresión de amenaza. Aunque todo indicaba que era él quien no había hecho aquel estrago en las filas de sus enemigos, el acero de estos no había osado acercársele; pues aquel cuerpo esbelto y elegantemente vestido estaba ileso, una sola bala le había muerto, atravesándole el corazón. Su mano estrechaba aun la guarnición de su espada, y el viento de la noche hacía ondear sobre su pecho esa terrible divisa roja, que contenía el retrato de Rosas, y la sentencia de muerte de los unitarios.

La extraña viajera se acercaba, paseando su mirada sobre los rostros sangrientos y mutilados de los muertos, y llamándolos con voz lúgubre:

—¡Mons! ¡Torres! ¡Bustillos!

—¡Wenceslao! ¡Wenceslao! —gritó en un trasporte de gozo insensato, cayendo de rodillas, y abrazando el cadáver del bello guerrero—. ¡Heme aquí, amado mío! Llego tarde: pero es que tú habías dejado tu lecho perfumado de las orillas del Plata, para venir a recostarte en este suelo lejano, abrasado por el sol y mojado con la sangre.

“Yo oí tu voz que me llamaba, y las tinieblas que de repente habían envuelto mi inteligencia si disiparon, la mirada de mi alma te mostró recostado en un lecho nupcial, tendiéndome los brazos y gritándome: ¡Isabel! ¡Amada mía, esposa mía, ven! Y yo rompí fuertes cadenas que sujetaban mis pies, y caminé largo tiempo guiada por la voz que me llamaba siempre: ¡Isabel, Isabel! ¡Y heme aquí que llego cubierta con el blanco cendal de la desposada para unirme a ti en un abrazo! ¡En un abrazo eterno!... Pero… ¡Oh Dios!... Su pecho está frío e inmóvil, sus labios pálidos y yertos, su mirada fija y velada por una sombra siniestra… ¡Ah! Es ese funesto talismán, ese funesto guante negro cuya vista introduce el dolor en el corazón, y cuyo contacto trastornó mi ser.

Y reclinando sobre sus rodillas aquella cabeza inanimada, descubrió con mano presurosa el pecho del cadáver.

—¡Oh! —gritó, señalando una herida profunda, de forma circular y bordes negros—. ¡He ahí la mano de Manuela Rosas, que le ha destrozado el pecho para robarme su corazón! Hela allí que se acerca para disputármelo todavía, para arrojar otra vez entre él y yo, como un desafío a nuestro amor, ese guante negro que nos separó. ¡Atrás! —gritó alzándose, y extendiendo sus brazos sobre el cadáver—, ¡atrás, mujer fatal para los que te aman! ¡Tu blanco velo de virgen está salpicado de sangre! ¡Sobre tu cabeza está suspendida una nube de lágrimas! ¡Aléjate! —continuó adelantándose, como para cerrar el paso a el fantasma que le presentaba su imaginación—, ¡no le toques! Porque el puñal de Mas-horca caerá sobre el… ¡Ah! ¡No, es la sombra de mi padre que vaga gimiendo entre los despojos helados de sus compañeros! ¡Padre mío! ¡No es éste el último golpe que la mano de hierro del destino descargará sobre los defensores de la libertad! ¿Ves esos arroyos de sangre que corren por este campo? Así correrá por largo tiempo en toda la extensión de nuestro hermoso suelo. ¡Pero la tierra no puede absorberla! ¿Ves como se eleva al cielo, para hacer descender después, cual rocío benéfico, la clemencia de Dios? Mira allá, a lo lejos, en los límites del horizonte… ¿No ves un bizarro guerrero que se destaca de las filas del ejército federal? El mundo asombrado le contempla también, porque es el héroe que levantará sobre sus hermanos encadenados el estandarte de la libertad; arrojará a la tiranía de su trono ensangrentado, y restituirá a la patria su antiguo esplendor y gloria.

Vuelve a dormir en la almohada de paz el sueño de la muerte, mientras mi esposo me estrecha entre sus brazos en nuestro lecho de bodas.

Y el silencio reinó otra vez en el campo, el pampero mezcló los perfumes de los aromas con las emanaciones nefíticas de la sangre; los algarrobos dejaron caer sus flores sobre el rostro desfigurado de los cadáveres, y el coyuyo volvió a comenzar su triste canto…

Es fama que todas las veces que el tirano de Buenos Aires iba a decretar alguna de esas sangrientas ejecuciones, alguna de esas horribles carnicerías que la desolaron, se aparecía en las altas horas de la noche una mujer de aspecto extraño, que cubierta de un largo sudario, y con los cabellos esparcidos al capricho de los vientos, daba vuelta tres veces en derredor de la ciudad, cantando con voz lúgubre las sombrías notas del “De profundis”.

Fin.