El grillo del hogar: Tercer grito

El grillo del hogar
Tercer grito
 de Charles Dickens
I

     Daban las diez en el reloj holandés situado en el rincón de la cocina cuando el mandadero se sentó junto al fuego, tan turbado, tan abatido por el pesar, que el cuclillo debió quedar aterrorizado, porque después de apresurarse a dar los diez gritos melodiosos de la hora, se hundió inmediatamente en el palacio morisco, cerrando con estrépito la puertecilla detrás de sí como si no tuviese valor suficiente para resistir por más tiempo tan desusado espectáculo.

     El mismo segadorcito, aunque se hubiese armado con la hoz más cortante del mundo entero, no hubiera podido tajar tan cruelmente como Dot el corazón del mandadero.

     Porque era el suyo un corazón tan lleno de amor a Dot, unido tan estrechamente, tan sólidamente al de Dot por los dulces y poderosos lazos del recuerdo, tejido precioso, cuyas cualidades tan innumerables como fascinadoras trabajan asiduamente para hacerlo más estrecho aún; un corazón en que Dot se había encajado, por decirlo así, tan suave y profundamente; un corazón tan sencillo y tan sincero, tan firme en su Verdad, tan recio para el bien, tan tolerante para el mal..., que al principio no pudo albergar cólera alguna ni pensamientos de venganza, y no halló en sí mismo más sitio que el destinado a guardar la imagen rota de su ídolo.

     Pero poco a poco, insensiblemente, a medida que el mandadero permanecía por más tiempo absorbido por sus reflexiones ante el hogar, ya helado y sombrío, surgieron en su espíritu pensamientos más fieros que el viento furioso que se levanta en la obscuridad de la noche.

     Allí estaba el viajero bajo su techo estrujado. Tres escalones, y ya estaba a la puerta de su dormitorio. Un golpe y caería por tierra. «Podríais cometer un asesinato sin daros cuenta de ello», le había dicho Tackleton. Mas, ¿por qué asesinato, dando al villano tiempo de aprestarse a luchar mano a mano? Al fin, era éste el más joven.

     Era éste un pensamiento extemporáneo, importuno, para la negrura de su estado moral. Un anhelo rabioso que le indujera a la venganza habría de transformar la alegre mansión en un lugar maldito, al que los caminantes temerían acercarse al pasar de noche, y en el que verían los timoratos, en las noches sin luna, una lucha de sombras y oirían ruidos espantosos durante la tempestad.

     El extranjero tenía la ventaja de la juventud. ¡Sí, sí!, era algún enamorado que encontró antes que John el camino de un corazón que él no había conmovido jamás; algún enamorado favorecido por ella, en quien habría pensado y soñado, por quien ella habría suspirado, mientras que él la creía dichosa en su compañía... ¡Cómo se entristecía sólo al imaginarlo!

     Dot había subido al piso superior para meter en la cama al chiquitín. Mientras John se abandonaba a sus tristes reflexiones, solo, junto al fuego, Dot se puso a su lado sin que él lo notara -porque las congojas que sufría con incesante tortura le habían hecho perder hasta la percepción de los sentidos- y colocó el taburete a sus pies. John no se fijó en ella hasta que sintió la mano de Dot sobre la suya y vio que su mujer le miraba fijamente.

     ¿Con extrañeza? No. Es lo que le sorprendió al principio; y en tan alto grado, que tuvo que volver a mirarla para asegurarse de su naturalidad. No con extrañeza, sino con una mirada curiosa y escrutadora, pero no asombrada; una mirada inquieta, seria, seguida de una sonrisa extraña, salvaje, espantosa, como si le adivinara todos sus pensamientos, y nada más; sólo haré constar que cruzó las manos sobre la frente, dejándose caer los cabellos.

     Aun cuando John hubiese podido disponer en aquel instante de la omnipotencia de Dios, no había que temer que hiciese caer sobre la cabeza de Dot el peso de una pluma. Tan misericordioso era, que le pesaba muchísimo verla tan agobiada en el taburete en que tantas veces la había contemplado alegre e inocente con amor y orgullo; y cuando Dot se levantó y se alejó de él sollozando, se sintió más calmado al ver su lugar vacío junto al suyo. La presencia de Dot, en aquel momento, era para él la pena más amarga a que pudiese obligársele, porque le recordaba el abismo de desolación en que acababa de caer y de qué modo acaba de romperse el lazo supremo que le unía a la vida.

     Cuanto más meditaba sobre este punto, más persuadido estaba de que hubiera preferido verla herida ante sus propios ojos por muerte prematura con el chiquitín en brazos, y más redoblaba su violencia la ira contra su enemigo. Miró a su alrededor buscando un arma. Un fusil estaba suspendido en la pared.

     John lo descolgó y dio un paso o dos hacia la puerta de la habitación del pérfido extranjero. Sabía que el fusil estaba cargado; una idea vaga de que tenía el derecho de matar a aquel hombre como a una fiera, dominó su espíritu y le invadió por completo como un lúgubre demonio, desterrando toda idea de clemencia y de perdón.

     No, no es esto lo que quería decir. Aquella idea no desterró de su corazón toda idea de clemencia y de perdón, sino que las transformó con arte infernal, convirtiéndolas en aguijones que le estimulaban más aún, cambiando el agua en sangre, el amor en odio, la dulzura en ciega ferocidad. La imagen de su mujer desolada, humillada, pero recurriendo todavía a su ternura y a su piedad con poder irresistible no salía de su espíritu; pero la misma contemplación de esta imagen le empujaba hacia la puerta, elevaba el arma a la altura de su hombro, adaptaba y aseguraba su dedo en el gatillo, gritándole:

     -¡Mátale!¡Mátale, mientras duerme!

     Pero súbitamente el fuego que hasta entonces había dormido en silencio, iluminó la chimenea con un brillante chorro de luz, y el grillo del hogar reanudó su crrri..., crrri..., crrri...

     Ningún sonido, ninguna voz humana, ni siquiera la de Dot, hubiera conmovido y calmado al pobre John tan eficazmente. Las palabras llenas de franqueza con que Dot le había hablado de su amor hacia el favorito del hogar resonaban aún vibrantes en su oído; le parecía verla; su tono, de suave franqueza, agitado por el ligero temblor; su dulce voz -¡qué voz!, o por mejor decir, ¡qué música doméstica tan a propósito para seducir a un hombre honrado junto al fuego!- todo acudía a reanimar sus buenos pensamientos, a envalentonarlos, a devolverles el calor y la vida.

     Retrocedió ante la puerta, como un sonámbulo despertado en medio de un sueño terrible; dejó el fusil a un lado y cubriéndose el rostro con las manos, volvió a sentarse junto al fuego y halló algún consuelo en las lágrimas.

     El grillo del hogar avanzó por la habitación y llegó a colocarse delante de él en forma de hada.

     -Le quiero -dijo la voz de hada repitiendo las palabras que John recordaba tan fielmente-; le quiero por los buenos pensamientos que su música inocente hizo nacer en mí cada vez que le escuché.

     -¡Son sus mismas palabras! -exclamó el mandadero.

     -¡Me habéis hecho feliz en esta casa, y amo al grillo por la dicha que me ha proporcionado!

     -Sí, ha sido muy dichosa en esta casa, bien lo sabe Dios -añadió el mandadero-. Ella es la que colmó de felicidad esta casa, siempre... hasta hoy.

     -¡Tan graciosa, de tan buen humor, tan ocupada en las tareas domésticas, tan alegre, tan lista, de corazón tan amable!

     -Si no lo hubiera comprendido así, ¿la habría amado acaso como la amaba?

     -Decid «como la amo» -repuso la voz.

     -Como la amaba -repitió el mandadero; pero su acento no era ya tan firme; su lengua insegura resistía a su voluntad, y quería hablar a su modo, en su nombre y aun en nombre de él.

     La aparición, con apostura solemne, levantó la mano y dijo:

     -¡Por tu hogar!

     -¡El hogar se ha entristecido para siempre!

     -¡El hogar que con tanta frecuencia ha... bendecido e iluminado -dijo el grillo-; el hogar que, sin ella, no hubiera sido más que una mezcla de piedras y ladrillos con barrotes de hierro mohoso; pero que, gracias a ella, se ha convertido en tu altar doméstico; el altar sobre el cual has sacrificado cada noche alguna mala pasión, algún egoísmo, algún cuidado, para depositar en él la ofrenda de un espíritu tranquilo, de una naturaleza confiada, de un corazón generoso, de suerte que el humo, al elevarse sobre su pobre chimenea, ha subido al cielo con suave perfume, con el del incienso quemado ante las más ricas urnas en los magníficos templos de todo el orbe! Por tu hogar, por su apacible santuario, rodeado de cuantas dulces influencias te recuerda, óyela, óyeme, porque aquí todo te habla el lenguaje de tu hogar y de tu hogar y tu familia.

     ¿Y creéis que este lenguaje habla en favor de ella? -preguntó John.

     -¡Sí; todo lo que diga el lenguaje de tu hogar, debe ser en favor de ella -respondió el grillo-, porque este lenguaje no miente jamás!


II

     Y mientras el mandadero, apoyando la cabeza en sus manos, continuaba soñando, la imagen de Dot, que estaba presente, permanecía a su lado, sugiriéndole sus pensamientos por efecto de su poder sobrenatural, y colocándoselos ante los ojos como en un espejo o en un cuadro.

     La imagen presente no estaba sola. De la piedra del hogar, de la chimenea, del reloj, de la pipa, del puchero y de la cuna; del pavimento, de las paredes, del techo y de la escalera; del coche, que descansaba fuera de la estancia; del aparador, que estaba dentro de ella; de todos los utensilios del hogar, de cada rincón, de cada objeto familiar a Dot, que llevase consigo un recuerdo de ella para el desgraciado John, surgían huestes de hadas, no para quedar inmóviles a su lado, como hiciera antes el grillo, sino para correr y agitarse en toda dirección, para rendir toda clase de honores a la imagen, para agarrar el vestido de John y mostrarle la figura de Dot; para agruparse alrededor de ella, abrazarla amorosamente y arrojar flores a su paso; para ensayar con sus manecitas la coronación de su linda cabeza, para demostrarla que la amaban tiernamente y que no podía existir ni una sola criatura fea, mala y acusadora que pudiese jactarse de conocerla bien... Sólo ellas, sólo sus compañeras fantásticas y fieles, podían comprender toda su valía.

     Los pensamientos de John se fijaban constantemente en la imagen que permanecía allí.

     Sentada ante el fuego, cosía, cantando en voz baja. ¿Viose mujercita tan juguetona, activa y paciente como Dot? Los rostros de las hadas volviéronse hacia él unánimemente, y concentrando una mirada dirigida a Dot, parecían decirle, orgullosas de su ídolo: «¿Ésta es la mujer ligera que has acusado?».

     A lo lejos se oían algunos sones de instrumentos musicales, voces ruidosas y risas ensordecedoras. Un ejército de muchachos y muchachas, sedientos de diversión, penetró precipitadamente en la casa; entre las muchachas estaba May Fielding con otras veinte casi tan hermosas como ella. Dot era la más hermosa y parecía la más joven. Invitáronla a tomar parte en la fiesta; se trataba de organizar un baile. Si alguna vez han existido piececitos aptos para la danza, lo han sido los de Dot. Pero Dot se echó a reír, inclinó la cabeza y les mostró la comida en el fuego, y la mesa ya aderezada, con aire de satisfacción, con muy poca envidia del placer ajeno, actitud que la hacía aún más encantadora. Despidió alegremente, saludándolos con la cabecita, a sus bailarines pretendientes uno tras otro, a medida que iban saliendo, con cómica indiferencia. Después de tal escena, sus galanes, desengañados, debían arrojarse al agua impulsados por la desesperación; mas no era en ella defecto capital la indiferencia, porque en aquel instante compareció cierto mandadero y ella le hizo una acogida..., ¡una acogida admirable!

     Las hadas volvieron el semblante hacia John y parecieron preguntarle: «¿Y ésa es la mujer de que te quejas?».

     Una sombra pasó por el espejo, o el cuadro, como os plazca. La gran sombra del extranjero, tal como apareció por primera vez bajo su techo, cubría toda la superficie del cuadro y borraba todos los demás objetos. Pero las ágiles hadas trabajaron como abejas diligentes para disiparla, y Dot reapareció hermosa y radiante.

     Mecía al chiquitín, le cantaba dulcemente una canción, apoyando la cabeza en un hombro que formaba parte del hombre taciturno, junto al cual permanecía el grillo-hada.

     La noche -hablo de la noche real, no de la que regulan los relojes de las hadas-, la noche seguía su curso; durante la fase descrita de los pensamientos del mandadero, la luna se dejó ver en el cielo, resplandeciente de claridad. Quizá una luz serena y tranquila se había levantado también en el espíritu de John, y este fenómeno le permitió reflexionar con más sangre fría sobre lo ocurrido.

     Aunque la sombra del extranjero pasase a intervalos por el espejo, siempre precisa, grande y perfectamente definida, no parecía ya tan sombría como al principio. Cada vez que surgía, las hadas exhalaban un grito general de consternación y empleaban con inconcebible actividad sus bracitos y sus piececitos en la tarea prolija de borrarle. Luego, al encontrar detrás de ella la de Dot -y se la hacían contemplar al mandadero una vez más, hermosa y brillante-, le manifestaban su alegría del modo más comunicativo posible.

     Nunca la mostraban de otro modo; siempre aparecía brillante y hermosa, porque las hadas pertenecen a la clase de genios domésticos que odian la mentira; de modo que Dot, en su concepto, no podía ser más que una criaturilla activa, radiante, encantadora, el rayo de Sol de la casa del mandadero.

     Las hadas redoblaron su ardor al mostrarla con el chiquitín conversando en medio de un grupo de prudentes matronas, dándose también aires de matrona prudente, y apoyándose con aspecto reposado, grave y digno de una anciana, en el brazo de su marido, procurando -¡ella, una mujer en flor, apenas abierta!- convencerle de que había abjurado las vanidades del mundo en general y de que pertenecía a la categoría de personas maduras, para las cuales no existen más que los deberes de la maternidad; y no obstante, en aquel mismo instante, las hadas la mostraban aún, riéndose de la torpeza del mandadero, levantándole el cuello de la camisa para darle aspecto de dandy, y arrastrándole alegremente con su faz risueña alrededor de la habitación para enseñarle a bailar.

     Las hadas se volvían más que nunca hacia él, y le miraban con ojazos desmesuradamente abiertos al mostrársela junto a la cieguecita, porque aunque Dot llevase siempre consigo su animación y su natural alegría, las desbordaba principalmente en casa de Caleb Plummer. El amor que le profesaba la cieguecita; su confianza absoluta en ella; su reconocimiento y la delicadeza con que Dot sabía rechazar el reconocimiento de Berta; sus ardides diplomáticos encaminados a aprovechar todos los momentos de su visita, realizando a cada instante algo útil en aquella casa, procurándose en realidad muchas fatigas con el pretexto de tomarse un día de descanso; su previsión generosa en lo que concierne a las golosinas de la fiesta, el pastel y las botellas de cerveza; su cara radiante al llegar a la puerta y despedirse, y aquella maravillosa convicción que dominaba toda su persona desde la extremidad de los pies hasta la punta de la cabeza y que le hacía comprender la importancia de su papel en la fiesta que había fundado, y reconocer que en ella se hacía necesaria, indispensable; todos eran motivos que excitaban la alegría de las hadas y redoblaban el amor que sentían por ella. De modo, que volvieron a contemplar al mandadero, llamándole todas a la vez, como si le dijeran, mientras algunas se escondían en los pliegues del traje de Dot para acariciarla más de cerca:

     -¿Ésta es la mujer que has acusado?

     Más de una, de dos, de tres veces durante el curso de los sueños de aquella larga noche, le mostraron la figura de Dot sentada en su lugar favorito, con la cabeza inclinada hacia adelante, las manos cruzadas sobre la frente, los cabellos en libertad, como John la había contemplado por última vez. Y al verla de aquel modo, no se volvían más hacia él, no le miraban más, sino que, por el contrario, se estrechaban alrededor de ella, la consolaban, la abrazaban, dándole mil pruebas de simpatía y de ternura y olvidando completamente a su marido.

     Así pasé la noche. La luna descendió hasta el horizonte, las estrellas palidecieron; las primeras claridades de la mañana atravesaron las tinieblas; se hizo sentir el fresco de la madrugada y se levantó el sol. John estaba sentado aún junto a la chimenea y se encontraba en la misma posición que había adoptado la noche anterior. Durante toda la noche el grillo había cantado en el hogar: crrri... crrri... crrri...; durante toda la noche John había oído su voz; durante toda la noche las hadas domésticas habían trabajado a su alrededor; durante toda la noche Dot había permanecido amable y sin tacha en el espejo de las hadas, exceptuando los momentos en que cierta sombra pasaba por él.


III

     Cuando resplandeció el día por completo, John se levantó y se vistió. No podía entregarse a sus gozosas ocupaciones cotidianas; le faltaba valor en la ocasión presente, pero no importaba; tratándose del día fijado para la boda de Tackleton, había procurado hacerse reemplazar en sus tareas. Habíase propuesto, sin sospechar lo que iba a ocurrir, ir a la iglesia alegremente con Dot, pero no había que pensar más en ello. Aquel día celebrábase también el aniversario de su matrimonio. ¡Quién le hubiera dicho que tal año había de tener tan lastimoso fin!

     El mandadero esperaba una visita de Tackleton a primera hora y no se engañó. Apenas empezó a pasearse de arriba abajo junto a la puerta, vio a lo lejos el cochecito del comerciante de juguetes. A medida que iba aproximándose, John pudo notar con más precisión que Tackleton estaba ya de veinticinco alfileres para la boda, y que había adornado la cabeza de su caballo con flores y cintas.

     El caballo se parecía más a un novio que su mismo amo, cuyo ojo semicerrado ofrecía una expresión más desagradable que nunca. Pero el mandadero no reparó en tal cosa; otros pensamientos hurgábanle el cerebro.

     -John Peerybingle -dijo Tackleton, como si se condoliera de John-; ¿cómo habéis pasado la noche?

     -No muy buena, señor Tackleton -respondió el mandadero, sacudiendo la cabeza-; tenía el espíritu turbado. Pero todo ha concluido. ¿Podéis concederme algo así como un cuarto de hora de audiencia?

     -He pasado por aquí expresamente para veros -respondió Tackleton, bajando del coche-. No os molestéis por el caballo. Se mantendrá tranquilo con las riendas sujetas en el poste; si queréis, dadle un puñado de heno.

     El mandadero fue a buscar heno al establo y lo puso delante del caballo; luego los dos hombres entraron en la casa.

     -¿Supongo que no os casaréis antes del mediodía? -dijo John.

     -No -respondió Tackleton-. ¡Tengo tiempo de sobra, tengo tiempo de sobra!

     En el mismo instante en que penetraron en la cocina, Tilly Slowboy llamaba a la puerta del extranjero, que sólo se hallaba separada por unos cuantos escalones. Uno de sus congestionados ojos -Tilly había llorado toda la noche porque su señora lloraba- permanecía aplicado al agujero de la cerradura; Tilly redoblaba sus golpes y parecía muy espantada.

     -No puedo lograr que me oigan -dijo Tilly, mirando a su alrededor-. Supongo que no habrá partido para el otro mundo.

     Formulando este deseo filantrópico, miss Slowboy dio nuevos puñetazos y puntapiés a la puerta, obtener resultado alguno.

     -¿Queréis que vaya allí? -preguntó Tackleton-. Es curioso.

     El mandadero, que había apartado la mirada de la puerta, le indicó con un gesto que podía ir allí, si gustaba.

     Tackleton acudió, pues, en ayuda de Tilly; la emprendió también a puñetazos y a puntapiés con la puerta sin obtener la menor respuesta. Vínole la idea de coger la manecilla, y habiéndola vuelto sin trabajo, metió la cabeza en la estancia por la puerta entreabierta, entró y salió en seguida corriendo.

     -John Peerybingle -le dijo al oído-, supongo que aquí no habrá ocurrido nada esta noche..., ninguna violencia.

     El mandadero se volvió vivamente hacia él.

     -¡Ha partido! -añadió Tackleton-, y la ventana está abierta. No veo rastro alguno... Bien se ve que la habitación está casi al mismo nivel del jardín..., pero he temido algo..., algún incidente, ¿eh?

     Y cerró casi por completo su ojo expresivo, que se había detenido sobre John con persistencia singular, ocasionándole tanto en el semblante como en todo el cuerpo una violenta contorsión; hubiérase dicho que quería arrancarle la verdad.

     -Tranquilizaos -dijo el mandadero-. Penetró ayer por la noche en esta habitación sin haber recibido de mi parte el menor mal ni la menor injuria, y nadie entró aquí después de él. Se ha marchado por su propio albedrío. Capaz sería de salir por esa puerta y mendigar el pan de casa en casa toda mi vida, con tal de deshacer el pasado y que ese hombre no hubiera venido. Pero vino y se marchó. Asunto concluido.

     -¡Oh!... Perfectamente -repuso Tackleton-. Se ha marchado sin el menor tropiezo.

     La observación no fue oída por el carretero, que se sentó en una silla y se cubrió la cara con la mano antes de proseguir.

     -Anoche me mostrasteis a mi mujer, a mi adorada esposa, en secreto...

     -Y bien enternecida -insinuó Tackleton.

     -Encubriendo la superchería de ese hombre y ofreciéndole ocasiones de hablarla a solas. Cualquier otra cosa hubiera visto mejor que ésa. Nadie más que vos quisiera que le hubiera hecho ver.

     -Confieso que siempre he sospechado -dijo Tackleton-, y por eso he venido observando.

     -Por lo mismo que usted me lo ha descubierto -prosiguió el carretero, sin hacerle caso-; y así como ha visto a mi esposa, a mi adorada esposa -y el tono de su voz se robustecía al decir esto, y su mano se cerraba con firmeza, como indicando un propósito formado-, en esa situación, es justo y razonable que veáis ahora por mis ojos para que leáis mis intenciones sobre este particular. Porque me he trazado una línea de conducta -añadió el mandadero, contemplándole atentamente-, y por nada del mundo me apartaré de ella.

     Tackleton murmuró en términos generales algunas palabras de aprobación sobre la necesidad en que se hallaba John de ejecutar una venganza cualquiera; pero la actitud de su interlocutor le dominó. Por más sencilla y ruda que fuese, tenía cierta nobleza y una dignidad natural que sólo podían derivar de un fondo de honor y de generosidad bien arraigado en su alma.

     -Soy un hombre sencillo y rudo -prosiguió John- y no tengo grandes méritos, ¡bien sé a qué atenerme sobre el particular! No soy ingenioso, como sabéis muy bien; no soy joven; amé a Dot porque la vi crecer desde su niñez en casa de su padre; porque conocía todo su valer; porque había llenado mi vida durante años enteros. Con muchos, muchísimos hombres, no podré compararme jamás; ¡pero nadie hubiera amado tanto a Dot como yo la amo!

     Detúvose y golpeó suavemente el suelo con el pie durante algunos momentos antes de proseguir su peroración.

     -He pensado frecuentemente que, aunque no formase con ella la pareja más proporcionada del mundo, llegaría a ser un buen marido y a apreciar quizá su valía mejor que cualquier otro; y por este motivo creí que nuestro matrimonio no sería disparatado por completo. Y nos casamos.

     -¡Ah! -exclamó Tackleton moviendo la cabeza con ademán intencionado.

     -Me había estudiado, la había puesto a prueba; sabía cuánto la amaba y cuán feliz sería -añadió el mandadero-. Pero no había reflexionado suficientemente, y hoy lo siento con toda el alma, sobre las consecuencias que resultarían con respecto a ella.

     -A buen seguro -dijo Tackleton-. ¡El aturdimiento, la frivolidad, la ligereza! ¡No lo habéis reflexionado! ¡Habéis perdido de vista!... ¡Ah!

     -Os agradecería que os abstuvieseis de toda interrupción -repuso John severamente- hasta que me comprendieseis, y estáis lejos de entenderme. Ayer hubiera muerto de un puñetazo al hombre que se hubiese permitido lanzar una sola palabra contra ella; hoy le pisaría el rostro, aunque fuese mi hermano.

     El comerciante de juguetes le contempló asombrado. John prosiguió con tono algo más suave:

     -¿Había yo reflexionado alguna vez que a su edad la arrebataba, resplandeciente de alegría y de belleza, a sus jóvenes compañeras, a las variadas y brillantes escenas de las cuales era Dot el adorno principal, la más espléndida estrella del firmamento, para encerrarla para siempre en mi triste casa y encadenarla a mi enojosa compañía? ¿Había reflexionado cuán distante estaba de su vivacidad, y cuán penosa había de ser mi condición chabacana para un espíritu tan pronto como el suyo? ¿Había reflexionado que no representaba en mí título ni mérito alguno el amarla, que cuantos la conocían daban en concebir el mismo afecto? ¡Nunca, nunca! Me aproveché de su carácter juguetón confiado en el porvenir, y me casé con ella. No quisiera haberlo hecho jamás; ¡por ella, Dios mío, por ella, y no por mí!

     El comerciante de juguetes le contempló sin guiñar el ojo, y aun su ojo semicerrado se abrió completamente por esta vez.

     -¡Dios la bendiga -dijo John- por la generosa constancia con que ha procurado apartar de mí este doloroso descubrimiento! Y perdóneme el cielo si mi pesada inteligencia no comprendió más pronto lo que ocurría. ¡Pobre niña! ¡Pobre Dot! ¡Y no la he adivinado yo, que he visto sus ojos llenos de lágrimas cuando se hablaba de matrimonios semejantes al nuestro! ¡Pobre muchacha! ¡Haber podido esperar que me amaría, haber podido creer que me amaba realmente!

     -Es lo que ha procurado fingir, y tan bien lo ha fingido, que, a decir verdad, esto ha sido lo primero que me hizo entrar en sospechas.

     E hizo valer la superioridad de May Fielding, a quien a buen seguro no podía acusarse de fingirle amor.

     -Lo intentaba -dijo el pobre John con emoción mayor de la que hasta entonces había demostrado-, y sólo ahora empiezo a comprender cuánto le habrá costado. ¡Cuán buena ha sido! ¡Cuánto hizo por mí! ¡Qué corazón tan valiente y enérgico el suyo! Prueba de ello es la felicidad que he alcanzado bajo este techo, y que será siempre mi consuelo cuando quede solo aquí.

     -¿Solo? -preguntó Tackleton-. ¿Piensas darte por enterado acaso?

     -Tengo la intención -respondió el mandadero- de darle la mayor muestra posible de ternura y de ofrecerle la reparación más completa que he llegado a imaginar. Puedo librarla de un diario sufrimiento; del que resulta de un matrimonio desigual, y de los esfuerzos que ella hace para ocultarme su pena. Dot tendrá toda la libertad que yo pueda darle.

     -¡Ofrecerle una reparación! ¡A ella! -exclamó Tackleton llevándose las manos a las orejas y poniéndolas gachas-. ¿Estaré equivocado? ¿Lo habré oído mal?

     John cogió por el cuello al comerciante de juguetes y le sacudió como si fuese una caña.

     -Oídme -dijo- y procurad comprenderme bien. Oídme. ¿Acaso no hablo con claridad?

     -Con gran claridad -respondió Tackleton.

     -¿Como hombre resuelto?

     -A buen seguro, como hombre muy resuelto.

     -Toda la noche pasada, toda la noche estuve sentado ante este hogar -exclamó el mandadero-, en el sitio en que frecuentemente podía contemplarla a mi lado, mientras ella me miraba con su lindo semblante. Pasé revista a su vida entera, día por día; he visto de nuevo su querida imagen presentándose ante mis ojos en todas las situaciones de su vida. Juro que es inocente, si es que hay alguien capaz de juzgar sobre inocencias y culpas.

     ¡Noble grillo! ¡Leales hadas domésticas!

     -Ya estoy libre de cólera y desconfianza -prosiguió el carretero- y sólo me queda el dolor. En un instante malhadado volvió algún antiguo adorador, más en armonía que yo con los gustos y la edad de ella; un amante desdeñado tal vez por mí y a pesar de ella. En un instante desventurado, sorprendida y sin tiempo para decidir, se hizo cómplice de la traición, encubriéndola. Anoche le vio, en aquella ocasión en que los observamos. Mal hecho. Pero si hay verdad en la tierra, de nada más puede acusársela.

     -Si opináis así... -empezó a balbucear Tackleton.

     -Que parta, pues -prosiguió el mandadero-. Que parta con mi bendición por todas las horas de felicidad que me ha proporcionado, y mi perdón por las congojas de que ha sido para mí la causa. Que parta con la paz del corazón que le deseo. No me odiará jamás; por el contrario, aprenderá a amarme mejor, cuando no la arrastre a remolque de mi destino. Entonces llevará más ligeramente la cadena a que la até tan desgraciadamente para ella. Hoy hará un año que la arrebaté a su hogar, sin preocuparme de si sería o no feliz. Hoy volverá a él y no la importunaré más. Su padre y su madre llegarán en seguida; habíamos formado cierto plan para celebrar juntos este día; sus padres se la llevarán a su casa. Puedo confiar en ella, allí y en todas partes. Me deja después de haber vivido pura, y así vivirá siempre. Si me muriese -puedo morir quizá mientras ella sea joven; en pocas horas conozco que he perdido mis fuerzas-, Dot comprenderá que me he acordado de ella y que la he amado hasta el último día. He aquí la conclusión de lo que me hicisteis ver. Ahora todo ha terminado.


IV

     -No, John, no ha concluido todo. No digáis aún que todo ha concluido. No lo digáis aún. He oído vuestras nobles palabras, y no quiero marcharme sin deciros que me han llenado de hondo reconocimiento. No digáis que todo ha concluido antes que el reloj haya sonado otra vez.

     Dot, que entró poco después de Tackleton, había permanecido en la habitación. Ni siquiera miraba a Tackleton; con los ojos fijos en su marido, se mantenía fuera de su alcance, dejando entre ella y él la mayor distancia posible; y aunque hablase con el entusiasmo más apasionado que pueda imaginarse, no se acercó a John ni siquiera en aquellos instantes de vivacidad. ¡Cuán diferente se mostró en este detalle de la Dot de antes!

     -No hay reloj que pueda hacer sonar para mí por segunda vez las horas pasadas, desgraciadamente -replicó el mandadero con débil sonrisa-. Pero ya que lo queréis, sea así. Pronto sonará la hora; no tendremos que aguardar largo tiempo. De buen grado realizaría cosas más difíciles por complaceros.

     -Muy bien -murmuró Tackleton-. Es preciso que me marche, porque cuando la hora suene, debo estar en camino para la iglesia. Buenos días, John Peerybingle. Siento privarme de vuestra compañía. Tanto por dejaros como por las circunstancias.

     -¿He hablado claramente? -preguntó John acompañándole hasta la puerta.

     -¡Oh, muy claramente!

     -¿Y os acordáis de lo que os he dicho?

     -Sí, y si queréis que os lo exprese con claridad -dijo Tackleton, no sin haber tomado previamente la prudente precaución de empezar a subir al coche-, debo deciros que ha sido para mí tan inesperado el lance, que no es probable que lo olvide.

     -Tanto mejor para los dos -repuso John-. Adiós. Buena suerte.

     -Querría poder deciros lo mismo -dijo Tackleton-; pero ya no es factible, os doy por lo menos las gracias. Y dicho sea entre nosotros -creo que ya os lo he significado-, no creo pasarlo peor en mi matrimonio, aunque May no me haya hecho grandes demostraciones de cariño. Adiós. Cuidaos mucho.

     John le siguió con la mirada hasta que la distancia le hizo aparecer lo suficientemente pequeño para quedar oculto entre las flores y las cintas de su caballo. Entonces, exhalando un profundo suspiro, fuese a vagar como alma en pena a la sombra de unos olmos vecinos con el propósito de no entrar en su casa hasta que diese la hora.

     Su mujercita, que había quedado sola, sollozaba amargamente; pero se enjugaba los ojos con frecuencia y detenía el curso de sus lágrimas para decirse:

     -¡Dios mío! ¡Qué bueno es!¡Qué excelente!

     Y luego, una o dos veces se echó a reír con tanta cordialidad, con un aire de triunfo tan raro y de un modo tan incoherente -puesto que no cesaba de llorar al mismo tiempo-, que Tilly se espantó sobremanera.

     -¡Oh por Dios, no hagáis tal cosa! -dijo-. ¡Podríais matar al niño, por Dios!

     -¿Le traerás alguna vez a su padre, Tilly, cuando yo no pueda vivir aquí y me haya vuelto a mi casa? -le preguntó su señora enjugándose los ojos.

     -¡Oh, por Dios! ¡No hagáis tal cosa! -exclamó Tilly desencajada y dando un aullido atroz, exactamente igual a los de Boxer-. ¡Por Dios, no hagáis tal cosa! ¡Por Dios!, ¿qué habrá hecho todo el mundo a todo el mundo para que todo el mundo sea tan desgraciado? ¡Uh, uh, uh, uh!...

     La sensible Slowboy iba a lanzar un aullido tan terrible, a causa de los mismos esfuerzos que había hecho para ahogarlo, que el chiquitín se hubiera despertado infaliblemente, experimentando un terror enorme, seguido de lamentables consecuencias -de convulsiones probablemente-, si sus ojos no hubiesen hallado a Caleb Plummer, que entraba con su hija. Llevada por la aparición de la visita al sentimiento de la mutua conveniencia, quedó en silencio durante algunos minutos, abriendo la bocaza; luego corrió al galope hacia la cama en que dormía el chiquitín y se puso a bailar una danza de bruja o baile de San Vito, al mismo tiempo que hundía la cara y la cabeza en las sábanas, hallando gran consuelo sin duda en tan extraordinarios ejercicios.

     -¡Cómo! -exclamó Berta-, ¿no habéis asistido a la boda?

     -Le dije, señora, que no asistiríais a ella -dijo Caleb en voz baja-. Sabía a qué atenerme en cuanto a vos. Pero os aseguro, señora -dijo el hombrecito tomándole ambas manos con ternura-, que no doy importancia a nada de lo que dicen. No les creo. Nada puedo hacer; pero esta insignificancia de hombre, antes se dejaría hacer pedazos que tolerar una sola palabra contra usted.

     Rodeó a Dot con sus brazos y la estrechó como una niña hubiera acariciado a una de sus muñecas.

     -Berta no ha podido quedarse en casa esta mañana. Temía, estoy seguro de ello, el son de las campanas y no podía soportar la proximidad de la boda. De modo, que hemos salido temprano de casa y hemos venido inmediatamente.

     -He reflexionado sobre cuanto hice -dijo después de un momento de silencio-. Me reproché, hasta el punto de no saber qué resolución tomar, toda la pena que le he causado, y he resuelto que más vale -si queréis quedaros conmigo por breves instantes, señora- enterarla de toda la verdad. ¿Queréis quedaros conmigo estos instantes? -le preguntó Caleb, temblando de pies a cabeza-. Ignoro el efecto que le voy a producir; ignoro lo que pensará de mí; ignoro si después de la revelación amará aún a su pobre padre. Pero es enteramente necesario para su bien que quede desengañada, y en cuanto a mí, sean cuales fueran las consecuencias, es justo que las sufra.

     -María -dijo Berta-, ¿dónde está vuestra mano? ¡Ah! Aquí, aquí está. -La llevó a sus labios con una sonrisa, y pasándola luego bajo su brazo, continuó-: Les oí hablar anoche de cierta acusación contra ustedes. Eran injustos.

     La esposa del carretero guardaba silencio. Caleb respondió por ella:

     -¡Eran injustos! -dijo.

     -¡Estaba segura! -exclamó con orgullo-. Ya se lo dije a ellos. Me negué a oír en absoluto. ¡Acusarla con justicia! -apretaba entre las suyas la mano aprisionada y juntaba su mejilla con la de Dot-. ¡No! No estoy tan ciega como para eso.

     Y Caleb estaba a un lado de la cieguecita, mientras que Dot permanecía al otro con su mano cogida.

     -Os conozco a todos mejor de lo que os figuráis. Pero a nadie mejor que a ella. Ni a vos, padre mío. Nada percibo a mi alrededor con tanta realidad, con tanta verdad como a ella. ¡Si en este instante recobrara la vista, sin que se me dijera una sola palabra, la reconocería entre una multitud! ¡Hermana mía!

     -Berta, hija mía -dijo Caleb-, necesito decirte algo que me pesa sobre la conciencia, ahora que estamos solos los tres. Debo hacerte una confesión. ¡Encanto mío!

     -¿Una confesión, padre mío?

     -Me alejé de la verdad y me perdí -prosiguió Caleb con expresión desgarradora que le alteraba el semblante por completo-. Me alejé de la verdad por tu amor, y este amor me hizo cruel.

     Berta volvió hacia él su rostro, en que se reflejaba profundo asombro, y repitió:

     -¡Cruel!

     -Se acusa con harta severidad, Berta -añadió Dot-, lo reconoceréis vos misma; vais a reconocerlo en seguida.

     -¡Él! ¡Cruel para conmigo! -exclamó Berta con incrédula sonrisa.

     -Sin querer, hija mía -dijo Caleb-. Pero lo he sido, aunque hasta ayer no lo notara. Hija mía, óyeme y perdóname. El mundo en que vives no existe tal como te lo he representado. Los ojos de que te fiaste han mentido.

     Berta volvió de nuevo hacia él su semblante, que mostraba creciente sorpresa, pero retrocedió y se estrechó contra su amiga.

     -El camino de la vida te hubiera sido rudo, hija de mi corazón -continuó Caleb-, y he querido endulzártelo. He alterado los objetos, desnaturalizado el carácter de las personas, inventado muchas cosas que no existieron jamás, para hacerte más dichosa. He guardado secreto con respecto a ti, te he rodeado de ilusiones, ¡perdóneme Dios!, y te he colocado en medio de una existencia llena de ensueños.

     -¡Pero las personas vivientes no son ensueños! -exclamó Berta precipitadamente, palideciendo y alejándose más aún de su padre-. ¡No podíais variarlas!

     -Así lo hice, no obstante, Berta -confesó Caleb-. Una persona que conoces tiempo ha..., mi paloma...

     -¡Oh, padre mío! -respondió Berta con acento de amarga reprensión-; ¿por qué decís que la conozco? ¿Acaso conozco algo? ¡Si no soy más que una miserable ciega sin guía!

     Dominada por su desdicha, extendió las manos como si buscase su camino a tientas, y luego las condujo hacia su rostro con un gesto de tristeza y sombría desesperación.

     -El que hoy se casa -prosiguió Caleb- es egoísta, avaro, déspota, un amo cruel para ti y para mí, hija mía, hace muchos años; repugnante en la faz como en el corazón, siempre frío, siempre duro; distinto por completo del retrato que te tracé, Berta mía, ¡distinto por completo!

     -¡Oh! -exclamó la cieguecita, visible víctima de una tortura que estaba muy por encima de sus fuerzas-; ¿por qué habéis obrado así? ¿Por qué llenasteis siempre mi corazón hasta el borde para venir luego a arrancarme, como la muerte, los ídolos de mi amor? ¡Cuán ciega soy, Dios mío! ¡Cuán sola y desamparada estoy!

     Su padre, desconsolado, bajó la cabeza sin responder más que con su aflicción y su remordimiento.

     Berta se entregaba hacía un momento apenas a sus violentos transportes de pesar, cuando el grillo del hogar, que sólo ella pudo oír, empezó su crrri... crrri... crrri, no con alegría por esta vez, sino con acento débil, melancólico, tan triste y tan lúgubre, que Berta se echó a llorar; y cuando la imagen que había permanecido toda la noche al lado de John compareció detrás de ella, mostrándole a su padre con el dedo, Berta derramó lágrimas a torrentes.

     En seguida oyó más claramente el canto del grillo, y aunque sus ojos no pudieron ver la imagen misteriosa, su alma la sintió revolotear alrededor de su padre.

     -Dot -preguntó la cieguecita-, decidme lo que es mi casa en realidad.

     -Es una pobre habitación, Berta, muy pobre y muy desnuda. Difícilmente podrá abrigaros el invierno próximo del viento y la lluvia. Está tan mal protegida contra el mal tiempo, Berta -siguió diciendo Dot en voz baja, pero clara-, como vuestro padre con su sobretodo de tela de saco.

     La cieguecita, muy agitada, se levantó, y condujo a un lado a la mujer del mandadero.

     -Los presentes de que tanto me cuidaba -dijo temblando-, los presentes que satisfacían mis menores deseos y recibía yo con tanta gratitud, ¿de dónde procedían? ¿Erais vos la que me los enviaba?

     -No.

     -¿Quién era?

     Dot comprendió que Berta lo adivinaba y guardó silencio. La cieguecita se cubrió de nuevo el semblante con las manos, pero esta vez de un modo muy distinto.

     -¡Un instante, Dot! ¡Un solo instante! Acercaos un poco. Hablad más bajo. Sois sincera, lo sé. ¿No me engañaréis?

     -No, Berta; os lo prometo.

     -Estoy segura de que no lo haréis. Harto os apiadáis de mí para engañarme. Dot, mirad el lugar en que estábamos un momento ha, en donde mi padre..., mi padre, tan amante y compasivo, está..., y decidme lo que veis.

     -Veo -respondió Dot, que la comprendía perfectamente- un viejo sentado en una silla dejándose caer sobre el respaldo, con la cara apoyada en la mano como si necesitase el consuelo de su hija.

     -Sí, sí, su hija le consolará. Continuad.

     -Es un viejo gastado por el trabajo y los pesares; un hombre flaco, abatido, pensativo, cuyos cabellos blanquean. Le veo en este instante desesperado, inclinado profundamente, ahogado por el peso de sus penas. Pero, Berta, no temáis; otras veces le he visto luchando con valor y constancia por un fin noble y sagrado. Por ello rindo homenaje a su cabeza gris y la bendigo.

     La cieguecita la dejó bruscamente, y arrodillándose ante su padre, tomó su cabeza blanca y la estrechó contra su pecho.

     -¡Ya me ha vuelto la vista! ¡Ya tengo vista! -gritó-. He estado ciega, pero ya se han abierto mis ojos a la luz. Hasta ahora no la he conocido. ¡Pensar que podía haber muerto sin haber visto bien al padre que tanto me amaba!

     Caleb no hallaba palabras bastantes para expresar su emoción.

     -No hay en el mundo una cabeza hermosa y noble -exclamó la cieguecita permaneciendo en la misma actitud- que yo pudiese amar tan tiernamente, querer con afecto tan generoso como ésta; cuanto más blanca y triste sea, más la querré. Que no me digan más que soy ciega. ¡No habrá una arruga en este semblante, ni un cabello en esta cabeza que en el porvenir sea olvidado en los ruegos y en las acciones de gracias que dirija al cielo!

     Caleb quiso balbucear:

     -¡Berta mía!

     -Y en mi ceguera le creía -murmuró la joven, mezclando con sus caricias lágrimas de verdadera ternura-, ¡le creí tan distinto! ¡Tenerle junto a mí día tras día, siempre preocupado por mi causa, y no haber pensado nunca en ello!

     -El hombre fuerte y coquetón de blusa azul ha desaparecido -dijo el pobre Caleb.

     -Nada se ha marchado -respondía Berta-, queridísimo padre. Todo permanece con vos. El padre a quien tanto amaba, el padre a quien nunca he amado ni conocido bastante, y el bienhechor que empecé a reverenciar y amar porque manifestaba tan tierna simpatía por mí: ¡El alma de cuanto me fue más caro permanece aquí, aquí, con el rostro marchito y la cabeza blanca! Y ya se acabó mi ceguera, padre.


V

     Toda la atención de Dot, durante este discurso, se había concentrado en el padre y la hija; pero al dirigir la mirada al segadorcito que permanecía en la pradera morisca, vio que iba a dar la hora dentro de algunos minutos y cayó inmediatamente en un estado pronunciadísimo de agitación nerviosa.

     -Padre mío -dijo Berta, vacilando-; María...

     -Sí, hija mía -respondió Caleb-; aquí está.

     -No habrá variado. ¿No me habéis dicho nada de ella que no sea cierto, verdad?

     -Temo que lo hubiera hecho, hija mía -respondió Caleb-, si hubiese podido figurármela mejor de lo que realmente es. Pero, por poco que la hubiese cambiado, la hubiera hecho disfavor. No era posible mejorarla.

     Aunque la cieguecita preguntase a su padre por Dot con la mayor confianza, era delicioso ver la alegría y el orgullo que manifestó al oír la respuesta de Caleb y las nuevas caricias que prodigó a Dot.

     -No obstante, amiga mía -insinuó ésta-, pueden ocurrir más variaciones de las que os imagináis. Variaciones para mayor bien de todos; variaciones que causarán gran alegría a algunos de nosotros. Si alguna variación debe conmoveros, ha de ser la que ocurrirá; y es necesario que no os dejéis arrastrar por una emoción demasiado viva. ¿No es un rumor de ruedas lo que se oye en el camino? Vos, que tenéis tanta delicadeza de oído, Berta, decidme si son ruedas.

     -Sí, y avanzan con gran rapidez.

     -Bien..., bien..., bien sé que tenéis gran finura de oído -dijo Dot con la mano sobre el corazón y hablando evidentemente tan aprisa como podía para disimular mejor sus latidos-, y lo sé porque lo he notado con frecuencia, sobre todo ayer por la noche, al veros reconocer con tanta prontitud aquel paso extraño, aunque no sepa por qué dijisteis, y me acuerdo bien de ello: «¿De quién es este paso?» y por qué lo notasteis con más atención que otro paso cualquiera. Sí; como os decía ahora mismo, ocurren grandes variaciones en el mundo, grandes variaciones, y lo mejor que podemos hacer es disponernos a no asombrarnos de nada.

     Caleb se preguntaba qué querría decir Dot, al notar que se dirigía tanto a él como a su hija. Viola con extrañeza tan turbada, tan agitada, que apenas podía respirar y le era preciso apoyarse en una silla para no caer.

     -Son ruedas -exclamó jadeante-; son ruedas y se acercan. Están próximas; más próximas ya. Dentro de un instante habrán llegado aquí. ¿Oís cómo se detienen a la puerta del jardín? ¿Y este paso que se acerca a la puerta de entrada? El mismo paso de ayer, Berta, ¿no es verdad?... Y ahora...

     Dot lanzó un grito de alegría, uno de esos gritos que ningún obstáculo puede detener, y, dirigiéndose hacia Caleb, le puso la mano ante los ojos en el mismo momento en que un joven entraba precipitadamente en la habitación, y arrojando el sombrero al aire, se acercaba al grupo.

     -¿Ha terminado? -preguntó Dot.

     -Sí.

     -¿Felizmente?

     -Sí.

     -¿Os acordáis de esta voz, Caleb? ¿Habéis oído alguna vez una voz semejante a ésta?

     -¡Si mi hijo, que marchó a las Américas del oro, viviese aún! -dijo Caleb, temblando.

     -¡Vive! -exclamó Dot, apartando sus manos de los ojos de Caleb y palmoteando -¡Miradle! ¡Vedle en vuestra presencia, fuerte y sano! ¡Es vuestro querido hijo! ¡Vuestro querido hermano, Berta, que vive y os ama!

     ¡Ensalcemos a la criaturilla por sus transportes de júbilo, por sus lágrimas y por sus risas, mientras el padre y los dos hijos se abrazan apasionadamente! ¡Ensalcemos la efusión con que marchó al encuentro del atezado marinero, de hirsuta y negra cabellera, y la santa confianza con que, lejos de apartar sus rojos labios, permitiole besarlos libremente y estrecharla contra su corazón. ¡Pero ensalcemos también el cuclillo -¿y por qué no?- por haberse precipitado fuera de la trampa del palacio morisco y por haber saludado dos veces a la simpática reunión con su estribillo intermitente, como si también él estuviese borracho de alegría!

     El mandadero, que entró entonces, retrocedió un poco; no esperaba por cierto hallar tan buena compañía.

     -Mirad, John -dijo Caleb fuera de sí-; miradle. ¡Es mi hijo que ha vuelto de las Américas! ¡Mi hijo, mi propio hijo! ¡El que equipasteis y embarcasteis vos mismo; aquel de quien fuisteis siempre tan buen amigo!

     El mandadero se le acercó para tenderle la mano y se detuvo bruscamente al parecerle reconocer en él las facciones del sordo que había traído en el coche.

     -¡Eduardo! -exclamó-. ¿Erais vos?

     -¡Contádselo todo ahora -dijo Dot-, y no me compadezcáis, porque estoy resuelta a no ser indulgente conmigo misma!

     -Soy el anciano del coche -dijo Eduardo.

     -¿Y cómo habéis tenido el valor necesario para entrar clandestinamente y gracias a un disfraz en casa de vuestro antiguo amigo? -repuso el mandadero-. Había hallado en vos, en otro tiempo, un muchacho leal... -¿cuántos años pasaron, Caleb, desde que creímos haber oído decir que había muerto y juzgamos tener la prueba de su defunción?-, un muchacho leal, que nunca hubiera obrado así.

     -También yo conocí en otro tiempo a un amigo generoso, que fue para mí un padre más que un amigo -dijo Eduardo- y que nunca hubiera querido juzgar a un hombre, sobre todo a mí, sin oírle antes. Este hombre erais vos. Espero que me escucharéis ahora.

     El mandadero, dirigiendo una mirada llena de turbación a Dot, que se mantenía alejada de él, respondió:

     -Sea. Nada más justo; os escucho.

     -Es preciso que sepáis que cuando partí de Inglaterra, muy joven aún -dijo Eduardo-, estaba enamorado y mi amor era correspondido. Se trataba de una jovencita muy niña aún, que quizá -es lo que me objetaréis- no conocía su propio corazón. Pero yo conocía al mío, y sentía vivísima pasión por ella.

     -¡Vos! -exclamó John-. ¡Vos!

     -Sí -respondió su interlocutor-; y ella me correspondía. Siempre lo he creído así, y ahora estoy seguro de ello.

     -¡Cielo santo! -dijo el mandadero-. ¡Sólo esto faltaba!

     -Permaneciéndole fiel -añadió Eduardo-, y volviendo a Inglaterra lleno de esperanzas, después de gran número de peligros y sufrimientos para realizar cuanto estaba de mi parte con relación a nuestro compromiso, supe, a veinte millas de aquí, que mi amada había sido perjura, que me había olvidado y que se entregaba a otro, a un hombre más rico que yo. No intenté dirigirle reprimenda alguna; sólo deseé verla y convencerme por mis propios ojos de la verdad de la acusación. Confiaba en que podían haberla obligado a tomar esta resolución a pesar de sus ruegos y sus recuerdos. Será un consuelo muy ligero -pensé-, pero al menos me consolaría un poco. Por esto vine. A fin de conocer la verdadera verdad, de observar libremente por mí mismo, de juzgar sin obstáculo alguno por parte suya y sin usar mi influencia personal sobre ella -suponiendo que la tuviese- me disfracé..., ya sabéis cómo, y me detuve en el camino..., ya sabéis dónde. Vos no sospechasteis de mí, ni... ella tampoco -señalando a Dot-; hasta que allí, junto al hogar, le dije una cosa al oído, y a poco me descubre.

     -Pero cuando tu mujercita supo que Eduardo vivía y que estaba de regreso -añadió Dot, dirigiéndose a John, con la voz interrumpida por los sollozos, hablando por su propia cuenta como había ansiado hacerlo durante toda la narración del marinero-, y cuando hubo conocido su proyecto, le recomendó expresamente que mantuviese el secreto, porque su viejo amigo John Peerybingle era demasiado francote y demasiado torpe para ocultar el más mínimo detalle; sí, torpe, torpísimo para todo, incapaz de ayudarle en su proyecto, y cuando ella, es decir, yo misma, John, se lo hube contado todo, explicándole que su amada le creía muerto, que al fin se había dejado inclinar por su madre a un matrimonio que la pobre anciana llamaba ventajoso, y cuando ella, es decir, yo misma, John, le hube dicho que no estaban casados aún, aunque muy próximos a serlo, y que si se realizaba este matrimonio no consistiría más que en un sacrificio, porque la futura no sentía amor alguno, como él se puso casi loco de alegría al oír esta noticia, entonces ella, es decir, yo misma aún, dije que intervendría como antes había hecho tantas veces, que sondearía el ánimo de su amada, y podría asegurarse de que no se engañaría en cuanto yo dijese. Y así es; ¡no se ha engañado, John! ¡Y se han reunido, John! ¡Y se han casado, John, hace una hora! ¡Y aquí está la recién casada! ¡Y Gruff y Tackleton en buen peligro queda de morir soltero! ¡Y soy una mujer enteramente feliz, May, y que Dios os bendiga!

     Ya sabéis, y abramos un paréntesis, que Dot era seductora hasta lo irresistible; pero nunca estuvo tan irresistible como en los transportes de gozo a que se entregó en aquel instante. Nunca se vieron felicitaciones tan tiernas, tan deliciosas como las que se prodigaba a sí misma y a la recién casada.

     En medio del tumulto de emociones que se levantaban en su pecho, el honrado mandadero experimentaba honda confusión. De pronto corrió hacia Dot; pero Dot extendió la mano para detenerle y retrocedió, conservando la misma distancia de antes.

     -No, John, no; oídlo todo. No me améis, John, hasta que hayáis escuchado todo lo que tengo que deciros. Obré mal no confiándoos mi secreto y lo siento. No creí haber obrado tan mal hasta el instante en que vine a sentarme junto a vos en el taburete ayer por la noche; pero cuando pude leer en vuestro semblante que me habíais visto paseando con Eduardo por la galería y comprendí lo que habíais llegado a pensar, me hice cargo de lo atolondrada que estuve y la gravedad de mi error.

     ¡Pobre mujercita! ¡Cómo sollozaba aún! John quería estrecharla entre sus brazos; pero ella no lo permitió.

     -¡No me améis aún, John! Cuando el próximo matrimonio me entristecía, era porque me acordaba de May y de Eduardo, que se habían amado tanto durante su juventud, y porque sabía que el corazón de May estaba a cien leguas de sentir amor por Tackleton. ¿Lo comprendéis ahora, verdad?

     John iba a precipitarse hacia su mujer; pero Dot le detuvo aún.

     -No; esperad un poco. Cuando bromeo, como lo suelo hacer algunas veces, John, llamándoos torpe, ganso y dándoos otros nombres semejantes, es por el mismo amor que os tengo, John, y no querría cambiaros en un átomo, aunque fuese para convertiros en el monarca más grande de la tierra.

     -¡Bravo, bravísimo! -exclamó Caleb con desusado vigor-. Ésta es mi opinión.

     -Y cuando hablo de personas de mediana edad, de personas maduras, John, y cuando pretendo que los dos hacemos mala pareja, lo digo porque soy una criaturilla y por la misma razón que me hace jugar a damas; sólo en broma y para reír un poco, creedme.

     Bien conocía Dot que John iba a aproximarse de nuevo y le detuvo por tercera vez; pero bien próxima estuvo a parar el golpe demasiado tarde.

     -¡No, no me améis aún; dejadme un momento, John! Lo que deseo deciros sobre todo, lo he guardado para el fin. Querido, bueno, generoso John, cuando hablábamos cierto día del grillo del hogar, sentí mariposear junto a mis labios una confesión, que bien cerca estuvo de escaparse, y era que al principio no os había amado tan entera y tiernamente como os amo ahora; que cuando vine por primera vez a esta casa temí no llegar a amaros tanto como deseaba y como rogaba a Dios que me hiciese amaros; ¡era tan jovencita, John! Pero, John, cada día, cada hora os he amado con más entusiasmo. Y si hubiera podido amaros más de lo que os amo, las nobles palabras que os oí pronunciar esta mañana hubieran bastado para ello. Pero ya no puedo amaros más. Toda la afección que en mí conservaba -y tenía mucha afección, John- os la he dado, como merecéis, hace tiempo, mucho tiempo, y no puedo daros más. ¡Ahora, abrazadme, John mío! ¡Ésta es mi casa, John, y no penséis jamás, jamás, en hacérmela abandonar para enviarme a otra!

     Jamás sentiréis, al ver una mujer en brazos de su marido, el placer que hubierais experimentado al contemplar a Dot corriendo hacia los brazos del mandadero. Fue la más completa, la más ingenua, la más franca escena de ternura y emoción de que podáis ser testigos durante toda vuestra vida.

     Podéis estar seguros de que John se hallaba en un estado de éxtasis indecible, así como también de que a Dot le sucedía lo mismo, y de que todo el mundo se sentía felicísimo, incluso miss Slowboy, que lloraba de alegría, y que, deseando hacer partícipe del cambio general de felicitaciones al chiquitín, le presentaba sucesivamente, por riguroso turno, a cada uno de los asistentes, exactamente igual que si se hubiese tratado de una bandeja de refrescos.

     Pero un nuevo rumor de ruedas se oyó al exterior, y alguien gritó que Gruff y Tackleton volvía. Y en seguida, el digno caballero apareció con el rostro inflamado y lleno de emoción.

     -Veamos: ¿qué diablos ocurre, John Peerybingle? -preguntó al entrar-. Es preciso que haya algún error en todo este asunto. He citado para la iglesia a la señora Tackleton, y juraría que nos hemos cruzado por el camino, cuando ella venía hacia aquí. ¡Pero si está con vosotros! Os suplico que me dispenséis, caballero, no tengo el honor de conoceros; pero por si queréis hacerme el favor de dejar en paz a esta señorita, os advierto que tiene un compromiso formal para esta mañana.

     -Pues no señor, no tengo el menor deseo de dejárosla -respondió Eduardo-. No pienso tal cosa.

     -¿Qué queréis decir, vagabundo? -repuso Tackleton.

     -Quiero decir -respondió sonriendo su interlocutor-, que os perdono vuestro mal humor, porque conozco que estáis exasperado; por esta mañana permaneceré sordo a vuestras frases groseras, del mismo modo que ayer por la noche lo estaba para todas las frases que se pronunciasen, fuesen las que fuesen.

     ¡Qué mirada le lanzó Tackleton, y cómo tembló!

     -Siento en el alma, caballero -prosiguió aquél reteniendo la mano izquierda de May, y sobre todo su dedo del corazón-, y con particularísimo sentimiento, que esta señorita no pueda acompañaros a la iglesia; pero como ya ha estado en ella una vez esta mañana, supongo que la excusaréis.

     Tackleton miró con fijeza el dedo del corazón de May y sacó del bolsillo de su chaleco un pedacito de papel de estaño, que, a juzgar por las apariencias, contenía un anillo.

     -Miss Slowboy -dijo-, ¿tendréis la bondad de echar esto al fuego? Gracias.

     -Notadlo -prosiguió Eduardo-, se trata de un compromiso anterior al vuestro, un compromiso muy antiguo que ha impedido a mi mujer su asistencia a la cita que le habéis dado.

     -El señor Tackleton me hará la justicia de reconocer que le había confiado mi situación con toda fidelidad, y que más de una vez -añadió May ruborizándose- le he dicho que me sería imposible olvidar nunca a Eduardo.

     -Ciertamente -asintió Tackleton-, ciertamente. Es justísimo; nada hay que añadir. ¿Sois el señor Eduardo Plummer, no es así?

     -Éste es mi nombre -respondió el recién casado.

     -No os hubiera reconocido, caballero -dijo Tackleton examinándole con mirada inquisitorial y saludándole profundamente-; os doy la enhorabuena, caballero.

     -Gracias.

     -Señora Peerybingle -añadió Tackleton volviéndose súbitamente hacia el lado en que permanecían Dot y su marido-; nunca me habéis tratado con benevolencia, pero he de confesar valéis más de lo que creía. John Peerybingle, dispensadme. Me comprendéis; esto me basta. No hay nada más que decir, caballeros y señoras. Todo está perfectamente. Adiós.

     Después de haber pronunciado estas palabras, partió sin más ceremonia; sólo se detuvo un instante junto a la puerta para despojar la cabeza de su caballo de las cintas y flores que la adornaban, y darle al pobre animal un violento puntapié, sin duda con el fin de anunciarle que había surgido algún obstáculo en el curso de los acontecimientos.


VI

     Y que no habían de permanecer ociosos ni un solo instante, porque debían pensar seriamente en celebrar aquel día de modo que dejase una estela eterna en el calendario de fiestas y regocijos de la casa Peerybingle. De modo que Dot se puso a la obra para preparar un festín que cubriese de honor inmortal a su hogar y a los interesados. En un abrir y cerrar de ojos hundió sus brazos en la harina hasta el codo, incluyendo los deliciosos hoyuelos y procurándose el maligno placer de blanquear el vestido de John cada vez que éste se acercaba demasiado, deteniéndola para darle un beso. John lavó las legumbres, mondó los nabos, rompió los platos, derribó las marmitas de hierro llenas de agua fría sobre el fuego, y en resumen, se hizo útil por todos los medios imaginables, mientras que una pareja de ayudantas, llamadas a toda prisa de algunos lugares del vecindario, daban contra todas las puertas y chocaban en todos los rincones. En cuanto a Tilly Slowboy, con el niño en brazos, todo el mundo podía estar seguro de encontrarla donde quiera que fuese. Tilly no había dado nunca hasta entonces tales muestras de actividad; se multiplicaba prodigiosamente y su ubicuidad era objeto de la admiración general. Se la hallaba en el corredor a las dos veinticinco minutos, como escollo para los que entraban; en la cocina a las dos cincuenta minutos, a modo de trampa; en el granero, como un armadijo, a las tres menos veinticinco minutos. La cabeza del chiquitín ejerció de piedra de toque respecto de toda materia animal, vegetal o mineral que tuviese a su alcance, o, por mejor decir, no estuvieron aquel día en movimiento personas, muebles ni utensilios que no trabasen en un momento dado íntima amistad con la cabeza del niño.

     Luego se formó una gran expedición destinada a ir a buscar a la señora Fielding para darle conmovedoras muestras de pesar por su ausencia, y conducirla, de grado o por fuerza, a sentirse feliz y a perdonarlo todo. Y cuando la expedición exploradora hizo su primer reconocimiento, la señora Fielding no quiso oír ni una palabra al principio; repitió un número incalculable de veces que había vivido hasta entonces con el único fin de llegar hasta aquel día; que no se le pidiese nada más; que sólo debían conducirla a la tumba, cosa que parecía absurda porque estaba viva, y muy viva; y al cabo de algún tiempo cayó en un estado de tranquilidad de mal augurio, y observó que en la época de la famosa catástrofe ocurrida en el comercio de índigo, había previsto ya que durante toda su vida quedaría expuesta a toda clase de insultos y ultrajes; que, por lo tanto, no se extrañaba de lo ocurrido, y que suplicaba que nadie se ocupase de ella en lo más mínimo -¿qué era ella en realidad? ¡Dios mío, nada! ¡Un cero a la izquierda!-. Y, por fin, que procurasen olvidar que una criatura tan mísera hubiese existido, y que todo el mundo siguiese su camino como si ella no hubiese vivido jamás.

     Pasando de este tono amargo y sarcástico a un lenguaje inspirado por la cólera, hizo escuchar la notable frase siguiente: «Que el vil gusanillo se yergue cuando le pisan»; después de lo cual expresó un tiernísimo pesar. Si siquiera hubiesen depositado su confianza en ella, ¡qué ideas tan distintas le hubieran sugerido!

     Aprovechándose de esta crisis operada en sus sentimientos, la expedición la abrazó; entonces la señora Fielding se puso los guantes y se dirigió a casa de John Peerybingle con actitud irreprochable, como mujer de mundo, llevando en la cintura, envuelto en un papel, un gorro de ceremonia, casi tan alto y seguramente tan rígido como una mitra.

     El padre y la madre de Dot, que debían acudir en otro carruaje, tardaban más de lo regular; hubo alguna inquietud y se miró con frecuencia la calle por si se les veía. May Fielding miraba siempre desde un punto de vista opuesto al de todos y en dirección moralmente imposible; y cuando se lo hacían notar, decía creer que podía tomarse la libertad de mirar donde mejor le pareciera. Por fin llegaron los dos; formaban una parejita gordinflona que andaba a buen paso, menudo y firme, verdadera señal peculiar de la familia Dot. Dot se parecía muchísimo a su madre.

     Entonces la madre de Dot tuvo que entablar nueva amistad con la madre de May; ésta se daba continuamente aires de soberana, mientras que la madre de Dot no hacía más que mover sus ligeros piececitos. Y el viejo Dot -quiero decir, el padre de Dot; he olvidado su verdadero nombre, pero no importa- se tomaba ciertas libertades con respecto a la señora Fielding; estrechole la mano inmediatamente, sin gran reverencia hacia el gorro de ceremonia, en el cual no pareció hallar más que una mezcla de engrudo y muselina, y no manifestó la menor sensibilidad hacia la catástrofe del índigo, en vista de que no podía remediarse ya; en resumen: según la definición de la señora Fielding, era un hombre bonachón, ¡pero tan grosero!...

     Por nada del mundo quisiera olvidar a Dot, que hacía los honores de la casa con su traje de boda. ¡Bendito sea su lindo semblante! Tampoco me olvidaré del mandadero, que tan jovial y tan rubicundo se sentó a la cabecera de la mesa, ni del moreno y audaz piloto, ni de su graciosa mujer, ni de ningún otro convidado. En cuanto a la comida, sentiría mucho no poder hablar de su esplendidez. Nunca se ha saboreado comida tan substanciosa y apetitosa, y no dejaré de mencionar los rebosantes vasos que se hicieron chocar en honor de las bodas; olvido que sería indudablemente el peor de todos.

     Después de la comida, Caleb entonó su canción báquica en honor del vino espumoso. Y la cantó durante todo el resto del año, creedme.

     Y casualmente ocurrió, en el mismo instante en que Caleb terminaba la canción, un incidente imprevisto.

     Llamaron ligeramente a la puerta; un hombre entró vacilando sin decir «con vuestro permiso», o «¿se puede?» Llevaba algo muy pesado en la cabeza y dejó su fardo en el centro de la mesa, sin desordenar su simetría, en medio de las manzanas y las nueces.

     -El señor Tackleton -dijo- os saluda, y como no necesita para él la torta de boda, supone que le haréis el honor de comérosla.

     Después de haber pronunciado estas palabras se fue.

     Todo el mundo quedó algo sorprendido, como podéis suponer. La señora Fielding, que era persona de infinito discernimiento, insinuó que la torta estaba envenenada y contó la historia de cierta torta que había amoratado a todo un colegio de señoritas; pero unánimes reclamaciones decidieron el sitio de la plaza. May hundió el cuchillo en la torta, muy ceremoniosamente y entre la alegría general.

     No creo que nadie la hubiese probado aún, cuando alguien golpeó de nuevo la puerta; abrieron, y compareció el mismo hombre, que traía bajo el brazo un enorme paquete envuelto en papel de estraza.

     -El señor Tackleton os saluda y os envía estos juguetes para el chiquitín. No son mezquinos.

     Y dicho esto, se retiró como la primera vez.

     Gran dificultad hubieran experimentado los concurrentes para hallar palabras apropiadas con que expresar su asombro, aunque hubiesen tenido más tiempo para buscarlas. Pero no pudieron tomárselo, porque apenas el enviado cerró la puerta, sonó un tercer golpe, y el mismo Tackleton penetró en la casa.

     -Señora Peerybingle -dijo el comerciante de juguetes con el sombrero en la mano-: siento mucho lo ocurrido, mucho más de lo que lo he sentido esta mañana. He pensado largamente en ello, John Peerybingle; mi carácter es bastante malo por naturaleza; pero no puede menos de mejorarse un tanto al lado de un hombre como vos. Caleb, la niñera me dio inconscientemente ayer por la noche cierto consejo enigmático, cuya clave he podido hallar. Me sonrojo al pensar cuán fácil me hubiera sido asegurarme vuestro cariño y el de vuestra hija, y cuán idiota he sido al creerla idiota. Amigos míos -permitidme que os llame así-; mi casa está muy solitaria esta tarde. No tengo ni un solo grillo en mi hogar. Apiadaos de mi soledad y permitidme que permanezca en vuestra feliz compañía.

     Al cabo de cinco minutos estuvo como en su propia casa. ¡Había que verle! ¡Cómo se las había arreglado toda su vida para disimular en tanto tiempo aquella inmensa jovialidad! ¡Oh, qué no habrían hecho las hadas para cambiarle de aquella manera!

     -¡John! ¿Queréis mandarme, o no, esta noche, a casa de mis padres? -murmuró Dot en voz baja.

     -¡Bien cerca había estado de disponerlo!

     Sólo faltaba un ser viviente para completar el cuadro; pero llegó en un abrir y cerrar de ojos, sediento, muy alterado por la carrera que había hecho y procurando con inútiles esfuerzos meter la cabeza en el gollete demasiado estrecho de un cántaro. Había seguido el coche hasta el término del viaje, muy contrariado por la ausencia de su amo y prodigiosamente rebelde hacia el sustituto. Después de haber dado alguna vuelta por los alrededores del establo, había procurado inútilmente excitar al caballo a que volviese solo y por un acto positivo de rebelión se había tendido delante del fuego en la sala común del figón vecino. Pero cediendo súbitamente a la convicción de que el sustituto del honrado John no valía la pena de que se le tomase en serio, se levantó, le volvió la espalda y prosiguió el camino de su casa.

     Luego empezó el baile. Me hubiera contentado con mencionar de un modo general esta diversión, sin decir ni una palabra más, si no tuviese algún motivo para suponer que fue un baile muy original y de carácter poco común. He aquí cómo se pusieron a la obra los concurrentes:

     Eduardo, que era un muchacho bondadoso y francote, les había contado mil maravillas de los loros, las minas, los mejicanos, el oro en polvo, etc., cuando de pronto se le ocurrió la idea de saltar de la silla y proponer un baile, ya que el arpa de Berta estaba allí, y Berta la tocaba primorosamente. Dot -¡buena pieza!, ¡bastante hipocritona algunas veces!- pretendió que el tiempo del bailoteo había pasado para ella; pero yo presumo que la causa verdadera de su reserva fue que el mandadero fumaba su pipa, y ella prefería permanecer a su lado. Con este precedente, la señora Fielding no podía aceptar bailarín alguno, y quedó obligada a decir que el tiempo de la danza también había pasado para ella, y todos dijeron lo mismo, excepto May; May estaba pronta a bailar.

     De modo que Eduardo y May se levantaron, entre el aplauso general, para bailar solos, y Berta tocó la pieza más arrebatadora de su repertorio.

     Pues bien; creedme o no, apenas hubieron bailado cinco minutos, súbitamente el mandadero tira la pipa, coge a Dot por la cintura, se lanza en medio de la habitación y voltea rápidamente con ella haciendo piruetas, ora sobre los talones, ora sobre la punta del pie. Apenas les vio Tackleton, se deslizó suavemente hacia la señora Fielding, la cogió por la cintura y siguió el vaivén. Al notarlo el viejo Dot, se puso en pie y arrebató a la señora Dot en medio del grupo, poniéndose a su cabeza; Caleb, al verlos, tomó a miss Slowboy por ambas manos y partió en seguida con ella, y miss Slowboy, convencida por completo de que las únicas reglas de danza consisten en penetrar vivamente entre las demás parejas y ejecutar a su costa cierto número de choques más o menos violentos, se entregó a estos ejercicios con entusiasmo.

     ¡Escuchad! El grillo acompaña la música con su crrri... crrri... crrri... y el puchero zumba con todas sus fuerzas.

____

     Pero ¿qué es esto? Mientras les escucho con vivísimo sentimiento de felicidad y me vuelvo hacia el lado de Dot para contemplar otra vez aquel semblante que tanto me gusta, Dot y los demás se han desvanecido en el aire y me han dejado solo. Un grillo canta en el hogar; un juguete, roto, yace en el suelo. No veo nada más.


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Tercer grito
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