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El Zarco:Capítulo VI

El Zarco
Capítulo VI: La entrevista
 de Ignacio Manuel Altamirano

La cerca no era alta, estaba formada de grandes piedras, entre las cuales habían brotado centenares de trepadoras, de ortigas y de cactus de tallos verticales y esbeltos, formando un muro espeso, cubierto con una cortina de verdura. Sobre esta cerca, aprovechando uno de sus claros y bajo las sombrías ramas del zapote, cuyo tronco nudoso presentaba una escalinata natural por dentro de la huerta, Manuelita se había improvisado un asiento para hablar con el Zarco en sus frecuentes entrevistas nocturnas.

El bandido no se bajaba en ellas de su caballo. Desconfiado hasta el extremo, como todos los hombres de su especie, prefería estar siempre listo para la fuga o para la pelea, aun cuando hablaba con su amada en las altas horas de la noche, en la soledad de aquella callejuela desierta y cuando la población dormía sobresaltada sin atreverse nadie a asomar la cara después de la queda.

Por lo demás, así, a caballo, estaba al alcance de la joven para hablarle y para abrazarla con toda comodidad, pues la altura del cercado no sobrepasaba la cabeza de la silla del caballo, y en cuanto a este animal, enseñado como todos los caballos de bandidos, sabía estarse quieto cuando la voluntad del jinete lo exigía. Por otra parte, la cortina vegetal que revestía el cercado de piedra presentaba allí un ancho rasgón que permitía a los amantes hablarse de cerca, enlazarse las manos y abandonarse a las intimidades de un amor apasionado y violento.

Ya varias veces algunos vecinos de Yautepec, que solían transitar por esa callejuela en las mañanas para salir al campo, habían reparado en las huellas que dejaba el caballo en las noches de lluvia, huellas que indicaban que alguien había estado allí detenido por mucho tiempo, y que venían del río y volvían a dirigírse a él. Pero suponían que eran las de algún campesino que había venido allí en la tarde anterior o a lo sumo sospechaban que Nicolás, el herrero de Atlihuayan, cuyo amor a Manuelita era demasiado conocido, tenía entrevistas con ella, aunque sabían todos, por otra parte, que la joven manifestaba profunda aversión al herrero, cosa que atribuían a hipócrita disimulo desmentido por esas huellas acusadoras.

En cuanto a doña Antonia, madre de Manuelita, ignoraba de todo punto, como es de suponerse, que su hija tuviese entrevista alguna con nadie, y aun el rumor acerca de las huellas de un caballo junto al cercado de su huerta, le era totalmente desconocido.

Así, bajo aquel secreto profundo, que nadie se hubiera atrevido a adivinar, Manuela salía a hablar con su amante con toda la frecuencia que permitían a éste sus arriesgadas excursiones de asalto y de pillaje. Él parecía muy enamorado de la hermosa muchacha, pues apenas podía disponer de algunas horas, cuando las aprovechaba, a trueque del reposo y del sueño, para venir a conversar una hora con su amada, a quien prevenía regularmente por medio de los emisarios y cómplices que tenía en Yautepec.

Esta vez era esperado con más impaciencia que nunca por la joven, alarmada por los peligros que anunciaban para sus amores las resoluciones de la tarde.

-Tenía yo miedo de que no vinieras esta noche y te esperaba yo con ansia -dijo Manuela, palpitante de pasión y de zozobra.

-Pues por poco no vengo, mi vida -respondió el Zarco, arrimándose a la cerca y tomando entre las suyas las manos trémulas de la joven-. Hemos tenido pelea anoche; por poco me mata un gringo maldito, y apenas he tenido tiempo de pasar por Xochimancas, de remudar caballo, de tomar un bocado y un poco de café y he andado veinte leguas por verte ... ¿Pero, qué tienes? ¡Estás temblando! ¿Por qué me esperabas con ansia?

-Dime, ¿estuviste tú en lo de Alpuyeca?

-Sí, precisamente yo mandaba la fuerza. ¿Por qué me preguntas eso? ¿Cómo lo has sabido tan pronto?

-Pues ahora verás: estuvo, como siempre, hoy en la tarde el fastidioso herrero, y a él, diciéndole mi mamá que ya no veía la hora de salir de aquí para irnos a México, pero que no sabía cómo, porque mi tío no viene, le contó que una tropa de caballería del gobierno había salido ayer de Cuernavaca con dirección a Yautepec, y que se había quedado a dormir en Xiutepec, pero que hoy en la mañana recibió orden violentamente para perseguir a una partida que había matado a unos extranjeros en Alpuyeca, anoche, y que se fue para allá ...

-Ya lo sabíamos ... dizque nos van a cargar fuerzas ..., figúrate, ¡doscientos hombres a lo más! Buen cuidado tendrán de no arrimarse por Xochimancas ..., allí estacarían el cuero ... y ¿qué más?

-Bueno, pues que siguió diciendo que esa caballería del gobierno no cogerá a ninguno, y que volverá a tomar la dirección de Yautepec para continuar su marcha. Que entonces podríamos aprovechar la oportunidad para irnos con la tropa.

-¿Ustedes?

-Sí, nosotras, y mi madre dijo que le parecía buena la idea; que nos íbamos a disponer para irnos, y aun encargó al herrero que viniera mañana para traerle nuevas noticias y para dejarle sus encargos.

-¡Ah, caramba!, ¿de modo que es de veras?

-Muy de veras, Zarco, muy de veras. Tiene mi madre tal miedo, que, no lo dudes, va a aprovechar la ocasión, y ya me dijo que vayamos disponiendo nuestros baúles con lo más preciso; que irá mañana a pedirle a una persona su dinero que le tiene guardado, y nos vamos.

-¡Imposible! -exclamó el bandido con violencia-, ¡Imposible! Se irá ella, pero tú no; primero me matan.

-Pero, ¿cómo hacemos entonces?

-Niégate.

-¡Ah!, sería inútil, Zarco, tú no conoces a mi mamá; cuando dice una cosa, la cumple; cuando manda algo, no se le puede replicar. Hartos disgustos tengo todos los días porque me quiere casar a fuerza con el indio, y por más que le manifiesto mi resolución de no unirme a ese hombre, por más que le hago desaires a éste, y que le he dicho en su cara muchas veces que no le tengo amor, mi madre sigue en su porfia, y el herrero sigue también viniendo, seguramente porque mi madre le da alas para que no deje su necedad. Pero en fin, en esto puedo desobedecer porque alego mi falta de cariño, pero en lo de irnos ... ya tú ves que es imposible.

-Pues, déjame pensar -dijo el Zarco poniéndose a reflexionar.

-Dime -interrumpió Manuela-, ¿no sería posible que ustedes atacaran a la tropa del gobierno en las Tetillas o en otro paraje y que la derrotaran? Ustedes son muchos.

-Sí, mi alma; sería posible, y lo conseguiríamos, pero te diré francamente: los muchachos no se arriesgan a estas empresas, sino cuando esperan coger un buen botín o cuando se defienden y la ven irremediable. ¡Pero aquí no habían de querer! Dirán que atacando a esta tropa no van a recibir más que muchos balazos, y si la derrotan, cogerán cuando más unos cuantos caballos flacos, sillas viejas, uniformes hechos pedazos. ¡Si los soldados del gobierno parecen limosneros! Además son cien hombres. Tendríamos que cargarles lo menos quinientos, y ¿tú crees que habíamos de juntarlos para eso nada más?

-¡Pero, bien -repuso la joven contraríada-, ya sabía yo que los plateados no atacaban sino a los indefensos! ... Eso dice mi madre.

-¿A los indefensos? -dijo el Zarco, picado a su vez en lo más vivo-. ¿Eso dice tu madre? Pues se equivoca la buena señora; también sabemos atacar a la tropa, y cansados estamos de hacerlo y de triunfar ... ¡Indefensos! Pues bueno fuera que hubiera visto la pelotera de anoche. Esos gringos parecían demonios ..., se defendían con sus rifles, con sus pistolas, con sus espadas.

-¡Ay, Zarco, dicen que mataron a las mujeres y a los niños!

-¿Quién dijo eso?

-El herrero.

-¡Indio hablador!

-¿No es cierto?

-¿Que se murieron? Sí, se murieron, pero nosotros no los matamos, se murieron en la refriega. En fin, no hablemos de este asunto, Manuelita, porque me estás lastimando.

-No, mi vida, no -replicó la joven, con voz de infinita ternura, y enlazada al cuello del bandido-. ¿Yo ofenderte a ti, que eres todo mi querer?

-Sí, Manuelita -dijo desasiéndose de sus brazos-. Todo eso que me estabas diciendo era porque tú me crees cobarde.

-¿Yo creerte cobarde, Zarco? -dijo la joven echándose a llorar-. Pero, ¿cómo has podido pensar eso? ¡Si yo creo que tú eres el hombre más valiente del mundo; si yo estoy loca de pasión por ti; si pienso que se me va a reventar el corazón de la pena que me causa tu ausencia, del miedo que me dan los peligros que corres! ... ¡Si yo soy tuya enteramente ... y hago lo que quieras!

-Bueno -dijo dulcificando la voz el bandido y besándola con furia-; bueno, ya no llores, ya no estoy resentido ..., pero no me vuelvas a decir esas palabras.

-¡Pero si yo te digo lo que cuentan; yo hago cóleras cuando lo escucho, y no tengo más consuelo que decírtelo! Ahora, mi deseo de que atacaran a la tropa, debes suponer que es causado por el amor mismo que te tengo, para que no nos separemos. Si tienes otro medio ..., el de casamos, por ejemplo.

-¿Casarnos?

-Sí, y ¿por qué no?

-¿Pero tú no piensas en que no podemos casarnos?

-¿Por qué, dímelo?

-Por mil razones. Llevando la vida que llevo, siendo como soy tan conocido, teniendo tantas causas pendientes en los juzgados, habiendo naturalmente orden de colgarme donde me cojan, ¿adónde había yo de ir a presentarme para que nos casaran? ¡Estás loca!

-Pero ¿no podemos irnos lejos de este rumbo, a Puebla, al Sur, a Morelos, a donde no te conozcan para casarnos?

-Pero para eso sería preciso que te sacara yo de aquí, que te robara yo, que te fueras conmigo a Xochimancas mientras ... y después emprenderíamos el viaje a otra parte.

-Pues bien -replicó la joven resueltamente, después de reflexionar un momento-, puesto que no queda más que ese recurso, sácame de aquí, me iré contigo a donde quieras.

-Pero ¿te avendrás a la vida que llevo, siquiera por esos días? Vamos a Xochimancas; ya sabes quiénes son mis compañeros; es verdad que tienen ellos allí a sus muchachas, pero no son como tú: ellas están acostumbradas a pasar trabajos, montan a caballo, ayunan algunas veces, se desvelan, no se escandalizan por lo que pasa, porque pasan cosas un poco feas ... en fin, son como nosotros. Tú eres una muchacha criada de otra manera ..., tu mamá te quiere mucho. Tengo miedo de que te enfades, de que llores, acordándote de tu mamá y de Yautepec ..., de que me eches la culpa de tu desgracia, de que me aborrezcas.

-Eso nunca, Zarco, nunca; yo pasaré cuantos trabajos vengan, yo también sé montar a caballo, y ayunaré y me desvelaré, y veré todo sin espantarme con tal de estar a tu lado. Mira -añadió Manuela, con voz sorda y en el extravío de su pasión frenética-, yo quiero, en efecto, mucho a mi mamá, aunque de pocos días a esta parte me parezca que la quiero menos; sé que le voy a causar tal vez la muerte, pero te prometo no llorar cuando me acuerde de ella, con la condición de que tú estés conmigo, de que me quieras siempre, como yo te quiero, de que nos vayamos pronto de este rumbo.

El bandido la estrechó entre sus brazos y la devoró a besos, conmovido ante esta explosión de amor, tan apasionada, tan loca, tan sincera, que estaba tan cerca del frenesí y que le entregaba enteramente a aquella joven tan bella, tan codiciada, tan soñada en sus horas de pasión y de deseos.

Porque el Zarco amaba también a Manuela, sólo que él la amaba de la única manera que podía amar un hombre encenegado en el crimen, un hombre a quien era extraña toda noción de bien, en cuya alma tenebrosa y pervertida sólo tenían cabida ya los goces de un sensualismo bestial y las infames emociones que pueden producir el robo y la matanza. La amaba porque era linda, fresca, gallarda; porque su hermosura atractiva y voluptuosa, su opulencia de formas, su andar lánguido y provocador, sus ojos ardientes y negros, sus labios de granada, su acento armonioso y blando, todo ejercía un imperio terrible sobre sus sentidos, excitados día a día por el insomnio y la obsesión constante de aquella visión. Aquél no era amor, en el sentido elevado de la palabra, era el deseo espoleado por la impaciencia y halagado por la vanidad, porque, efectivamente, el bandido debía creerse afortunado con merecer la preferencia de la mujer más bonita de la comarca.

Así es que tan pronto como el Zarco estuvo seguro de que la joven se hallaba resuelta a arrostrarlo todo con tal de seguirlo, se sintió feliz, y toda la sangre de sus venas afluyó a su corazón en aquel instante supremo.

-Bueno -dijo, separándose de los brazos de Manuela-. Entonces no hay más que hablar, te sales conmigo y nos vamos ...

-¿Ahora? -preguntó la joven con alguna indecisión.

-No, no ahora -contestó el bandido-; ahora es tarde y no podrías prepararte. Mañana; vendré por ti a la misma hora, a las once. No des en qué sospechar para nada a tu madre; estate en el día, como si tal cosa, con mucho disimulo; no saques más ropa que la muy necesaria. Allá tendrás toda la que quieras; pero saca tus alhajas y el dinero que te he dado; guardas todo eso aparte, ¿no es verdad?

-Sí, lo tengo en un baulito, enterrado.

-Pues bien: sácalo y me aguardas aquí mañana, sin falta.

-Y ¿si por casualidad llegara la tropa del gobierno? -preguntó Manuela con inquietud.

-No, no vendrá, estate segura. La tropa del gobierno habrá andado todo el día de hoy buscándonos; luego, como tienen esos soldados una caballada tan flaca y tan miserable, descansarán todo el día de mañana, y a lo sumo volverían a Cuernavaca pasado mañana, de modo que no estarán aquí sino dentro de cuatro días. Así es que tenemos tiempo. Tú puedes alistar tus baúles con tu mamá como preparándote para el viaje a México, y no dejas fuera más que la ropa que te has de traer. Si por desgracia ocurriere alguna dificultad que te impida salir a verme, me avisarás luego, luego con la vieja, que me ha de aguardar donde sabe, para darme aviso. Pero si no hay nada, ni a ella le digas una palabra. Toma -añadió, sacando de los bolsillos de su chaqueta unas cajitas y entregándoselas a la joven.

-¿Qué es esto? -preguntó ella recibiéndolas.

-Ya las verás mañana y te gustarán ... ¡son alhajas! Guárdalas con las otras -dijo el bandido abrazándola y besándola por último-. Ahora me voy, porque ya es hora; apenas llegaré amaneciendo a Xochimancas; hasta mañana, mi vida.

-Hasta mañana -respondió ella-, no faltes.

-¡Mañana serás mía, enteramente!

-Tuya para siempre -dijo Manuela, enviándole un beso, y quedándose un instante en la cerca para verlo partir.

El Zarco se alejó, como había venido, al paso y recatadamente, y a poco se perdió en las tortuosidades de la callejuela apenas alumbrada por la luna.