El crimen de Sylvestre Bonnard: 007

El crimen de Sylvestre Bonnard: El crimen de un académico (1907)
de Anatole France
traducción de Luis Ruiz Contreras


25 de octubre de 1859.


Ya resuelto mi viaje y hechos los preparativos, sólo me faltaba advertírselo a mi criada. Confieso que me costó no pocas vacilaciones anunciarla mi partida,temeroso de sus requerimientos, sus burlas, sus reproches, sus lágrimas. Es una buena mujer, me decía; me tiene afecto; intentará convencerme, y bien sabe Dios que cuando quiere algo no escatima gestos, gritos, ni palabras. Llegado el momento pedirá auxilio a la portera, a la asistenta, a la colchonera y a los siete hijos del frutero; me rodearán; caerán todos de rodillas ante mí; su dolor y sus lágrimas les pondrán unos semblantes horribles, y cederé por no verlos. Tales eran las espantosas imágenes, las pesadillas febriles que el miedo amontonaba en mi imaginación. Sí, el miedo, el miedo fecundo, como dice el poeta, engendraba esos monstruos en mi cerebro. Porque, lo confieso, en estas páginas íntimas: mi criada me da miedo. No ignoro que sabe que soy débil, y esto me quita todo el valor en mis luchas con ella, luchas frecuentes en las que sucumbo de un modo inevitable.

Pero era preciso notificar a Teresa mi decisión. Entró en la biblioteca con un fajo de leña para encender un poco de lumbre, una llamarada, como dice. Las mañanas son frescas. La observaba yo por el rabillo del ojo mientras estaba acurrucada con la cabeza metida en la chimenea. No sé de dónde me vino el valor, pero no vacilé. Me puse a pasear de un extremo a otro de la estancia.

—A propósito —la dije con tono risueño y con esa fanfarronería propia de los cobardes—, a propósito, Teresa: me marcho a Sicilia.

Después de hablar esperé con mucha inquietud. Teresa no respondía. Su cabeza y su cofia continuaban hundidas en la chimenea, y nada en su persona, que yo observaba, reveló la más pequeña emoción. Metía astillas debajo de los leños; nada más.

Al fin pude ver su rostro, y su indiferencia, su tranquilidad me irritaron.

"Sin duda —me dije para mis adentros esta solterona no tiene corazón. Me deja partir sin decir palabra. ¿Tan poco significa para ella la ausencia de su viejo amo?"

—Vaya donde guste, señor —me dijo al fin—, pero vuelva usted a las seis en punto. Tenemos para comer un plato que no espera.