El equipaje del Rey José : 16

El equipaje del Rey José : 16 de Benito Pérez Galdós

Silenciosamente, y abrumados de amargura y desesperación, marchaban los dos prisioneros el uno tras el otro: los caballos que montaban no parecían menos tristes que sus amos, a juzgar por la lentitud de su paso y la inclinación de la cabeza. Los españoles y franceses que les habían cogido y les custodiaban iban, charlando en una y otra lengua mezcladamente, y uno de ellos dijo:

-A estos tunantes no les perdonará el general Gazan... han asesinado a un francés, y ya sabemos con qué moneda se pagan estas deudas.

-El uno de ellos parece cura.

-Y el otro parece sacristán.

D. Fernando Garrote se puso lívido al oír que se le llamaba sacristán, y después se le encendió hasta la raíz del cabello el pálido rostro. Si hubiera tenido armas, habría castigado en el acto tanta insolencia en menos que se dicen castañas. Respaldiza, durante el camino, sintiéndose sediento, pidió que le dejaran beber de un arroyo cercano.

-Tiempo hay de beber. En Aríñez no falta agua, padrito. Y si no, tome un buche de la del bautismo, que como cura debe de tener tan a la mano... Beberá antes que le despachen.

-¡Despacharme! -exclamó D. Aparicio con acento compungido-. ¿Qué es eso de despachar?

Garrote, colérico por la cobardía que mostraba su amigo, le miro con ojos fieros.

-¡Que nos despachen! -dijo-. ¿Qué mayor gloria para buenos españoles que morir a manos de estos tunantes?

-Cierre el pico el vejete sacristán -gritó un jurado- o no aguardamos a llegar al cuartel general.

-¡Traidor! Tu persona es para mí tan despreciable como la de un vil esclavo, y tus palabras como los ladridos de un perro -exclamó con admirable entereza Navarro-. Si quieres darme la muerte aquí mismo, dámela. Ni porque me mates he de aborrecerte más, ni porque me dejes vivo he de estimarte. Soy un hombre leal que sirve a su patria, y tú un cobarde desleal que sirve al enemigo.

En aquel mismo instante se acabara la vida y con la vida las hazañas de D. Fernando Garrote, si el sargento que mandaba la tropa no impusiera silencio a todos, mandándoles seguir adelante.

Después de tres horas largas y penosas de camino, llegaron a Aríñez, y los dos prisioneros fueron presentados a un coronel. Las tropas francesas entre las cuales se encontraban, pertenecían a la división del general Gazan. Caía la tarde y los soldados se preparaban a pasar la noche lo mejor posible: encendíanse las cocinas de campaña, y en torno a las casas de labor se veían alegres corrillos. Los caballos bebían en una gran acequia que de un punto a otro atravesaba el pueblo, y los oficiales organizaban sus meriendas al aire libre.

D. Fernando Garrote se quedó sin alma cuando se vio entre aquella gente. Deseaba morirse, o que la tierra se abriese para tragársele, o que reventase a su lado el más poderoso de los cañones franceses. Lleváronle de Herodes a Pilatos durante largo rato de la tardecita, cual si no supiesen qué hacer de él, y unos le tenían lástima, otros le miraban con desdén o con ira. Pero el que excitaba más sentimientos de enojo era D. Aparicio, por ser muy aborrecidos entre los extranjeros los curas armados; así es que después que le concedieron el apagar la rabiosa sed en la misma acequia donde hociqueaban los caballos, echáronle una cuerda al cuello, sin miramiento alguno a las órdenes sacerdotales.

No fueron tan crueles con Garrote, quizás porque mostraba mucha dignidad en su infortunio y no hacía aspaviento ni exhalaba femeniles quejas como su compañero. Lleváronles a los dos a un gran patio, contiguo a una casa grande y vieja, el cual parecía servir de taller de herrería y carretería, porque en él había varios soldados artífices trabajando, y allí podían discurrir libremente los dos prisioneros; mas no escaparse, porque un centinela guardaba la puerta.

Respaldiza, despavorido y medio muerto de terror, echose al suelo para llorar su desventura. Navarro se paseaba de largo a largo, sin hablar a su amigo ni a nadie. En las bardas de aquel corral que caían a poniente había unas rejas por donde se veía la carretera de Vitoria. No cesaban de pasar por ella carros cargados de cajas y arcones de diversos tamaños, los cuales venían del lado de la Puebla, y se detenían, acomodándose en el estrecho camino para dar descanso a las caballerías. También había multitud de galeras y sillas de posta, donde iban las familias españolas que abandonaban la corte con los franceses. El ruido y el tumulto de aquella parte del camino donde se habían reunido y amalgamaban tantos vehículos y caballos, eran espantosos. Unida esta algazara con los martillazos de los que trabajaban sobre el yunque dentro del patio, formábase una música infernal que hubiera vuelto loco a D. Fernando Garrote si el cerebro de este pudiera descomponerse por otra causa que por el espantoso hervir de las ideas.

Paseábase el esclarecido varón con la barba clavada en el pecho y las manos dentro de los bolsillos: su espíritu después de vagar un buen espacio por las dulces regiones del pensamiento religioso, se irritó de repente y la idea del suicidio se le puso delante siniestra y halagüeña a la vez, aterrándole y consolándole. Miró Navarro a los que machacaban hierro sobre el yunque y consideró que le harían merced en dejarle poner su vieja cabeza entre ambos hierros. Después fijó su atención en las diversas herramientas que pendían del techo de un tingladillo donde estaban la fragua y el fuelle; pero no creyó posible apoderarse de ellas, ni menos usarlas contra su vida sin ser inmediatamente visto y atajado. Volviendo al inquieto pasear, puso la atención en un pozo que en mitad del patio había, y al punto hizo resolución de arrojarse en él de cabeza; pero tardaba mucho en decidirse a ello, y observaba de soslayo la soga y polea. Acercose al brocal para mirar al fondo y vio allá abajo su imagen temblorosa y desfigurada dentro de un círculo luminoso. En esta contemplación se detenía, cuando un francés le arrancó de allí, señalándole la fragua.

-Camarada -le dijo en mal español con sonrisa burlona-, allí hacen falta vuestros servicios.

Un español joven, moreno y agraciado acercose en tanto al cura, que no se apartaba de su rincón y con acento de chacota le dijo:

-¿Qué bueno por aquí, Sr. Respaldiza? Parece que la expedición no ha salido bien.

-¡Ay Salvadorcillo de mi alma! -exclamó el cura con mucha congoja-. Al verte, me parece que veo un ángel del cielo... Dime ¿nos matarán?... ¿Intercederás por nosotros? Yo te ruego que olvides las palabrillas coléricas que se cruzaron entre nosotros anoche en casa de tu madre. Yo suelo gastar esas bromitas...

-Olvidadas están, señor cura; pero me parece que nada puedo hacer por Vds. ¿Quién es el compañero?

-Allí lo tienes junto al pozo, D. Fernando Garrote, el primer caballero de toda la comarca.

-Le hubiera conocido -dijo Monsalud observándole-, nada más que por la semejanza que tiene con su hijo Carlos.

Y acercándose a Navarro, que en aquel instante disputaba con el francés, tomó nuestro joven una expresioncilla bastante insolente, y habló de este modo al infeliz anciano:

-Sr. D. Fernando, aquí dicen que vaya Vd. a menear el fuelle, y yo creo que este honroso oficio nadie puede desempeñarlo donde hay un señor de la llave dorada.

Miró Garrote al atrevido soldado con tanta ira, que los ojos parecían saltársele del casco.

-Mozuelo sin honor ni vergüenza -exclamó con dignidad y altanería-, ¿piensas que un hombre como yo ha venido aquí para oír tus necedades ni menos para obedecerte? Estos miserables exterminarán a la gente honrada; pero no la deshonrarán.

-¡Al fuelle! ¡al fuelle! -gritaron varias voces, y con más fuerza que ninguna la del mozo que hasta entonces había movido sin descanso la enfadosa máquina.

-¡Soplad vosotros, canallas! -gritó Navarro, echando inmediatamente mano al lugar donde debía estar el puño de la espada.

-No hay que apurarse por tan poca cosa -dijo de improviso el cura levantándose del suelo y acudiendo oficiosamente al lugar de la disputa-. Si es preciso que alguien sople, yo soplaré, que lo haré muy bien, caballeritos, y bueno es un poco de ejercicio a estas horas.

Deseando congraciarse con sus verdugos, Respaldiza cuya poquedad de ánimo y corazón pequeño se habían mostrado ya, se prestaba a todo.

-¿Qué más da? -decía entre dientes-. Más padeció Jesús por nosotros. A él le pusieron atado a una columna y le abofetearon y escupieron. Movamos el fuelle, herreros de Satanás. Si vuestros cuerpos estuvieran dentro del fuego, ¡con qué ganas soplaría!

Metió la mano en la argolla y tirando de la cadena infló el depósito de viento. El caño de la fragua resonó con ardiente resoplido, como la respiración de un cíclope, y las moribundas ascuas revivieron lanzando llamas rojizas. Al compás del canto de los herreros, tiraba de la cadena el cura, afectando en su semblante cristiano humildad; pero lleno de cólera y más que de cólera de miedo.

La noche sin luna oscurecía el cielo y la tierra; pero no cesaba el espantoso ruido dentro y fuera del patio.

La roja claridad de la fragua iluminó los diversos grupos, y D. Fernando, que tenía en su alma todas las oscuridades de la tristeza y todas las llamas de la desesperación, no pudo pensar en echarse al pozo, porque los franceses lo cerraron.

A ratos le causaba profunda pena ver la degradación y falta de dignidad de su compañero de desgracia, el cual seguía en su tarea, y aun sonreía ante los soeces herreros con mengua de su honor y de la jerarquía sacerdotal. Por fin cesó el trabajo; entraron varios soldados españoles y dos o tres renegados, trayendo un par de zaques de vino, a cuya vista se regocijaron todos, disponiéndose a dejarlos vacíos. En el mismo instante llegó Monsalud con algunos soldados, y ordenando a los prisioneros que le siguiesen entró con ellos en el piso bajo de la casa contigua, que lo era de labor y estaba destinada en su parte alta a alojamiento de oficiales. Sin decirles cosa alguna, encerró a cada uno en una pieza baja, separadas ambas por un tabique ruinoso, y sin puerta que las comunicara. Luego que D. Fernando entró en lo que parecía mazmorra, echose en el desnudo piso sin mirar al que le había encerrado. Este arrojó un pan en el suelo, y como cayese a regular distancia del prisionero, el sargento empujó la hogaza con la punta del pie, diciendo:

-Ahí tiene Vd. para pasar la noche. Estoy de guardia hasta las doce y me han encargado la custodia de los dos prisioneros. Traeré también agua y algo de carne, si hay.

-No necesito nada -dijo Garrote sin mirarle-. Yo no como tu pan.

Incorporándose, dio tan fuerte puntapié a la libreta que la lanzó al otro extremo de la pieza.

-Mal genio tiene Vd. -dijo el joven con lástima-. Hay que llevarlo con paciencia. El coronel me ha mandado que después de encerrar e incomunicar a Vd. y a su compañero les notifique...

-Ya lo sé... que seremos arcabuceados...

-A la madrugada. El general no quiere carnicerías; pero el jueves cogió Mina a diez franceses y a todos los degolló.

-Hizo bien -dijo D. Fernando-; y es lástima que no te cogiera también a ti, español renegado a lo que pareces... Si Dios me sacara de esta cárcel y recobrase yo mi libertad y mis armas a ningún afrancesado perdonaría.

-Amigo -dijo el joven-, la situación en que Vd. se halla no es la más propia para vituperar la conducta de los demás y poner cual no digan dueñas a los que, por razones que Vd. ignora, servimos a los franceses.

-Mi situación no me espanta -repuso el viejo con gravedad-. Moriré por la patria, por la religión, y Dios me acogerá en su seno. La muerte que me espera no la cambiaría por cien vidas como la tuya, infeliz joven, por esa vida deshonrada en flor.

El mozo guardó silencio.

-¿Quién te engañó? ¿Quién te sedujo? ¿Sabes lo que es servir al enemigo y hacer causa común con los verdugos de la patria?

-Hablador es el viejo -dijo Salvador un poco enojado-. Hará Vd. bien en descansar y en tranquilizarse, Sr. Navarro. Adiós.

-¿Cómo sabes mi nombre?

-Me lo dijo Respaldiza. Conozco mucho al cura de la Puebla de Arganzón, donde he vivido dos años.

-¿Cómo te llamas?

-Salvador Monsalud... yo soy de Pipaón.

El anciano dio un suspiro profundo echando hacia atrás la cabeza, que al chocar bruscamente contra el tabique produjo un triste y hueco sonido como el de un cántaro que está a punto de romperse.

-Adiós -dijo el joven con la mayor indiferencia-. Volveré después a traer a Vds. alguna cosa. Me da lástima de los que van a morir aunque se lo tengan muy merecido... ¿Conque agua? Si hubiera carne... Veremos.


Episodios Nacionales : El equipaje del Rey José de Benito Pérez Galdós
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