El caballero de las botas azules: 15

Capítulo XIV
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El caballero de las botas azules Rosalía de Castro


-Tres bellas hurís esperan a mi dueño -dijo Zuma al duque cuando le vio llegar.

-¡Tres! ¡Oh, mudanza!... ¿esperan juntas?

-No estamos en Oriente, amo mío; cada una en su aposento.

-Digno eres de servirme. ¿Sabes quién son?

-Una es la juguetona criolla, tan enamorada de su ardiente país como del más magnífico de los hombres.

-No soportaré siquiera por rival el amor de la patria. ¿La otra?

-Es aquella que ama hasta el aroma que llevo de vos en mis vestidos: la que tiembla cuando alguna mirada se posa en ella como tiembla una yerbecilla cuando las aguas quieren arrebatarla al pasar, la del abanico, en fin...

-¡Ah, la marquesita de Mara-Mari! Vendrá a decirme que me vigilan nocturnos espías, o a saber su horóscopo. ¡La lánguida niña es tan dada a la magia cuando se trata de su sensible corazón!... Y ¿quién más?

-Aquélla de los treinta años cuya regia belleza es comparable al sol de mediodía.

-En efecto, la condesa Pampa no tiene rival en el brillo deslumbrador de su radiante majestad. Pero ¡ay!, existen corazones más duros que el pedernal. Condúcela al invernadero y dila que he llegado.

-¿Y a las otras?

-Que llegaré muy pronto.

-¿Haré vibrar cerca de su oído las cuerdas de mi bandolín para entretener su inquietud?

-¡No en vano has nacido en Oriente! Mas, sea: cántales aquella canción que dice:


Como la flor del mirto es la inocencia;
el soplo más ligero se la lleva.


y la otra que concluye:


Sobre la ardiente arena del desierto,
me sigues paso a paso,
cual sediento camello,
de misteriosa fuente sigue el rastro.
¿Quieres beber la hiel de mis desdenes,
mujer a quien no amo?
Dime, ¿por qué me buscas,
si nunca te he buscado?


-Amo y señor, -repuso el moro inclinándose profundamente,- mi voz temblará al entonar esa canción que el más cruel de los hombres dijo a una desgraciada cuanto hermosa mujer. ¡Es tan compasivo mi corazón!...

-Pero la compasión no niega la verdad ni excluye el buen consejo.

-¡Obedezco!

Zuma condujo a la condesa Pampa al invernadero en donde flores desconocidas y hermosas ostentaban vivos colores y exhalaban acres y penetrantes aromas capaces de producir el vértigo. La alta y bella figura del moro armonizaba perfectamente con aquellas plantas gigantescas y quizá hubo de notarlo al punto la condesa con rápida e inteligente mirada.

Parecía, no obstante, exclusivamente ocupada en contemplar las flores, algunas de las cuales iba cortando Zuma y haciendo con ellas un artificioso ramo, que le presentó después doblando en tierra una rodilla y colocando una mano sobre el corazón.

No sabemos si por la mente inquieta de la condesa pasaría entonces rápidamente y semejante a un sueño la novelesca historia de alguna noble cristiana y un aguerrido musulmán; pero es lo cierto que fijaba sus ojos con curiosidad e interés sobre el semblante del moro, semblante traidoramente bello a la manera que el de Don Juan de Byron.

-En nombre del más admirable señor de la tierra -le dijo él con aquella ampulosa y pródiga magnificencia de lenguaje que le era propia-, y, si me es permitido, en nombre también del último de los esclavos -añadió-, me atrevo a ofreceros este ramo que en el lenguaje de las flores quiere decir Sultana del paraíso.

-No puede dejar de aceptarse tan delicado presente, mas... dime, moro, ¿los esclavos en tu patria son todos tan galantes como tú?

-Todos, tratándose de una reina tan hermosa como vos.

-¡Y se atreven a llamaros salvajes! Pero, dime, ¿dejarías el servicio del duque por el mío?

-Preguntadle a una madre si consentiría en abandonar a un hijo para seguir a otro.

-Moro, o eres artificioso en demasía o amas mucho a tu dueño.

-Le amo como a serme permitido os hubiera amado a vos.

-¡Oh!... ¡basta!... y él, ¿a quién ama?

-¡Él, señora! Su corazón y su pensamiento son una inmensidad en donde la más penetrante mirada no encuentra límites. ¿Quién sabe lo que hay allí? Pero va a llegar, señora... ¡adiós!

Alejóse entonces Zuma no sin haber acercado antes sus dedos al borde del vestido de la condesa y besádolo con apasionada vehemencia, y la condesa se quedó sola un momento pensando en las veleidades de su corazón, en el moro y en el señor más magnífico de la tierra. ¡Desgraciados aquellos que todo lo ambicionan y nada les basta!

Sintiéronse a poco unos pasos sonoros, percibióse un perfume aún más punzante que el que exhalaban las flores y una viva claridad azul anunció que se acercaba el duende que traía revuelta la corte y sus alrededores, sin excluir la Corredera del perro.

La condesa se estremeció toda y mudó de color, no olvidándose, sin embargo, de arreglar con gracia los pliegues del vestido. El duque, que la sorprendió en esta ocupación, le dijo saludándola:

-Lástima es, condesa, que no sea costumbre colocar espejos en los invernaderos, pero yo aseguro que usted debe parecer hermosa porque Zuma lo ha dicho, y entiende de esas cosas.

-¡Ah! -exclamó la condesa algo confusa-. ¿Zuma ve por el señor duque?

-¡Pts! Algunas veces, sobre todo si Zuma fue visto.

-¡Oh!... no en vano se murmura que esas botas azules son un abismo, así como vuestro corazón -replicó la dama, más confusa todavía y evitando las miradas del duque.

-Y el de usted, señora, ¿no será acaso otro abismo?

-Mi corazón es un corazón sensible, impresionable, quizá demasiado inquieto y nada más.

-¿Nada más? Pues hay bastante con eso para formar tres abismos por lo menos, condesa; uno, de sensibilidad, y he ahí acaso el más peligroso para una mujer; otro de impresiones, quizás más peligroso todavía, y otro, de eternas inquietudes. ¡Señora... quién pudiera medir el fondo de esos tres abismos!

-Nunca lo he pretendido, pero a buen seguro que será lo que suele decirse una pequeñez.

-¿Por qué, entonces, esas ambiciones y deseos que no encuentran término?

-¿Qué sabe el señor duque de mis ambiciones? ¿Por ventura es un mago?

-¿No lo parezco al menos?

-Tanto, que necesita una hacer un esfuerzo para alejar de sí tan loca creencia. Mas ello no es fácil cosa y heme aquí por lo mismo sumida en una duda de la cual sólo usted puede sacarme.

-Pero no lo haré, señora.

-¿Es posible?

-Dicen que es insoportable la duda; pero hay ocasiones en que la certidumbre es más insoportable todavía... ¡infinitamente más! ¿Por qué nos empeñamos siempre en descorrer el velo que oculta algo a nuestros ojos? ¿Sabemos acaso si ese algo es la muerte?

-Que lo sea; ¿no hemos de conocerla al fin? Señor duque, a lo que entiendo pensamos en esto de un modo distinto. Yo sólo encuentro hermoso y sólo amo al rayo de sol que aparece a mis ojos después que se ha ocultado tras de la espesa nube. Sólo me encanta lo desconocido, lo vago, lo imposible... Las más preciadas perlas perderían completamente su valor si pudiesen cogerse entre las arenas como las margaritas.

-¡Funesta pasión, señora! ¡Amar lo que no está a nuestro alcance! Buscar lo desconocido y sólo encontrar hermoso lo imposible, equivale a amar la desgracia, a buscar una sombra y a adorar la nada. Condesa, si es tiempo aún, retroceda usted en tan traidora senda, pues a cada paso que el hombre adelanta por ella se aleja de la razón, de la verdad y del bien.

-¿Qué estoy oyendo? ¿También los magos se han vuelto misioneros? Pero es en vano; yo no habré de curarme de mi pasión por lo desconocido aun cuando el mismo señor duque, a quien tan particularmente estimo, la condene y la llame funesta.

-Quizá lo sea para usted, condesa.

-Terrible augurio...

-No hay que inquietarse... Me agrada a veces darme aires de profeta; pero es seguro que no se cumplirán mis profecías como no esté decretado que hayan de cumplirse.

-Lo supongo, pues no he nacido aprensiva, y, después de todo, séame o no funesta esa pasión que es mi encanto, ¡nada importa! Apenas recuerdo haberme sentido nunca realmente desgraciada y no me pesaría de llegar a serlo una vez siquiera en la vida. ¿No es al fin ridículo no saber una lo que tantos millones de mujeres saben?

-Esas palabras me recuerdan involuntariamente los bárbaros extravíos de los emperadores romanos.

-Sepamos por qué.

-Pienso que en esa naturaleza caprichosa, robusta y mimada por la fortuna, deben existir principios semejantes a los que contenía la extraña levadura con que aquellos fueron formados.

-Gracias, duque. Desde ahora ya no tengo derecho para decir que es usted hipócrita ni galante, y le bendigo por ello con todo mi corazón.

-Amable condesa... ¡Imposible me hubiera sido hablarle a usted en el mismo lenguaje que a las demás! Por ventura ¿no ama usted lo vago y lo desconocido?

-Mi presencia en este sitio lo confirma... Sólo semejante pasión pudo conducirme aquí para contemplar esas magníficas flores nacidas en otros climas y cuyo aroma, a decir verdad, empieza a marearme...

-¿Desearía usted respirar por algunos momentos un aire más puro?

-Lo necesito, que es más. Esos perfumes son demasiado fuertes para una hija de Europa.

-Renuncie usted entonces a que esas pupilas negras se vuelvan azules.

-Renuncio de buen grado. Hasta el presente no me ha ido mal con el oscuro brillo de mis ojos y si en lo futuro siguen siendo negros no lloraré por ello.

-En hora buena, condesa, pues de cualquier manera siempre parecerán hermosos. Dirijámonos entonces hacia el estanque y bajo aquel toldo de hojas gozaremos de una temperatura tan dulce como la que reinaba eternamente en la isla de Calipso. He aquí la gruta...

-Una gruta parece en verdad esa bóveda sombría formada por las espesas ramas. ¡Lugar hermoso es éste para oír historias maravillosas como las que debe saber el señor duque!

-¡Una sola he aprendido, y es la mía!

-Precisamente la que yo escucharía con mayor placer...

-La que no he contado todavía a persona humana.

-Por lo cual sería más interesante para mí. ¡Oh señor duque!... si usted quisiese hacer hoy la felicidad de una mujer que sobre todas las cosas de la vida desearía ver descorrerse ante ella el velo que oculta ciertos misterios, me contaría usted algún episodio de esa historia no revelada a ninguno.

-¡Qué pide usted, señora!... Mis palabras resonarían dolorosamente en esos oídos sólo acostumbrados a las confidencias del amor.

-¿Tan terribles serían?... No importa. Las confidencias amorosas han llegado a cansarme con su monótona dulzura y ya he dicho que no me pesaría de conocer el dolor.

-Hablar de la hiel no es gustarla.

-Abandone usted las excusas, señor duque. Usted ha podido comprender ya hasta qué punto me encanta lo extraño, lo desconocido y lo absurdo si posible fuera, pues bien..., esa sonrisa que vaga de continuo en los labios del duque de la Gloria, ese no sé qué que le rodea me prometen sin duda revelaciones tan ignoradas como los mundos en donde ya ha penetrado su mirada de águila. Por favor, no se burle usted de mi ansiedad, ¿no es esto natural en una mujer como yo al ver tan cerca, sin poder comprenderlo, un misterio, velado entre nubes deslumbradoras como el sol?

-Pero, señora, aquí para entre nosotros, ¿con qué derecho iría usted a penetrar los recónditos misterios que sólo el cielo y yo sabemos y a hacerse dueña de secretos para siempre sepultados bajo la nieve que cubre las estepas de la Siberia, y allá..., en el Cáucaso..., entre aquellas montañas y aquellos abismos tan salvajes como mi corazón?

Al oír estas palabras la condesa se inmutó visiblemente murmurando con trémula voz:

-¡Ay! No me ha engañado el corazón.

-¿Se siente mal? -le preguntó el duque.

-Es preciso que yo sepa eso de las estepas... eso del Cáucaso... ¡Oh! ¡El Cáucaso!... -repuso la condesa, aún más conmovida.

-¿Sin duda ha visitado usted también aquella región casi glacial en donde hasta el alma parece resentirse de la influencia del clima?

-Quisiera que hubiese así sucedido.

-¿Para qué? Hace ya tiempo que desapareció de allí el ave errante que cantaba armoniosamente canciones que ella sólo entendía. Yo la he visto en otros días bajar por las cumbres más altas saludando a las nubes impelidas por el austro y sonriendo hacia el abismo que parecía atraerla con su profundidad tenebrosa. Mas vino después una tempestad, y, arrebatándola en sus alas, aseguran que la condujo a la muerte. En realidad ella la buscaba a cada paso y ese a quien llaman ángel sombrío debía acudir a su voz.

Hablando de este modo, el acento del duque era tan amargo y melancólico, tan sonoro y profundo que se dijera arrancaba su armonía del fondo de un sepulcro.

-¡Oh Dios! ¿Es un fantasma o un ser real? ¿Es él o su sombra? -exclamó la condesa mirándole con interés y con espanto.

Por única respuesta, el gran duque se sonrió de la manera que se sonreía Petchorin, el héroe de cierta novela rusa, y casi fuera de sí la condesa se acercó más a él diciéndole:

-Señor duque... yo sé quién es usted... ¡ay!, conozco demasiado ese espíritu escéptico, ese carácter sensible y áspero a la vez, ese pobre corazón nacido como el mío, ambicioso y descontentadizo. ¡Lo he estudiado largos días cuando no hallaba nada a mi alrededor que me curase del hastío!

-Todo eso me sorprende. ¡Conocerme usted tanto, condesa!... ¡haber estudiado mi corazón por espacio de largos días!... En verdad, no comprendo cómo ni cuándo han podido suceder tantas cosas.

-¡Oh!, señor duque, el genio semejante al sol extiende sus resplandores por el universo. Aquella dolorosa amargura vestida en un raudal de poesía respondía a las quejas de mi corazón como un eco lejano y escuchándole me quedaba dormida, después de evocar una imagen que venía a aparecérseme en sueños, confusa y vaga al principio, conocida y distinta después.

-Pero, señora...

-Fue entonces cuando el caballero de las botas azules apareció en la corte... y al verle le reconocí.

-¡Cosa extraña! ¿Será usted sonámbula, condesa?

-Acaso... pero es lo cierto, señor duque, que yo había visto a aquel hombre, por eso aguardé temblando que se acercase a hablarme; mas desde que oí su voz temblé más todavía... ¡Ay, casi no dudaba ya! La estatua colocada a la entrada de la galería me hizo comprender después que aquel poeta adorado podía tener tanto de Dios como de demonio. Desde entonces emprendí una lucha a muerte con mi pensamiento. ¿Era él o no era él? Al resplandor de esas botas, señor duque, yo veía ese rostro, y lo veo todavía pálido y frío, irónico y delicadamente burlón, como he visto el suyo...

-¿El rostro de quién, condesa? ¿Puede existir algún hombre que se me parezca con tal que no lo haya devuelto el sepulcro?

Volvió a sonreír el duque como sonreía Petchorin y la emoción de la condesa no tuvo entonces límites. Creyendo reconocer en el duque el fantasma de sus locos delirios, cruzó las manos en actitud suplicante, diciendo:

-Señor duque, sufro horriblemente: usted y él son uno mismo, ¿no es verdad? Por salir de tan penosa duda estoy pronta a sacrificar la duda y el porvenir...

-No dispondré de esa vida ni de ese porvenir, señora; ¿sé por ventura quién es el fantasma de quien usted habla?

-¡Usted lo sabe!... Allá en la Rusia ha nacido un poeta cuyos cantos estaban en armonía con su semblante y con su corazón, podía compararse al ruiseñor que busca la noche para dejar oír sus gorjeos, y que sólo en las tinieblas sabe entonar el himno de sus amores. Él era sombra y luz, y al decir ¡no creo!, ¡no amo!, decía a la vez ¡amo y creo!, ¡quiero creer y amar...!

-¡Ah!, basta, señora, la interrumpió el duque sin dejar de sonreír, adivino... usted delira como una pobre enferma, y si quisiese la loca fortuna que fuese yo la sombra de Lérmontov...

La condesa lanzó un grito ahogado al oír este nombre, y el duque prosiguió:

-Si quisiese la loca fortuna que yo fuese la sombra de Lérmontov, le aconsejaría a usted, condesa, que antes de hablar con el mal espíritu de un hombre escéptico y muerto en desafío, se pusiese usted a bien con Dios.

-Lérmontov no ha muerto, señor duque...

-¿Quién lo ha dicho?

-No ha muerto... Usted lo sabe... ¡No me haga usted padecer más!

-Lérmontov nació el año 11.

-¡Pero vive todavía! En fin, señor duque, acabemos. Necesito saber con certeza quién es usted, o seré yo quien realmente muera.

-¿Y si después de saberlo muere usted también?

-Que muera; ¿acaso he nacido eterna?

-¡Oh!, delirios humanos... pues bien, condesa, lo sabrá usted todo, pero con una condición.

-¿Cuál?

-Es muy extraña...

-Sea cual sea, la acepto.

-Será preciso que usted se humille ante mí para besar mis botas antes de haberme oído.

-¡Oh!, ahora mismo...

-Ahora no puede ser: Zuma le dirá a usted cuándo.

-Pero que sea pronto porque voy a sufrir demasiado... ya estoy sufriendo.

-Mejor, condesa.

-¡Mejor!

-Tanto mejor. ¿No deseaba usted conocer el dolor y el sufrimiento?

-¿Quiere usted asustarme, señor duque?

-¡Qué asustar! Valor, señora, no en vano vamos buscando lo desconocido. La espera a usted una sorpresa. ¡Oh, qué sorpresa! Hasta entonces, adiós.

Cuando la condesa llegó a su casa tuvo intenciones de volver otra vez al lado del duque y no apartarse de él hasta saber la verdad.

Zuma, que la fuera acompañando, le había dicho cosas tan terribles y extrañas... Mas cuando una imaginación como la de la condesa va en busca de lo desconocido, no para hasta el infierno.


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