Abrir menú principal

El Zarco:Capítulo XI

El Zarco
Capítulo XI: Doña Antonia
 de Ignacio Manuel Altamirano

Doña Antonia había dormido mal. Después de su primer sueño, que fue tranquilo y pesado, los múltiples ruidos de la borrasca acabaron por despertarla. Agitada después por diversos pensamientos y preocupaciones a causa de su viaje próximo, comenzó a revolverse en su lecho, presa del insomnio y del malestar.

Parecíale haber escuchado a través de los lejanos bramidos del trueno, y de los ruidos de la lluvia y del viento entre los árboles, algunos rumores extraños; pero atribuyó esto a aprensión suya. De buena gana se habría levantado para ir al cuarto de Manuela a fin de conversar o de rezar un momento en su compañía: pero temió interrumpir el sueño de la niña, a quien creía dormida profundamente y acalenturada desde el día anterior.

Así es que, después de haber pasado largas horas en aquella situación penosísima, luchando con ideas funestas y atormentadoras, y con el calor sofocante que había en su cuarto y el que le producía la irritación de la vigilia; cuando oyó que el temporal cesaba, que los árboles parecían quedarse quietos, y que los gallos comenzaban a cantar, anunciando la madrugada y el buen tiempo, la pobre señora acabó por quedarse dormida de nuevo, para no despertar sino muy tarde y cuando los primeros rayos del sol penetraron por las rendijas del cuarto.

Entonces se levantó apresuradamente y corrió al cuarto de su hija.

No la encontró, vio la cama deshecha, pero supuso que se habría levantado mucho antes que ella y que estaría en el patio o en la cocina. La buscó allí, y no hallándola todavía, creyó que andaría recorriendo la huerta, examinando sus flores y viendo los estragos del temporal, y aun se dijo que Manuela hacía mal en exponerse así a la humedad de la mañana, después de haber estado indispuesta el día aÍlterior; que iba a empaparse con el agua de los árboles y a mojarse horriblemente los pies en el lodo de la huerta, que era un bosque espeso, cruzado de apantles por todas partes y que se llenaba de charcos con la menor lluvia.

Efectivamente, los naranjos, los zapotes, los mangueras y los bananos dejaban caer una cascada de agua a cada rozamiento de sus ramajes; la luz del sol se reflejaba como en mil diamantes en las gotas de agua que pendían de las menudas hojas, y la grama del suelo se hallaba sumergida en una enorme ciénaga.

Hacía mal la muchacha en andar en la huerta de ese modo

Y la llamó entonces a gritos para reñirla.

Pero habiendo esperado en vano para verla aparecer, y no escuchando su respuesta, comenzó a alarmarse y corrió a buscarla en los lugares que solía frecuentar. Tampoco estaba en ellos. Entonces siguió buscándola y gritándole en todas direcciones, y habiéndole venido una idea repentina volvió a la casa para ver si la puerta de la calle estaba abierta; pero encontrándola perfectamente cerrada y atrancada, tornó a la huerta, llena de sobresalto, suponiendo que quizás su hija habría sido mordida por alguna serpiente y se habría desmayado o tal vez muerto en algún rincón de aquel bosque. La pobre anciana, pálida como la muerte, convulsa de terror y de angustia, se internó en lo más espeso de la huerta, sin cuidarse del lodo ni de la maleza, ni de las espinas, registrándolo todo, llamando por todas partes a su hija con los epítetos más tiernos y más desesperados, con la garganta seca, con los ojos fuera de las órbitas, pudiendo apenas respirar, con el corazón saliéndosele del pecho, loca de dolor y de susto.

Pero nada, Manuela no aparecía.

-Pero, Dios mío, ¿qué es de mi hija? -exclamó, deteniéndose y apoyándose en un árbol, pues sentía que las piernas le flaqueaban.

Nadie le contestaba. La naturaleza seguía indiferente su curso normal. El sol brillaba de lleno iluminando el cielo, limpio ya de nubes, en aquella hermosa mañana de estío, más sereno y más azul después de una noche de borrasca; los pájaros parloteaban alegremente en las arboledas, zumbaban los insectos entre las flores y todo parecía cobrar nueva vida en aquella tierra tropical y vigorosa.

Sólo la pobre madre desfallecía, apoyada en los árboles y sintiendo que el frío de la muerte helaba la sangre en sus venas.

Pasado un momento de angustiosa parálisis, hizo un esfuerzo desesperado y se arrastró hasta el centro de la huerta. Allí tuvo otra idea; y cruzando el apantle que rodeaba como un pozo el soto de la adelfa, que era como una rotonda de arbustos en medio de la cual descollaba la vieja y florida planta, se dirigió hacia ésta, y al llegar a ella se detuvo sorprendida. Allí, junto al tronco, había un pozo que se había llenado de agua, y sobre la grama estaba tirada una tarecua, la pequeña tarecua con que Manuela solía cavar la tierra de su jardín.

Luego observó que, a pesar de la lluvia, la maleza y los arbustos aún permanecían doblados, como si alguna persona se hubiese abierto paso por entre ellos.

Miró con cuidado el suelo, y en la parte que no estaba cubierta por la grama, distinguió huellas de pisadas. Siguió la dirección que ellas marcaban, lo cual era difícil en aquella capa de verdura espesa y áspera, que cubría el suelo, y pudo reconocerla hasta el apantle. En los bordes cenagosos de éste, y en la parte inundada por su crecimiento de la noche, la huella se marcaba mejor; era la huella de pies pequeños y desnudos que se habían enterrado profundamente en el cieno. ¿Quién podía haber andado por ahí esa mañana, si no era Manuela? ¿Y quién podía tener esos pies pequeños, sino la joven? Pero, ¿por qué había venido descalza, y habiendo tenido resfrío el día anteríor?

La infeliz madre se perdía en conjeturas. Luego, dando algunos pasos más allá de la faja inundada por el apantle, volvió a reconocer huella de pisadas: eran las mismas de Manuela, que seguramente tomó la dirección del cercado. En efecto, las huellas seguían hasta la cerca y se detenían junto a las viejas raíces del zapote gigantesco. La anciana trepó con trabajo por ellas y como impulsada por un presentimiento terrible. Sobre la cerca había también señales de haber pasado por ahí alguno. Las plantas parecían haber sido holladas; los tallos de algunas estaban rotos. Doña Antonia se asomó por aquel lugar y examinó atentamente la callejuela. Vio entonces allí, precisamente al pie del lugar en que se hallaba, las huellas bien distintas de pezuñas de caballos, que parecían haberse detenido algún rato allí y que debieron haber sido varios, porque el lodo estaba señalado y removido por numerosas huellas repetidas y agrupadas.

La aguda y fría hoja de un puñal que hubiese atravesado su corazón, no habría producido a la desdichada madre la sensación de intenso dolor y de desfallecimiento que semejante vista le causó.

No comprendía nada, pero adivinó que algo horroroso significaba aquéllo. ¡Su hija, atravesando la huerta en aquella noche, dirigiéndose a la cerca, aquellos caballos deteniéndose allí, como para esperarla, porque era evidente que ningún hombre había andado con ella, todo esto encerraba un misterio inexplicable, pero pavoroso para la pobre señora! ¿Había huido Manuela con algún hombre? ¿Había sido robada? ¿Quién podía ser el raptor?

Doña Antonia apenas pudo dirigirse confusamente tales preguntas, en medio de su atonía y de su terror, porque se sentía aterrada, aniquilada, permaneciendo ahí como idiota, con los ojos clavados en el lado de la calle, con los cabellos erizados, con el corazón palpitante hasta ahogarla, muda, sin lágrimas, sin fuerzas, viva imagen de la angustia y del dolor.

Pero una última esperanza pareció hacerla volver en sí. Pensó que eso era imposible, que era un sueño todo lo que estaba mirando o que nada tenía que ver con su hija aquel conjunto de circunstancias; que Manuela debía haber vuelto a su cuarto, y que si se hubiera fugado, debía haberse llevado su ropa, sus alhajas, algo.

Doña Antonia, bajándose precipitadamente de la cerca, se dirigió vacilando como una ebria, pero corriendo hacia la casa y al cuarto de Manuela; estaba como antes, solitario, la cama deshecha, un baúl abierto. No cabía duda, la joven se había escapado; faltaba su mejor vestido, faltaban sus camisas bordadas, sus alhajas, su calzado nuevo de raso, sus rebozos. Se había llevado lo que podía caber en una pequeña maleta.

Entonces la infeliz anciana, convencida ya de su desdicha, cayó desplomada sobre el suelo y rompió a llorar, dando alaridos que hubieran conmovido a las piedras. Pasado al fin este arranque de dolor supremo, salió de la casa como una insensata, sin cuidarse de cerrarla, y se dirigió a la de su ahijada Pilar, que vivía por ahí cerca, en casa de unos tíos, porque era huérfana. Apenas pudo hablarles unas cuantas palabras para explicarles que Manuela había desaparecido y para rogarles que fuesen con ella a su casa a fin de cerciorarse del hecho.

Acompañáronla, en efecto, sorprendidos y asustados también, especialmente la bella y dulce joven, que lo mismo que su madrina no comprendía nada de tal misterio.