El cura de vericueto/Segunda parte/V

IV
El cura de vericueto
Segunda parte - Capítulo V

de Leopoldo Alas


Al llegar a este punto en su lectura, Higadillos, que estaba verde, se inclinó sobre el arca que habíamos sacado de su escondite, que era bajo la cama del difunto, y empezó a sacar papeles y papeles, todos iguales, todos pequeños y escritos sólo por un lado. Unos cuantos renglones y una firma; la firma del barón de Cabranes. Eran los recibos de las cantidades que Celorio, el cura de Vericueto, había entregado a su acreedor para ir matando la deuda, el cáncer de su vida. Celorio había visto la tierra de promisión: la libertad. Moría cuando ya no debía nada. Por eso contaba Ramona que pocos días antes, como un pobre ciego se había parado a la puerta rascando el violín, al ir a echarle ella con cajas destempladas, según costumbre, oyó la voz del amo que gritaba:

-¡Que pase quien sea! ¡que pase!

Y había pasado el ciego, y el cura, con cara de Pascua, le había entregado dos monedas de dos pesetas, que había cobrado aquella tarde y con las cuales había dormido la siesta apretándolas e el puño.

Aquellas cuatro pesetas de ser las primeras realmente suyas de que podía disponer el siervo de su deuda, después de tantos años.

Al presenciar tal locura, tal liberalidad, Ramona había murmurado:

-¡El amo está de muerte!

Y murió, en efecto, a los pocos días.

[...]

Lo malo era que Higadillos ya había publicado en una Biblioteca diamante muy cuca, el poema burlesco que había terminado aquel verano. Y por cierto que, sin saberse por qué, había gustado, se vendía bien y el editor le había entregado algunos miles de reales, pocos miles, dos o tres.

-¿Qué hago yo con este dinero? -me preguntaba Higadillos, avergonzado, pensando en las calumnias humorísticas de su poema, en el gato del cura -de viejas peluconas bien repleto, que él había heredado y no era más que un montón de papeles inútiles.

-¿Qué hago yo con este dinero?

Por fin hizo lo que yo le aconsejé:

Lo gastó mandando decir, por el ama del cura de Vericueto, las mismas de San Gregorio.