El don de la palabra :5

El don de la palabra - Ramón Campos


Capítulo V. De los varios rumbos de las lenguas en orden al progreso del pensamiento


Los elementos por donde las palabras pueden diferenciar sus modificaciones son sus letras vocales, sus letras consonantes, su tono musical y su acento.

1. La mitad del linaje humano, que son los chinos, hacen del tono mucho asunto en el idioma. Su lengua parece componerse de setenta y dos sílabas proferidas en los cinco tonos de la música, haciendo así trescientas sesenta sílabas de valor distinto, cuyo número, según las reglas de la aritmética, produce ciento veinte y nueve mil, y doscientas cuarenta combinaciones de a dos sílabas, y veinte y tres millones, ciento treinta y tres mil y novecientas sesenta de a tres. A tener todos los hombres buen oído, parece más cómodo y agradable hacer las modificaciones de las palabras con los tonos y semitonos: el que lo piensa poco, se enamora de una lengua semejante.

A una lengua que declinase los nombres, y conjúgase los verbos sin añadir a la raíz sino es la diferencia del tono, le sería imposible perder nunca las declinaciones ni las conjugaciones. El perderse éstas depende, como se dijo, de poder separar las terminaciones o inflexiones con que se modifican las palabras; el tono no es cosa que pueda separárseles. Lo mismo debe decirse de las otras modificaciones explicadas en orden a los sustantivos, adjetivos y verbos. Nunca se aislarían, si se hiciesen meramente con el tono.

Semejante lengua pues, no llegaría a engendrar aquellas clases de palabras que se llamaron terceras, es decir, pronombres, preposiciones, relativos, conjunciones, ni menos verbos auxiliares. Las únicas abstracciones que en ella haría el pensamiento, son las que se ha explicado proceder de la introducción de los nombres adjetivos.

Las poquísimas noticias que se tienen de los chinos indican hallarse su lengua en este caso sobre corta diferencia.

El descubrimiento de desmenuzar las palabras en sílabas y éstas en letras, procede evidentemente de poder separar los remates modificadores de las palabras, unos de los cuales son sílabas y otros letras. Con que a hacerse con el tono esas modificaciones, es imposible el descubrimiento del arte de escribir. Pues no sólo los trescientos millones de personas que se cuentan en el imperio de la China, no han descubierto el arte de escribir en más de cuatro mil años que llevan de antigüedad, sino que el Padre le Comte, sujeto de juicio, refiere que los chinos más cultos y de más jerarquía entre quienes estuvo muchos años, no pueden absolutamente hacerse cargo del cómo los europeos desmenuzan las palabras formando con dos o tres docenas de letras toda la escritura: en vez de que los chinos acuden a una espantosísima escritura, nada menos que de setenta y dos mil caracteres, que en vez de representar las palabras, parece representan los objetos.

Cuán fácil es de probar, tan difícil es para los europeos figurarse lo entorpecido que debe estar el entendimiento en un idioma que tan poco desmenuza el pensamiento. No en balde es aquella lengua tan propia para la poesía, que por maravilla ningún Emperador chino deja de ser poeta.

Esta torpeza de entendimiento, es decir, esta dificultad para las abstracciones, da razón del ningún progreso que hace en las ciencias un pueblo incomparablemente más adelantado que la Europa en las artes mecánicas, y también de aquella su eterna uniformidad en los edificios, trajes, religión y en todas las costumbres. La relación que se hizo seiscientos años ha del estado de China, no discrepa de la que han hecho los viajeros en nuestros tiempos.

Con estos principios no extraña ya la diferencia de las ideas chinas a las ideas europeas. A poder uno ponerse en el caso y en la lengua de los chinos, quizá señalaría el origen de que no hallen diferencia, es decir, que no separen el perfil de las facciones del rostro de sus gradaciones de color; pues además de ignorar profundamente el arte de casar la luz y la sombra por medio del pincel, y de dar relieve a las pinturas, parece preguntan los grandes de la corte, si los originales de las excelentes miniaturas europeas que se les enseñan, tienen en la cara aquellos mismos matices, esto es, aquellos grados de luz y de sombra que ven en los remedos.

Si a un chino se le infundiese de repente un idioma europeo, partido su pensamiento en dos idiomas de aspectos contrarios, se hallaría en contradicción consigo mismo, y arraigado en su idioma nativo, desecharía el idioma extraño, bien así como el agua despide el aceite con que se la bate. Esto cuadra con la observación de que ni en muchos años pueden aprender los chinos casi ninguna palabra europea, en términos de haber tenido que dispensarse los órdenes sagradas de la religión católica a los que pudiesen aprender las meras palabras de la consagración. Cuando vienen acá los chinos, tampoco pueden aprender las palabras europeas. La dificultad que tienen parece ser por el mismo estilo que la de los profesores de música para nombrar fuera de sus tonos las sílabas sol, fa, mi, re, ut. No es pues de maravillar que los chinos no puedan modular las sílabas europeas fuera de sus tonos. Es tan imposible que un chino piense en idioma europeo, como el ajustar un cuadrado con un triángulo. En esta imposibilidad está la seguridad de la otra porción del mundo: de otra suerte, aquella espantable masa pudiera extinguir las lenguas de palabras desmenuzables, retrocediendo así la especie humana, y entorpeciéndose para siempre bajo de un solo dueño universal.

Los descubrimientos de la aguja de marear, de la inoculación y de la imprenta que tanto se ponderan de los chinos, son unos hallazgos muy fáciles en un pueblo tan opulento y de tanta gente.

2. A una lengua que diferenciase las modificaciones de las palabras monosilábicas variando la vocal, le sería muy difícil aislar estas modificaciones. En semejante lengua no se conocerían palabras derivadas; todas parecerían primitivas, y aun serían monosílabas, como sucedía en el Sajón antiguo, y en mucha parte por lo general en las lenguas del norte.

El idioma que principia por ese método, multiplica naturalmente las letras hasta tener veinte vocales distintas, y veinte y cinco consonantes, como se demostrará las tiene la lengua inglesa, y acaso otros idiomas tengan más.

El efecto de semejante idioma es separar demasiado las ideas, figurando distinto por su naturaleza lo que no lo es sino por su modificación. Lo cual, impidiendo ver la semejanza de las cosas, imposibilita sus ideas relativas, y atrasa la operación de generalizar. Si los habitantes de la Noruega tienen una lengua semejante, en ella está la causa de la enorme estupidez que Maupertuis refiere. Puede también aquí observarse que el autor de las distinciones reales entre las formas o cualidades de las cosas, que tanto ruido hicieron en las escuelas, fue precisamente Juan Duns Scott, nacido en país de lengua parecida a la que se ha dicho.

Diferenciando por las letras consonantes las modificaciones de las palabras, es difícil aislar la modificación, porque las letras consonantes no tienen sonido por sí solas; es menester agregarles vocal para separarlas. Debiéndose notar que muchas combinaciones de consonantes finales no pueden soñar, añadiéndoles vocal después; es decir, muchas combinaciones buenas para rematar sílaba no lo son para empezarla, por no permitirlo el órgano de la voz. Las lenguas pues, que empiezan por este rumbo son unas lenguas muy tardías, y los que las tienen llegan difícilmente a hacerse cultos. Hay indicios de que los pueblos del norte estuvieron en este caso. El que sus lenguas hacían muy difícil la separación de las modificaciones de las palabras, lo hace presumir el ver que no parecen haber sido nunca inventores de escritura; pues la que tienen carece de la mitad de los caracteres que necesita, y que tendrían naturalmente a ser allí inventados, coligiéndose de esta reflexión no haber tenido nunca alfabeto propio, sino prestado o advenedizo.

De todo lo expuesto, resulta en limpio que las lenguas más ventajosas para el pensamiento son las que para diferenciar las modificaciones de las palabras toman el rumbo de añadir sílabas y alteradas, como hacen las lenguas del Mediodía. Por esa razón quizá los pueblos del Mediodía se ilustraron más pronto.

3. Entre las modificaciones de las palabras también se nombró el acento. Acerca de éste y de la cantidad de las sílabas se ha escrito mucho el siglo pasado, sin haberse apurado todavía la naturaleza de uno y otro.

Acento es el énfasis con que se pronuncia una sílaba, es decir, el alto que se hace en ella. La cantidad de una sílaba es el tiempo que se gasta en modularla con relación al tiempo de las otras sílabas. Se llama breve o larga una sílaba, según que es breve o larga el tiempo que se emplea en su sonido.

El oído, juez único de la duración de los sonidos, dice que no puede hacerse alto o énfasis en una sílaba sin doblar el tiempo de su modulación. En inglés, en francés, en italiano y en castellano, el verso que termina con acento o alto se mide como si tuviera una sílaba más; de donde se infiere que la duración de una sílaba acentuada vale por dos sin acentuar.

Puede aumentarse la duración de la sílaba sin haber acento. Los franceses no conocen acento, y sin embargo tienen sílabas largas. Al traducir en castellano la letra de cualquier pieza de música francesa, si ha de correr la misma música en la traducción, se experimenta indispensable que a cada sílaba larga en francés le corresponda una sílaba acentuada en castellano, probándose con esto que lo largo en las sílabas francesas, guarda el mismo tiempo que lo acentuado en las sílabas castellanas.

Parece hay vocales imposibles de modular sin gastar doble tiempo en la modulación. Las cinco vocales castellanas son todas de un mismo tiempo; y lo único que se lo dobla es el acento.

En inglés no sólo hay acento, mas también vocales largas sin tenerlo. Lo mismo sucedía en la lengua griega.

Puede pues, haber sílaba larga sin acento, pero no puede haber acento sin alargar la sílaba.

Los que nacen en país donde se habla lengua de acento en todas las palabras de más de una sílaba no pueden hacerse a omitirlo cuando hablan lengua que no lo tiene; y los que están connaturalizados con no tener acento no pueden ponerlo. Por esto ningún francés pronuncia bien el inglés ni el español; y los ingleses y los españoles nunca pronuncian el francés con propiedad.

La pobreza primordial de las palabras hace echar mano del acento para diferenciarlas. La modificación que dependa del acento, o de alargar arbitraria o naturalmente una sílaba, tampoco puede aislarse; y de consiguiente la comprende lo que se ha dicho de las modificaciones hechas con el tono.

Infiérese de todo que las ventajas del idioma chino se deben al buen oído de los primeros que la hablaron; y el no tenerlo otros pueblos produjo acaso la superioridad de su lengua.