El caballero de las botas azules: 22

Capítulo XXI
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El caballero de las botas azules Rosalía de Castro


-¡Ay! ¡Si pudiera convertirme en asesino del que me roba la paz y el sosiego! Mas diome Dios una conciencia justa, y ella no sentencia a muerte a mi verdugo. Sólo Dios es el árbitro de la vida. Y he aquí cómo, cuando pensaba acabar mis días en la calma y el reposo, reconcentrándome en mí mismo para gozar mejor la paz prometida a los hombres de espíritu tranquilo, tengo que concluir diciendo con todos los humanos: «No es este mundo lugar de descanso, sino pasaje penoso en donde inquietudes y temores nos van abriendo el sendero de la tumba. No huyas, pues, miserable mortal, de conocer como tus hermanos las espinas sembradas para todos en el camino de la vida. Tus plantas quedarán al fin ensangrentadas y tarde o temprano tendrás que llevar sobre los hombros el pesado hatillo, patrimonio del peregrino que camina hacia la eternidad». ¿Nos estará prohibido, a pesar de esto, llorar las pasadas dichas? No; que propio es del corazón del hombre alegrarse con la felicidad y gemir con la desventura. Y yo también gimiera, si así el llanto como la alegría no fuesen un exceso, al cual mi madura sensatez no me permitirá jamás abandonarme. ¿Quizá no es bastante haber perdido lo que más amamos sin que hayamos de añadir la inútil cuanto amarga ocupación de llorarlo? Pero, ¡qué apacibles, qué tranquilas mis noches antes de haberle visto? Y ahora no puedo estar nunca seguro de que no aparecerá delante de mí... No hallo lugar en donde no me hablen de él, en donde no me busquen por causa suya. Su recuerdo, su sombra me seguiría hasta la eternidad y hasta no podría morir tranquilo, lo confieso, antes de saber de qué son hechas aquellas botas y lo que significan aquel cascabel y aquella corbata maldita... esta idea no me abandona. ¡Triste condición la del hombre! Un ángel vela a su derecha, un demonio a su izquierda; y aun cuando yo no había llegado a creer sino en el primero, siento ahora que el segundo se hallaba traidoramente escondido dentro de mí para sorprender mi buena fe y presentárseme más tentador y más invencible. No; yo no me hubiera entretenido como Fausto en querer comprender la esencia de la vida, el espíritu que anima el universo, el más allá de la tumba, ni en evocar la sombra de la encantadora Elena o hacer morir de amor a la inocente Margarita; pero mi demonio se mete en una corbata y en unas botas azules, y heme aquí loco, atormentado y sin sueño. Y creía, ¡necio de mí!, no pertenecer al siglo XIX.

Así, medio sepultado en un gran sillón y con la cabeza oculta entre las manos, se lamentaba el señor de la Albuérniga de su azarosa cuanto cambiada suerte. Y no es que hubiese exageración en sus palabras, porque su bello rostro estaba pálido y ojeroso como el de una joven que se muere de amor. De cuando en cuando volvía los lánguidos ojos hacia el lecho de bronce que se veía a algunos pasos, y los apartaba después con expresión doliente y repitiendo con triste voz estos versos:


¡Oh, si como algún tiempo en ti durmiera,
feliz y venturoso me llamara!
¡Oh, si tal dicha recobrar pudiera!


La aguda voz del reloj dejó oír las tres y allá por una gran ventana que desde la misma habitación del caballero se veía, a través de varias entornadas puertas, en el fondo lejano de una galería, empezaba a notarse una leve claridad, que bien pudiera ser producida por el postrer resplandor de la luna o por el primer rayo de la aurora. Creyó entonces el buen señor que podría tomarse la libertad de descansar un momento y se hizo desnudar por uno de sus imponderables servidores. Solo ya, había metido entre las sábanas la pierna derecha cuando oyó decir muy cerca:

-En vano es cerrar las puertas a un amigo con el cual se ha hecho un contrato sagrado, y en verdad que no podré desearle a usted buena noche o buena mañana hasta que hayamos tenido un instante de conversación.

La pierna que el de la Albuérniga acababa de deslizar suavemente entre las sábanas, volvió a caer al lado de su compañera con dolorosa lentitud.

-¡Qué fardo pesado es la conciencia! -exclamó el de la Albuérniga con voz sorda; y volviéndose hacia el duque añadió-: ¡Qué cosa me fuera más fácil que quitarle a usted la vida!

-Tan fácil como a mí me sería quitarle a usted la suya, porque no hay barro más propenso a quebrarse que este de que somos hechos los mortales. Pero no se trata ahora de esas cosas, se trata de que ha llegado el momento en que necesito de un aliado.

-¿A estas horas? -replicó el de la Albuérniga con el amargo acento de la víctima que se ve obligada a hacer concesiones a su verdugo.

-Por el espacio de tres días y tres noches será preciso que usted se convierta en un ser activo y dispuesto a todo lo que pueda sobrevenir.

-Está visto que quiere usted convertirme en asesino.

-Siempre he huido de eso, así como también de verme en la dura necesidad de dejar sin vida al que como usted sabe aprovecharse tan perfectamente de las delicias que la suya le proporciona. Pero éstas son palabras inútiles y el tiempo urge. Caballero, usted no podrá olvidar que le he dado cumplida satisfacción por los que juzgaba agravios premeditados; no soy, pues, exigente, al pedir lo que me ha sido prometido y me pertenece de derecho; desde un principio he pensado elegirle a usted como columna de apoyo para mis triunfos, y usted ha consentido. Además, sólo accediendo a mis deseos podrá usted gozar después el perdido sosiego y saber de qué son hechas esta corbata y estas botas azules que no ha de volver a ver lo mismo que al que las lleva.

-No volverle a ver... ¡y saber de qué son! -murmuró el de la Albuérniga lleno de gozo-. ¿Me lo promete usted bajo solemne juramento?

-Si no cumpliese lo que digo, le doy a usted el derecho a castigarme como lo desee.

-Dispuesto estoy a todo, pero ¡una hora o dos de reposo antes de empezar la lucha! ¿No ve usted que las vigilias y la inquietud me han vuelto pálido y flaco, que sufro?

-¿Quién sin penitencias y sufrimientos ha podido ganar el cielo?

-He aquí unas palabras que no he comprendido hasta ahora -murmuró el de la Albuérniga con reflexiva lentitud.

-Pues aún no es tarde -añadió el duque gravemente-; pero no olvide usted que la hora se acerca.

Y se alejó del caballero, quien en vano quiso entonces dormir para olvidar por un instante sus pesares. Volvió, pues, a vestirse y, para distraer la amarga inquietud que le devoraba al alma, se sentó en un sillón y se puso a leer lo más devotamente que pudo en las Consideraciones sobre la brevedad de la vida humana.

Esta lectura le dejó sin duda mejor dispuesto a cumplir la penitencia que le había impuesto el duque. «¿Quién vive sin pesares? ¿Quién no encuentra algunos abrojos sembrados entre las rosas más bellas? ¿Quién no ha sentido pesar alguna vez sobre su corazón la mano de la fatalidad o del dolor?».

-No hay duda -concluyó pensando el caballero-, esa vez llegó también para mí, y en vano es oponerse al destino. ¡Sea, pues, lo que ha de ser!


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