El caballero de las botas azules: 24

Capítulo XXIII
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El caballero de las botas azules Rosalía de Castro


Eran ya más de las dos de la mañana y no se notaba en el palacio de la Albuérniga la animación precursora de una espléndida cena, sino que brillaba sombrío, semejante a una guarida de conspiración, que tal parecían los convidados al penetrar sin que nadie los anunciase en el vasto salón de mármol negro que, iluminado por lámparas opacas, los recibía en silencio, como las tumbas reciben a los muertos.

-¿Qué significa esto? -se preguntaban unos a otros en voz baja. Pero todo era soledad, todo reposo, y parece que el sueño, tendidas la negras alas sobre su predilecta mansión, les decía al oído: «Aunque os creéis despiertos, dormís y soñáis».

Los convidados miraban a todos lados recelosos, y si no se alejaban era por temor a que se dijese de ellos que eran unos cobardes.

Y en verdad que el aspecto que presentaba el salón era imponente. Abiertas de par en par las gigantescas ventanas que daban al jardín más silencioso de la tierra, no se oía otro rumor que el de la fuente, mientras el diáfano y amarillento resplandor de la luna, viniendo a mezclarse con el de las lámparas y reflejándose sobre el negro mármol, formaba una luz en extremo fantástica y de un colorido indescriptible. Al mirarse unos a otros los convidados, casi se temían mutuamente.

-¿Si será ésta una cena de Nerón? -decían.

-Nerón no recibía a oscuras a sus huéspedes, sino que los hacía morir entre ánforas de vino, coronas de flores y mujeres hermosas. Pero nada de eso se ve aquí.

-Aquí no se ve nada. ¿Quién nos ha mandado aceptar el convite de un duende? Esos hijos de las sombras aman la noche, y he ahí por qué nos tiene a oscuras.

Como una respuesta dada a tales palabras, las negras paredes de aquel salón inmenso reflejaron de repente multitud de luces que, como las figuras de los convidados, parecían vagar en un fondo sin fondo.

No hubo quien al pronto no se sobrecogiese de terror, pero al notar que aquella viva claridad venía del jardín, se agolparon a las ventanas para contemplar iluminación tan hermosa como inesperada.

Todo era resplandor en donde, hace un instante, reinaba la noche. Miles de luces parecían brotar a un tiempo del aire, de las hierbas y de las flores mientras la ninfa de la fuente, graciosamente dormida sobre una roca que con ella se reflejaba en las aguas, creyérase que iba a despertar ruborosa y sobrecogida por tan súbita claridad. En torno de la fuente se veían multitud de mesas artísticamente colocadas entre las flores, y pajecillos vestidos de azul iban y venían por aquel laberinto encantador. El cuadro era tan sencillo y tan bello que no pudieron menos de exclamar todos a una voz:

-¡Bien por el duque de la Gloria! -aun cuando muchos aprensivos creyeron desde luego que el duque era realmente un duende, como de él se murmuraba, y no pudieron menos de dar a conocer sus recelos diciendo:

-El señor duque quiere hacernos contemplar bellos efectos de luz por más que esto no sea muy divertido para personas que no han cenado todavía.

-Es harto plebeyo demostrarse hambriento -repuso una voz desconocida, y momentos después el ciego de la guitarra entró en el salón, diciendo con el tono impasible que le era peculiar:

-El duque de la Gloria ruega a sus convidados que se dignen seguirme:

-¡Vaya un mensajero que el tal señor nos envía! -pensaron todos al tiempo que seguían en silencio al taimado ciego.

La luna se había ocultado entre densas nubes y una parte del jardín, cual si lo cubriese un enlutado velo, se hallaba también sumido en negra oscuridad. Pero esto mismo hacía mayor contraste con las luces del mágico resplandor que iluminaban las mesas del convite. Sólo entonces fue posible admirar la suntuosa sencillez con que se hallaba dispuesto el banquete.

Los platos estaban servidos y cubiertos por una fina gasa que dejaba ver sin esfuerzo el oro, el cristal y las rosas, los dorados vinos y las frutas de lejanos países. También se veían allí frescas ostras, tiernos espárragos y pescados tan finos, como desconocidos en la corte, aromáticas fresas, y urracas de almizclado aroma y gratísimo sabor: todo traído por la primera vez de la hermosa y fecunda Galicia, tierra incomparable para el delicado paladar del gastrónomo y bella como ninguna en todas las estaciones para el poeta y el artista.

Los convidados se deleitaron con tan agradable perspectiva, admirando el genio sublime que así sabía distinguirse en las cosas más triviales de la vida, y, casi reconciliados con el malicioso duende azul, ninguno dejó de confesar que el duque de la Gloria era un conjunto de bellos y admirables misterios.

No tardó éste en aparecer vestido como tenía de costumbre; mas, predispuestos como se hallaban los ánimos, produjo con su presencia una impresión más profunda que nunca.

Con un atento saludo contestó a las entusiastas aclamaciones con que le recibieron y, pasando al lugar que debía ocupar en el convite habló, a su huéspedes en estos términos:


EL DUQUE.- Empiezo dando gracias a los señores que me honran con su presencia por haber comprendido que se hallan en el palacio del reposo.

LOS CONVIDADOS.- (Sin saber qué contestar.) ¡Oh! ¡Oh!

EL DUQUE.- Contra mi voluntad me hice esperar este corto tiempo que ha debido parecer a ustedes demasiado largo y enojoso, señores.

LOS CONVIDADOS.- ¡Nada de eso!, ¡oh!, al contrario.

EL DUQUE.- Es demasiada bondad. Pero el señor de la Albuérniga dormía, aún duerme y dormirá según su costumbre y regalía hasta que lo juzgue conveniente. Nos será, pues, forzoso cenar sin él, aunque cabiéndonos la grata esperanza de que al final del banquete vendrá a llenar nuestras copas (Murmullos de sorpresa entre los convidados.) y a brindar, así por esta digna y escogida concurrencia, como por el que ha escrito el gran libro entre los libros, el libro por excelencia sabio y destinado a abrir nuevas y venturosas sendas al pensamiento humano. (Vacilación general, dudas y sobresaltos.) El señor de la Albuérniga, mi más distinguido amigo, será el primero que dé la señal para que se descorra el velo y mane la fuente hasta llenar el gran pozo de la moderna ciencia, como una copa cuyo licor rebosa. (Mayores vacilaciones y murmullos.) Por eso este jardín será desde hoy un lugar de útil enseñanza y de palpitantes recuerdos, y el que quiera saber en lo futuro la moral que ciertos libros entrañaban, sus bellezas y sus glorias, vendrá aquí y obtendrá una elocuente respuesta. (La incertidumbre se halla pintada en los semblantes.) Ya sólo una advertencia me resta que hacer, señores, es ésta la primera y última cena que doy a tan distinguidos personajes, así como mañana será el último día que el bello sol de España alumbre al duque de la Gloria. (Grandes muestras de asombro.) Sí, señores, después de ese día que pronto asomará por el oriente, mi misión quedará cumplida, y nada me restará que hacer en esta hermosa región del mundo, a quien he dado una preferencia cariñosa. (Grandes aplausos.) Esta cena viene a ser, pues, un anuncio y una despedida, una especie de simulacro con el que me complazco en abrir la marcha de la más grande de las victorias, después de las de Alejandro y Napoleón I. Así lo anuncia el Moravo. Será, pues, servida a mi estilo esta cena memorable y ustedes se dignarán dispensarme tal libertad. Cada país tiene sus usos, y cada hombre sus gustos, y yo, señores, que jamás di al olvido las propias costumbres, no he vacilado en ocasión tan solemne en obsequiar con una cena a lo duque de la Gloria a los que se dignan acudir a mi llamamiento. (Tempestuosas aclamaciones; los aplausos duran más que el discurso.)

Después de una breve pausa en la cual se restableció el silencio, el duque agitó el cascabel de la varita negra y Zuma apareció trayendo un alto taburete de terciopelo blanco, en el cual colocó el duque los pies. El brillo deslumbrador de las botas azules se reflejó insolentemente en todos los rostros. Mas, ¿por qué enojarse?, los pies del duque no eran pies, sino dos objetos cuya cubierta exterior estaba elevada a la categoría de maravilla incomparable y digna por lo mismo de ocupar el más alto puesto. Las botas azules quedaron, pues, presidiendo el banquete.

Colocáronse los pajes en torno de las mesas, levantaron las gasas que cubrían los manjares, llenaron las copas, y dio principio el festín. Al mismo tiempo, la cortina de una de las grandes ventanas que hacían frente a las del salón negro se corrió con suavidad y tras ella, en lontananza, tal como ilusión óptica, dejóse ver la bella y reposada figura de un hombre que sepultado en una especie de tumba carmesí dormía, al parecer, tranquila y profundamente. ¡Era el señor de la Albuérniga!

-Todavía descansa; pero nos preside desde el lecho -dijo el duque.

El asombro de los convidados llegó a su colmo. Indudablemente iban a cenar con un duende; mas, ¿qué importaba? Después de todo, les convidada de una manera regia. ¡Oh, si los duendes se divirtiesen en dar cenas como aquéllas!

Las cosas del diablo tienen siempre esa apariencia engañosa y seductora que encanta a los mortales, y quizá por eso los vinos del duque tenían asimismo un sabor añejo que alegraba locamente la cabeza y el corazón. Podemos decir que se bebía sin miedo al infierno y que se comía con ardiente apetito, aun cuando los manjares, aparte de algunos conocidos sólo por inteligentes catadores, eran lo más raro que imaginarse puede. He aquí, si no, una lista de muchos de ellos, que nos parece curiosa.


 Amarguillos a la verdad.
 Soplillos de gabinete.
 Esperanzas de aire.
 Alfileres dulces.
 Pronto hecho.
 Pronto comido.
 Pechuguillas de dama, en salsa a lo jefe.
 Pollos al amor, salteados.
 Cangrejos a lo ministro.
 Pavos de salón en papel.
 Escombros a lo ama de casa.
 Palos de sorpresa.
 Caracoles al diputado.
 Revueltos a la moderna.
 Alondras al minuto.
 Pasteles de banquero.
 Pepitorias a lo editor.
 Agujetas clásicas de limón a lo literato.
 Mermelada de general.
 Manzanas infernales.
 Pudding supremo de la victoria, a lo botas azules.


Como se deja ver, el duque se había esmerado en dar una cena de esas que, apurado el discurso en la elección de manjares, hasta llegar a lo absurdo y lo ridículo, traen a la memoria las de los emperadores romanos. Mas, para que todo llevase allí el sello de lo raro y de lo inverosímil, para que todo fuese tradición y extravagancia en el singularísimo duque, él fue el primero a reírse de aquella tan exagerada como inútil complicación de guisos, fricandós, revueltos y pasteles, diciendo que para su alimento cotidiano le bastaba un buen trozo de ternera y algunas copas de Jerez. Así, añadió con una naturalidad y franqueza llenas de gracia, no podré tomar siquiera, después de esto, ni unas agujetas clásicas ni una mermelada de general, porque de seguro se me indigestarían.

Muchas botellas se habían escanciado, mucho se había hablado y reído; en una palabra, reinaba ya en el convite esa franca y loca alegría que hace olvidarlo todo y que al calor del vino, semejante a un río que engrosa su corriente, crece y crece sin cesar, hasta desbordarse. Es entonces cuando una cabeza fría y pensadora puede contemplar a su gusto el contraste que ofrece la vanidad de las criaturas y la inmensidad de sus miserias; es entonces cuando puede preguntarse a sí misma si el hombre, ebrio siempre, ya de orgullo, ya de amor, ya de vino, siempre cayendo aquí y arrastrándose acullá, puede envanecerse de sus pasajeras victorias, puede creerse mejor que sus semejantes y atreverse a maldecir faltas de que cada uno en particular se hace reo a cada paso.

Las palabras del duque, insolentes acaso como todas las que pronunciaban sus labios, pero dulcificadas por su armoniosa voz, hicieron en los convidados el efecto que hace el primer relámpago que rasga de repente un cielo negro y tempestuoso. Resonaron simultáneamente interminables carcajadas, chocáronse con estrépito las copas, levantáronse todos para brindar nuevamente por el más extraordinario y admirable de los mortales, y fueron tan grandes las exclamaciones y los aplausos, tan entusiastas los vivas que el ruido de un cañonazo no hubiera podido apagar aquel otro ruido más poderoso que el del trueno. Madrid debió oírlo, tal como Roma oyó sin duda el lejano rumor de pisadas de las legiones bárbaras, cuando se acercaban para derribar su soberbio imperio.

Aturdido y casi asustado, abrió los ojos el de la Albuérniga, comprendió que se acercaba el momento supremo, y, después de elevar al cielo una mirada en la cual le ofrecía acaso su cruento sacrificio, se incorporó lentamente en el lecho y se dispuso a saltar al suelo. Corrióse en esto la cortina como lo exigía la decencia, y el duque dijo:

-Mi querido amigo se ha levantado al fin. ¡Dichoso él! Activo y puntual como ninguno le ha conocido todavía, hoy le veremos hacer la señal para que mane la prodigiosa fuente, le veremos llenar nuestras copas en compañía de dos nobilísimas damas, y sonreírnos con la cordial benevolencia de un hombre que se reconcilia con sus semejantes. Me alejo por un instante, señores... También deben venir a amenizar el banquete algunas hermosas esclavas, hijas del Oriente, y es preciso que con mis propias manos abra su encierro.

Desapareció el duque y entre los convidados creció la ansiedad y la confusión. Muchos creían ver ya ante los turbados ojos a las hermosas desconocidas, a quienes el duende azul iba a dar libertad con su mano sedosa y mágica; otros cantaban e improvisaban himnos en honor de aquella noche feliz, y algunos, en fin, inmóviles y sombríos en medio del bullicio general, parecían vigilantes demonios que acechasen el momento de llevar a cabo una venganza con ansia esperada. Entraban en este número Pelasgo y otros críticos a quienes la sola presencia del duque lastimaba su orgullo y exaltaba sus nervios; eran Ambrosio y varios poetas satíricos, eran, en fin, los envidiosos de todo poder, siquiera ese poder se ostente a costa de la dignidad y del respeto que cada hombre se debe a sí mismo; y eran, en fin, algunos editores de índole aviesa, a quienes sin duda habían sentado mal las pepitorias y que veían en pésimo camino la cuestión del gran libro. Respecto a ciertos novelistas, se hallaban completamente satisfechos de sí mismos y sobre todo contentos del buen vino.

-He aquí a Nerón con sus extravagancias y necias burlas -murmuraron del duque los mal humorados cuando aquél hubo desaparecido-. ¿Por qué nos dejamos engañar con tan insulsas supercherías? ¿Nos hemos convertido en estúpidos?

-El diablo puede mucho y el duque es el diablo. Ni Mefistófeles sabría reírse tan descaradamente de todo lo risible, empezando por él mismo.

-Oye pajecillo -le preguntaba uno de los más alegres al que le servía- ¿qué sabes tú del duque?

-Que ha tenido la buena idea de regalarles a sus servidores de una noche este lindo traje y dos monedas de oro.

-Es magnífico como si nada le costase serlo. También lo fuera yo así.

-¿Qué te atreves a murmurar a espaldas de un demonio? -repuso otro más cauto, pero no menos alegre-. A fe de hombre, cómo le temo a ese duque con botas azules, cuando le miro de cerca, y aun esta noche, se me figuraba ver tres duques en vez de uno.

-Los efectos de su magia; mas, ¿qué es aquello que se descubre allí? Un nuevo panorama. ¡Cáspita!, ¿si estaremos, sin saberlo, en una cueva encantada?

Todos los convidados volvieron a un tiempo la cabeza para contemplar un alto monumento cubierto de letreros y perfectamente iluminado, que se levantaba en la parte del jardín antes sumido en tinieblas. Tenía la forma de una fuente, cuyo ancho caño de bronce, suavemente inclinado sobre el profundo pozo del jardín, parecía dispuesto a dejar paso a un torrente.

Los convidados iban a levantarse para contemplar de cerca la nueva maravilla y leer los misteriosos letreros cuando el señor de la Albuérniga apareció tranquilamente, dio un golpe en el gran caño con el puño de su bastón, y una como extraña o impetuosa corriente saliendo del ancho agujero empezó a caer en el hondo abismo de aquel pozo profundo.

-¿Qué es aquello que cae? -prorrumpieron todos a la vez-. Parecen libros, ¿no es verdad? Libros nuevos, completamente nuevos.

-Lo parecen, mas debe ser ilusión nuestra.

-Son libros.

-No son libros.

-Libros son.

-Señora, más tarde hablaremos de eso -dijo el de la Albuérniga, que, habiéndose retirado algunos momentos, se adelantaba ahora hacia los convidados con aire risueño y llevando del brazo a dos damas cuya fealdad sin ejemplo nos ahorra, por esta vez al menos, el necio pecado de las comparaciones. Eran horribles y basta, aun cuando, en esta ocasión, nos resta añadir que venían honestamente escotadas, que traían vestidos de gasa blanca con adornos azules, y que su frente y sus mejillas estaban asimismo del color del cielo. ¡Oh, purísimo éter, cómo fuiste entonces profanado!

Los convidados hubieron de apartar la curiosa mirada de la mágica fuente para fijarla en aquellos espectros, el uno arrugado como manzana de invierno, y el otro hinchado como higo no maduro todavía, según había dicho Zuma.

-He aquí estas nobles damas que vienen a honrar el convite en obsequio al duque de la Gloria -dijo el de la Albuérniga presentando a sus compañeras.

-¡Dos Locustas! ¡Es demasiado! -murmuraron los convidados con asombro-. ¡Esto pasa de chanza! Y para que el cuadro sea completo el cielo va a regalarnos con una tempestad, pues ya algunos relámpagos rasgan las nubes.

-Pero miradlas bien, ¿no son esos espectros las monjas caseras, las chupadoras de aromáticas pastillas, las egoístas, hermanas gemelas del caballero de la Albuérniga, las viejas Cienfuentes en fin?

-¡Cómo! ¿Presentarse ellas aquí, tan coquetas, tan fantásticas, ellas, para quien no existe en la tierra nada verdaderamente bueno ni honesto? ¡Imposible! Serán sus sombras acaso.

-¿Es decir que estamos en el mundo de los espíritus? Mas, he aquí las otras. Las maravillas se multiplican. Sin duda son éstas las esclavas hijas del Oriente. ¡Qué fantásticas también, pero qué hermosas al mismo tiempo! Pasó la muerte y ahora viene la vida. La juventud y la belleza son como el primer rayo del alba: todo se alegra en torno cuando aparecen.

En efecto, las esclavas, hermosas como la alegría, acababan de entrar por diferentes puertas, arrastrando largas túnicas de seda blanca que las cubrían desde el cuello hasta los pies y llevando en la cabeza una gorra jokey, cuya enorme visera les ocultaba el rostro teñido de azul, como el de los espectros.

Difícil, casi imposible, era percibir sus facciones, pero la verdadera hermosura, esa hermosura soberana que empieza desde el ensortijado y sedoso cabello hasta terminar en el diminuto pie, puede decirse que tiene su fulgor particular como las estrellas y su perfume como las rosas: en todo se deja adivinar, y es imposible que permanezca oculta.

Los convidados conocieron, pues, al ver a las esclavas, que eran mujeres admirablemente hermosas, y más vivo interés despertó en ellos el notar que aquellas misteriosas criaturas esquivaban toda mirada y vacilaban en sus pasos cual si se hallasen poseídas de temor, puesto que, buscando la amiga sombra, no habían osado penetrar entre los curiosos que fijaban en ellas sus ojos medio turbados por los vapores del vino.

Afortunadamente para tan singulares hermosuras, cuya mortificación crecía a medida que se aumentaba en los que las rodeaban el empeño de conocerlas, el duque de la Gloria apareció de nuevo en el jardín. Cogida de su brazo venía otra mujer, más singular si cabe que las que allí se hallaban, pero menos fantástica... De duro aspecto, descomedidamente alta y sobrado enjuta, cubría su cabeza con aquella escofieta blanca y almidonada que dejaba reconocer sin esfuerzo a la directora del colegio de la Corredera del perro, a doña Dorotea. Pero lo más singular del caso era que el duque, inclinándose dulcemente hacia ella le hablaba despacio y con el aire amable y galante de un hombre enamorado.

Ni la fuente misteriosa, ni las viejas Cienfuentes, ni las damas jokeys produjeron tanto efecto en los convidados como esta última pareja, y las damas jokeys, las viejas Cienfuentes y el señor de la Albuérniga, así como los demás convidados permanecieron con los ojos fijos en ella, aun cuando no pudiesen oír con toda claridad lo que se decían mutuamente.

-No extraño que no me reconozcas al pronto -murmuraba el duque con aire y acento apasionado al oído de la gigantesca anciana-; el tiempo todo lo borra, ¡ay!, pero no ha borrado tu imagen de mi corazón. Ha cincuenta años que te vi por la primera vez bajo uno de los copudos árboles que rodean la ermita de la Virgen del Puerto y...

-Pero, caballero, ¿qué está usted diciendo? ¿Cómo puede ser eso si usted?... La Virgen del Puerto... ¡Oh! ¿Quién puede saber?...

-Sólo yo y tú lo sabemos, porque soy como una tumba y nunca ha salido de mis labios ese secreto tan amado. ¿No te acuerdas? Yo soy aquél... el mismo que era entonces... un joven como lo eras tú y sigues siéndolo para mí.

-¡Dios me valga! ¿Cómo puede ser eso? Sí... Caballero, ¿quiere usted volverme loca?

-Por piedad, Dorotea mía, no me atormentes y hablemos de tan dichosos días.

-Y aunque eso sea... aquí, entre tanta gente...

-Ninguno se atreverá a dudar de tu virtud... Escucha... Estabas sentada aquella tarde bajo del árbol cuya suerte yo envidiaba, y cuando acerté a pasar, procurando tocar con mi larga capa la falda de tu vestido, te entretenías en romper con los más lindos y pequeños dientes anisillos colorados.

-Sí, eso es verdad. ¡Dios mío, yo me siento desfallecer!

-Es la emoción, amor mío. ¿No te acuerdas? Por mi parte no pude olvidar jamás tus promesas.

-Hable usted despacio... ¡Ay!

-Aquel cuello blanco como la nieve, y...

-¡Santo cielo! ¿Será usted realmente mi...? Pero si ha muerto, y además, lo confieso, yo he debido variar bastante desde entonces porque los años...

-No existen los años para los hombres de mi temple; por eso te veo hermosa como el primer día. Ni yo he envejecido ni tú dejarás de ser nunca joven para mí; ¿cómo si no podría confundirte con aquella niña? Voy a contarte lo que me pasó hace pocos días. Acababa de llegar a Madrid, después de una ausencia de cuarenta años, y lo primero que hice fue preguntar por mi querida Dorotea a cuantos encontraba. Dijéronme que vivías en la calle de la Corredera del perro, me encamino hacia allí y lo que veo al entrar es una joven en quien creí reconocerte, la alcanzo presuroso y, cogiéndola una de sus manos, la estrecho entre las mías con loco frenesí. ¡Ay!, pero no eras tú, y la joven huyó ligera mirándome con espanto.

-¡Mi sobrina! ¡Ay!, ahora lo comprendo todo; Melchor tenía razón. Pero, por otra parte, usted no puede ser él. Dios mío, se me trastorna la cabeza. Esos cabellos son los mismos, sí, pero los ojos no eran así tan brillantes.

-¡Qué pequeñeces, amor mío! Dorotea, soy el mismo que te ha amado y te amará siempre, soy el que realmente ha muerto, pero que no ha muerto al mismo tiempo, porque...

-Dios mío, mi Diego viene a hablarme desde la eternidad... ¡misericordia!

Estas últimas palabras fueron a resonar distintamente en los oídos de los convidados, haciéndoles crispar los cabellos, sobre todo cuando vieron que el duque se reía con la ironía acostumbrada, mientras la vieja se desmayaba realmente.

-No hay que asustarse, señores -añadió el duque, dejando a doña Dorotea reclinada sobre un asiento y rociándole después con agua el rostro-. Los ancianos y los niños se asustan de todo y se impresionan con un soplo. Sólo con haberle recordado a esta buena señora algunas escenas de nuestra juventud, se ha sentido desfallecer.

Los criados llevaron al momento a doña Dorotea; pero los convidados no pudieron tranquilizarse. La velada, el vino y las sorpresas con que les regalaba el duende azul, les tenían trastornada la cabeza: ya ninguno distinguía bien cada objeto ni estaba seguro de si cuanto veía era ilusión o realidad. Algunos, no pudiendo dominar su inquietud, se levantaron de la mesa; pero valiera más que no lo hicieran. Pelasgo fue uno de ellos y, al volver al lado de sus amigos después de haberse acercado a la misteriosa fuente, traía el rostro demudado y pálido como la misma muerte.

-¿También quieres convertirte en fantasma? -le dijeron.

-Aquí se nos ha llamado para escarnecernos -murmuró con sordo acento-; hoy va a haber sangre.

-¿Por qué?

-¿Veis esa fuente? ¿Veis lo que de ella se desprende?... es nuestro honor que se desploma en el abismo... esta cena será memorable... ese demonio burlón lo ha dicho.

Al oír esto, el ánimo de los convidados llegó a un grado de exaltación indescriptible. Ya nadie permaneció en su asiento. Los brindis cesaron: a las risas y los gritos sustituyó un eco sordo y amenazador que se confundía a veces con el de la tempestad que empezaba a rugir en el cielo, y, aunque ninguno sabía cómo iba a concluir tan singular comedia, todos se hallaban dispuestos a la lucha.

El duque hizo oír su voz en medio de aquellos sordos rumores, diciendo:

-Se ha dicho muchas veces, señores, que el mundo es una comedia; pero ¿se sabe acaso hasta dónde esa comedia puede llegar? El Moravo ha intentado probarlo en el libro de los libros, y el mundo juzgará mañana si pudo conseguirlo. Mas observo, señores, que la tempestad empieza a sentirse y que el día nos sorprenderá pronto en nuestros esparcimientos nocturnos..., apresurémonos, pues, a echar los últimos brindis.

Y dirigiéndose al de la Albuérniga, añadió:

-Ha llegado el momento. Tú, que te hubieras extinguido como llama que no da calor a no haberme tropezado en tu camino, haz conocer al mundo que has entrado al fin en la senda de la actividad. ¡Oh filósofo hasta ahora inalterable! Da una muestra del poder de nuestra alianza, llenando en unión con tus compañeros las doradas copas del festín: después de esto, vuestro nombre vivirá con el mío, os habréis regenerado comprendiendo que todos los hombres han sido hechos de lodo y sabréis lo que anheláis saber.

El de la Albuérniga y las viejas dieron principio a su tarea con una prontitud y ligereza digna de todo elogio, mientras el duque decía a las esclavas:

-Venid ahora vosotras, esclavas mías, hermosas hijas del libre pensamiento, que lucháis por romper unas cadenas que sólo desata la muerte; valientes amazonas que no vaciláis en medir vuestras fuerzas con el gigante invisible que os vence... ¡acercaos para rendirme homenaje!... ¡mis botas os esperan!...

Las esclavas vacilaron un instante, y aun retrocedieron como si rehusasen obedecer, pero, al fin, una tras otra se inclinaron a los pies del poderoso duende.

Entre los convidados se levantaba en tanto un murmullo de desaprobación que crecía por momentos.

-El que esto permite es tan miserable como el que lo hace -decían.

-Son ellas... Casimira y la condesa Pampa... y aquella... Marcelina la criolla.

-¿Se habrán rebajado y atrevido a tanto? Las ricas, las orgullosas... ¡no puede ser! Todo esto es magia, ilusión...

-¡No importa! De cualquier modo, es preciso que, hombre o demonio, muera hoy el duque. Tanto insulto no puede quedar sin venganza.

-Que muera... Esa fuente vierte en un pozo profundo el fruto de nuestras vigilias. Dramas, novelas, historias, periódicos, versos, la mayor parte de lo que constituye la moderna literatura va a pudrirse en semejante abismo. Esos letreros dicen los nombres de los autores cuyas obras se hallan destinadas a llenar el pozo de la moderna ciencia. ¡Irrisión sin ejemplo! ¡Y todos esos autores se hallan aquí! ¿Comprenden ustedes esto? Es el insulto más sangriento que ha podido hacerse a los escritores en tiempo alguno. Todos tenemos derecho a descargar nuestras iras sobre ese demonio, y morirá.

-¡Atención! Las esclavas han besado las botas... ¡Vergüenza!, veamos cómo quiere concluir la fiesta.

El duque fingió no oír cuanto se murmuraba en torno suyo y, apenas las esclavas se inclinaron ante él, tendió las manos sobre sus cabezas y les dijo:

-He aquí cómo en vez de ser fuertes como la encina, os mostráis débiles como la hoja marchita a quien el viento más liviano arrebata a donde quiera, ¡todas lo mismo! Será, pues, forzoso que os devuelva la libertad, mas no sin deciros que la mujer, así en Oriente, como en Occidente, así en la civilizada Europa, como en los países salvajes, sólo podrá vencer sabiendo resistir; idos en paz.

Las esclavas se alejaron tambaleándose como si fuesen a caer y el duque volviéndose hacia los convidados, añadió:

-Esas pobres hijas de la esclavitud aman la libertad como el mayor bien de la vida, pero no han comprendido todavía la manera de alcanzarla. Compadezcámoslas, no obstante: toda mujer es digna de compasión, sólo por serlo.

De entre los convidados se adelantó entonces hacia él un joven de noble aspecto, quien, con voz trémula y al mismo tiempo llena de amarga ironía, le dijo al duque.

-A esas mujeres les bastaba haber sufrido en su patria los horrores de la esclavitud sin que tuviesen que soportarlos también en un país libre, y le advierto al señor duque que ningún hombre insulta de tal modo en mi presencia a una mujer cualquiera que no me dé por ello una satisfacción.

-A ellas debía pedírsela usted, caballero, pero estoy pronto a dársela en su nombre, cuando y como usted quiera -repuso el duque sonriendo de una manera que desesperaba a cuantos le contemplaban.

Pelasgo se interpuso al punto entre Carlos, que era el que había hablado primero, y el de la Gloria diciendo.

-Amigo Carlos, usted me perdonará, pero este caballero ha contraído conmigo hace largo tiempo una deuda que va a pagarme enseguida.

-¿Quién es usted, amigo mío? -le preguntó el duque mirándole de tal modo que algunos no pudieron menos de soltar la carcajada-, ¿su nombre de usted se hallará inscrito en esa fuente cuyo recuerdo ha de pasar a la posteridad?

-Se lo diré a usted ahora con la punta de una espada -gritó Pelasgo ciego de ira. Los convidados se agruparon en torno de ellos.

-¡Vaya! -repuso el duque con una naturalidad que contrastaba notablemente con el trágico aspecto de cuantos le rodeaban-. No me he engañado... Y ha escrito novelas terriblemente histórico-españolas, de las muchas que están llenando el pozo de la moderna ciencia... lo conozco por lo de la espada... pero no estamos en los tiempos de Bayardo, y las espadas son demasiado pesadas para los hombres de hoy, que sólo saben manejar estos instrumentos de niño -y sacó al mismo tiempo de los bolsillos dos magníficos revólveres que puso a la altura de todas las miradas y que volvió a guardar tranquilamente, diciendo a los que se habían retirado un paso llamándole cobarde:

-No hay que asustarse señores; no soy duende asesino...

-Con esas armas nos batiremos usted y yo si antes no le matan mis amigos -gritó Ambrosio, frenético.

-Lástima es que en vez de estas botas azules tan encantadoras no tenga yo cien vidas para pagar tantas deudas -replicó el duque riendo, y añadió:

-Estoy pronto a dar esta misma noche y en este mismo sitio cuantas satisfacciones se me exijan; mas sepan ustedes antes por qué les he llamado: ello es al fin muy curioso. Les he llamado a ustedes, señores, a fin de que presenciasen un acto importante y trascendental para España y de buen ejemplo para la Europa entera en una época en que tanto se escribe... cuantos ejemplares he podido encontrar de las obras de... y de... -el duque empezó a nombrar rápida y distintamente infinitos nombres de varios autores, muchos allí presentes- se han acumulado en esa fuente, para que en presencia de todos llenasen con acompasada y solemne gravedad el pozo que ha de llamarse de la moderna ciencia. Helo allí, que rebosa ya... ¡Señores, la obra está cumplida! La humanidad se ve libre de un peso inútil, ya no tropezará con escorias en el camino de la sabiduría; ya no leerá artículos distinguidos, ni historias inspiradas, ni versos insípidos, ni novelas extravagantes, ni artículos críticos cuya gracia empalagosa trasciende a necio... Helo ahí todo reunido en un punto de donde no saldrá más, y mañana el gran libro aparecerá como un astro brillante en medio de una atmósfera limpia y pura, en donde sin estorbo podrá esparcir la lumbre de su gloria. ¡Brindo, señores, por la nueva aurora! ¡Ya al fin se le ha puesto el cascabel al gato!... Ahora a batirnos.

La voz del duque se había hecho tan poderosa y burlona que se oía sobre todos los murmullos, semejante al agudo sonido de un instrumento de metal.

Mas al acabar su discurso creció de tal modo el tumulto que las viejas Cienfuentes casi se desmayaron de espanto y el duque hubo que repetir con voz más enérgica y vibrante:

-¡Silencio! Para matar o morir no se necesita graznar como los cuervos.

Habló después a Zuma, que se alejó enseguida con el señor de la Albuérniga y las viejas Cienfuentes, y dirigiéndose a los que le habían desafiado, añadió:

-Sí, señores; se trata de matar o morir, cosa la más sencilla y natural del mundo, cuando se mata y se muere cada día, lo mismo que se come y se duerme... mas ¿saben ustedes lo que es morir? Morir es hacer la mueca más fea que puede verse en la cara de un hombre, y a usted caballero -se dirigía a Pelasgo, que era algo obeso y aceitunado- debe sentarle muy mal: quien no es hermoso de vivo, ¿cómo parecerá de muerto?

Al oír estas palabras muchos se rieron, ¡somos tan malos los hombres!, otros prorrumpieron en amenazas, pero el duque, sin cuidarse ni de las amenazas ni de las risas, proseguía diciendo con increíble rapidez.

-Por eso debe usted encargar a sus testamentarios que le cubran la cara tan pronto como haya expirado, pues si no habrán de reírse mucho de ella las gentes, y ya no podrá usted levantarse para escribir ningún artículo, reivindicando su fealdad ultrajada.

El primo de la condesa Pampa, que era de noble y recto corazón, dijo entonces al duque con dignidad:

-No ha sido nunca de hombre de honor burlarse en tan graves momentos. Eso se llama unir el insulto a la bajeza.

-Esto se llama tratar como lo merecen vanas quisquillosidades, hijas de la más hueca vanidad y contrasentido, a las cuales suele llamarse lejía de vergonzosas afrentas... pero, ahí llega Zuma con las pistolas y el médico. Vayan ustedes eligiendo padrinos y quitándose el frac para no acongojarse demasiado, pues el caso es de suyo apuradillo... El duelo va a ser a muerte y a seis pasos. Ahí están las pistolas que a buen seguro no errarán el tiro.

En efecto, reconocidas por los padrinos, se vio con satisfacción que estaban perfectamente cargadas, aun cuando esta clase de padrinos suelen ser a veces muy exigentes. Buscóse enseguida un lugar a propósito, y se discutió cuál de los tres había de ser el primero a batirse. Pelasgo y Ambrosio se empeñaban en cederse su vez para morir; mas el que realmente deseaba el duelo por hallarse herido en el corazón, propuso que se echasen suertes.

Tocóle ésta a Pelasgo, y diole el duque la enhorabuena por su fortuna añadiendo:

-Sólo tiene usted un inconveniente, y es que el señor Ambrosio va a reírse el primero de la mueca de usted.

Temblando de miedo y de cólera, Pelasgo murmuró que era tiempo de acabar.

-Según parece, le corre a usted mucha prisa su viaje al otro mundo -decía el duque colocando bien el aguilucho que por corbata llevaba, y el cual parecía querer lanzarse sobre Pelasgo-, pues tenga usted por seguro -prosiguió- que allí no se usa escribir malos libros, sino atormentar a los que los han escrito en esta vida.

-Acabe usted o disparo.

-¿Cómo? No hay para qué... ya estoy. ¿Y usted está? Corriente. Contemos ahora, yo no necesito para esto de ayuda... uno, dos, tres... derecho amigo... frente a frente... cuatro, cinco, ¡seis!... ¿qué es esto? ¿tiembla usted? No... no hay que fingir serenidad, tiene usted el rostro tan blanco como la camisa: el médico nos pondrá al corriente de cómo se encuentra ese ánimo.

-¿El médico? ¿Qué está usted diciendo? Por mi vida que le asesino como a un perro.

-Usted es muy dueño de tener tan mala intención que a mí nada me importa, porque sé que no ha de pasar de intención; mas, por mi parte, no he pensado todavía en asesinar a nadie, y por eso no me batiré sino con aquel cuyo pulso lata tan pausadamente como el mío en este crítico momento.

-¡Cobarde!, ésa es una disculpa infame.

-Compóngaselas usted para permanecer sereno y se efectuará el duelo.

-Ningún hombre puede estarlo en tal momento, ¡mentira!

-En ese caso, el duelo es una embriaguez de orgullo y de ira y no puede justificarse. Si yo le mato a usted en medio de la turbación que ahora siente, soy un verdadero asesino y no podré nunca vivir tranquilo. Nada, caballero; no vale ningún hombre, ninguna venganza el remordimiento que eso me causaría. Hágase usted matar por otro, si lo desea. Adiós, señores; supongo que la mano de usted temblaría como la de este caballero: es condición de todo hombre temer a la muerte. ¡Hasta mañana..., me hallo satisfecho de haberle puesto el cascabel al gato, y ya veo al Moravo que me sonríe desde el otro mundo!

El duque lanzó la más sonora carcajada y... ¡buenas noches!

El jardín quedó de repente sumido en tinieblas, y como el cielo estaba completamente cubierto, la más profunda oscuridad se sucedió al fulgor de las luces.

Rugidos, maldiciones, risas, esto se oyó en confuso en el jardín.

-¿En dónde está la puerta? ¡Mil centellas!, ¿quedamos enjaulados? ¡Muera el diablo!

-Me parece que hay aquí una salida -decía una voz, y la salida era el pozo de la moderna ciencia.

Pero aún no bastó esto, sino que un estrépito insufrible de cascabeles empezó a resonar por todas partes.

-¿Qué es esto? ¡Santo cielo! Una serenata de Lucifer... ¡Ay! ¡Mi cabeza!

Y aquí gritaban otros:

-¡Eh! ¿Quién me abraza? ¡Que me ahogan!

Y acullá exclamaban:

-Parece que acaban de echarme un dogal al cuello. ¡Malditos cascabeles, malditas botas y el que las lleva, maldita esta oscuridad! Luz, o pienso que me hallo en el infierno... ¡Ay! ¡Me he roto la cabeza!

-Y yo un pie, ¿quién me acude?

Una gran puerta, alumbrada apenas por un farol agonizante, se abrió al cabo de una esquina del jardín, y fue de ver cómo se magullaban y estrujaban para salir todos a la vez. Pero, ya en la calle, observaron que el ruido de los cascabeles les seguía todavía. Era que cada uno llevaba un collar de ellos colgado al cuello.

Ahora pregúntesele a los convidados si la dichosa cena fue realmente una cena, o si soñaron que lo era, y a buen seguro que no acertarán a responder por parecerles el caso demasiado fantástico e incoherente para ser verdad, y demasiado verdad para ser puramente fantástico.


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