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El Zarco:Capítulo XV

El Zarco
Capítulo XV: El amor bueno
 de Ignacio Manuel Altamirano

Nicolás, apenas libre, voló a Yautepec. ¿Qué había pasado allí durante su corta ausencia? ¡Temblaba de pensar en ello! Incomunicado rigurosamente desde que salió de Yautepec hasta que fue puesto en libertad, nada había podido saber acerca de la suerte de doña Antonia, ni de Pilar, pero apenas pudo comunicarse con algunos de los vecinos de Yautepec, que habían acudido a hablarle, cuando supo que la infeliz madre de Manuela, demasiado débil para resistir tantos golpes, había caído en cama, atacada de un violento acceso de fiebre cerebral. Era muy posible que la pobre señora hubiera sucumbido. ¿Y Pilar? Indudablemente la bella y buena joven habría prodigado toda especie de cuidados a su madrina; era seguro que no se habría separado un solo instante del lecho de la enferma que, abandonada tan miserablemente por su hija, se encontraba, sin embargo, rodeada de gentes bondadosas y caritativas, pero sobre todo de aquel ángel, que más que su ahijada, parecía ser su verdadera hija, heredera de su virtud, de su sensatez y de su noble carácter.

Pero en el seno de aquella familia improvisada por la desgracia, junto al lecho de aquella anciana moribunda, hacía falta un hombre, un apoyo, una fuerza que infundiera aliento a los demás y proveyese a las necesidades que siempre aumenta el desamparo. Y ese hombre, ¿quién podía ser sino él, Nicolás, el hombre a quien aquella virtuosa señora había escogido para su yerno, y había amado como a un hijo suyo, el que, a su vez huérfano desde su infancia, había concentrado en ella todo su afecto filial? ¡Cómo le habría buscado la enferma en su delirio! ¡Cómo habría también Pilar invocado su nombre en silencio, deseando verlo a su lado, en aquellos momentos de horrorosa angustia! Este último pensamiento era, en medio de su ansiedad, como una gota de néctar que caía en su corazón que rebozaba amargura.

Desde su salida de Yautepec, preso y amenazado de muerte por aquel militar insolente y arbitrario, Nicolás no había hecho más que pensar en aquellos dos objetos de su cariño: doña Antonia y Pilar, y su espíritu agitado pasaba sin cesar del infortunio de la desdichada señora, al amor de la hermosa joven, amor tanto más grato, cuanto que se había revelado de súbito, y justamente cuando se habían oscurecido para él todos los horizontes de la vida.

Así es que aquel enamorado joven, en los días precedentes, apenas había concedido su atención al estado que guardaba, a la incomunicación en que se le mantenía, a las mil incomodidades de su prisión, al peligro mismo de una resolución desfavorable a las gestiones que se hacían para libertarle, a todo.

Doña Antonia y Pilar eran su preocupación única, y no ver a estas dos personas, que para él encerraban el mundo entero, causaba su impaciencia, una impaciencia que llegaba a la desesperación.

En cuanto a Manuela ... se había desvanecido completamente en su memoria. El herrero, como todos los hombres de gran carácter, era orgulloso y si en los últimos días aún había manifestado algún afecto a la desdeñosa joven, si en su corazón aún no parecía haberse extinguido el fuego de otro tiempo, había sido solamente porque doña Antonia animaba constantemente con el soplo de sus esperanzas aquella hoguera, casi convertida en cenizas.

Pero Nicolás había acabado por comprender, desde hacía muchos meses, que era un hombre imposible en el corazón de Manuela. Más aún; con su perspicacia natural, con esa facilidad de percepción que tienen los enamorados humildes, había adivinado, analizando detalle por detalle, al regresar tristemente de Yautepec todas las noches, sus estériles y cada vez más heladas entrevistas con la joven, que ésta no sólo sentía despego hacia él, sino repugnancia. Ahora bien: a la expresión de este sentimiento, que aun en un semblante hermoso es dura y desagradable, no podía resistir una alma altiva como la de Nicolás. Si él hubiera sido uno de esos muchachos tontos y fatuos que interpretan siempre el gesto y las palabras de las mujeres que aman, en el sentido menos desfavorable para ellos; si hubiese sido uno de esos hombres vengativos y tenaces que hacen del sufrimiento un medio de triunfar y de vengarse; si por último, hubiese sido uno de esos viejos libertinos para quienes el deseo es una coraza que los hace invulnerable s, para quienes la posesión a toda costa es ya el único objeto de su amor sensual, Nicolás habría permanecido firme en su intento sostenido por el apoyo de la señora, gran apoyo junto a una hija, por contraria que ésta se muestre.

Pero Nicolás era un hombre de otra especie. Indio, humilde obrero, él tenía, sin embargo, la conciencia de su dignidad y de su fuerza. Él sabía bien que valía, como hombre y como pretendiente, lo bastante para ser amado de Manuela. Su honradez inmaculada daba un título; su posición, aunque mediana, pero independiente y obtenida merced a un trabajo personal, lo ennoblecía a sus ojos; su amor sincero, puro, que aspiraba a la dignidad conyugal y no a los goces pasajeros del deseo material, le hacían valorizado y estimado, como un tesoro que debía guardarse intacto.

En suma, él amaba tiernamente, con sumisión, pero con decoro, con pasión tal vez, pero con dignidad, y comprometer este decoro y esta dignidad en algún acto de humillación le habría parecido degradar su carácter y arrastrar por el suelo aquel sentimiento que él llevaba tan alto.

Así pues, tan luego como Manuela, enamorada como estaba de otro hombre, creyó conveniente quitarse el velo del disimulo y comenzó a mostrar a Nicolás un desabrimiento que éste conoció al instante, que fue aumentándose de día en día, y que acabó por convertirse en un marcado gesto de repugnancia, Nicolás comenzó por sentirse lastimado profundamente en su orgullo de hombre y de amante, y acabó por experimentar la insoportable amargura de la humillación. Su amor, ya bastante desarraigado por los desaires anteriores, no pudo resistir la última prueba, y fue desvaneciéndose a gran prisa en su corazón. El afecto de doña Antonia, un vislumbre de esperanza y cierto hábito contraído de ver a la joven todos los días, aún lo retenía débilmente, como lo hemos visto; pero al saber que aquella mujer a quien había creído insensible para él, pero honrada, había huido con el odioso bandido, cuyo nombre era el espanto de aquella comarca, una sorpresa dolorosa primero, y un sentimiento de desprecio después, se apoderaron de su alma.

Después, este desprecio fue tornándose, al considerar la perversión de carácter de Manuela, en un sentimiento de otro género.

Era la repugnancia, pero la repugnancia que inspira la fealdad del alma; y después una viva alegría inundó su corazón.

Él, Nicolás, el pobre herrero de Atlihuayan, se había escapado de aquel monstruo. Había estado amando a un demonio creyéndolo un ángel. Hoy que se veía libre de él, se avergonzaba de su ceguedad de los primeros días, y se felicitaba de que el cielo o su buena suerte lo hubiesen salvado del peligro de haberse enlazado con aquella criatura, o al menos de la desgracia de seguir amándola, lo que habría sido terrible para él, dado su carácter altivo e intensamente apasionado.

Lejos de eso, y como una compensación gratísima, precisamente en los momentos en que su espíritu había quedado enteramente despejado de las últimas nieblas que aquel afecto hubiera podido dejarle cuando la serenidad acababa de restablecerse en su corazón, serenidad que no había sido bastante para turbar ni el peligro que había corrido ni la indignación que lo había agitado, había visto surgir ante sus ojos una nueva imagen, más bella y dulce que la que había desaparecido, y había sentido, había comprendido que ésa sí era el ángel bueno de su existencia. Ni podía menos; el amor de Pilar se había descubierto en un momento solemne y decisivo, sin interés y sin esperanzas, con todos los caracteres de abnegación, de generoso sacrificio, de resolución heroica que deben ser las cualidades del afecto extraordinario. ¿Cómo no sentirse subyugado en el instante por un amor tan poderoso? Nicolás no sólo sintió penetrar en su alma, como un torrente de fuego, aquel amor nuevo y luminoso sino que experimentó algo como un remordimiento, como vergüenza de no haber abierto antes los ojos a la dicha, de no haber adivinado el afecto que inspiraba y que seguramente había vivido oculto cerca de él, protegiéndolo, envolviéndolo en una atmósfera de simpatía y de cariño. ¡y él, cómo habría hecho sufrir a la bella y modesta joven con su aparente galantería para Manuela! ¡Quizás la habría lastimado alguna vez, quizás había sido cruel, sin quererlo, hiriendo la delicadeza de aquel corazón tierno y blando como una sensitiva!

Tal idea lo hacía aparecer a sus propios ojos como inferior a su amada de hoy, pero no con esa inferioridad que humilla, sino con la inferioridad del creyente para con su Dios, sentimiento que aviva y aumenta el amor, porque lo complica con la admiración y la gratitud.

Tales reflexiones ocuparon el ánimo de Nicolás durante el camino de Cuautla a Yautepec, que recorrió impaciente y a todo el galopar de su caballo, atravesando el bosque de catzahuates y las haciendas de Cocoyoc, de Calderón y de San Carlos, que bordan aquella llanura pintoresca. Por fin pasó el río, atravesó las callejuelas, palpitándole el corazón, y se apeó en la puerta de la casa de doña Antonia. ¿Qué noticias iba a recibir?