El corazón de la mujer/Introducción


El corazón de la mujer es un arpa mágica que no suena armoniosamente sino cuando una mano simpática la pulsa.

El alma y el corazón de una mujer son mundos incógnitos en que se agita el germen de mil ideas vagas, sueños ideales y deleitosas visiones que la rodean y viven con ella: sentimientos misteriosos e imposibles de analizar.

El corazón de la mujer tiene, como el ala de la mariposa, un ligero polvillo; y como ésta pierde su esmalte cuando se la estruja: el polvillo es la imagen de las ilusiones inocentes de la juventud que la realidad arranca rudamente, dejándolo sin brillo y sin belleza.

La mujer de espíritu poético se penetra demasiado de lo ideal, y cuando llega a formarse un culto del sentimiento, sobreviene la realidad que la desalienta y aniquila moralmente. No preguntéis la causa de la tristeza que muestran algunas, o del abatimiento, la amargura o aspereza que manifiestan otras: es porque han caído de la vida ideal, y la realidad ha marchitado sus ilusiones dejándolas en un desierto moral. Muchas no saben lo que ha pasado por ellas, pero llevan consigo un desaliento vago que les hace ver el mundo sin goces; viven solamente para cumplir un deber, y se convierten en beatas o amargamente irónicas.

La mujer soltera que no ha sido amada ha hundido su corazón en un abismo de desengaños y tiene lugar un pedazo de carbón petrificado. Cultiva odios y venganzas, porque habiendo sufrido horriblemente, no quiere ser sola en su dolor y desea que la humanidad lo sufra también. Pero la que ha sido amada y ha amado es un ser angelical. En sus pasadas dichas como en sus pesares y desengaños, el corazón ha permanecido siempre abierto a todos los sentimientos tiernos. Perdona todo al mundo en cambio de los dulces sentimientos con los que alguien embelleció su existencia. Poco importa si ese amor ha sido desgraciado, viviendo oculto en el fondo de su alma: las emociones que le procuró y cuyo recuerdo es la esencia de su vida le bastarán para embalsamar el resto de sus días.

El corazón de la mujer tiene el don de guardar el tesoro de su amor que la hace dichosa con solo contemplarlo en lo íntimo de su alma, aunque lo ignoren todos; satisfecha con acariciar una dulce reminiscencia que alimenta sus pensamientos y da valor a su vida.

Toda mujer es más o menos soñadora; pero algunas comprenden sus propias ideas y otras apenas ven pasar las sombras de su imaginación. El hombre culto cuando ama, verdaderamente es siempre poeta en sus sentimientos: la mujer lo es en todos tiempos en el fondo de su alma, porque su corazón siempre ama, sea un recuerdo, una esperanza o la ideal fantasía creada por ella misma.

La mujer es esencialmente nerviosa, es decir exaltada, y adivina fácilmente los pensamientos de los que la rodean cuando se propone fijarse en ellos. Con ese don sobrenatural que la distingue, sabe cuáles son los seres con quienes debe simpatizar y de cuáles debe huir. Sabe desde el primer momento quién la amará y para quién será indiferente. El hombre siente, se conmueve y comprende el amor: el corazón de la mujer lo adivina antes de comprenderlo.

El corazón de la mujer se compone en gran parte de candor, poesía, idealismo de sentimientos y resignación. Tiene cuatro épocas en su vida: en la niñez vegeta y sufre; en la adolescencia sueña y sufre; en la juventud ama y sufre; en la vejez comprende y sufre. La vida de la mujer es un sufrimiento diario; pero éste se compensa en la niñez con el candor que hace olvidar; en la adolescencia, con la poesía que todo lo embellece; en la juventud con el amor que consuela; en la vejez con la resignación. Mas sucede que la naturaleza invierte sus leyes, y se ven niñas que comprenden, adolescentes que aman, jóvenes que vegetan y ancianas que sueñan.

Las mujeres no tienen derecho de desahogar sus penas a la faz del mundo. Deben aparentar siempre resignación, calma y dulces sonrisas; por eso ellas entierran sus penas en el fondo de su corazón, como en un cementerio, y a solas lloran sobre los sepulcros de sus ilusiones y esperanzas. Como el paria del cementerio bramino (de Bernardín de Saint-Pierre), la mujer se alimenta con las ofrendas que se hallan sobre las tumbas de su corazón.