El caballero de las botas azules: 18

Capítulo XVII
Pág. 18 de 25
El caballero de las botas azules Rosalía de Castro


-Vamos, Perico, vamos a casa de Ricardito Majón para que nos dé un consejo y nos guíe que, como aún me decía la tarde anterior a la de nuestra desgracia con aquel pico de oro que Dios le ha dado, pues nunca le he oído pronunciar, como a otros muchos, Madrí, salú, ciudá, sino ciudad, salud, Madrid, y a este tenor cortadita y arreglada cada palabra como lo ordenan la gramática y el diccionario, de todo entiende hoy día un maestro de escuela, porque han llegado a ser los civilizadores del mundo.

-Calla, Dorotea, no me digas tal cosa que yo con mi corto entender pienso al revés, que nunca servirán sino para lo que siempre han servido, y es para enseñar a los niños el a e i o u, y un poquito de otras cosas, que a tener yo tiempo también se las enseñara.

-No blasfemes, Perico, que siempre has sido más testarudo que una cabra, y atiende que deprimes mi digna profesión. Vamos, como te decía, a casa de Ricardito Majón y ríete del abogado que no sabe hacer más que cobrar consultas, y de los que, porque escriben en periódicos y componen libros y novelas impías, se creen sabios consumados cuando ignoran muchas veces lo que es sintaxis, prosodia y ortografía, aritmética, geografía y otras ciencias que los maestros de escuela saben manejar como si fuesen habas contadas.

-¡Grandes cosas me cuentas!... De sintaxis y prosodias está lleno el mundo desde que nació mi tatarabuelo, y también yo las manejara si hubiera querido, porque aprender, querida, también aprenden los loros si les enseñan. ¡Ay!, ¡si consistiese sólo en eso el busilis del talento! Pero el caso está en discurrir bien y con provecho.

-¡Como si no discurrieran ellos!... y mucho que discurren y de todo... Tengo leído cada décima y cada cuento en verso, no hablando de amoríos y otras cosas profanas, sino útiles y morales, que me parecía estar oyendo las santas letanías. El mismo Ricardito, sin ir más lejos, me leyó casualmente la otra tarde unos versos que hizo en honor de su director, los cuales, de bonitos que son, se me quedaron en la memoria algunos de ellos, y dicen así:


Son los maestros de escuela
orgullo de los humanos,
que a los hombres enseñamos,
aun antes que echen las muelas.
Educación, artes, ciencia,
todo a nosotros lo deben,
y con esto saber deben
que somos por excelencia.


Había muchos más que no me es posible recordar, pero todos eran a cuál más bonitos y bien cortados.

-¡Qué han de estar bien cortados y qué han de ser bonitos! Mejores los hace Perico el ciego, pues por lo menos tienen gracia... pero, sobre todo, mira qué me interesa a mí cuando tengo el corazón triste como la noche, que hagan o no hagan versos bonitos los maestros de escuela.

-¡Vaya! ¡Si siempre he dicho que con hombres sin instrucción no se puede hablar! Sea como quiera; si tú lo rehúsas, me iré sola a casa de Ricardito Majón a ver lo que me aconseja que hagamos con la muchacha y el caballero de la capa negra, que ya ha pasado día y medio después del lance, y no nos hemos movido todavía siendo de tanta necesidad. Bien que el asombro y la pena no nos lo han permitido, así como al pobre Melchor que no sé cómo se encontrará.

-No me hables de él, pues hasta vergüenza tengo de tropezarle. ¿Y la chica? ¿Qué hace esa descorazonada que en tales aprietos me pone, y a quien no quiero ver por temor de matarla? ¿Se ha vuelto más pálida de lo que estaba?

-¿Que si se ha vuelto más pálida? Yo tampoco puedo mirarla a la cara sin sentir mareo; pero una vez que descuidadamente se me volvieron hacia ella los ojos, me pareció más blanca que el lienzo que en la mano tenía, ni más ni menos que si ya se encontrase entre la cera.

-Dorotea... no me digas más, que se me vuela el sentido. Vamos, ya que te empeñas, a casa de Ricardito el salchichero, a ver si nos da remedio para salir de este trance y volverle la vida a esa mozuela; pues, por mala que se haya vuelto, no puede uno verla morir en la flor de sus años.

Ricardito Majón era todo un señorito desde los pies a la cabeza y ni pizca se le conocía que hubiese estado a punto de hacer embutidos como su padre. En casa vestía siempre de bata y gorro de terciopelo, enseñaba a los niños con tono doctoral y frases escogidas entre las más celebradas de los antiguos y modernos filósofos y estaba siempre dispuesto a sostener contra el mundo entero el digno pabellón de los maestros de primera enseñanza. Por medio de incontrastables razones sabía probar que ellos son los que están más al alcance de las ciencias, así como también que su misión es la más digna, la más alta, la más respetable del mundo. Ricardito Majón era, en fin, uno de esos maestros a la moderna, orgulloso de su título, y está dicho todo.

Hacía versos, entendía de leyes, discutía sobre política, moralizaba con el cura, era fuerte, sobre todo, en historia, y jamás, aun cuando se tratara del misterio de la Santísima Trinidad, dejaba de decir, arreglándose la corbata:

-Sé de todo un poquillo y me hallo bien enterado en esa cuestión.

Arrellanado en su sillón, como un banquero, oyó con aire grave y pensativo. cuanto le dijo doña Dorotea, a quien él tenía en grande estima por ser esta señora una admiradora de sus talentos.

-Amiga, mía -repuso con aire doctoral cuando aquélla hubo concluido-, el caso es grave y de seguro no hubiera acontecido lo que aconteció si usted me hubiese enviado la niña para que yo la instruyese convenientemente... No; no es que yo dude de que usted la educase como debía, que si directoras conozco dignas de serlo ocupa usted entre todas el lugar preferente; pero, doña Dorotea, como los maestros de primera enseñanza manejamos hoy día cierta clase de estudios ya morales, ya científicos que abarcan toda clase de conocimientos en la esfera social e intelectual, etcétera, y que usted no ha podido adquirir todavía, con ellos y con mi táctica habría conseguido sin el menor esfuerzo irle abriendo los ojos a Mariquita para...

-¡Ave María Purísima! ¿Qué está usted diciendo, Ricardito? Eso es precisamente lo que yo no quería y que desgraciadamente nos sucedió. Por cerrárselos bien cerrados, sí que diera yo las minas del Potosí que ahora poseyera.

-Y dígame usted, respetable amiga: una persona ciega, ¿puede saber adónde la llevan?

-¿Y para qué necesita saberlo una mujer que ha de tener un marido por guía?

-¡Bien, muy bien! Ya sé que es usted doctísima en tales cuestiones; pero, ¡ay!, si lo que usted acaba de decir sucediese siempre. En la escabrosa senda de la vida, dice no sé qué filósofo, hay más espinas que flores y casi nunca pasan las cosas como uno quisiera que pasasen. Esto lo acaba usted de palpar de una manera lamentable y por eso decía yo que si usted me hubiese mandado la niña para que con mis conocimientos y la táctica especial que me distingue, pudiese ir poco a poco abriéndole los ojos, era...

-Nada, nada de eso, que hubiese sido usted o el de la capa, era lo mismo.

-Pero, señora, entendámonos.

-No hay que entender, Ricardito, y no hablemos más de ello; porque me ofende y me hace daño; como que he nacido en los tiempos en que ningún hombre se atrevía a faltar a una mujer, ni ella se faltaba nunca a sí misma.

-Déjate de eso, Dorotea, y habla de lo que importa -le dijo su hermano muy harto ya de aquella conversación en la cual no había tomado parte.

-¡Hombre de Dios! ¿Ves que salgamos de ello? Es el caso, Ricardito, como ya al principio le he dicho a usted, que hay de por medio un caballerete rival de Melchor, y que la otra tarde, amén de estarse el muy tuno tan cerquita de ella que podía, como quien dice, ofenderla con el aliento, se atrevió a cogerla una mano delante del mismo a quien aquella mano estaba prometida. ¡No he creído presenciar en mi vida semejante escándalo! ¡Y dígame usted lo que hacemos ahora!

-Señora, señora, el caso es arduo, dificilísimo y, por desgracia, harto verosímil. Ya se ve, la pobre Mariquita andaba a oscuras, y no sé por qué usted no me la había de mandar para...

-Mire, Ricardito, que si vuelve a repetir la frase reñimos para siempre.

-Corriente, no la repetiré, pero ¿qué quiere usted entonces que yo la diga? Si el de la capa negra le cogió la mano y ella se la dejó coger... en fin... a Melchor se le habrá vuelto del día noche, y... casualmente le recitaré a usted unos versos que sobre un tema parecido acabo de hacer para un librito dedicado a la enseñanza de las niñas; dicen:


La mujer que a un amante taimado,
la blanca mano le deja coger,
¡desdichada!, pues sigue la senda
por donde otras muchas solieron perder.
Así, niña inocente,
muéstrate siempre dura
para aquél que tu mano
incautamente asegurar procura.


El hermano de doña Dorotea se levantó entonces sacudiendo la cabeza y dijo:

-Mire usted, Ricardito, lo mismo entiendo yo de versos que de sembrar estrellas, y lo único que deseo saber es cómo tengo que arreglarme para castigar al caballerote de la capa negra, contentar a Melchor y hacer que a la muchacha se le vuelva al rostro el color que lleva perdido.

-¡Bah! Todo es muy fácil -añadió Ricardito sin pararse en barras-: al de la capa, le busca usted bien buscado, aun cuando mala es de buscar una capa negra, y tan pronto lo encuentre, le da usted tal zurribanda que se le acuerde para mientras viva. A Melchor se le dice que aun cuando aquel caballero se atrevió a coger la mano de Mariquita, ni le quitó ni le puso por ello a la novia, tanto más cuanto que una mano que se estrecha en medio de la calle se suelta por temor a la luz del cielo sin el menor detrimento. Y Melchorcillo que no sea malo de contentar, que tampoco lo es la que consiente en ser su mujer. Respecto a la pobre Mariquita, ¡válgate Dios! Si usted, doña Dorotea, me la quisiese traer por aquí, veríamos de...

-Vamos, Ricardito, ya hemos hablado bastante. Muchas gracias por los consejos y hasta otro día en que le daremos cuenta de lo que ocurra.

-¿Lo has visto, Dorotea? ¿Tú lo has visto, mujer? -decía a la vieja su hermano al bajar la escalera-. Cosa que a mí me dé el cuerpo, por algo me la da. Mire usted cuánto tiempo perdido para salir con el hijo de la oveja.

-Mal contento; pues, ¿no ha dicho verdad en lo que te ha dicho?

-¡Lo que yo ya me sabía!

-¡Que si quieres! Hay que buscar al de la capa; esto es lo primero.

-Pero, santa o mujer, ¿sé yo de él por ventura? Búsqueme usted uno de capa negra en Madrid, como dice el refrán.

-Calla, que todavía no le hemos sonsacado nada a la muchacha y puede que nos dé alguna luz.

-¡No habíamos caído en ello cuando por ahí debiéramos empezar! Y no, señor, que en vez de esto ni una palabra le hemos dado ni pedido desde que aconteció el lance. Vamos, date prisa y pregúntale y sonsácale cariñosamente, que de una muchacha encaprichada más se quita por bien que por mal. ¿Quién sabe si es inocente?

-También se me ocurre a mí, que muy bien pudo no haber malicia por parte de ella en aquello de haberle cogido la mano el caballero, porque los hombres son tan insolentes y atrevidos en el día que cuando atravieso por la noche la calle siempre voy temiendo algún desmán.

-¡Ca, mujer! ¿Quién se hubiera atrevido a ti?... Pero, en fin, me quitas un peso del corazón, Dorotea, y quisiera pagarte con la sangre de mis venas el bien que acabas de hacerme prometiéndome alguna esperanza.

-No quiero más paga sino que tu hija siga pareciéndoseme como se me parecía.

Iban a separarse los dos hermanos cuando les salió al paso una de esas caritativas vecinas que ni siquiera faltan en la calle de la Corredera del perro.

-¡Buenas tardes! -les dijo-. ¿Cómo va ese valor?

-De todo hay, doña Mercedes -contestó el señor Perico con un suspiro que de suyo estaba diciendo calamidades.

-¡Válgate Dios! -añadió la vecina, con rostro compungido-. En este pícaro mundo para todos hay un poquito de cada cosa. Los hijos, sobre todo desde que son grandecitos, no hacen más que regalarle a uno pena sobre pena.

Callóse el señor Perico como si no hubiese entendido lo que se le había querido decir; pero doña Dorotea contestó al punto con melindre:

-No todos, doña Mercedes, porque yo a mis padres jamás les he dado ni un leve disgustillo.

-¡Tú! Como todos -añadió el señor Perico con sorna-, que yo bien recuerdo aún ciertas rabietas que por la manía de irte a pasear muchas tardes a la Virgen del Puerto le causabas a madre.

-Mire usted, señora, lo que este hombre viene a sacar ahora a colación; yo bien digo que con personas sin instrucción no se puede razonar. Claro está que me agradaba ir de paseo a la Virgen del Puerto por ver los hermosos árboles que por allí crecen y sombrean el campo.

-¿Sólo los árboles? ¡Bueno... bueno!... Y el novio, aquel mocetón de señorito que por allí te andaba rondando mientras comías los anisillos colorados de que eras tan amiga.

-¡Jesús, María! Lo que va a decir... ¡Mire usted qué ejemplo para Mariquita si nos estuviese oyendo desde la ventana!

-Es porque a mí no me gustan las personas que dicen que nunca han roto un plato. Todos hemos hecho las nuestras cuando mozos.

-Vaya... no hay que reñir, que eso no vale nada -dijo la vecina-; ya se sabe que no hay que ir contra las cosas de la juventud, pero lo peor de todo en tales asuntos son siempre las malas lenguas, que de uno hacen veinte, como sucedió ahora con la pobre Mariquita.

-Eso no valió la pena, eso no fue nada -repuso el señor Perico con enfado, pero la vecina prosiguió impasible.

-Ya se sabe que no... y que Mariquita es una inocentona, yo no lo dudo; pero vamos a un decir, que porque la vieron hablando a la anochecida con un caballero que le cogió la mano y no sé qué más... pues ya murmuran los mal intencionados que no la quiere Melchor y que Ricardito el maestro, que según daba a entender tenía también por ella su caprichillo, ha mudado de voluntades. Pero lo mejor es no hacer caso de habladurías y tan pronto le vengan a uno con esos cuentos, hacer oídos sordos y nada más.

-Sí; después que uno se haya tragado la píldora -repuso el señor Perico con sonrisita de ya te entiendo.

-¡Y qué se le ha de hacer! -repuso con mucha compasión doña Mercedes...-, qué se le ha de hacer más que digerirla como se pueda y tener paciencia..., porque señor Perico, este mundo es muy pícaro y por donde uno menos lo espera recibe un lanzazo. Conque hasta otro día y salud, y no apesadumbrarse demasiado, que para todo hay remedio en este valle de lágrimas menos para la muerte y la honra perdida.

-¡Pécora venenosa! -dijo el señor Perico cuando la vio marchar...-. ¡Así no la haya tampoco para ti! Ya lo ves, Dorotea, mira en qué lenguas anda mi pobre hija; pues aunque no fuera más que por esto, juro que la tengo de perdonar y llevármela a donde tales gentes no sepan de ella.

-Muy bien dicho -dijo una voz detrás de ellos, y cuando se volvieron para ver quién, como suele decirse, metía cucharada en su conversación, les pareció que el caballero de la capa negra doblaba la esquina con ligereza.

Doña Dorotea y su hermano no vacilaron en correr tras él, pero la calle estaba casi desierta y en vez del caballero de la capa negra sólo divisaron a un personaje singularísimo y que les llenó de asombro, pues calzaba unas botas azules como no habían visto otras jamás, cuyo brillo les trastornaba de tal modo que casi se olvidaron del rival de Melchor. Pero el caballero de las botas azules dobló la esquina y ellos prosiguieron entonces sus pesquisas por la calle vecina, preguntando a cada transeúnte si habían visto pasar por allí un caballero de capa negra.

-Búsquenle ustedes por Madrid -les respondía algún pilluelo, y otros les decían:

-Lo que sí hemos visto es uno que lleva unas botas lo más maravillosas que darse puede.

-¡Ah! Sí. ¿Quién es ése?

-Dicen que es un duende que ha aparecido en la corte y que viene a comerse a todas las viejas que traen todavía escofieta.

-¡Vaya el insolentón en hora mala! ¡Pícaros hombres los del día!

De este modo fueron perdiendo el tiempo el señor Perico y doña Dorotea, mientras Mariquita, escurriéndose a sus espaldas, se lanzaba ligera como un gamo en pos del caballero de la capa negra.

Así acontece siempre en el mundo; cuanto más se mira, menos se ve.


Un hombre y una musa - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI - XXII - XXIII - XXIV