El don de la palabra :1

El don de la palabra - Ramón Campos


Capítulo I. Primer aspecto de los idiomas


Las palabras de cualquier idioma pueden dividirse en tres clases: unas expresan la afección del tiempo, como anda, andará, anduvo, y esta clase de palabras se llaman verbos; otras denotan la afección del número, y no la del tiempo, es decir, varían de sonido según que hablan de un solo objeto o de muchos, como cama, camas, y esta clase de palabras se llaman nombres; y las que no significan afección de tiempo ni de número, por no entrar en disputas fuera de sazón, se llamarán por ahora palabras terceras.

Así como el nombre de una cosa la denota o la recuerda por entero, también una palabra sola puede denotar por entero un suceso o una acción: chitón, alborea, obscurece, truena, etc., explican completamente en castellano el mandamiento o ruego de callar, el suceso de alborear, obscurecer, tronar, etc., sin necesidad de suplir mentalmente palabra alguna. Alboreó, obscureció, tronó, etc., son las mismas palabras, pero modificadas. Con que alborear, obscurecer, tronar, etc., que no tienen ninguna modificación, serán las palabras primordiales de estas cosas; quiere decir, la primera creación de los verbos es sin referencia a tiempos ni a personas.

Quitándoles a los verbos la modificación del tiempo y de la persona, no se distinguen de los nombres; son propiamente nombres de sucesos; y por tanto en el origen de las lenguas no puede ocurrirle a nadie diferencia de nombre a verbo, sino que se usan unos y otros indistintamente. Adultas ya las lenguas retienen todavía la costumbre de usar como nombres los verbos en su terminación indefinida, no pudiéndose tachar estas expresiones: amar es pensar, gozar es vivir.

Inventadas las palabras, es forzoso luego modificarlas, unas según el número, y otras según el tiempo, no siendo lo mismo nombrar una sola cosa, por ejemplo, una cama, que dos, tres, cuatro o más camas; ni lo que esté sucediendo es lo mismo que lo sucedido o por suceder.

El que en el primer tiempo del lenguaje va a nombrar una cosa como modificada, viendo reunida la cosa y su modificación, es natural intente denotarlas a la vez en una sola pieza. Modificará pues el sonido de la palabra de la cosa.

También parece natural que la modificación o variación del sonido de la palabra para denotar la modificación de su objeto, esté más bien al fin de ella que no hacia el medio o a su principio, porque el pensamiento del que habla se dirige primero al objeto, y luego a la modificación. Estando al fin de la palabra la modificación de ésta, guarda el mismo orden del pensamiento, y al contrario lo invierte cuando la palabra empieza por la modificación.

Por eso en las lenguas antiguas de que hay memoria los nombres y los verbos varían sus terminaciones: y las lenguas que no lo hacen, acreditan no ser lenguas primitivas en que en vez de suplirlo alterando, como tal vez pudiera ser, el medio o el principio de la palabra, emplean una o más palabras postizas, que delante del verbo se llaman verbo auxiliar, y delante del nombre se llaman preposición o artículo. El que las lenguas pierdan la variación o inflexión de los nombres y verbos es un paso connatural, procedido regularmente de la repentina mezcla de una nación con otra.

Las primeras modificaciones que ocurren en los verbos son las correspondientes al tiempo presente, al pasado y al venidero, es decir, al ser el suceso presente, acaecido o por acaecer, como anda, anduvo, andará. Pero hay varios grados así en lo presente como en lo pasado y en lo por venir.

No es lo mismo decir descanso que estoy descansando; ni aun esto tiene tanta fuerza como estoy descansando ahora. El que buscando a un artesano lo encuentra sin trabajar, puede preguntarle: ¿trabajará vmd. v. gr. de carpintero?, y el otro puede responder que sí, con arreglo a la lengua castellana, aunque haga tiempo que carezca de obra. Y teniéndola aquella temporada, aunque en el momento esté sin trabajar, puede responder con verdad, estoy trabajando ahora. La palabra del presente que es ahora, es una palabra genérica que denota la presencia del tiempo indefinidamente, y es aplicable al día, a la semana, al mes, al año, a la edad, al siglo, y aun a la eternidad. Se dice bien ahora en este día, ahora en este año, edad, siglo; y al ser eterno le toca decir: ahora en la eternidad.

También en lo porvenir, el oráculo que le dijese a uno morirás, no le daba ninguna noticia; pero diciéndole morirás hoy, mañana, etc., era anuncio muy distinto.

Tampoco en lo pasado es lo mismo estuviste, que has estado.

Esta variedad de presente, pasado y venidero puede combinarse de varios modos (como explica muy claramente la juiciosa gramática de la Real Academia española), y exigir otras diferentes modificaciones en los verbos.

Además del tiempo, puede darle modificación al verbo en el ánimo del que lo profiere, amenazando, deseando, mandando, esperando, temiendo, burlando, etc., y nacer otros tantos modos de variar la cadencia del verbo en todos los grados de los tiempos. De esta clase de modificaciones son buen ejemplo el modo de mando que los gramáticos llaman modo imperativo, v. gr. salid, poneos, y el modo o tono de deseo, que llaman optativo, v. gr. llueva, truene, caiga, etc.

La terminación del verbo también está sujeta a otras modificaciones que la del tiempo, y la del modo o tono.

De los verbos, unos denotan sucesos sin relación a nadie, como llover, hacer frío, haber ruido, ser tarde, etc. Otros denotan el suceso con relación a sus agentes o a sus recibidores. No es lo mismo ser el agente que el recibidor o paciente; ni el ser uno u otro que las dos cosas a la vez: llevo, soy llevando, llévome son tres ideas diferentes. Un mismo verbo puede recibir estas tres modificaciones en todos los tiempos y modos o tonos, naciéndole con esto tres voces, como llaman los gramáticos, a saber, voz o terminación activa, es decir, el sonido del verbo en boca de su agente; voz pasiva, es decir, el sonido del verbo respecto de su recibidor o paciente; y la voz tercera, que es peculiar de la lengua castellana, puede llamarse voz doble.

La serie de las cadencias o terminaciones del verbo en todos los tiempos, tonos y voces de cada lengua se llama su conjugación, quiere decir, el juego de su cadencia o a secas su juego. Conjugar pues o jugar un verbo es dar todas sus inflexiones a la raíz.

La conjugación de los verbos en el griego era más larga que en las presentes lenguas europeas. Tal vez otros idiomas la tengan mayor, no habiendo en esto más límites que el del órgano de la voz, la memoria, la precisión y las circunstancias eventuales.

Al conjugarse de distinto modo cada verbo, se confundirían las conjugaciones. El deseo pues de entenderse hace naturalmente asemejar las conjugaciones, de manera que en sabiendo jugar tres o cuatro verbos, se saben jugar todos los verbos.

La frecuencia, la tardanza, el aumento, la disminución y otras muchas cualidades, pudieran muy bien afectar todavía a los verbos, y constituirles otras tantas voces; quizá haya lenguas donde las tengan. Pero poniendo este género de modificaciones hacia el medio del verbo, como en manosear, enamoricar, cantusar, etc., entonces no hacen novedad en la conjugación.

De los nombres se ha dicho ser lo natural variarles la terminación, según que denoten un individuo, dos, tres o más; y estas modificaciones constituyen lo que se llaman números de los nombres. En el griego los números de los nombres eran tres, singular, plural y dual, es decir, terminaban los nombres de distinto modo según que nombraban un individuo, dos o más. Acaso tengan más números los nombres en otras lenguas.

También los verbos necesitan denotar si hablan de un solo agente o paciente o de muchos, no siendo lo mismo ando, andas, que andamos, andáis; y consiguientemente los verbos admiten en cada voz, tono y tiempo la misma serie de números que los nombres; debiendo denotar al mismo tiempo si la acción o suceso, que ellos rezan, parte del que habla o del que no habla, si de uno o de muchos.

El modo de herir el verbo al nombre es una modificación del nombre. Me corren, conmigo corren, son diferentes expresiones para el nombre, y una misma para el verbo. Por eso la diferencia está en el nombre; me y conmigo son un mismo nombre mostrando distinta modificación, aunque expresada con irregularidad respecto de lo principal. Lo natural es denotar esta diferencia de heridas, afecciones o modificaciones del nombre, variándole la terminación tanto en el número singular, como en el dual o en cualquiera otro número que los nombres tengan en la lengua.

El número de las modificaciones del nombre no tiene coto señalado por la naturaleza. La variedad de la terminación en el nombre según la variedad de su modificación, se llama caída o caso. El número pues de los casos del nombre no reconoce límite señalado: en unas lenguas hay más casos y en otras menos. Los griegos tenían cinco casos; otras lenguas cuentan hasta diez.

El caso que los gramáticos suelen llamar nominativo o nombrador, no es caso, no recibe modificación sino en la voz pasiva: en la voz activa es el agente, como también en la voz doble. La creación pues primordial de los nombres es el nominativo.

El variar o producir la serie de las terminaciones de un nombre, lo llaman declinarlo; y a la serie de sus terminaciones la llaman declinación; aunque a la verdad sería más castellano llamar aquello jugar los nombres, y a esto, su juego.

Los nombres en cualquier idioma pueden subdividirse en dos clases: los unos, como tronco, pared, dueño, denotan sustancias existentes o ideales, y se llaman nombres sustantivos; los otros, como flaco, feo, verde, etc., denotan cualidades o predicamentos de las sustancias, y las llaman los gramáticos nombres adjetivos o juntadizos.

Como a los principios del lenguaje deben ser muy violentas e irregulares las colocaciones de las palabras al modo de las que hace todo aquel que con media docena de palabras tiene que entenderse con extranjeros, es natural en lo primitivo de las lenguas, principalmente en las cláusulas largas, asemejar la terminación de los adjetivos a la de los sustantivos a que se refieren, así como para armar los muebles voluminosos a cada pieza y al lugar de su encaje, se les pone una misma marca. En esta expresión:

O más dura que el mármol a mis quejas, y al encendido fuego en que me quemo, más helada que nieve, Galatea, etc.

Es claro que los adjetivos dura y helada se refieren a Galatea por tener la misma terminación. Si dijese:

O más duro que el mármol a mis quejas, y a las voraces llamas que me abrasan más yerto que la nieve, Nemoroso, etc.

También era claro que duro y yerto casaban con Nemoroso; y no hubiera tal claridad, ni por consiguiente podría hacerse la trasposición, a no asemejar la cadencia de los adjetivos a la del sustantivo. Es pues natural en el principio de las lenguas asemejar los adjetivos a los sustantivos en todas sus cadencias y números: es decir, lo primordial de las lenguas es declinar los nombres adjetivos igualmente que los sustantivos, y aun por todas las clases de declinaciones, pudiendo aplicarse cada adjetivo a sustantivos de todas ellas. Cada adjetivo pues adquiere naturalmente los mismos números y casos que los sustantivos, y varias terminaciones para cada caso. Para cada uno de éstos en el griego y en el latín, tenían comúnmente tres terminaciones los adjetivos; y quizá en otras lenguas tengan más por no poderse reducir a tres solas clases en ellas las declinaciones de los sustantivos. Las irregularidades forzosas en las declinaciones y las conjugaciones, a vueltas de hacer más difíciles los idiomas, les quitan la uniformidad y la cacofonía, y los hacen más agradables y armoniosos.

Los gramáticos, solícitos más bien de la erudición que de la filosofía, incurrieron en la impropiedad de llamar género o sexo a la consonancia del adjetivo con el sustantivo, como si el decir, v. gr. zapato nuevo y no nueva, fuese porque el zapato tenga algún sexo, como dicen, masculino, cuyo dicho pareciendo naturalmente insensato, hace que algunos escritores de las naciones donde se perdió la conformidad en las cadencias de los nombres, en vez de llorar la ruina de su idioma propio, y de escribir afrentados del miserable estilo a que les fuerza, pretendan ridiculizar petulantemente el naturalísimo uso de la declinación de los adjetivos.

También los verbos, además de todas sus modificaciones explicadas, pueden tomar en mucho o en parte la terminación de los sustantivos a que se refieren. Algo de esto sucede en la lengua lemosina, y como que hubo principios de ello en el castellano antiguo.

Los nombres, además de la afección del número y de la modificación o dependencia, pueden expresar en el sonido si la cualidad real o la sustancia ideal que recen, es nativa o habitual, inherente o pasajera, en propiedad o en semejanza, en mucho grado o en poco, agradable o desagradable, fea o ridícula, etc. Los grados del tamaño también se pueden extender a los nombres.

La modificación del sonido de los nombres para denotar esta clase de afecciones, no es creíble se haga arbitraria sino espontáneamente a sugestión de la naturaleza misma.

No es rara la ocurrencia espontánea de imitar con la terminación de un nombre la de otro nombre, con quien se le quiere denotar semejanza o dependencia. De este principio dimana, como se ha dicho, la declinación de los adjetivos.

Por ejemplo, el alterarles a los nombres castellanos su terminación usual, y trocársela en on para denotarles el aumento que se les denota en castellano, pudo originarse de que el nombre del bulto mayor conocido tuviese cabalmente esa terminación. Las terminaciones postizas de disminución, de fealdad, de horrura, ridiculez, desprecio, etc., que hay en la lengua castellana, pueden proceder de un origen semejante.

A veces puede obtenerse el mismo intento por vía de composición. Por ejemplo, teniendo en castellano tanta extensión la palabra cara o haz, que por ser monosílaba es muy propia en lo primordial para entrar en composición, fue muy fácil que de fallo y haz hiciesen falaz; de monte, ir y haz pudieron formarse montar y montaraz. Pero esto no es más que indicar el método.

También ciertas modificaciones de las palabras pueden provenir de alguna imitación espontánea de las cosas. Por ejemplo, el arranque de los pájaros, cuyo ruido se remeda naturalmente con las batidas de la rr, al mismo tiempo de ser quizá la raíz de los verbos arrancar y correr, puede haber introducido la adición de la sílaba re a las palabras para denotar la repetición o la mucha cantidad, como espontáneamente suelen hacerlo los españoles, equivaliéndoles al grado superlativo.

Del mismo modo que al pronto de inventarse el arte de escribir, no es natural haya puntos, comas ni acentos que correspondan a los altos y bajos de la voz, a sus pausas y divisiones, sino que todo vaya seguido, quedando bastante confusa la escritura; así también en la primera invención del idioma, no es creíble sean naturales aquellas palabras terceras que ligan y particularizan las expresiones: cuyo defecto parece natural suplirlo a fuerza de repeticiones y paradas, bien en algún modo como en los libros antiquísimos, se suple la falta de ortografía, escribiendo a parrafitos de dos o tres renglones cada uno.

Hasta aquí llega el primer aspecto de los idiomas. El resto de su teórica dimana de la abstracción o separación de las ideas, cuya operación, como en medio de haber ocupado desde Aristóteles acá tantos escritores grandes, señaladamente en este siglo pasado, guarda escondida aún su naturaleza, hace indispensable el arrojo de buscársela para destruir, si es posible, la confusión y desavenencia de los literatos, y cortar de un golpe este nudo más que gordiano.