El caballero de las botas azules: 19

Capítulo XVIII
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El caballero de las botas azules Rosalía de Castro


Tanto había corrido Mariquita tras del duque que lograra alcanzarlo.

-Tu ángel guardián te envía, pobre niña -le dijo al verla-; mucho tengo que decirte, pero será preciso que subas conmigo al coche que me aguarda a algunos pasos de aquí.

Mariquita, tan ciega como su señora tía y directora la había criado, obedeció sin reflexionar en lo que hacía y por la primera vez de su vida se halló bien pronto en el fondo de una magnífica carretela cuyas ruedas se deslizaban suave y muellemente sobre la arena de un camino solitario.

La noche estaba hermosa, era una de esas noches de verano, a quien la brisa presta el misterioso lenguaje de los susurros y de los besos de las hojas, la luna su serena claridad y las hierbas de los campos el perfume que nunca se olvida cuando lo hemos aspirado en momento de felicidad. El último rayo del sol resplandecía aún en lo más lejano del horizonte, cantaban los grillos y la llanura blanqueaba en torno silenciosa, igual y convidando a correr por ella hasta tocar otros mundos y otros cielos.

Jamás hasta entonces Mariquita había visto realmente la transparencia del firmamento, el fulgor de las estrellas, la inmensidad del espacio y la hermosa vaguedad de la campiña alumbrada a un tiempo por la luna y el último resplandor del crepúsculo. ¡Qué hermoso le pareció el mundo!

Arrebatada en rápida carrera, suavemente mecida como un niño en la cuna, respirando ansiosa el aire fresco y embalsamado de la noche, ¿qué nombre dar al sentimiento que llenaba su corazón? ¡Felicidad inmensa!... El sueño del poeta cuando se cree llevado por la blanca nube que pesa sobre las verdes y azuladas cumbres, o bien resbalándose suavemente con la onda cristalina por un lecho de sonrosada arena, no es más dulce ni más halagador.

El duque guardó silencio contemplándola, mientras la niña permanecía inmóvil.

Mariquita escuchaba absorta revelaciones que le hablaban de cosas nuevas, de realidades veladas por la bruma de una ignorancia virginal, de otro mundo y de otro porvenir cuyas turbias oleadas parecían rodar ante ella incomprensibles pero avasalladoras. Visiones confusas turbaban su entendimiento; Madrid cuajado de palacios, sembrado de jardines, lleno de lujosas damas y rebosando alegría se presentó de repente a sus ojos semejante a una nube de fuego... y después, tal como una brisa glacial del norte que disipa todo calor vio también la Corredera del perro, vio a su tía, con su escofieta y sus grandes anteojos, a Melchor que vestido de gala le alargaba los brazos y el cementerio enlosado de tumbas uniformemente colocadas.

Presa de tan diversas emociones, el corazón de la pobre niña podía compararse al arpa cuyas tirantes cuerdas suspiran y gimen dolorosamente a cada soplo que las hiere: sus latidos eran rudos golpes que lastimaban el pecho que les servían de nido, y el cual veía el duque agitarse con agonía bajo los pliegues de una bata de percal.

-¡Desdichada niña! -dijo entonces con compasión, y cogiéndole una mano que estrechó cariñosamente entre las suyas le preguntó-: ¿Qué tienes?

-No sé qué cosa hay en mí que no cabe en el mundo! -exclamó Mariquita lanzando un profundo suspiro.

-Son pensamientos locos que trastornan tu cabeza y quieren devorarte el corazón -contestó el duque mientras al verla caer acongojada sobre los almohadones del coche le desató el pañuelito que le sofocara el rostro para que el fresco de la noche la reanimase.

-¡Ya empiezas a perder los suaves contornos que son el más bello distintivo de la juventud! -le dijo-: Mariquita, hablemos pronto, antes que llegue la hora en la cual ninguna muchacha honrada debe hallarse lejos de su hogar. Que tu buen padre no tenga nuevos motivos de queja contra ti.

Estas palabras despertaron a Mariquita de su sueño.

-¡Mi pobre padre! -exclamó entonces con pena-. ¡Dios mío!, ¿no estoy realmente loca cuando así me he olvidado del motivo que me trajo aquí? ¿Qué mal espíritu me guía y en dónde está mi ángel guardián que no me libra de él? ¡Ay! Yo le he dado un gran pesar al padrecito de mi alma, caballero, pero fue sin saberlo, lo juro, ¡y sin embargo acabo de permitir otra vez que me cogiese usted la mano! Eso fue bastante para que los vecinos de la calle murmurasen de mí y me llamasen descocada, sinvergüenza y mala hija. Pasaban diciéndolo por debajo de mi ventana, y doña Mercedes, como usted pudo oír, habló de eso también con mi tía y mi padre, que al escucharla tenía el rostro descolorido y ojeroso como cuando estuvo enfermo. Mas a pesar de lo que todos me despreciaban, aún dijo que había de perdonarle a la hija de su corazón. ¡Pobre padre mío! ¡Cómo entonces quise arrojarme a sus pies y besárselos mil veces! Pero me faltó el valor, y al verle a usted tras de la esquina a espaldas de mi tía pensé que ninguno mejor que el que tanto mal me ha causado podría darme remedio. Sí, caballero, usted me ha cogido la mano, dígame, pues, qué he de hacer para aliviar la pena que mi padre siente por ello. ¡Dios mío! ¡Dios mío!, la culpa la tuve yo en escribirle a usted la carta; pero no, la culpa la tiene usted porque... no, no; usted tampoco tiene la culpa, sino Melchor, por querer casarse conmigo.

Mariquita habló sin parar y lloró hasta anegarse en lágrimas.

-No te aflijas -le dijo el duque, lleno de emoción-, las gentes habrán de juzgarte otra vez honrada y tu padre volverá a creer en tu inocencia.

Mariquita miró entonces al duque con desconfianza y bajando la voz preguntó ruborosa:

-¿Y es verdad que soy todavía inocente?

-¡Todavía! -repuso aquél, sonriendo-, si bien es cierto que hiciste mal en escribirme aquella carta de la cual no debes volver a hablar a nadie.

-Sí, sí -murmuró Mariquita en voz aún más baja, escondiendo el rostro bajo una punta del delantal-; lo adivinaba, y por eso me llené de vergüenza cuando usted me sorprendió dentro de la sepultura en donde quería quedar dormida para siempre. ¡Oh!, aún me avergüenzo ahora.

Mariquita empezó a sollozar de nuevo y el duque le hizo comprender que no le diría lo que tenía que decirle si proseguía afligiéndose de aquel modo.

-Bien, señor -repuso ella procurando sofocar el llanto que la ahogaba-, haré por no llorar más y aun cuando suspire un poco no haga usted caso, pues es que no lo puedo remediar.

-Suspira cuanto quieras, pero óyeme atentamente. Ya te he advertido que no debes volver a hablar de la carta, pero aún es preciso además que no reveles nunca lo que ahora vamos a hablar; de lo contrario, causarías doble pena a tu buen padre y quedarías perdida.

-¡Oh, antes me dejaría matar que decir la menor palabra!

-Bien, ahora empezaré por asegurarte que no te casarás con Melchor contra tu voluntad.

Mariquita miró entonces al duque con expresión investigadora y ardiente, y comprendiéndola, él le preguntó:

-Dime, niña, ¿te parezco un hombre como los demás?

-¡Oh!, no señor, ninguno me agrada tanto.

-¿Y por qué?

-¿Lo sé yo acaso?

-¡Pobre loca! ¿Y no adivinaste que un ser como yo no puede hacer feliz a una criatura como tú?

-Al contrario, ¿con quién podría ser más dichosa?

-Te engañas.

-¿Qué he de engañarme? ¿No sé por ventura lo que pasa dento de mí? Cuando no lo veo a usted sólo tengo deseos de morir, mas si como ahora le tengo a mi lado, ¡qué alegría siento en el corazón, qué contento, en fin, pues estaría siempre así y nada más que así!

-¡Amor mío! -murmuró el duque conmovido, pero, mudando de tono, añadió enseguida-: Y si tuvieses que dejar de verme, si no volviese a hablarte jamás, ¿qué harías?

-Morir, quiero morir.

-Ese deseo es un crimen.

-Dios me ampare entonces y me libre de tales pensamientos, que a decir verdad me hacen sufrir de una manera horrible.

-Más sufrirías al ver que yo sólo podía darte tormentos y pesares en vez de la dicha que esperabas. ¿Sabes lo que yo soy? Soy un duende inquieto y tornadizo que se complace en reírse de sí mismo y de los que se le parecen, un mal espíritu que no ama el reposo que una honrada medianía proporciona, ni el fuego amoroso del hogar doméstico, y que sólo pasaría a tu lado breves instantes porque iría en busca de los combates y emociones del mundo, ¿qué sería entonces de ti, pobre niña? Esa alma ardiente con que has nacido y ese impresionable corazón, que, llevado al extremo de las pasiones, o tiene que ser víctima o verdugo, se marchitaría al contacto de mis abrazos de esposo, como una tierna planta a quien el hielo ha cubierto sin compasión con sus hilos cristalinos.

Mariquita empezó a mirar con espanto la pálida figura del duque y le preguntó con voz trémula:

-¿Por qué había de hacerme usted tanto daño?

-Porque tu alma y la mía son distintas; ni podrían vivir unidas en la tierra ni ocupar un mismo lugar en el cielo.

-¡Dios mío!... ¿es eso cierto?

-Tan cierto como que el mayor bien que puedo hacerte es huir de ti y que no vuelvas a verme.

Mariquita inclinó la cabeza sobre el pecho y abundantes lágrimas empezaron a correr de sus ojos. Ya no sollozaba como antes; aquel llanto brotaba sin esfuerzo, y se dijera que era tan frío como amargo: era el llanto del primer desengaño. El duque prosiguió diciéndole:

-Además, yo no soy siempre el mismo y te horrorizarías si pudieras verme en las diferentes formas que toma mi extraña naturaleza. Algunas veces soy, como ahora, joven y bello, otras me convierto en un viejo de rostro de hielo y mirada de cadáver...

-¡Dios mío!... eso es horrible... eso no es cierto... -exclamó Mariquita horrorizada.

-Quizá antes de separarnos llegues a convencerte por ti misma de lo que te digo.

-No, no, me moriría de miedo.

-Nada temas: voy ahora a darte un consejo. No digas que me has hablado porque te seguirían desgracias sin cuento. Si te preguntan adónde has ido, responde que a rezar, o que te detuviste en casa de alguna vecina, u otra mentirilla que Dios te perdonará porque es para salvar tu honor. Y como han de hablarte de mí, sólo debes contestar que no me conoces, que te cogí la mano aquella tarde llamándote Dorotea...

-¿El nombre de mi tía?

-El mismo, no te olvides; y añadirás que te he parecido un duende y no un hombre como los que por el mundo andan.

-En eso sí que no mentiré, los demás hombres no son así. ¿Pero está usted seguro de que Dios me perdonará todo lo demás?

-Segurísimo, haciendo el firme propósito de no volver a escribir a otro hombre como me has escrito a mí.

-¡Oh!, antes quemaría las manos...

-Ni a querer casarte con duendes ni con ninguno que no te haya dicho antes que te quiere.

-Casarme... ¿para qué? Y querer a otro... ¡me parece que son muy malos los hombres!

-Tienes razón. Ahora, amor mío, digámonos ¡adiós!

-¿Tan pronto, señor?

-Es preciso, al fin, y tu tardanza causaría a tu padre doble pesar.

-Adiós, entonces, ¡adiós! Pero, señor, ¿qué va a ser de mí? Estaba aquí tan contenta que si no fuese por mi padre, ¡le pediría a usted que me dejase correr así un poquito más!

-No puede ser, querida niña. Si llegase el momento de volverme viejo...

-Viejo y todo, si era usted el mismo, ya pienso que no le temería.

-Si me vieras arrugado, cadavérico...

-¡Oh, no! ¡No quiero ver nada de eso!

-¡Adiós, pues!

-¿Hasta cuándo?... No me abandone usted para siempre... ¡me siento tan triste!... parece que la sangre se me ha enfriado toda dentro del corazón.

-¿Me prometes no visitar más el cementerio?

-¿Y dónde he de ir los domingos cuando quede sola?

-Unas veces a Madrid y otras a casa de tus amigas.

-A Madrid bien iría si me llevaran, pero a ver a mis amigas... ¡pts!, tan triste es su casa como la mía.

-No importa... el cementerio es la habitación de los muertos, y cuando los vivos penetran allí parece que dentro de los sepulcros se oye un eco de descontento.

-Nunca he oído nada de eso.

-No habrás puesto atención -repuso el duque, mientras añadía para sí: «no hay nada tan brutalmente material como la realidad», y prosiguió diciendo en voz alta- de cualquier modo, Mariquita, es preciso que no visites como hasta ahora el cementerio si quieres volver a verme.

-Lo prometo.

-Pero ¿me conocerás después de mucho tiempo?

-El día del juicio le distinguiré a usted entre todos los hombres. ¡No, jamás me olvidaré!...

Y Mariquita volvió a llorar. El duque no pudo menos de exclamar entonces:

-Juro que he de hacerte tan dichosa como puedas serlo.

Y le besó la mano; pero Mariquita la retiró presurosa, añadiendo con energía:

-¡Eso no! No me toque usted más; si mi padre me viera...

-Tienes razón -repuso el duque-; perdóname, a nadie se niega una última caricia.

Paró entonces el coche y, aunque como por fuerza, Mariquita salió de él.

-¡Adiós! -le dijo otra vez el duque-; tampoco me olvidaré de ti.

Mariquita no respondió: un nudo le apretaba la garganta y, aunque sintió que el carruaje se alejaba, no se atrevía a moverse.

Cuando al fin se decidió a dirigirse a su casa, notó que era demasiado tarde y, cogiendo una piedra de buen tamaño, la dejó caer sobre el pie, para poder decir que se había lastimado y que ése había sido el motivo que la detuviera tanto tiempo. En efecto, el pie se le hinchó y nadie pudo decir que Mariquita mentía ni extrañar de que llorase.

¡Pobre Mariquita! ¡No le había valido nacer en la retirada y desierta calle de la Corredera del perro! La primera flor que había brotado en su alma nació y murió en el torbellino de una tempestad sin que quedase de ella ni cenizas. Sólo quedó el recuerdo. ¡Y en verdad que la memoria de Mariquita no era de las que se olvidan presto!


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