El corsario:III

El corsario de Lord Byron


 No cual los héroes es de antigua raza, 
 de alma infernal, mas de beldad divina, 
 el misterioso capitán: su aspecto 
 no la curiosa admiración excita; 
 só las negras pestañas, solo un rayo 
 de oculto fuego concentrado brilla. 
 No iguala a la de un Hércules su talla; 
 mas fornido es y fuerte, y quien le mira 
 con tranquila atención, algo descubre 
 de superior en él. Todos admiran 
 la honda impresión que su mirada causa, 
 que todos sienten y ninguno explica. 
 El sol ardiente que las playas dora 
 quemó en largas jornadas sus mejillas; 
 pálida y ancha es su serena frente, 
 y su abundante cabellera riza 
 medio la cubre; irónicos sus labios, 
 los pensamientos que ocultar ansía 
 a su pesar descubren desdeñosos. 
 De sus facciones las marcadas líneas 
 y de su tez cambiante los matices 
 atraen y turban a la par la vista; 
 y parece que ocultos pensamientos 
 en su alma incierta confundidos lidian. 
 Mas su secreto es ese: su mirada 
 los ojos que atrevidos la examinan 
 hace al punto bajar, que el de sus rayos 
 pocos audaces sostener podrían 
 el encuentro fatal que el alma hiela. 
 Vaga en sus labios infernal sonrisa 
 que cólera y espanto al par provoca: 
 y donde su mirada cae sombría 
 las alas tiende la Esperanza y huye, 
 y eterno adiós la Compasión suspira. 

 ¡Cuán débil del culpable pensamiento 
 es el signo fugaz! Honda guarida 
 del escondido corazón los pliegues 
 son al genio del mal. Cuando palpita 
 el dulce amor en nuestro pecho, el alma 
 feliz irradia el fuego que la anima 
 y alegre su pasión publica al mundo: 
 el odio, la ambición y la perfidia 
 sólo en sonrisa amarga se revelan. 
 Labio que arquea leve la ironía, 
 ligera palidez que mate cubre 
 faz observada, signos son que indican 
 de profunda pasión oculto fuego. 
 Sólo en la soledad sorprenderías, 
 invisible testigo, sus afanes. 
 Entonces en la marcha interrumpida, 
 en los ojos que al cielo se levantan, 
 en las cerradas manos convulsivas, 
 en el pálido rostro contraído, 
 en las pausas que cortan su agonía 
 cuando el culpable súbito se vuelve 
 y sueña escuchar pasos, y que espían 
 el vago afán de sus terrores piensa, 
 en el fuego que inflama sus mejillas, 
 en el frio sudor que su sien baña, 
 de su alma enferma los misterios mira, 
 si hacerlo puedes sin temblar. El sueño 
 es ese que tras ásperas fatigas 
 le da el reposo. El corazón ya mustio 
 en abandono y soledad se agita 
 de un pasado fatal con el recuerdo. 
 Contempla su alma. -¡Oh!, no; ¿quién osaría 
 siendo sólo un mortal, clavar los ojos 
 del corazón humano en la honda sima? 

 Y no a ser jefe de piratas rudos 
 del negro crimen en la odiosa vía 
 nació al mundo Conrado: su alma noble 
 sufrió tenaz violentas sacudidas 
 antes que al hombre declarando guerra 
 del cielo airado renegase altiva. 
 Del desencanto en la infecunda escuela 
 vio la llama apagarse de su vida: 
 para humillarse en demasía austero, 
 para ceder soberbio en demasía, 
 cual predilecta víctima, en el mundo 
 blanco juzgose de traidoras iras. 
 Y cual causa fatal de sus tormentos 
 su altanera virtud maldijo un día, 
 en vez de maldecir a los que infames 
 del abismo arrastráronle a la orilla. 
 Si de sus beneficios el tesoro 
 de los ingratos a la turba indigna 
 el prodigado imprevisor no hubiera, 
 conservara tal vez su propia dicha; 
 mas no lo quiso ver: y calumniado 
 cuando feliz su juventud hervía, 
 odio insensato a los mortales lento 
 creció en su corazón; de voz divina 
 creyó escuchar la vocación sagrada 
 que de soñadas culpas vengativa, 
 sobre el linaje humano le arrojaba 
 cual rayo de su cólera encendida. 
 Sintiéndose culpable, más culpables 
 juzgaba a los demás: hipocresía 
 llamando a la virtud, imaginaba 
 que en el secreto de cobarde intriga 
 ocultaban al mundo los honrados 
 lo que él osaba al resplandor del día. 
 Detestábanle: nada le importaba; 
 los mismos que le odiaban, a su vista 
 temblaban de pavor. Sólo de orgullo 
 nutriendo en hondo afán su alma egoísta, 
 quiso al desprecio inaccesible hacerse 
 de su altivez sobre la agreste cima. 
 Espanto siembre su temido nombre; 
 despierte su valor ansiosa envidia; 
 ódienle enhorabuena; mas que nadie 
 se atreva a despreciarle. -El hombre pisa 
 débil oruga, mas el pie detiene 
 si enroscada culebra ve dormida: 
 el gusano levanta la cabeza 
 mas no su muerte venga; el áspid silba, 
 enlázase al contrario moribundo, 
 el dardo ponzoñoso airado vibra, 
 y muere, sí; pero vengado muere, 
 y aunque aplastan su frente, no le humillan. 

 Siempre el alma culpable oculto un resto 
 conserva de virtud: cándido brilla 
 entre odios acres sentimiento puro 
 de Conrado en el alma. El mundo indigna 
 juzga del hombre esa pasión de niños 
 que es quizá objeto de su mofa impía; 
 Conrado empero resistiera en vano 
 a ese afecto que tierno le domina, 
 al que de Amor el lisonjero nombre 
 negar no puede su altivez esquiva. 
 Sí; un amor es, sereno, inalterable, 
 que no enturbió jamás nube sombría, 
 jamás! En vano a sus audaces ojos 
 presentábanse hermosas cien cautivas: 
 sin despreciar adusto sus encantos, 
 sin pretender amante sus caricias, 
 pasaba por su lado indiferente. 
 Cariñosas, de amor languidecían 
 las beldades en vano en sus cadenas; 
 jamás en su fatal melancolía 
 la más ociosa de sus largas horas 
 quiso en sus brazos abreviar. Si digna 
 es del nombre de amor firme ternura 
 en vano tenazmente combatida 
 por el dolor, la ausencia y la desgracia; 
 noble pasión que el tiempo no amortigua, 
 que lucha audaz con la contraria suerte, 
 que nunca suspiró queja furtiva 
 en los tormentos del dolor; alegre 
 siempre al regreso, siempre a la partida 
 la ansiedad del amante reprimiendo 
 porque a su tierna amada no le aflija; 
 afecto puro nunca desmentido, 
 que nunca el tiempo aminorar podría: 
 si eso se llamaba amor, Conrado amaba, 
 era en verdad muy criminal; inicuas 
 sus hazañas; sus odios infernales: 
 no así aquella pasión. La mano fría 
 del crimen duro al apagar su alma 
 sólo de fuego le dejó una chispa: 
 de todas las virtudes la más dulce 
 aún arde de su pecho en las cenizas.