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El Zarco:Capítulo XXIV

El Zarco
Capítulo XXIV: El presidente Juárez
 de Ignacio Manuel Altamirano

Martín Sánchez estaba indignado. El partido de los bandoleros aún era muy fuerte y contaba con grandes influencias, tanto en México como en la tierra caliente. La desorganización en que se hallaba el país, en aquel tiempo, era causa de que se viese semejante escándalo.

Los plateados contaban con amigos en todas partes, y si un hombre de bien, como lo hemos visto con Nicolás, encontraba difícilmente patrocinio, un bandolero contaba con mil resortes, que ponía en juego tan luego como corría peligro. Y es que, como eran poderosos, y tenían en su mano la vida y los intereses de todos los que poseían algo, se les temía, se les captaba y se conseguía, a cualquier precio, su benevolencia o su amistad.

Mientras que el bravo jefe que exponía su vida en lucha tan desigual, se estaba curando de sus heridas, el Zarco, ya restablecido había logrado por medio de sus protectores, que se le sometiera a juicio y que se le trasladase a Cuernavaca, so pretexto de que en ese distrito había cometido crímenes.

Juzgarlo y trasladarlo era salvarle la vida, encontraría defensores y quizás podría evadirse. Lo mismo se había hecho con los otros bandidos que habían caído heridos o prisioneros en el combate cerca de La Calavera. La población de Morelos estaba escandalizada, pero como hechos de esta naturaleza no habían sido, por desgracia, sino muy frecuentes, no pasó de ahí.

Martín Sánchez reflexionó entonces que mientras no se emprendiese en grande la lucha con los bandidos, éstos, por la mancomunidad de intereses que tenían entre sí, habían de favorecerse siempre; que mientras él, Martín, y otros jefes perseguidores no tuviesen facultades como las que tuvo en otro tiempo el famoso Oliveros, había de ser inútil toda persecución, porque sometidos los bandidos al fuero común, habían de encontrar recursos, influencias y dinero para substraerse al castigo. Que mientras no viesen los pueblos abierta la lucha sin cuartel entre la autoridad y los malhechores no habían de decidirse en favor de la primera.

En ese concepto pensó en dar un paso decisivo para saber a qué atenerse; y resolvió ir a México, para apersonarse con el presidente Juárez, darle cuenta con verdad del estado en que se hallaba la tierra caliente, decidirlo en favor de la buena causa y pedirle facultades, armas y apoyo.

Esa resolución se hizo más urgente aun cuando Martín Sánchez supo que, al ser conducido el Zarco con su querida y sus compañeros a Cuernavaca escoltado por una fuerza pequeña y mala, los plateados se habían emboscado en el estrecho y escabroso paso llamado Las Tetillas, y atacando a la escolta, la desbarataron y libraron a los presos. Así pues, el Zarco había vuelto con sus antiguos compañeros para sembrar de nuevo el terror con sus crímenes en aquella comarca.

Martín Sánchez se dirigió a México, y aunque no contando con ningún valimiento ni reputación, provisto sólo de algunas cartas de amigos del presídente Juárez, se presentó a éste tan pronto como pudo.

Juárez no era entonces el magistrado de autoridad incontestable y aceptada, ante cuya personalidad se inclinaran todos, como lo fue mucho más tarde.

Por aquella época, aunque acababa de triunfar en la famosa guerra de Reforma, luchaba aún con mil dificultades, con mil adversarios, con mil peligros, de que sólo su energia y su fortuna pudieron sacarlo avante.

Las fuerzas clericales, acaudilladas por Márquez, Zuloaga y otros, todavía combatían con encarnizamiento y distraían a las tropas del gobierno ocupadas en perseguirlas.

En el partido liberal surgían para el presidente rivalidades poderosas, aunque, a decir verdad, ellas no constituían el mayor peligro.

El erario estaba en bancarrota, y para colmo de desdichas la invasión extranjera había ya profanado el territorio y los adversarios del gobierno liberal, es decir, la facción reaccionaria y clerical, se unía a los invasores.

Juárez, pues se hallaba en los días de mayor conflicto. Y hemos dicho que, merced a estas circunstancias, los bandidos se habían enseñoreado de la tierra caliente.

Martín Sánchez pensó encontrar en el presidente a un hombre ceñudo y tal vez predispuesto contra él, y se encontró con un hombre frío, impasible, pero atento.

El jefe campesino lo abordó con resolución y le presentó las cartas que traía. El presidente las leyó, y fijando una mirada profunda y escrutadora en Martín Sánchez, le dijo:

-Me escriben aquí algunos amigos, que usted es un hombre de bien y el más a propósito para perseguir a esos malvados que infestan el sur del Estado de México, y a quienes el gobierno por sus atenciones, no ha podido destruir. Infórmeme usted acerca de eso.

Martín Sánchez le dio un informe detallado, que el presidente escuchó con su calma ordinaria; pero que interrumpió a veces con señales de indignación. Al concluir Sánchez, Juárez exclamó:

-¡Eso es un escándalo, y es preciso acabar con él! ¿Qué desea usted para ayudar al gobierno?

Entonces, animado Martín Sánchez por esas frases del presidente, lacónicas como todas las suyas, pero firmes y resueltas, le dijo:

-Lo primero que yo necesito, señor, es que me dé el gobierno facultades para colgar a todos los bandidos que yo coja, y prometo a usted, bajo mi palabra de honor, que no mataré sino a los que lo merecen. Conozco a todos los malhechores, sé quiénes son y los he sentenciado ya, pero después de haber deliberado mucho en mi conciencia. Mi conciencia, señor, es un juez muy justo. No se parece a esos jueces que libran a los malos por dinero o por miedo. Yo ni quiero dinero ni tengo miedo.

Lo segundo que yo necesito, señor, es que usted no dé oídos a ciertas personas que andan por aquí abogando por los plateados y presentándolos como sujetos de mérito que han prestado servicios. Desconfíe usted de esos patrones, señor presidente, porque reciben parte de los robos y se enriquecen con ellos. Por aquí hay un señor que usa peluca güera, que toma polvos en caja de oro, y que recibe cada mes un gran sueldo de los bandidos. Ese da pasaportes a los hacendados para que pasen sus cargamentos de azúcar y de aguardiente sin novedad, pagando por supuesto una fuerte contribución. Ese, con el mismo dinero de los plateados, se procura influencias y nombra autoridades en la tierra caliente, y liberta a los presos, como liberó al Zarco, el otro día, un ladrón y un asesino que merecía la horca. Ese, por fin, es el verdadero capitán de los plagiarios, que vive de los robos y sin arriesgar nada, y ese, si yo lo viera por mi rumbo, aunque me costara la vida después, iba a dar a la rama de un árbol, amarrados por el pescuezo.

-¿Quién es ese sujeto? -preguntó Juárez impaciente. Martín Sánchez le alargó unas cartas, y le dijo:

-Ahí está el nombre disfrazado, pero por las señas usted lo conocerá.

-Bueno -replicó Juárez, después de leer las cartas y guardándolas en seguida-, no tenga usted cuidado por él; ya no libertará a ninguno. ¿Qué más desea usted?

-Armas, nada más, armas, porque no tengo sino unas cuantas. No necesito muchas, porque yo se las quitaré a los bandidos, pero para empezar, necesitaré cien más.

-Cuente usted con ellas. Mañana venga usted al Ministerio de la Guerra y tendrá usted todo. Pero usted me limpiará de ladrones ese rumbo.

-Lo dejaré, señor, en orden.

-Bueno, y hará usted un servicio patriótico, porque hoy es necesario que el gobierno no se distraiga para pensar sólo en la guerra extranjera y en salvar la independencia nacional.

-Confíe usted en mí, señor presidente.

-Y mucha conciencia, señor Sánchez; usted lleva facultades extraordinarias pero siempre con la condición de que debe usted obrar con justicia, la justicia ante todo. Sólo la necesidad puede obligarnos a usar de estas facultades, que traen tan grande responsabilidad, pero yo sé a quién se las doy. No haga usted que me arrepienta.

-Me manda usted fusilar si no obro con justicia -dijo Martín; Juárez se levantó y alargó la mano al terrible justiciero.

Al ver a aquellos dos hombres pequeños de estatura, el uno frente al otro, el uno de frac negro, como acostumbraba entonces Juárez, el otro de chaquetón también negro; el uno moreno y con el tino de indio puro, y el otro amarillento, con el tipo del mestizo y del campesino; los dos serios, los dos graves, cualquiera que hubiera leído un poco en lo futuro se habría estremecido. Era la ley de la salud pública armando a la honradez con el rayo de la muerte.