El caballero de las botas azules: 20

Capítulo XIX
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El caballero de las botas azules Rosalía de Castro


-Como si me fuese posible creer en la duración de los sentimientos humanos le hubiera dicho ahora a esa pobre niña: ¡deténte a mi lado, amor mío, y no nos separemos jamás! Pero después de la alborada de ilusiones que ahora llama tan afanosa a las puertas de su corazón, después de este primer día de esperanzas, de sueños y de velados deseos que el pudor y la ignorancia más casta embellecen, ¡qué abismo de ambiciones!, ¡qué seguro arrojo para marchar por las oscuras sendas de la vida en las cuales la planta se detiene apenas por temor a la mirada implacable, escudriñadora y siempre alerta con que la sigue el mundo! ¡Qué eterna batalla entre el duro y frío razonar del entendimiento y el ciego empuje de las pasiones! ¡Pasa!... pasa, mentira candorosa que, como todas, has de convertirte en olvidado recuerdo. Aquel ¡ya fue!, que es tumba desolada de cuanto en el mundo ha existido, resonará también para ti en su hora... y, ¡ay!, ¿qué hubieras sido entonces para el ser descontentadizo y turbulento en quien los primeros albores de tu amor primero han venido a reflejarse? Una Mariquita y nada más.

Razonando de esta manera, tan propia de los héroes de nuestro tiempo, y envuelto en la ya conocida capa negra, llegó el duque de la Gloria a casa de Melchorcillo, a cuya puerta llamó suavemente. El mismo mozo, pálido y demudado, salió a abrir, como tiene que hacerlo el que no puede pagar porteros ni criados; mas a la vista de su rival, a quien reconoció a pesar de que iba embozado hasta los ojos, retrocedió lleno de horror. El duque, con tono afable aunque sin descuidar el rostro, le dijo:

-Crea, amigo, que mi visita es de paz y aun provechosa para alivio de los males que le afligen.

-¿Qué podía venirme de usted que me fuese provechoso? -repuso Melchor con abatimiento y reconcentrada desesperación.

-¿Podemos hablar solos un momento? -le preguntó el duque sin hacer caso de sus palabras.

-Si viene usted a hablarme de ella, bástele saber que ya no la quiero.

-No puedo creerlo.

-Hace usted bien; en verdad, la quiero todavía, la querré siempre, pero no nos casaremos.

-¿Y por qué?

-¡Se atreve a preguntarlo! -murmuró el pobre Melchor con profunda amargura. Clavó después en su rival una mirada terrible, y, con ceño tan adusto que convertía en fiero y casi salvaje aquel rostro comúnmente lánguido y doliente, añadió:

-¿Se imagina usted que no le conozco?

-Lo creo, que es aún más. ¿Por ventura me ha visto usted nunca si no fue una vez al caer de la tarde? ¿Y esa vez pudo distinguir siquiera mi fisonomía o saber mi nombre?

-Cierto que no, pero tampoco lo he menester.

-Es mucho decir, amigo. ¿Quién puede asegurar en este pícaro mundo engañador que no ha menester de esto o aquello, aun cuando aquello o esto sean nuestro propio enemigo?

-Por lo que veo, tiene usted mucha gana de conversación, y es lástima porque se encuentra muy débil mi cabeza. Mas, si quiere usted algo de mí, venga a buscarlo en mejor ocasión, que aunque siempre fui enemigo de contiendas, a fe que no he de negarme esta vez.

-No se trata de eso, hombre de Dios. ¿Cómo se lo he de decir? Mi visita es de paz. ¿Será preciso advertirle que no me alejaré sin que hayamos hablado?

Después de reflexionar algunos momentos, Melchor entreabrió la puerta de su cuarto para que pasara el duque.

Vio éste entonces con asombro que aquella habitación humilde exteriormente era en el interior no rica, pero hermosa y elegante, una especie de oasis escondido en el desierto de la calle de la Corredera del perro. Cuadros, flores, pájaros, mariposas y perfumes se hermanaban en ella, con tal gusto y armonía, que el duque creyó contemplar alguna de esas viñetas en que la mano del artista se dejó correr, guiada por la más fantástica inspiración.

-¿Es usted pintor? -le preguntó.

-Soy sacristán -respondió el mozo secamente.

-Ahora comprendo por qué ella no le ama. Nunca los sacristanes han sabido conquistar corazones; pero lo que no puedo comprender es que un hombre que debe hallarse ocupado la mayor parte del día en tocar campanas pueda habitar en tan delicioso nido.

Tornóse sombrío el semblante de Melchor al oír estas palabras y con el mismo aire feroz que antes había cambiado su doliente fisonomía, dijo:

-Abusa usted indignamente de mi posición. Me hallo débil, enfermo, lleno de pesadumbre..., me cuesta, en fin, trabajo sostenerme de pie; mas juro que otro día contestaré como es debido a tales insultos.

-Me alegro infinito de que se halle usted débil y enfermo hasta el punto de no poder tenerse en pie.

-¡Caballero!

-Sí, hombre, me alegro, porque esto nos evitará un lance desagradable, que ciertamente no deseo.

Por única respuesta, Melchor miró en torno suyo como si buscase alguna cosa, suspiró después profundamente y, lleno de desaliento, se dejó caer al fin sobre un diván.

El duque comprendió entonces cuán profundamente hería con sus palabras aquel corazón ya lacerado.

-Amigo mío -le dijo con acento franco y afectuoso, mientras tomaba asiento a su lado-, tenga usted la paciencia y la bondad de escucharme algunos momentos más, que, aunque mis palabras son comúnmente burlonas, no soy tan malo como parezco. Yo he venido aquí para probarle de una manera indudable que las sospechas que abriga usted contra ella...

-¡Sospechas! -rugió sordamente el mozo.

-Sí; que esas sospechas son completamente infundadas.

Al mismo tiempo que esto decía, el duque dejó caer el embozo de la capa, descubriendo un rostro viejo, escueto y acartonado. Melchor retrocedió lleno de asombro.

-¿Es que no le parezco a usted bastante joven y hermoso para ser amado por una niña de dieciséis abriles? -le preguntó el duque riendo-. En verdad -prosiguió-, que tampoco hubiera yo tenido tal pretensión: pero las apariencias nos sumen muchas veces en la desventura, si es que la casualidad no viene a alejarnos del error, y ¡esto es precisamente lo que yo quiero que no le suceda! He aquí lo que ha pasado. Vuelto a Madrid después de una ausencia de cuarenta años, y al entrar lleno de alegría en la calle de la Corredera del perro, veo una linda niña, hacia la cual corrí apoderándome al instante de una de sus manos que estreché entre las mías con ciega pasión. Había creído reconocer en aquella criatura a mi dulce, a mi encantadora Dorotea, por lo mucho que se le parece; mas no era ella, sino su sobrina, que huyó con enojo asombrada de mi osadía. ¿Comprende usted ahora el error en que todos nos hemos visto envueltos?

-Pero, señor, dijérase que todo eso es un cuento, o sueño, del cual no acierto a despertar. Doña Dorotea es tan vieja que fuera imposible confundirla con...

-¡Oh! -le interrumpió el duque-, para usted y para el mundo es vieja Dorotea, mas no para mí que la veo fresca y joven como en sus mejores tiempos. Yo la contemplaré siempre igual hasta que me la robe el sepulcro. Veo que mis palabras producen en usted grande extrañeza, pero al menos le devolverán, como deseo, la paz que involuntariamente le he arrebatado. Sí, mi Dorotea es hoy a mis ojos tan bella que Mariquita no la excede en hermosura, si bien existe entre ambas esa marcada semejanza que me ha obcecado por un momento. En vano, sin embargo, hablaríamos de estas cosas que usted no comprende, y únicamente le advierto, para que se sorprenda y asombre menos de lo que vaya viendo y oyendo, que no soy un hombre como los demás.

-Ya se conoce.

-Bien. No le ocultaré a usted ahora que, como tengo una recta conciencia, me hallaré intranquilo mientras no remedie el mal que involuntariamente he causado a la inocente niña que usted ama. Sí, ¡por mi vida!, antes que todo quiero dejar las cosas en el mismo lugar en que se encontraban y aun mejor si es posible. Tratemos, pues, de esto.

El duque tomó entonces un tono grave y con pausado y misterioso acento añadió:

-Como nada se oculta a mi penetración, yo sé que la sobrina de mi Dorotea no consentía gustosa en casarse con un sacristán. Los cabellos rasurados y los rostros sin barba no enamoran demasiado a las mujeres.

-¡Ay!, lo sospeché un día en que se burló de mí con sus compañeras, ¡pero yo la amaba tanto!, y, por otra parte, ¿qué determinación tomar?

-Hacerse amar. Si un hombre se empeña, a la corta o a la larga, se hace al fin dueño del corazón de una mujer.

-¡Oh!, para amar de ese modo se necesitan sin duda fuerzas que no poseo; jamás podré ser más de lo que soy ahora.

-¡Gravísimo error! Veamos, ¿no acertaría usted a vestirse con tan delicado gusto como el que ha tenido para adornar esta hermosísima habitación?

-¡Oh!, todo esto lo había comprado y hecho para ella con lo que he ganado por los lugares vecinos.

-¿Quizá tiene usted entonces otros medios de ganar la vida más que los que ha dicho ya?

Antes de responder, Melchor vaciló algunos momentos; pero lleno de cortedad dijo por fin:

-Hago flores y santos de cera, que vendo después por donde puedo.

-¡Hola!, soy también aficionado a esas cosas y precisamente me convendría comprar algunas si fuese de mi agrado. ¿Podría usted enseñarme sus trabajos?

-He aquí lo que tengo por ahora -dijo Melchor señalando en torno.

El duque le miró por algunos instantes como si no le hubiese comprendido, mas no pudo dudar al fin de lo que realmente veía. Aquel ser humilde y lánguido como una mujer era sin duda uno de esos artistas nacidos para asombrar a los siglos con sus obras inmortales.

Todas aquellas flores, al parecer frescas y llenas de rocío, que tapizaban como en un sueño de hadas las blancas paredes; todo aquel agrupamiento de brillantes y entrelazadas hojas, que convertían en misteriosa gruta aquella habitación engalanada para el amor... eran obra del inimitable artista... éranlo asimismo las guirnaldas que caían graciosamente en torno de cada ventana; éranlo aquellas mariposas que parecían agitar coquetas las brillantes alas rivalizando en sus finísimos colores con los de las rosas, y éranlo, en fin, los pájaros y todo cuanto el duque había creído fruto de la hermosa naturaleza.

Melchor no pareció, sin embargo, sentir halagado su orgullo al ver que el duque había cambiado en respetuosa admiración la compasiva deferencia que antes le demostrara.

De alma afectuosa y sencilla, aquella extraña criatura, cuya única ambición se cifraba en ser amado de Mariquita y cuyo genio de artista había nacido y desarrollado a la sombra de la soledad más olvidada, ni comprendía aún las aspiraciones de gloria que lastiman el corazón a la par que lo engrandecen, ni los orgullos de la lisonja resonaban en sus oídos sino como una música extraña que escuchamos sin comprenderla.

Grande lo encontró el duque en medio de aquella ignorante sencillez que había apartado de su alma de artista el pecado de la vanidad; por eso, con una expresión casi paternal, le dijo:

-Permítame usted que estreche su mano. Es usted más digno de Mariquita de lo que yo creía; pero será forzoso que, abandonando la Corredera del perro, viva usted en Madrid y trabaje allí algún tiempo para volver regenerado ante ella.

-¿Alejarme de la Corredera del perro... es decir, no verla ya? ¿Qué dice, caballero? Eso es un delirio... ni puedo hacerlo ni lo haría aunque pudiera.

-¿Por qué no? Madrid está a un paso, allí llevaría usted a cabo magníficos trabajos que rivalizasen con las más alabadas obras de arte y en ello ganaríamos usted, ella y yo.

-No comprendo...

-Óigame usted con atención. La sensatez de los mortales puede caber a veces en la cáscara de una avellana; no hay que extrañar, pues, que las mujeres se enamoren casi siempre la mitad del rostro de un hombre y la otra mitad de su vestido.

-¡Oh!, eso es insoportable.

-Y bien, amigo, son flaquezas humanas. A nosotros que, según se asegura, no hemos nacido frívolos, nos pasa lo mismo respecto de ellas. Comprenderá usted así que Mariquita, al verle elegantemente vestido, ya no podrá reírse ni del pantalón color canela ni del chaleco verde que ahora se interponen entre usted y su amor. La envoltura, dice un adagio, si no lo es todo, ayuda; y a mi ver, digo yo, que el amor vive a veces revoloteando como un fuego fatuo en torno de algunas apariencias más vanas que una sombra. Inútilmente se apela entonces a la lealtad, a los juramentos y a las eternas promesas para retenerlo con cadenas. Dejémosle al principio tan inseguro como se presenta, vagando aquí y allá como errante llama que busca a donde asirse; después que esa llama haya prendido realmente, sea por donde quiera, lo que antes era menos que un sueño se realizará por fin.

-Esas ideas me confunden y lo que veo al través de ellas parece darme alguna esperanza, mientras por otro lado deja vacío dentro de mi corazón un hueco que yo llenara con ilusiones y creencias bien distintas por cierto.

-Eso le pasa a cada hombre cien veces en la vida. La existencia no es más que un cielo que presenta a cada instante diferentes celajes cuya eterna mudanza nos sorprende al principio, pero a la cual nos acostumbramos al fin. Valor, pues, amigo mío. Trasládese usted al centro de la corte, dése a conocer allí por sus relevantes dotes de artista, vístase con la elegancia propia de un hombre de mundo, y Mariquita, amando al mismo Melchor, contemplará en usted extasiada un hombre nuevo. Respecto a mí, podré proporcionarme de ese modo magníficos modelos que añadir a la rara colección de ciertos objetos artísticos que yo poseo. He aquí cómo usted, ella y yo ganaremos a un tiempo con que usted se aleje de la Corredera del perro.

Hablando de este modo, el duque casi llegó a convencer a Melchor, cuya imaginación se exaltó por fin con la idea de que llegaría a ser realmente amado y a hacer rica y feliz a Mariquita.

-No me alejaré de aquí -añadió el duque después de haber observado detenidamente los trabajos de Melchor- sin que usted me venda estos dos magníficos ramilletes con los cuales adornaré mi chimenea. He aquí doce mil reales. Si le pareciese a usted poco...

-¡Poco!... -repuso Melchor asombrado-; mis ramilletes no valen tanto, ni la tercera parte siquiera.

-De cualquier modo, podrían valerlo para mí, y aun cuando fuesen realmente caros en ese precio, lo que no creo, mañana podría cobrarme en los demás trabajos que espero ha de hacerme. Dos cosas voy ahora a pedirle antes de retirarme. Deseo que sepa el mundo la inocencia de Mariquita, aunque sin mentar para nada el nombre de mi Dorotea, y que se sepa asimismo que usted sigue amándola como siempre; puede usted añadir, sin temor a ofenderme, que el caballerete que por equivocación la detuvo en medio de la calle era viejo y feo como las muecas de un ogro. Lo principal de esto es que la honra de Mariquita quede tan limpia como lo merece.

-Eso corre de mi cuenta.

-Gracias... mas otra corre de la mía, y es que para indemnizarle los daños que involuntariamente he causado a esa pobre niña, quisiera que para el día en que ésta se case, sea con quien fuere, reserve su tía esta pequeña bolsa. Ni tengo hijos ni parientes cercanos, y, siendo dueño de una inmensa fortuna, no me parece fuera del caso hacer este pequeño dispendio en favor de la sobrina de mi amada.

-Caballero, veo que es usted generoso, mas no sé si doña Dorotea consentirá, y valiera más que usted mismo...

-No me he atrevido a presentarme delante de ella por el lance de Mariquita. Sin embargo, entréguele la bolsa y dígale que, si en compañía de usted quiere presentarse en el palacio de la Albuérniga el domingo por la noche, le daré explicaciones que a ambos nos convienen.

-A esa hora recelará acaso...

-Por mi honor que no debe recelar. Hasta entonces no me hallará en Madrid, y después de esa noche, en la cual me visitarán también otras personas, me ausentaré otra vez no sé por cuánto tiempo. Tal es la causa que me obliga a pedirle tan gran sacrificio.

Aturdido Melchor con lo que le pasaba, consintió en cuanto le propuso el duque, que se despidió al fin añadiendo:

-Y díganle lo que quieran de cierto duende que trae revuelta a la corte, no olvide usted que ese duende tiene un corazón noble y que su dinero es realmente dinero contante y sonante.


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