El arroyuelo (Daireaux)

Los milagros de la Argentina
El arroyuelo
 de Godofredo Daireaux


El campo de don Bernabé Videla, tres leguas de terreno quebrado, con cañadones bastante grandes, cortados de lomas extensas, tenía, entre otras, la ventaja de ser cruzado, casi de largo a largo, por un arroyuelo que corría, ora entre barrancas altas, ora en desplayado. Desgraciadamente, si, en tiempo de sequía, apenas conservaba un chorrillo de agua, se llenaba, con lluvias algo persistentes, hasta volverse torrentoso, desparramándose entonces a sus anchas en los cañadones, por meses enteros.

Don Bernabé, a pesar del orgullo que le daba su «aguada permanente», no podía menos de pasárselo renegando la mayor parte de su vida, haciéndose la cuenta de que por esos caprichos del arroyo, sus tres leguas se reducían a una y media escasa. Pues esas sequías que en las lomas no dejaban pasto ni para las vizcachas, el arroyo no las podía remediar, mientras que con sus crecidas, de repente tapaba los bajos, y en vez de poder soportar el campo por lo menos seis mil vacas y veinte mil ovejas, había que conformarse -y gracias- con echarle sólo tres mil y diez mil respectivamente.

Con todo, más que la sequía, era para don Bernabé desastrosa la inundación. Parecía, cuando se desbordaba el arroyuelo que el agua ya no podía volver a su cauce, y quedaba estancada, inutilizando el espacio anegado, pudriendo el pasto de los cañadones y llenándolos de gérmenes nocivos. Tanto que, don Bernabé, resuelto a librarse de algún modo, siquiera en parte, de semejante calamidad, costase lo que costase, mandó cavar una cantidad de zanjas, más o menos largas, anchas y hondas, según los parajes, para acelerar el desagüe de las partes bajas de su campo.

Le costó bastantes pesos ese trabajo; pero no tardó en conocer por los resultados que era dinero bien empleado. Empezó justamente a llover ese año, a fines de marzo, siguiéndose los temporales todo el invierno, sin descanso se puede decir, y el arroyuelo rebalsó como nunca en los cañadones, cañadas y lagunas, llenándolo todo hasta más no poder y encerrando las haciendas en las lomas reducidas por la crecida.

Pero, en vez de quedar estancada el agua como antes, hacia fuerza para volver al arroyo, corriendo por las zanjas, apurada en desocupar terrenos que en otro tiempo hubiesen quedado dos meses anegados, echándose a perder el pasto por más tiempo aún.

Así que las vacas, acostumbradas a comer hasta entre el agua demoraban poco en las lomas, aprovechando los bajos húmedos aún, donde en seguida brotaba con más fuerza el pasto nuevo. Las ovejas, por su lado, ya no se enfermaban de lombriz y de sobeipé, comiendo pasto húmedo, ni tampoco se ponían mancas a fuerza de pisar barro.

En el terreno saneado ya crecían otros pastos que los que comúnmente se ven en los campos anegadizos, y si bien comprendía don Bernabé que algunos años se necesitarían para que se cambiase del todo la naturaleza del suelo, ya no tenía duda de que, en tiempo relativamente corto, podría mantener con éxito en su campo muchos más animales que antes, viéndose libre de esas zozobras continuas, de esas enfermedades crónicas, de esas epidemias enormes y desalentadoras, que hasta entonces habían impedido que sacase de sus tres leguas la fortuna a que lo hacía merecedor su trabajo.

Con enseñar a sus vecinos los resultados conseguidos en su campo, los decidió a colaborar en su obra juntando con las zanjas hechas por él, las que en sus respectivas propiedades podían hacer, volviéndose más completo y más rápido el desagüe.

El verano trajo consigo, como suele suceder después de las grandes lluvias, un período de sequía bastante largo, y pudieron don Bernabé Videla y sus vecinos comprobar otra ventaja de las numerosas zanjas cavadas en sus estancias: mientras que en las lomas quedaban solamente brezas de cardo y trébol, suficientes apenas para que no muriesen de hambre las ovejas, y en los cañadones sin sanear, pastos duros y resecos, en el fondo y en las faldas de todas las zanjas grandes y pequeñas que en conjunto venían, por su multiplicidad, a representar una regular extensión de tierra, crecían con lozanía y se conservaban verdes como albahaca, gramillas y otras plantas apetecidas, por su sabor y su frescura, por la hacienda.

Acabó, sin embargo, por desaparecer también ese recurso; con la prolongación de la sequía el suelo de los cañadones, desnudo en muchas partes, se empezó a agrietar, mientras que en las lomas, la tierra hecha un polvo, se levantaba en torbellinos al menor soplo del viento.

El mismo arroyuelo parecía a punto de cortarse. Don Bernabé, alentado por el éxito de sus zanjas contra la inundación, resolvió entonces obligar al arroyo a conservar agua entre sus barrancas, en tiempo de sequía, y mandó construir un simple tajamar de tierra.

Anduvo todo muy bien, mientras no llovió, y a pesar de prolongarse la sequía, consiguió para su hacienda una magnífica aguada, pues el arroyo, detenido, llenó una gran laguna en la cual rebalsara.

Pero poco tiempo después, sobrevino un temporal grande que no dio tiempo para riada, y aunque la fuerza de la corriente desmoronase y voltease en parte, el frágil atajadizo, la inundación fue tremenda, aprisionadas que se hallaban las aguas por lo que de él quedaba y no se podía destruir. Los vecinos echaron el grito al cielo.

-«Mire a ese don Bernabé -decían-, nos hace gastar en zanjas de desagüe y nos las viene a tapar con tajamar.»

Don Bernabé comprendió que el caso necesitaba otra ciencia que la suya y se fue a la ciudad, de donde trajo a un ingeniero hidrógrafo. Este empezó por levantar un plano muy detallado del campo y de sus declives y bajos, señalando con cuidado les diferentes niveles de su superficie; después estableció un presupuesto de lo que aproximadamente costarían los trabajos de irrigación, y como se le asustara don Bernabé le aseguró que si, más o menos, desde luego, se podían calcular los gastos, nunca, por subidos que fuesen, se podrían comparar con los beneficios que producirían.

Don Bernabé no se atrevió, con todo, a emprender de golpe todo el trabajo, y en esto hizo muy bien, porque nunca se debe uno meter en camisa de once varas, pero consintió en ensayar en quinientas hectáreas, de las ocho mil que poseía, el sistema de riego indicado por el ingeniero. El tajamar se reemplazó con compuertas de abrir y cerrar, para poder detener o soltar el agua según las necesidades, se construyó una represa de la cual el agua, por acequias bien combinadas, se derramaba por el campo cuando era preciso regarlo, y se hicieron con el menor gasto posible todos los arreglos indispensables para la buena distribución de las aguas.

Esta primera instalación venía a costar bastante plata y no dejó de haber vecinos compasivos para deplorar que ese pobre de don Bernabé hubiese perdido el juicio y se encaminase a la ruina con tanta precisión; sin contar que quedaban recelosos de algún nuevo desastre para sus propios campos, como el año anterior.

Pero no hubo desastre para ellos, ni ruina para don Bernabé. Este sembró de alfalfa las quinientas hectáreas regadas, y pronto pudo ver que esa pequeña área llegaría a darle más resultado que todo el resto de su campo sin cultivo. Con sequía y todo, la alfalfa así regada daba cosechas de increíble abundancia; y con las compuertas de fácil manejo y el sistema de zanjas de desagüe mejorado por inteligente dirección, ya no había temores de grave inundación.

Este primer ensayo demostró a don Bernabé que sin peligro de fundirse podría extender poco a poco a todo su campo el riego, haciéndole producir riquezas incalculables, y que perfeccionando el drenaje de sus cañadones, llegaría a no dejar improductiva nunca una pulgada de tierra, regando las lomas, desagotando los bajos, regándolos también en caso de necesidad, suprimiendo a la vez la sequía y la inundación, haciendo de cada hectárea una verde fuente de novillos gordos o de frutas de gran tamaño o de capones envueltos en grasa o de trigo a montones y de superior calidad. Seguro quedaría de que nunca en los bajos sobrara, ni faltara en las lomas el agua.

¡El agua! verdadera hacedora de paraísos terrenales, elemento primordial de la riqueza pastoril, que los que no la tienen reclaman a gritos, y que tantos otros desperdician inconscientemente; pues dejar de aprovecharla hasta la última gota cuando se tiene poca, o todo lo que de ella se necesite, cuando abunda; o permitir que perjudique en demasía, cuando, el drenaje, se puede hacer de campos, al parecer inservibles, emporios de riqueza, es todo uno y demuestra ignorancia, rutina y dejadez.

Así pensaba ya don Bernabé Videla, resuelto a invertir hasta el último centavo de las enormes ganancias que ya iba sacando del área, cada año mayor, que había hecho drenar y regar en su estancia, en hacer drenar y regar lo que todavía quedaba sin ello. Y trataba de calcular lo poderosa, lo colosal que se haría la producción agrícola y pecuaria de la Argentina, el día que tanto los particulares como los gobiernos obligasen, por obras adecuadas, a enriquecer millones de hectáreas todavía estériles por falta de riego, tanto los humildes arroyuelos que, susurrando, corren bajo las flores y se pierden sin provecho en infecundos tremedales, como los ríos majestuosos que llevan al Atlántico, egoísta e ingrato, el enorme caudal de sus aguas vanamente fertilizadoras.


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