El corsario
de Lord Byron


 De cien galeras la soberbia escuadra 
 en la bahía de Coron hoy flota, 
 y los blancos cristales del serrallo 
 lámparas mil con su esplendor coloran. 
 En nocturno festín celebra ufano 
 Selim-pachá la próxima victoria 
 en que al corsario arrancará cautivo 
 del hondo nido de sus negras rocas. 
 El lo ha jurado por Alá y su alfanje, 
 y ha de cumplirlo. Las vecinas costas 
 cubren las naves de doquier venidas, 
 y los marinos con canciones roncas 
 hieren los aires, celebrando alegres 
 la rica presa y la cercana gloria. 
 Ya se reparten fáciles cautivos, 
 y con desprecio a sus contrarios nombran; 
 los centinelas duermen descudiados 
 y al enemigo en sueños lo derrotan. 
 Los otros van dispersos por la playa 
 y su valor ejercitando, acosan 
 a los esclavos griegos; ¡digna hazaña 
 que la energía de los turcos honra, 
 sacar la espada y espantar a siervos! 
 Hoy se contentan con quemar sus chozas, 
 y compasivos derramar desdeñan 
 sangre que inútil su valor desdora. 
 Tan sólo a veces el capricho alegre 
 hace esgrimir sus cimitiarras corvas; 
 para ensayar la fuerza de su brazo 
 la débil hebra de la vida cortan. 
 En tanto esperan en bullente orgía 
 ligeras pasen las nocturnas horas, 
 que los esclavos, si su vida estiman, 
 gozosos digan sus canciones todas, 
 y que el furor no brote de sus pechos 
 mientras les miren dominar sus costas. 

 En su palacio, en medio de los jefes, 
 Selim sobre un diván muelle reposa: 
 Ya terminó el banquete, y él aún bebe 
 el vedado licor en anchas copas. 
 En torno suyo los esclavos pasan 
 las tazas llenas del café de Moka; 
 las largas pipas con las nubes de humo 
 llenan la estancia y el ambiente aroman, 
 mientras que bailan sueltas las almeas 
 al agrio son de destempladas notas. 
 A la mañana ocuparán sus naves; 
 pues como el mar de noche se alborota, 
 mejor se duerme sobre blandos lechos 
 que no arrullados por movibles ondas. 
 Olvidan, pues, el próximo combate 
 hasta que nazca la cercana aurora: 
 ellos entonces lucharán valientes, 
 más por su Dios que por su propia gloria; 
 su número y sus naves justifican 
 la confianza del pachá orgullosa. 

 De pronto vese tímido que avanza 
 el negro esclavo que a la puerta ronda, 
 y antes de hablar inclina la cabeza 
 y con la mano el pavimento toca. 
 -«Señor, licencia para hablaros pide 
 un dervis, que a la puerta llegó ahora, 
 y que escapó de la isla del Corsario.» 
 Sale el esclavo a una señal, y torna 
 con el santo dervis. Los brazos cruza 
 sobre el oscuro verde de su ropa; 
 su marcha es lenta y vacilante, humilde 
 su mirada; en su aspecto se denota 
 más que la edad la penitencia austera; 
 no el temor sus mejillas descolora; 
 con el cabello que a su Dios consagra 
 el ancha frente pálida corona. 
 Un capuz cubre el rostro, y llena el pecho 
 sólo el amor de las celestes glorias. 
 Modesto, mas no tímido, sostiene 
 tranquilo la mirada escrutadora, 
 de los que antes que el Pachá le hablase 
 mudos aguardan que el silencio rompa.