El caballero de las botas azules: 03

Capítulo II
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El caballero de las botas azules Rosalía de Castro


Después de atravesar, sin detenerse, galerías y corredores, llegaron al inmenso salón, cuya mayor belleza consistía en su severa desnudez.

Nada viene a turbar la enlutada monotonía del negro mármol que reflejaba entonces por todas partes, como un bruñido espejo, la gran figura del señor de la Albuérniga, y la no menos alta, si bien aún más notable, del duque de la Gloria. Y en verdad que al ver el caprichoso efecto que sobre la lisa superficie del pavimento formaban los calcetines color de rosa del primero y las luminosas botas azules del segundo, mientras los dos caballeros caminaban el uno en pos del otro, mejor que criaturas humanas creyéraselas extrañas visiones evocadas por el espíritu misterioso de aquella habitación silenciosa y negra como la noche.

Callados la recorrieron del uno al otro extremo en donde, abierta una colosal ventana, se distinguía un vastísimo jardín, fresco como una gruta, silencioso como un cementerio. Sólo se veía en él una fuente de alabastro con una ninfa dormida mientras rosas blancas asomaban por dondequiera su lánguida corola rompiendo la monotonía de la menuda yerba que verde y espesa, como el terciopelo, brotaba en todas partes cubriendo la superficie.

Butacas de una piel fina y blanca como la espuma y altos taburetes para colocar los pies se hallaban esparcidos en desorden al pie de la monstruosa ventana, hasta la cual llegaba, en alas de un viento suave, el agreste aroma de la yerba mezclado al de las rosas, y el rumor de la fuente que regalaba el oído con su cadencia monótona y dulce, la más a propósito para producir tranquilos sueños.

Imposible hubiera sido encontrar un sitio más apetecible que aquél para gozar en el estío de un fresco reparador. Mas era al mismo tiempo tan callado y silencioso, tan triste y tan sombrío que un espíritu aprensivo o una mujer nerviosa hubiera experimentado allí congojas mortales.

El de la Albuérniga se sentó negligentemente, colocando en el más alto de los taburetes los pequeños y delicados pies, que vinieron a quedar a nivel de su hermosa cabeza. ¡Postura impolítica y por demás extraña! Pero el duque de la Gloria, sin aguardar a ser invitado, se sentó asimismo, imitándole, mientras decía:

-¡Delicias de las delicias! He aquí la postura más confortable y más espiritual que han discurrido los hombres que saben discurrir de estas cosas, y la más a propósito para que el pensamiento tome en sus aspiraciones el vuelo del águila.

Más asombrado que nunca, el de la Albuérniga, al ver tan singular arrogancia, nada respondió al duque, contentándose con dirigirle una mirada a la corbata...

-Sí, caballero -prosiguió diciendo éste como si estuviese en su propia casa-; cuando descanso de esta manera, me hallo más empeñado en marchar con ánimo sereno por el camino que he emprendido, camino áspero y escabroso, como todos los buenos caminos, pues tal pintan en el cielo. Pero he aquí, señor mío, cómo en donde quiera que existe la más leve simpatía entre dos personas se conoce al punto. Ya es imposible que usted y yo dejemos de ser simpáticos, ambos preferimos hacer la figura de una A vuelta al revés.

Cuando dejó de hablar el duque, el de la Albuérniga se revolvió en su asiento como si le pinchasen, y sin dejar de mirar, casi con espanto, a su huésped, repuso:

-Prosiga usted... prosiga usted explicándose como le acomode... ¡Hace usted bien! Imagínese usted que nos hallamos en medio del desierto, y que este salón es el interior de una de sus pirámides, o lo que es lo mismo, una vastísima tumba. Sí, por mis días; podemos hablar sin que nadie nos oiga, matamos sin que nadie lo perciba...

-Entiendo... entiendo... y por consecuencia, acceder usted a mis exigencias sin que nadie lo sepa -concluyó el duque con la más ingenua naturalidad.

-¡Exigencias...! -repuso el de la Albuérniga riendo de una manera como de seguro nadie le habría visto reír-. ¡Exigencias...! ¿Usted sabe quién soy? ¿Me conoce usted?

-¡Así tuviera usted la satisfacción de conocerme!

-Si no le conozco todavía, le conoceré muy pronto, lo aseguro.

-Me llamo el duque de la Gloria. He aquí todo lo que por ahora puedo decir.

-¡Oh! Juro que no he de contentarme con eso. Usted ha venido a provocarme a mi propia casa de una manera que ninguno hubiera osado, porque saben todos que la reparación seguiría inmediatamente a la ofensa...

-Y sin embargo -le interrumpió el duque-, he aquí que permanecemos deliciosa y tranquilamente sentados en la forma de una A vuelta al revés, el uno en frente del otro sin ceremonia alguna, como buenos amigos que seremos a lo futuro y fieles aliados.

-¡Silencio!, ni una palabra más sobre este punto -dijo el de la Albuérniga con ira mal reprimida-. Aun cuando por un acto extraordinario y caprichoso de mi voluntad, le permita a usted hablar cuanto se le antoje, para después obrar yo como me parezca conveniente, todo lo que toca a mis afecciones es sagrado. Ni tengo amigos, ni formo alianzas con nadie... ni quiero que ninguno...

-Dispense usted, caballero -le interrumpió el duque-: precisamente he ahí el principio del fin, yo quiero que usted quiera lo que no ha querido nunca... Nada, señor mío; no vaya usted tampoco a extrañarse de lo que estoy diciendo, porque además de ser una verdad innegable no encierra nada de ofensivo. Este mundo es un abismo en donde el que entre no sabe ni lo que llegará a ser, ni lo que llegará a hacer, ni lo que llegará a ver.

-¡A fe que empiezo a creerlo...!

-¿Cómo no? Dígnese usted, por lo mismo, descender o ascender, como mejor le agrade, al terreno de la filosofía, y bajo este punto de vista oírme con la calma y la paciencia de los sabios, y responderme como ellos, es decir, franca, sencilla y noblemente. ¿No es verdad que soy el ser más extraño que ha pisado jamás las calles de esta corte, ni de otra alguna del mundo?

Tan extraña pregunta dejó completamente parado al de la Albuérniga, quien, vencido al mismo tiempo por la fuerza de la verdad, respondió calándose el gorro hasta las narices:

-No hay duda. Nada puede haber existido que a usted se le asemeje.

-Que haya o no existido, no lo discutiremos; pero lo que puede afirmarse es que no existe, y que en Europa es usted el primero que tiene la fortuna y el alto honor de contemplarme de cerca y de oír el eco de mi voz.

-¿Cómo no adiviné que hablaba con un loco? -pensó entonces el de la Albuérniga-; pero, vive el cielo, prosiguió que si por mí no vuelvo, en loco me convierte también. Su rostro pálido se me figura el de un espíritu sutil y burlón; la varita negra que agita entre las manos, haciendo resonar el cascabel más impertinente de todos los cascabeles del mundo, dijérase la de un mago, y respecto de esa corbata y de esas botas azules, de tal modo excitan mi curiosidad y trastornan mi cabeza que me hacen soportar a mi enemigo, pese a su locura, a su desfachatez digna de un látigo, y a sus trazas de duende.

-No, no vaya usted a creerme ni espíritu, ni persona demente -dijo el duque dando en el blanco de los pensamientos del de la Albuérniga y confundiéndole con una fría y severa mirada-. Mis modales son aquellos que me he complacido en adoptar, prosiguió, y mi persona y mi traje lo más maravilloso que encontrarse pudiera, como usted ha confesado con toda sinceridad. Pero, gracias al cielo, nunca la razón de ningún mortal se ha mostrado más lúcida y clara que la mía, pues todo me lo hace ver, aun lo más secreto y misterioso, como al través de un trasparente cristal. De ahí el que yo contemple satisfecho la justa admiración que mi persona produce en su ánimo, y...

El de la Albuérniga, dudando ya de su propia razón y convencido casi de la doble vista del duque, le interrumpió exclamando:

-¿Sin duda es usted Míster Hume, a quien nunca he querido conocer? ¿Quizá ha penetrado usted en mi casa con esa apariencia verdaderamente fantástica en venganza de mi desdén? Pues sepa que no me amedrentan los espíritus, en los cuales no creo, ni los fantasmas que, como el que tengo delante, alientan y respiran. Sírvase usted, pues, alejarse ahora mismo con el firme propósito de no volver jamás, o juro por mi honor que haré con usted el escarmiento más grande que haya recibido un mágico a la moderna.

A pesar de que el de la Albuérniga, al decir esto, se había levantado con aire altanero y amenazador, el duque, mientras lanzaba la más fina carcajada del mundo, no se movió de su asiento sino para colocarse mejor en él.

-He dicho que me llamaba el duque de la Gloria, dijo después, nombre español e infinitamente más bello que el del célebre espiritista. No, caballero, nada de espíritus ni de duendes. ¿Quién piensa en eso en nuestros días? Convengo en que hay apariencias deslumbradoras que fingen historias peregrinas, y pedazos de cristal caídos en el lodo que heridos por un rayo de luz parecen diamantes finísimos, pero ya nadie se engaña con tan vulgares supercherías. Por lo demás, es indudable que esta corbata y estas botas no son una ilusión engañosa, sino obra relevante y artística del Asia, que dará mucho que decir a la civilizada Europa. Sí, en verdad. Para que los triunfos que me esperan fuesen seguros y saliesen de la esfera vulgar, empecé por mandar hacer esta corbata y estas botas, mito hasta ahora incomprensible y germen fecundo de prodigios, naturales sin duda, pero asombrosos... Mas... ya hablaremos de eso...

-Pues hablemos -exclamó el de la Albuérniga, aguijoneado por una curiosidad irresistible que le hacía olvidarse de sí mismo.

-Y bien -prosiguió el duque con un acento de convicción que no dejaba lugar a la duda-. Estas botas tan hermosas, tan especiales y tan caras, que bastarían por sí solas para hacer una fortuna, llegarán a causar profundas e inolvidables emociones, a producir trastornos de graves trascendencias, y escenas cuyo indescriptible colorido será esencialmente conmovedor. Respecto a mi corbata... ¡Misterio sublime! En las orillas del Jordán, en aquellas místicas aguas cuyas gruesas ondas multiplican las bellezas del cielo que en ellas se refleja, fue en donde por primera vez su fino plumaje se tiñó del color de la nieve, así como estas botas del éter trasparente y azul. ¡Oh, aquella escena estará siempre presente en mi memoria! Un árabe del desierto me acompañaba y mientras nuestros caballos pacían la hierba de las praderas cercanas, un hijo del Egipto daba fuertes golpes en el yunque sobre aquel hierro candente que debía servir para la prueba.

-¿Cuál prueba?

-Aquella cuya memoria no se apartará de mí; dura ha sido en verdad, pero no me arrepiento, pues henos aquí, de enemigos mortales que debiéramos ser a juzgar por engañosas apariencias, convertidos en hombres pacíficos, soportándonos con una paciencia heroica, admirándonos sin envidia, y, usted sobre todo, haciendo como es natural, respecto de mi persona, consideraciones que si no le conducen directamente a la verdad, cosa imposible por ahora, disipan por lo menos en su alma la indigna pasión de la cólera que ciega al hombre y le induce a error y a ser injusto y brutal.

Con la extraña conversación del duque, el de la Albuérniga se hallaba, en efecto, absorto y como desorientado, ya no se atrevía a creer que el extraño ser que tenía delante fuese realmente un loco, ni menos un hombre como los demás: así, aun cuando tuviese al mismo tiempo vivos deseos de arrojarle por la ventana, reprimióse muy cuerdamente, y dijo.

-¿Qué puedo sacar en consecuencia de cuanto acaba usted de decir? ¿Habló usted únicamente para sí mismo, o para los dos?

-Para mí mismo y para los dos.

-Pues explíquese usted más claro y pronto en todo lo que haya hablado para mí, porque no he comprendido nada y necesito comprender...

-Quise decir para los dos que nuestras singularidades se atraen como dos cuerpos simpáticos, y si no dígalo la breve cuanto larga historia de nuestra entrevista. Llego, me anuncio sin preámbulos como persona que sabe no han de negarle el paso, usted sale a recibirme.

-Nada de eso, a arrojarle a usted aun cuando fuese por la ventana si se hiciese preciso.

-Si yo me dejaba arrojar... pero adelante. Usted me ve, yo le veo; mi corbata, mis botas y mi varita negra le dejan a usted absorto en medio de la ira que le domina; yo contemplo asimismo con deleite esos pies sin zapatillas, esos bellos calzones y ese gorro cónico tan perfectamente calado sobre una cabeza inteligente, y henos aquí, a mí, dispuesto a perdonarle a usted sus inconvenientes calificaciones, y a usted sin valor para separarse de mí antes de haberme conocido mejor.

Semejante a una bomba que estalla, así el de la Albuérniga bramó entonces, más bien que dijo:

-¡Por la felicidad de mis días! Que si a tales palabras no contestara de la manera que lo piden, mereciera no volver a gozar las delicias del sueño. Acabemos... ¿Es usted loco? En ese caso, mandaré a mis criados que se entiendan con su señoría. ¿Es usted cuerdo? Elija las armas y el lugar en que habremos de batirnos. Cuanto antes mejor...

-¡Cómo...! Usted, el hombre de recta conciencia, usted, cuya rígida moral y espíritu apacible, le impedirían volverse contra una hormiga, ¿quiere batirse, quiere ponerse ahora a derramar la sangre de un hombre inocente?

-¡Hola! ¿Es usted un cobarde? ¿Tiene usted miedo? -replicó el de la Albuérniga sonrojándose.

-¡Miedo...! ¡Bah! Todo eso es vana palabrería, que demasiado sabemos de qué barro son hechos los hijos de Eva... ¡Miedo! Y bien, señor mío, añadió el duque con risa burlona y frente a frente del de la Albuérniga. Yo me he batido más de una vez, y con gloria; pero a la conciencia no se le ocultan nuestras debilidades y flaquezas. La serenidad en el rostro, el miedo en el corazón, el escándalo y la desgracia sirviendo de fúnebre cortejo a una comparsa de graves apariencias y horribles resultados; los demonios del orgullo y de la vanidad, batiendo sus alas sobre una tumba llorada..., he aquí la gran farsa -demos a las cosas su verdadero nombre-, la farsa más ridícula y cruel que se conoce entre las gentes cultas, y también la más abominable y vana que han discurrido las quisquillosas criaturas.

-¡Qué verdades dicen a veces los locos...! -pensó el de la Albuérniga, tosiendo. El duque prosiguió:

-Y ahora meditemos. Nosotros que sobrenadamos entre la multitud como el aceite sobre el agua, usted moralista y yo moralista, usted filósofo y yo filósofo, usted notable y yo infinitamente más notable todavía, ¿hablamos de descender como cualquiera a ese terreno vulgar? ¡Nunca! Al menos hasta que no nos conozcamos mejor.

El de la Albuérniga, que no había nacido cobarde pero que, como ya hemos dicho, amaba sobre todas las cosas de la tierra la paz y el reposo y detestaba el duelo sobre todas las cosas detestables, pensó si le era realmente lícito batirse con un ser desconocido y extraño hasta el punto de haberle parecido un loco o un diabólico espíritu. Además, ¿cómo, si llegaba a matarle, podría saber el profundo misterio que encerraban aquella corbata, aquellas hermosas y resplandecientes botas azules y aquella varita con un cascabel? Tomó, pues, su partido, y dijo:

-No sé hasta qué punto le será lícito a un hombre en circunstancias como la presente pedir concesiones o admitirlas... mas... ¡sea! Aun cuando yo juzgue la proposición de usted hija del miedo, no nos batiremos hasta que conozca mejor a mi singular adversario. Usted va a decirme, no obstante, ahora mismo a qué ha venido aquí. Lo exijo absolutamente... tengo derecho a ello.

-Y yo tengo sobrado valor para oír con toda la calma filosófica que a usted le ha abandonado esta tarde, esas palabras que en su ofuscación me dirige. ¿Desearía usted que le matara? Pues yo no quiero.

-Lo que usted no quiere, sin duda, es morir.

-Y usted mucho menos, caballero, como que no es un bocado sabroso; pero no sucederá. ¿Había yo de matar a una persona tan estimable y que ha de consagrarme algunos días de su cara existencia? ¡No puede ser! Usted vivirá, porque en cuestiones de honor tengo mi doctrina, y, además, he hecho solemnes juramentos a los cuales no puedo faltar ahora. Lo que sí le aseguro a usted, bajo mi palabra de caballero, es que, al venir aquí, no traje la menor intención de ofenderle.

-Basta ya de palabras... ¡basta, por quien soy! ¿A qué ha venido usted?

-A verle a usted, y a que usted me viera. Necesitaba dejar un indeleble recuerdo de mi persona en la mente siempre despejada y serena del señor de la Albuérniga, y hacerle así consentir buenamente en consagrarme algunos días de su apacible existencia, porque... ¿Cómo después de haberme contemplado de cerca había de negarse a una exigencia tan justa y que tanto le honra?

-¡Conque sí...!, para que yo... accediese... pues. ¡A una... exigencia de usted!

-Y estoy seguro de que usted accederá y anhelará que llegue el momento de cumplir mis deseos, porque hasta entonces el recuerdo de mi persona, el de mis botas y el de este cascabel perturbará su sueño, y no le dejará gozar momento de reposo. Usted pensará en mí más todavía que una mujer enamorada... y esto me basta. ¡Adiós, pues, caballero, hasta que volvamos a vernos!

El duque se alejó entonces con la ligereza de una sombra, pero aun después que había desaparecido veía el de la Albuérniga danzar delante de sí aquellas botas y aquella corbata al compás del cascabel sonoro como si el demonio estuviese en ellas.

-¡Oh mundo! -exclamó entonces con el doliente acento del que se siente herido en medio del corazón-. Tus inquietas oleadas llegan a turbar la más apacible ribera. Mi palacio ha sido profanado... interrumpido mi reposo en el momento en que mis párpados cedían a la más dulce influencia que domina al hombre. ¡Vida perdurable! ¡Y unas botas azules, una corbata blanca y una varita con un cascabel, danzan ahora delante de mí, como si yo fuese dado a las sutilezas del baile...!

El de la Albuérniga se interrumpió de repente por algunos segundos, después de los cuales, como si el fuego de un volcán hubiese subido de repente a su cabeza, gritó dando un fuerte campanillazo:

-¡Chis! ¡Pum! -así llamaba a los criados para ser más breve-. ¡Pronto, un baño tibio! ¡que me abraso!


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