El caballero de las botas azules: 13

Capítulo XII
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El caballero de las botas azules Rosalía de Castro


Hallábase la gran señora de Vinca-Rúa casi disgustada de la vida desde que había asistido al baile dado en casa de la condesa Pampa.

¡El duque de la Gloria había pasado a su lado sin reparar en ella!... ¡desgracia sin igual!... ¿Cómo apartar de la mente idea tan infausta? Día y noche torturaba su pensamiento para buscar un medio de llamar sobre sí la atención del duque, sin que ninguno le pareciese bastante oportuno y de buen gusto. Por eso no tenía límites su mal humor y su displicencia... no quería recibir a nadie y apenas llamaba a su doncella para que la peinase más de dos veces cada día.

Con el alma sombríamente triste estábase una tarde reclinada sobre el sofá pensando en su desgracia y en las rarezas de Adriana de Cardoville que había sabido hacerse amar de Jdalma, cuando vio entrar precipitadamente a su doncella quien, inmutada y pálida, le dijo:

-Señora... señora... a poco me desmayo... ¡Él está ahí! Le he visto...

-¡A quién! Muchacha, ¿te has vuelto loca?, atreverse a entrar así...

-Perdóneme usted, señora... pero acaba de apearse a la puerta... ¡oh, qué maravilla!

-¿Qué quieres decir? Habla pronto... ¿a quién has visto?

-Al caballero de las botas azules...

-¡Será verdad!... ¡Dios mío!... Él aquí...

La señora de Vinca-Rúa, la reina de la moda, se puso entonces en pie rápidamente y, cogiendo llena de confusión una mano de su doncella, prosiguió diciendo con voz conmovida:

-Rosa mía... ¿Estás cierta de lo que dices? Ese personaje, admiración y asombro de la corte y que apenas se digna mirar a nadie, ¿se ha apeado a nuestras puertas?

-Yo le he visto, señora... pero el ayuda de cámara se acerca... es que viene a anunciarle... Estoy temblando.

En efecto, un criado se presentó diciendo que el gran duque de la Gloria quería ver a la señora en aquel mismo instante.

-¡Conque Rosa no se ha engañado!... -murmuró la de Vinca-Rúa como si no pudiese creer todavía en tanta felicidad-. Que espere en el salón de las flores -le dijo al criado, y en medio del más completo trastorno, añadió, tan pronto como quedaron solas-: Esto parece una ilusión..., un sueño..., pero, ¡qué fatalidad! en qué momentos me sorprende... tan desaliñada, tan ojerosa...

-Nada de eso, señora... está usted perfectamente.

-¡Qué he de estar!... Sin rizos, sin bandós, con un miserable vestido de glasé liso... ¿por qué no se me habrá ocurrido poner el verde a listas blancas o cualquier otro? ¡Vaya..., es para desesperarse!

-Pues yo..., ¿qué voy a parecer con esta bata tan llena de manchas y tan sucia? -añadió la doncella.

-¿Qué importas tú?... ¡Habráse visto la insolente!...

-No lo digo por mí, señora, sino por honor de la casa.

-Es verdad, ¡como si mi casa fuese a perder ahora el honor porque mi doncella no tenga limpio el vestido!... Poco falta para que estas míseras criaturas se crean tanto como sus señoras...

-El señor duque tiene prisa -dijo el ayuda de cámara acercándose muy agitado.

-¡Oh!, no lo sabía... ¡qué desgraciada soy! Dile que voy ahora mismo. Pronto, Rosa, arréglame estos cabellos y deja de pensar neciamente en tu bata... pero, ¡qué aturdida estás!... ¡qué torpe!... ¿quieres colocarme ese rizo sobre las narices?

-Hacia el medio de la frente, como la señora lo manda otras veces.

-Suelta... suelta, me peinaré yo misma, pues lo echarás todo a perder... ¡qué tormento! ¡Llegar al extremo de arreglarme el cabello con mis propias manos como la más miserable de las mujeres!... ¡Y en qué trance!... Pronto, un vestido cualquiera, con tal que no se asemeje al que tengo puesto y que llevarás para ti a condición de que no he de volver a verlo jamás porque le tengo aversión.

El ayuda de cámara, más sofocado que nunca, se acercó de nuevo diciendo que el señor duque se impacientaba en extremo y que no podía aguardar un momento más.

-Deténle... deténle, que ahora salgo.

-Pero, señora, si no quiere... si...

-Te digo que le detengas, ¿no has oído?

El criado volvió a alejarse todo confuso mientras la de Vinca-Rúa iba y venía por la estancia con una impaciencia difícil de describir; pero sin olvidarse, a pesar de esto, del menor detalle de su elegante peinado.

-No hay una mujer más desgraciada que yo -proseguía diciendo con una irritabilidad creciente-; nada me sucede como lo deseo. Venga ese vestido... ¿qué me traes ahí? El color punzó, ¡qué estupidez! ¿No sabes que me torna morena y macilenta? Tampoco el color malva, ni el azul, porque son demasiado chillones. El blanco, el blanco con flores lila. Todo hay que decírselo a estas gentes. Cualquiera menos tú comprende que esta hermosa tela da al rostro cierto aire de frescura y de juventud. Bien; la gola... ahora el alfiler de perlas, los pendientes largos... la red, porque estos cabellos se me escapan por todos lados: ¡ya se ve!, he tenido la desgracia de peinarme con mis propias manos... Dios me lo tome en descuento de mis culpas. Pero, ahora recuerdo... quizá me siente mejor el prendido a la Benoiton: tráele...

-¿El prendido al botón ha dicho la señora? ¿Cuál es?

-¡Qué botón ni que torpeza! ¡Vaya!, también será preciso ir sin él. Como si el francés no fuese ya una lengua casi española y que entiende todo el mundo menos estas gentes, que sólo saben la suya... dejemos el prendido y vengan las ligas celestes.

-Pero si no se ven, señora, y...

-¿Qué importa? ¿Había de ir sin ellas? ¡Qué horror! Se me hubiera conocido en el semblante. Vamos, las ligas azules y los zapatos de moña blanca.

-El señor duque se aleja ya; no puedo detenerle -repitió por última vez el criado con dolorosa entonación.

-¡Dios mío, qué servidores tan estúpidos me ha deparado la fortuna!... pues corre a decirle que ya estoy en el salón; no hay remedio... Rosa, dame ese abanico y el pomito de esencias... ése no... el de jazmines.

-Señora, falta un zapato, lleva usted uno blanco y otro negro...

-No importa, voy.. ¿qué tengo de hacer? ¡Qué criados... santo Dios!... ¡qué criados me rodean!...

La señora de Vinca-Rúa se lanzó entonces apresuradamente hacia el salón en el mismo momento en que el duque de la Gloria, venciendo la política resistencia que le oponía el ayuda de cámara, iba a levantar uno de los grandes portiéres para alejarse. Pero al oír el ruido que formaba el largo vestido de la dama se volvió hacia ella diciendo con la irónica cuanto delicadísima galantería que le era propia y con la cual hacía soportar todas las impertinencias y todos los insultos que salían de sus labios.

-Al fin, señora...

Al oír la de Vinca-Rúa el eco de aquella voz que por segunda vez llegaba hasta ella, se conmovió visiblemente y apenas pudo exclamar llena de aturdimiento:

-No sé cómo expresar mi asombro y mi satisfacción, caballero, al verle a usted aquí, si bien ignoro todavía a qué debo tamaña fortuna.

-¿Me conocía usted, señora?

-La noche del baile... ¡oh!, ¿y quién no conoce a una persona tan distinguida y tan...? El que la ha visto una vez no puede olvidarla ya... por lo demás sé que muy pocos tienen la dicha que yo tengo ahora...

-Si a verme llama usted dicha, confieso, señora, que estuvo a punto de dejar de serlo...

-¿Por qué causa?

-No me agrada esperar, y cuando usted llegó iba a alejarme aburrido, muy aburrido de pasear solo por este vasto salón.

-¡Oh!... cuánto lo hubiera sentido -dijo la de Vinca-Rúa entre sorprendida y confusa- no me consolaría jamás si usted se hubiera alejado así... Crea usted que me devoraba la impaciencia, pero mis criados son los más torpes del mundo y yo no estaba vestida todavía...

-¿Todavía no?... A las tres... afortunadamente hace calor... si bien mucho más hace en el corazón del Asia y las gentes se visten allí desde que dejan la cama.

La señora de Vinca-Rúa apenas supo qué responder al pronto a tales palabras, que la hicieron ruborizarse; pero pasados los primeros momentos, repuso, casi tartamudeando:

-¿Quizá ignora el señor duque que hacemos aquí lo mismo que se hace en el corazón del Asia, es decir, que nos vestimos cuando nos levantamos del lecho?

El duque, eludiendo la pregunta y tomando un aire cada vez más atractivo y misterioso, repuso:

-Es decir que es usted perezosa... que acababa usted de levantarse cuando yo entré... ¡Usted, la reina de la moda... el modelo del buen tono!... ¡Qué lástima! Si las señoras se levantasen con la aurora y se acostasen con el sol, conservarían mucho más puras la frescura del rostro y la del corazón... pero está visto, Europa ha degenerado y se vuelve salvaje y ridícula por la perversión de las costumbres.

Sacó entonces su cartera del bolsillo y sin el menor reparo escribió en ella algunos apuntes, murmurando casi en voz alta mientras hacía resbalar el lápiz sobre la hoja: «Siempre el gato; dormir de día, cazar de noche, no comer lo que caza, sino lo que roba. ¡Ah, gato... gato!... ¡Cómo van a ponerte el cascabel!».

La de Vinca-Rúa al oír estas palabras no supo si enojarse juzgándolas una indigna burla o si reírse de ellas... pero el rostro del duque estaba tan grave y tan severamente hermoso que no era posible contemplarle sin enmudecer. Henos, pues, a la orgullosa señora en el lance más apurado de su vida y sin acertar a salir de él.

Comprendiendo no obstante que le era forzoso decir algo, pues el duque guardaba el más profundo silencio, repuso:

-A mi pesar caballero, acaban de sorprenderme esas palabras que no comprendo...

-Aluden, señora, a la mala costumbre de levantarse a las tres de la tarde las elegantes damas de estos países...

-Veo que no nos entendemos... yo no acababa de levantarme cuando usted llegó, únicamente no estaba en traje de recibir.

-¡Ah!... en traje de recibir... Usted me perdonará mi ignorancia; pero ¿tendría usted la amabilidad de decirme cómo es el traje de no recibir...?

-He aquí una pregunta que parece tan irónica como atrevida.

El duque se puso en pie al instante y dijo:

-No lo creo yo así... pero una vez que mi lenguaje le desagrada a usted, me retiro...

Estas palabras resonaron como amenaza en los oídos de la gran señora, que replicó vivamente.

-No es que me desagrade su lenguaje de usted, caballero, todo al contrario, le encuentro lleno de atractivo, mas no puedo negar que me pareció notar en él una así como osadía inexplicable que disuena en mis oídos mas lejos, sin embargo, de mi pensamiento el creer que hubiese usted abrigado la menor intención de ofenderme... no me tengo en tan poco, señor duque...

-Por mucho que usted pudiera valer, señora, jamás falta un atrevido que ose poner su mano en donde nadie la ha puesto. ¿Quién existe en este viejo mundo que no pueda ser herido y ultrajado por otro? Así, hace usted muy mal en creer que yo no podría ofenderla.

-Se acusa usted mismo, repuso la de Vinca-Rúa palideciendo.

-Esto no es acusarme, es decir únicamente que quizá no se haya usted engañado al juzgar sobrado atrevidas mis palabras. Es mi deber, pues, retirarme y no pasar adelante en mis investigaciones... Usted lo ha dicho antes, no nos entendemos.

-Y aun cuando no nos entendemos, ¿cumple usted caballero con alejarse así... sin haber dicho el motivo de su visita?

-Imposible me fuera, señora, explicarme sobre ese punto.

-¡Imposible!... no puedo creerlo... Cuando un ser tan interesante y misterioso se nos acerca por su voluntad para abandonarnos luego sin haberse dignado darse a conocer más que como un extraño, no sé qué viva emoción, qué profunda ansiedad se apodera del corazón y le desasosiega; por mi parte ya no podría quedar tranquila.

-Lo comprendo... pero nada de cuanto a mí atañe puede tener, por ahora al menos, una explicación satisfactoria. ¿Ve usted señora esta corbata y estas botas, admiración de las gentes? Pues ellas, así como mis investigaciones y mis visitas, son completamente hermanas, o lo que es lo mismo, incomprensibles.

-Eso raya en lo insoportable... es irritante... impolítico... ¡Haber venido y no decir a qué!...

-¿Le pesa a usted mi visita? Cosa singular; hace un instante se hallaba usted muy complacida de ella y conceptuaba una dicha el verme: ¡vanas futilidades! He venido... esto ya no tiene remedio; me alejo... Usted quedará así satisfecha.

-¿Cómo he de quedar satisfecha? Necesito una explicación, caballero; ¡oh!, eso sí... apenas hemos hablado algunos instantes.

-Se ha puesto usted tan grave a las primeras palabras, que me sería imposible esperar mejor resultado de las que se seguirían; por eso he renunciado a proseguir mis investigaciones... Usted no podría sostener una conversación en mi estilo.

-¡En su estilo! Lo procuraré al menos aun cuando sea tan difícil que hasta ahora no haya acertado a conseguirlo. Sé que existen extraños caracteres, en extremo francos, que hablan de las cosas no como comúnmente se habla sino como ellos las sienten y quizá el señor duque sea uno de ellos.

-Quizá sí... o quizá no...

-Y bien, ¿no podré al fin decidirme a tolerar en usted lo que a otro no podría perdonarle?

-Tampoco vamos conformes en esto. Yo no mendigo tolerancias, impongo siempre en el ánimo de los demás mis pensamientos: así, cuando hablo, no se me tolera, señora..., se me escucha.

-Veo que es usted tan severo como incomprensible, tan misterioso como difícil de contentar. Mas, ¡cosa extraña! Esto mismo aumenta en mí el deseo de alcanzar sus amistosas simpatías y de que no nos alejemos como enemigos. ¡Oh! un enemigo como el señor duque debe ser tan implacable como invencible. No extrañe usted, pues, el que le suplique me diga cómo dejaré de incurrir en su desagrado...

-Difícilmente se me contenta: Usted lo ha acertado; y es porque no voy nunca en pos de lo bello ni de lo que ambiciono.

-¡Qué monstruosidad!

-¿Por qué? Los que van en pos de esas cosas no obtienen comúnmente mejores resultados que yo. Lo que aman y desean se aleja de ellos mientras les sale al paso todo lo que detestan... por eso busco siempre lo contrario de lo que me complace... ¡Oh!, si así no lo hiciera, ¿sería digno de calzar estas botas?... Pero ya ve usted cómo no podemos entendernos, ¿a qué cansarnos más?

-Es decir que se empeña usted en alejarse sin haberse dignado decirme... ¡Señor duque! medítelo usted bien; ¡eso sería abusar! ¿Qué digo?, sería insultar, hollar mi dignidad jamás ofendida, sería... en fin... no sé lo que me digo. Señor duque, apelo al honor de usted, que él decida.

-Tanto rendimiento no puede menos que conmoverme, señora, y me excederá a mí mismo. Veamos, pues, probemos si es usted realmente capaz de soportar alguna de mis revelaciones. ¿Hila usted? ¿La tela trabajada por esas manos semeja la batista?

-¡¡¡Hilar!!! ¡Hilar yo!... ¡Una mujer de mi clase había de llenarse de aristas y oler a lino como las criadas de aldea! ¡Qué burlón es usted, Dios mío!

Y la señora de Vinca-Rúa se rió mucho, pero con una risa de aquellas que ocultan una profunda desconfianza. El duque la interrumpió al punto, añadiendo con la severa gravedad que a veces daba un carácter inmutable y sombríamente respetuoso a su pálido semblante.

-No es burla, señora. Mi bisabuela, que era condesa y mujer de talento, hilaba rodeada de sus sirvientas que hilaban también. Hilaban las reinas en otro tiempo en que no se había olvidado que dijo Dios al hombre: «Comerás el pan con el sudor de tu frente»; pero es cierto que tampoco se suda gran cosa hilando... ¡Adelante! ¿Hace usted calceta?

-¿También había de hacer calceta?

-Así va el mundo. Despilfarros domésticos, gastos superfluos, trabajar para derrochar, heredar para holgar... ¡Ah! ¡Pícaro gato! En fin, señora... preferirá usted coser, ¿no es verdad? Es una de las más bellas ocupaciones de la mujer. Cuando con la cabeza inclinada sobre la labor piensa en Dios o en sus hijos, mientras a cada ir y venir de la ligera mano hace estallar contra el dedal la fina aguja que brilla entre sus dedos, no hay corazón de hombre que al verla no se sienta conmovido.

-Las costureras parecen muy bien así, han nacido para eso -dijo la de Vinca-Rúa con cierta lastimosa benignidad.

-Y usted, ¿para qué ha nacido?

-¡Oh! Para vivir y morir sin duda.

-¡Ah! Lo mismo que las costureras.

-Pero no para coser. Cuando las mujeres de mi clase cogen alguna vez la costura, se pinchan los dedos de una manera horrible, señor duque.

-¡Pobrecitas! Entonces, ¿qué clase de ocupaciones llenan sus horas? ¿Cómo cumplen aquella sublime misión que todo ser que nace trae a la tierra?

-¿Necesito decirlo? ¡Válgame Dios! Una mujer de mi clase, ¿no tiene bastante con cumplir los deberes de sociedad y del gran mundo?

-¿Cuáles son esos deberes, señora?

-Señor duque... se diría que ha vivido usted en la India.

-¿Quién sabe? Acaso en el África o en la Siberia.

-Pues bien: el piano, el dibujo, las visitas, los paseos, los bailes, el teatro ¿nos dejan acaso un instante de reposo?

El duque volvió a sacar su cartera y se puso a escribir en ella, diciendo en voz alta: «Deberes que ocupan la existencia entera de las mujeres de la alta sociedad en la civilizada Europa: el piano, el dibujo, los paseos, las visitas, los bailes, el teatro». ¿Hay algo más, señora?

-También la equitación, las lenguas extranjeras.

-«La equitación, las lenguas extranjeras». ¿Y la nacional?

-¡Oh!... ésa se sabe sin aprenderla.

-Muy bien: el arreglo de la casa, el cuidado de la familia, todo eso se halla encomendado a otras manos, ¿no es así?

-Por supuesto. ¿Qué tiempo nos quedaría para eso, señor duque? Llega una del paseo, por ejemplo se tiende en la butaca llena de cansancio y cuando se encuentra mejor ya es hora de ir al teatro, y a vestirse otra vez. Viene una del teatro, y cuando quisiera descansar son las doce, la hora del baile y... a vestirse de nuevo; deja el baile, se acuesta, duerme casi nada, hasta las dos de la tarde, y cuando quisiera una estar un instante sola, hay que vestirse otra vez o para visitar o para recibir.

-¡Qué fatalidad, señora!

-¡Oh, es una eterna fatiga...! ¡Cuántas veces Dios mío, tengo ambicionado la tranquilidad de los campos..., la vida de la aldea!

-¿Tiene usted más que emprenderla?

-Ya lo he probado en más de una ocasión, pero, ¡ay!, me aburro enseguida, y tengo que volverme a la corte.

-¿Y sigue usted fastidiándose?

-¡Por supuesto!

-¡Desgracia sin igual! ¡He ahí el gato, siempre el gato!...

-El gato, ¿qué significan esas palabras extrañas?

-Hablo del gato, al que hay que ponerle el cascabel. Tantas criaturas devoradas por la miseria y el trabajo, tantas otras devoradas también por el fastidio y el ocio..., es una terrible calamidad y en vano se habla de adelantos, de progreso; las mujeres siguen atormentadas, las unas teniendo que hacerlo todo, que trabajar para sí y para los demás; las otras haciéndose vestir y desnudar la mitad del día, teniendo el deber de asistir al baile, a la visita, viéndose obligadas a aprender la equitación y las lenguas extranjeras... ¿Cómo no sufrir? ¿Cómo no cansarse y aburrirse de todo eso? El que ha de ponerle el cascabel al gato procurará buscar un remedio eficaz para tan grandes males; pero en tanto, señora, oiga usted mi opinión sobre el particular. Dicen que las mujeres no deben ser literatas ni politiconas, ni bachilleras y yo añado que lo que no deben es dejar de ser buenas mujeres. Ahora bien, ninguna que no sepa hacer más que andar en carretela, tumbarse en la butaca y decir que se fastidia, por más que sepa asimismo la equitación, las lenguas extranjeras y vestirse a la moda, nunca será para mí otra cosa que un ser inútil, una figura de cartón indigna de oír la más pequeña de mis revelaciones. Éstas sólo son dignas de ser confiadas a cierta mujer hacendosa como la hormiga, semejante a mi bisabuela, aquella que era condesa e hilaba en medio de sus doncellas. La ando buscando por todas partes... no sé si la encontraré...

Al acabar de decir esto con un acento que hizo asomar lágrimas de asombro y de despecho a los ojos de la de Vinca-Rúa, el duque de la Gloria se alejó a grandes pasos antes de que ella acertase a darse cuenta de si aquella escena, tan ridícula como extraña, había sido realidad o sueño atormentador que el recuerdo de las botas azules y de aquel duque misterioso había creado en su imaginación.


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