El caballero de las botas azules: 17

Capítulo XVI
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El caballero de las botas azules Rosalía de Castro


¡Qué aspecto nuevo y deslumbrador presentaba el Prado el domingo por la tarde, qué mágica y extraña perspectiva!

El cielo estaba completamente azul; ráfagas de un viento suave oreaban de cuando en cuando graciosamente hojas, velos y cintas, y flotantes y leves faldas ondulaban por donde quiera en grata confusión: no de otra manera el mar cuando al caer de la tarde se agita suavemente acariciado por las brisas.

Desde que la raza de Caín se extendió por la tierra, nunca como aquel día habían rendido los hombres tan ciego culto a la moda, ¡loca deidad que se hará adorar por ellos hasta la consumación de los siglos! El mismo Hoffmann, al contemplarlos con aquel atavío, superior sin duda al de las muñecas pintarrajeadas y al del caballero que andaba con pantuflos sobre la nieve, hubiera comprendido que los caprichos de los hombres exceden muchas veces en su realidad a cuanto la más ardorosa y creadora imaginación haya podido soñar de extravagante y de fantástico.

Si habéis seguido alguna vez con la mirada esas ligeras nubes que, voltejeando en el espacio, ya son castillos, ya piñas de oro, ya extraños monstruos que hacen pensar en remotas edades o en mundos ignorados, podréis formaros una pequeña idea de lo que parecían aquella tarde las mujeres. ¡Ay!, ¿por qué permite el cielo que esas criaturas tan hermosas nazcan algunas veces feas y que la moda venga a desfigurar sus naturales encantos con novedades traidoras a toda belleza?

Vedlas luciendo el alto y revuelto peinado llamando montaña alpina, sobre el cual un disecado aguilucho tiende las nevadas alas y posa el encorvado pico cual si fuese a dormirse embriagado por el aroma que exhala su nuevo nido.

El talle de cada mujer luce estrechamente ceñido bajo las celestes ravi-moras, chaquetillas cuyo nombre está en perfecta armonía con su corte extraño: multitud de cascabeles sirven de adorno al vestido formando caprichosos dibujos, y los pabellones de la trasparente falda, entre cuyos pliegues parecen juguetear los amores van recogidos con grandes botas azules que sustituyen a los broches de oro, a los elegantes camafeos y a los medallones de pasamanería.

Pero, ¿qué diremos de ese otro sexo, no vano, no ligero, no inconsecuente y frívolo como la mujer, sino fuerte, grave y majestuoso como la misma nobleza?

¡Ay! Ellos como ellas, pobres hijos del pecado, ¿de qué se envanecen? Al menos por esta vez no pudieron echarles en cara -a las que, pese a sus defectos, son el encanto de la tierra- sus fútiles y vanas inclinaciones.

En donde desde antiquísimos tiempos han ocupado los botones su puesto dignamente, llevaban entonces cascabeles; en vez de corbata lucían aves disecadas cuyo corvo pico parecía protestar contra tan ridículos antojos y la holgada campana de una hermosa bata azul -mas no trasparente y luminosa como las del duque- se levantaba hasta sus rodillas sobre el ajustado pantalón insultando al verano.

El cuadro era en verdad sorprendente. ¡Qué bella uniformidad en el conjunto, qué armonía en los detalles, qué novedad en la forma! Suspensa se hallaba aquella multitud en la contemplación de sí misma; todo era animación, todo alegría, y muchos de los que pasan su existencia ocupados en vestirse con arreglo al último figurín no cesaban de repetir que los cascabeles eran el adorno más bello de todos los adornos y que los aguiluchos disecados hacían mucho mejor efecto sobre las cabezas de las damas y sobre los diminutos sombreros-duque que las aves del paraíso y los hocicos de conejo.

-¡Gracias al cielo! -exclamaban algunos con ferviente entusiasmo-; ¡ésta es la primera vez al cabo de largos años que España no ha tenido que mendigar una moda al infierno de París!

Sólo faltaba para que el cuadro fuese verdaderamente magnífico que el que lo había inspirado viniese a realizarlo con su presencia; ¡era ya tan tarde!

Mas, ¿qué carruaje es aquel que se acerca?

Todos se conmueven: sin duda es él que llega al fin, ¡ya era tiempo, en verdad! ¡Oh!, cómo va a sorprenderse al contemplar... Pero, ¡Dios santo!, la portezuela se abre y en vez del magnífico duque aparece una mujer.

Un pobre vestido de lana oscura se ciñe a su cuerpo como una túnica y un sencillo velo le cubre la cabeza. Creyéranla alguna viuda indigente que viene a implorar la caridad pública si no se viese brillar en sus cabellos una herradura de oro cuyos brillantes valen una fortuna. La sorpresa de cuantos la contemplaban no pudo ir más allá cuando reconocieron en aquella mujer a la gran señora de Vinca-Rúa.

Seguida de sus lacayos, atravesó el Prado con aire modesto, casi humilde, y después de haber dado una vuelta por el salón volvió a entrar en el coche, no sin haber dirigido antes una mirada de descontento en torno suyo. ¡Es que sus ojos no habían distinguido al gran duque! ¡Tampoco esta vez pudo conseguir lo que tan ardientemente deseaba!

En tanto, todos leían con asombro un impreso que otro de sus lacayos acababa de repartir entre lo más escogido de la nobleza y en el cual se leía:

La señora de Vinca-Rúa suplica a sus conocidos y amigos se dignen asistir a la reunión que dará desde mañana en su casa bajo el título de Tertulia económica del trabajo. Demanda este favor en nombre de las buenas costumbres, casi olvidadas, a fin de dar buen ejemplo a las clases pobres y hacer que la verdadera nobleza vuelva a marchar por el virtuoso sendero que le han señalado sus ilustres antepasados.

La sorpresa que su lectura produjo en tanto fashionable poseído de la elegancia y novedad de su traje, no puede describirse.

Hubo risas, tumulto, olvidóse por un instante al duque de la Gloria, y el mayor desorden se extendió por el salón. Los aguiluchos, los cascabeles y las trasparentes faldas con sus botas azules iban y venían en todas direcciones formando un laberinto extraño y una confusión admirables. ¡Oh, año 3000! Tú no sabrás nunca las maravillas que cierto duque ha hecho en cierta corte, a la cual, sin embargo, te atreverás a llamar bárbara. ¡Osado charlatán!

Cerró por fin la noche, y como el esperado no apareciese, aquello que ya podía decirse mar turbulenta se deshizo y tornó cada aguilucho, no a las altas regiones a donde eleva el gigantesco vuelo, sino a la elegante sombrerera que se le tenía destinada.

Las hijas del médico, las del abogado, las del empleado en Hacienda y las del teniente coronel, se retiraron también a sus casas, disgustadas de no haber sido envidiadas las unas de las otras y muy descontentas de no haber visto al duque.

Cuando se hallaron reunidas en la tertulia, no acertaron a hablar sino de los sucesos de aquella tarde memorable. Las del teniente coronel decían en voz baja, al oído de su madre, que si su padre las hubiese presentado ya, como debía, en casa del conde, se hallarían cansadas de ver al caballero de las botas azules, y no se quejaban menos las de Hacienda al verse precisadas a frecuentar una sociedad a donde no iban los duques.

-¡Qué hay que hacerle, hijas mías! -respondía la madre, mordiendo desesperadamente los labios-. Vuestro padre me dejará morir antes de hacer que le nombren director. El desgraciado apenas acierta a manejar algunos negocios de escribientillo mientras nos lleva atadas al carro de su infortunio. Hijas mías, libraos de enlazar vuestra suerte a la de ninguno que no se halle ya en sus plenos derechos de hombre de buena sociedad.

-Explíquese usted más claramente, mamá.

-Yo me entiendo, hijas. ¿Podemos llevar nunca, si no es por mis sacrificios, adornados los vestidos con encajes o salpicados de grosellas, de uvas, o de gusanillos de luz? ¿Puede vuestro padre arrastrar siquiera un miserable coche? Pues bien, a esta clase de hombres debiera la sociedad condenarlos al celibato.

Con éstas y otras conversaciones sostenidas a media voz hallábase el salón casi en silencio cuando en la cercana antesala se oyeron resonar pasos acompasados y sonoros. Dijérase que unos tacones de vibrante metal herían el suelo con sigilosa precaución.

Todas las miradas se volvieron hacia la puerta. Un secreto presentimiento hacía latir aprisa cada corazón. Aquellas pisadas tenían tan extraño sonido...

-¡Tris!... ¡tris!... ¡tris!...

-¿Quién podrá ser? ¡Qué ruido singular! Veamos. ¡Ah, sorpresa inesperada! ¡Es él!

¡El duque de la Gloria acababa de presentarse en la puerta!

La alegría mata como el dolor; así poco faltó para que damas y caballeros se desmayasen con tan inesperada novedad. Sólo se veían allí rostros pálidos y llenos de emoción.

La señora de la casa en vano quiso pronunciar en los primeros momentos algunas palabras para recibir a la enormidad que acababa de presentarse ante sus atónitas miradas.

-¡Sin duda me he engañado! -dijo el duque pausadamente y sin pasar de la puerta.

La señora de la casa hizo entonces un supremo esfuerzo para salir de su estupor y adelantándose hacia el duque con vacilantes pasos dijo, acompañando sus palabras con la más fina, risueña y atenta de las sonrisas:

-Es aquí, caballero... aquí mismo... Sírvase pasar adelante el señor duque... sentimos una profunda satisfacción al verle...

-Gracias, señora -repuso aquél-, mas me he engañado, estoy seguro de ello.

-¿Buscará el señor duque a los del cuarto de la derecha? -preguntó la mamá de las del abogado levantándose.

-Sin duda pregunta por papá -añadió en voz bastante alta la del teniente coronel.

-¡Qué petulante y qué necias! -dijo a su vez la de Hacienda torciendo el gesto-; había el duque de ocuparse de ellas. A no ser que tenga algún asunto en Hacienda... y que...

El caballero de las botas azules repuso entonces:

-Venía buscando una reunión de familias modestas y de mediana fortuna, mas, a lo que entiendo, me hallo entre personas de la más alta sociedad.

-¡Oh caballero! -exclamó la señora de la casa sin poder ocultar su satisfacción-, es usted muy amable al calificarnos de ese modo y sólo siento que mi esposo, médico muy conocido, no se halle aquí en este momento para...

-¡Médico! -repuso el duque con admiración.

-El inventor de las píldoras cartelarias a las cuales ninguna enfermedad se resiste... Yo le daré al señor duque una cajita para que juzgue de su eficacia.

-Agradezco la atención, señora, pero precisamente yo suelo también administrar en píldoras varios medicamentos muy saludables.

-¡También el señor duque! Las píldoras que ha inventado mi esposo están premiadas.

-Las mías no, señora; mas, a pesar de eso, mis enfermos toman cuantas les receto.

-¡Oh!, se hallarán convencidos del talento y penetración de su médico.

-Quizá...

-¡Qué mujer más impertinente! -murmuraban las otras-. Sólo sabe hablar de su marido y de sus píldoras: esto hace daño...

-Señora -siguió diciendo el duque-, pienso que usted se digna chancearse conmigo, lo cual me lisonjea, mas, como me urge el asunto que aquí me ha traído, preciso retirarme para buscar en otra parte lo que en esta distinguida reunión no podría encontrar.

-Hable usted, caballero, hable usted... ¿quién sabe si hallará aquí lo que desea? Está usted en su propia casa y nos conceptuaríamos muy honrados en servirle...

-Imposible, señora, voy en busca de modestas jóvenes que necesiten ganar con el trabajo de sus manos algunos miles de pesos para ayuda de la dote.

-¡Miles de pesos! -murmuró la señora de la casa con interés-. ¿Qué trabajos, pues, serán ésos? ¿Pueden saberse?

-¿Para qué, señora? Las condesas no necesitan de esas cosas... ni tampoco las ricas y así...

-Es que nosotras no somos condesas, ni podemos llamarnos ricas.

-¡Mire usted qué salida! -replicó en voz baja la de Hacienda.

-¡Vaya!, no puedo comprender por qué se empeña, señora, en querer aparecer a mis ojos una cosa que no es.

-Pero, señor duque, ¿por qué se ha imaginado usted que se le engaña? ¿Podríamos permitirnos semejante libertad?

-Pues bien, ya que usted se empeña, hablaré, si bien convencido de que será en vano. ¿Querrían estas señoritas calcetar doscientos gorros de dormir, hechos con merino y listas de seda a seis duros el par?

-¡Jesús... qué horror!... ¡Nosotras calcetar gorros! ¡Trabajar por dinero como si fuésemos miserables obreras!

Estas palabras, acompañadas de desdeñosas sonrisas, resonaron de repente en los cuatro ángulos del pequeño salón; todos se habían escandalizado de la proposición del duque, que repuso enseguida:

-He aquí como tengo razón. Yo venía buscando algunas modestas jóvenes de la clase media, de esas que sin dejar de ser señoritas saben pensar en el porvenir, no desdeñándose de aumentar con el trabajo de sus manos su pequeña dote: mas desde que he entrado en este sitio comprendí que me hallaba entre personas de la más elevada esfera, a las cuales mi proposición hubiera parecido una afrenta, como acaba de suceder.

-No porque no seamos condesas nos ofendemos, caballero -dijo la señora de la casa con cierta altivez-. No necesitamos trabajar para comer: Ya le he dicho al señor duque que soy la esposa del señor Cartelí, médico muy conocido en la corte...

-¿Por qué, entonces, ese enojo, señora? -le replicó el duque, mientras todos le miraban con cierto aire de asombro y de indignación-. Si su esposo de usted fuese un médico, como se me quiere hacer creer... ¿acaso el médico no trabaja para ganarse la vida? ¿No trabaja el abogado, el empleado?... Pero concluyamos, señora condesa -añadió el duque con cierto aire confidencial-, si un médico, un abogado o un empleado cualquiera desplegase en su casa tan fastuoso boato, podría decirse de él que hacía pagar demasiado caro a la Hacienda, a sus clientes o a los enfermos lo que los unos llaman ¡mi trabajo!, y lo que los otros dicen ridícula y pomposamente ¡mi ciencia!, palabras con las cuales, mientras se toleren los abusos, seguirán saqueando y vaciando la bolsa ajena muchos hombres que se dicen honrados.

-¡Caballero! ¡Esas palabras! -exclamó alguno entre dientes-; ¡qué insulto!, esto es insoportable...

-¡Jesús!..., yo me ahogo de indignación -exclamaron muchas mamás.

-¡Sin duda está loco! -murmuraba temblando algún fashionable al oído de las irritadas señoras... El duque añadió entonces con el aire más natural:

-¿Pertenecerán ustedes realmente a la clase media? Pues en ese caso, señoras, ¿por qué no querer calcetar gorros de dormir cuyo par da de ganancia seis duros? ¿No trabajan sus papás? Pues trabajen ustedes también, señoritas, y déjense de esas apariencias de riqueza que ocultan una miseria vergonzosa y un orgullo tan ridículo como inútil.

-Salga usted inmediatamente de aquí, caballero; salga usted -prorrumpió la señora de la casa.

-¡Oh! Con mucho placer... jamás me han gustado los oropeles... ¡Que no estuviese aquí mi amigo el misionero!

Y el duque se alejó riéndose de tal modo que muchas de las señoras rompieron a llorar de cólera, mientras decían los caballeros con un furor que ocultaba su miedo y su despecho:

-¡Insolente! ¡Conspirador!... ¡Pero a pesar de sus botas azules le buscaremos y le desafiaremos!...


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