Abrir menú principal

El Uruguay - Población e Historia
de Octavio Velasco del Real

Nota: Publicado en el libro Viaje por la América del Sur, Barcelona, 1892.


La población de la Banda Oriental se evalúa, según el último censo (1888), en 687,194 habitantes, de los cuales 214,682 están avecindados en la capital y su departamento: en la primera, las cuatro quintas partes de dicho número, y el resto en el otro. De dichos 214,682 habitantes, son hijos del país 114,578, y extranjeros el resto, o sea 100,104.

Ya se comprenderá, en vista de las anteriores cifras, que la densidad de población debe variar extremadamente según cada departamento, y, en efecto, mientras que en el de Montevideo es de 308'54 por kilómetro cuadrado, en el de Canelones es de 14'76, y en el de Artigas es de 0'55. Cualquiera puede figurarse la soledad que reinará allí.

La historia de Montevideo es muy interesante y abunda en rasgos de heroísmo. (Hablo de su historia moderna, pues no hay para qué traer a cuento que fue descubierta por Solís en 1515 y que un marinero dijo Monte vi deo. contracción de de lejos, de donde el nombre de la capital). Me referiré, pues, únicamente a los acontecimientos ocurridos en nuestra antigua colonia desde el tiempo de la emancipación.

Formaba parte la Banda Oriental del virreinato de Buenos Aires, creado en 1778, el cual comprendía, además, lo que es hoy República Argentina, el Paraguay, el Alto Perú (Bolivia) y nominalmente la Patagonia. Durante nuestras guerras con la Gran Bretaña, como aliados que éramos de Napoleón I, apoderáronse los ingleses de Montevideo; pero tuvieron que soltar la tajada poco después.

Sobreviene la guerra de la Independencia; el virreinato de Buenos Aires espera con ansia el momento de declararse emancipado de la metrópoli; estalla la revolución en Buenos Aires; es depuesto y embarcado el virrey, y constitúyese su gobierno el Ayuntamiento de la capital.

A pesar de la guerra que sosteníamos aquí con el coloso de Europa, la Regencia de Cádiz hace frente en cuanto puede al movimiento separatista del Plata: es nombrado virrey el general Ello (1811). Trata de apoderarse de Buenos Aires, es rechazado y se retira entonces a Montevideo, donde pensaba encontrar gran número de adictos a la dominación española. Viéndose apuradísimo, se le ocurre entonces a Elio pedir socorro a la corte de Río Janeiro, que no deseaba sino meter la pata en la Banda Oriental, y, en efecto, faltole tiempo al Brasil para enviar un ejército al Uruguay. El talentudo Elío comprendió entonces la estupidez que había cometido; manifestó al rey de Portugal que podía retirar sus tropas; pero la corte de Río Janeiro se llamó andana, sin querer oír de aquel oído. Por fin, aunque de pésima gana, se retiraron.

Continuaba siempre Montevideo en poder de España, teniéndole sitiado los generales Artigas y Rondeau, significado el primero por su ardiente amor a la uruguaya tierra, de la que quería hacer un Estado independiente. Disgustose Artigas y se fue, hasta que, por fin, cayó la plaza en poder de los independientes. acaudillados por el coronel argentino Alvear. Riñeron Alvear y Rondeau, y se aprovechó de aquellas disensiones Artigas, que se metió de rondón en Montevideo (1815), proclamándose jefe de la Banda Oriental.

Los brasileros, que no quitaban el ojo del Uruguay, enviaron entonces un ejército a la Banda Oriental, y se apoderaron de todo (1816), mientras en la otra orilla continuaba la lucha entre nuestras tropas y los argentinos. Estos recobraron de nuevo el territorio uruguayo; pero como andaban divididos en federalistas y unitarios, el obstinado Brasil volvió a la carga (1822) y se apoderó de nuevo de la Banda Oriental, que se anexionó con el titulo de Provincia Cisplatina. Estalló la guerra entre la Confederación Argentina y el Brasil, y, por fin, en 1828 reconociose que la Banda Oriental formaría un Estado propio con el nombre de República Cisplatina o República Oriental del Uruguay, siendo elegido presidente el general Rondeau.

Como es natural, elaborose una Constitución para el nuevo Estado, la cual fue proclamada el 18 de julio de 1830, siendo sus lineas generales las siguientes:

1.° Un Poder Ejecutivo, ejercido por un presidente elegido por un cuatrienio; el presidente no es reelegible hasta haber transcurrido un plazo igual al de su ejercicio; está asistido por cuatro ministros: del Interior, del Exterior, de Hacienda y de Guerra y Marina.

2.° Un Poder Legislativo, ejercido por una Legislatura compuesta de dos Cámaras: el Senado, presidido por el vicepresidente de la República, y la Cámara de Representantes.

3.° Un Poder Judicial, compuesto de tres grados equivalentes a los de nuestra organización de los tribunales: juzgados, audiencias y tribunal supremo. Las causas criminales y los delitos de imprenta pasan al Jurado.

El Código Civil está calcado sobre el de Napoleón.

A pesar de su excelente Constitución, no se libró el Uruguay de la suerte de las demás repúblicas hispano americanas; es decir, que en breve ocurrieron trastornos y alborotos más o menos graves, agregándose a las discordias civiles los feroces razzias que hacían los indios charrúas, empeñados en hacer una guerra de exterminio a los blancos.

Era presidente de la República en reemplazo de Rondeau el general D. Fructuoso Rivera. Salió éste contra los indios y los exterminó; pero cuando más satisfecho estaba de su expedición, héte ahí que se pronuncia en el campamento un tal Garzón, coronel de su oficio, el cual ataca a Rivera en su tienda, espanta a los ministros y nombra generalísimo al general Lavalleja. Rivera, sin embargo, consiguió sofocar el pronunciamiento, y no se mostró demasiado severo en la represión.

En 1835 fue elegido presidente el general Oribe (Manuel), quedándose Fructuoso Rivera de general en jefe; pero el nuevo presidente creyó que dicho cargo le vendría de perilla a su señor hermano D. Ignacio, y, sin más ni más, quitó a Rivera y nombró al susodicho. Rivera, como es de suponer, se enfadó. Como en Buenos Aires seguía empeñadísima la lucha entre unitarios y federales, había en Montevideo muchos emigrados del primer partido que habían puesto el río por en medio entre ellos y Rosas. Rivera, pues, se puso al frente de los unitarios argentinos, reforzados por las colonias francesa e italiana de Montevideo. El presidente Oribe, viéndose con el agua al cuello, imploró entonces el socorro del terrible dictador de Buenos Aires; súplica que fue atendida al momento, pues el sueño dorado de Rosas era reunir la Banda Oriental a la Confederación Argentina. Envió, pues, tropas al Uruguay, y Rivera, que no contaba con gente bastante para hacer rostro a los oribe-rosistas, no tuvo más remedio que refugiarse en el Brasil (1837). Al año siguiente, a causa de la guerra declarada entre Francia y Rosas, fue una escuadra del entonces vecino reino a bloquear a Buenos Aires; salió Rivera del Brasil, invadió el Uruguay, entró en Montevideo y se hizo proclamar presidente, mientras Oribe escapaba a Buenos Aires.

Rosas le nombró al fugitivo presidente uruguayo brigadier, y Oribe correspondió a la confianza del gran federal derrotando a los unitarios argentinos, aliados.de Rivera, Peleábanse que era una desventura la Confederación Argentina y el Uruguay. La escuadra de Rosas sostenía encarnizados combates con la uruguaya, mandada primeramente por Coes y después por el famoso Garibaldi, y lo peor es que llevaba la mejor parte, teniendo estrechamente bloqueado a Montevideo.

Interpusieron su mediación Francia e Inglaterra; pero fue en vano: ni los unitario riveristas ni los federo-oribistas querían oír hablar de conciliación. En 1842 desembarcaba Oribe en la costa del Uruguay, derrotaba a Rivera en Arroyo Grande y avanzaba sobre Montevideo, dejando en pos de sí un rastro de sangre y desolación, advirtiendo que su ejército se componía todo de argentinos, que le había proporcionado Rosas, su modelo. Tan suave era el proceder de Manuel Oribe, que sólo se le conocía con el nombre de Cortacabezas.

A la noticia de que se acercaba el brutal tirano, armáronse los vecinos de Montevideo, incluso las legiones italiana, francesa y vascongada, mandadas respectivamente por Garibaldi, el coronel Thibaut y el coronel Briz, todos los cuales se ilustraron admirablemente en la defensa. Entonces intervinieron las escuadras europeas (francesa e inglesa) y derrotaron a la de Rosas, consiguiéndose lo que se proponían, en realidad de verdad; a saber: la libre navegación por el Paraná, cerrado hasta entonces al tráfico extranjero (1845.)

Pero ni aun así cesó la guerra entre la Confederación Argentina y la República Oriental. Las tropas oribistas tenían bloqueado por tierra a Montevideo. Por fin, el general rosista Justo José de Urquiza, gaucho tan valiente como talentudo, cayó en la cuenta de que el tirano lo hacía rematadamente mal, y resolvió derribarle al intentar Rosas por cuarta o quinta vez ser reelegido gobernador de Buenos Aires. Principió Urquiza por echar del Uruguay a Oribe (1831) y después completó el resto del programa.

Ya era hora de que la Banda Oriental pudiese reponerse de aquella larga lucha de nueve años; y, en efecto, apenas comenzó a gozarse de tranquilidad, el país adquirió una prosperidad asombrosa. Los gobiernos se esforzaron en fomentar el florecimiento de la riqueza; y como el Brasil y la Confederación Argentina se acusaban mutuamente de querer apoderarse del Uruguay, éste concluyó con ambas potencias (1859) un tratado destinado a garantizar su independencia, así como su completa neutralidad en caso de sobrevenir cualquier día un conflicto entre aquellos dos poderosos Estados.

Restablecido el orden, procediose a elecciones presidenciales, siendo elevado a la primera magistratura de la República el general D. Venancio Flores, jefe del partido colorado (equivalente a unitario o liberal, de igual manera que el blanco equivale a federal-autoritario), cuya administración fue bastante tranquila (1851-1855.)

Sucediole a Flores el Sr. Pereira, blanco; y como algunos generales colorados conspirasen, los mandó prender y los fusiló, excediéndose de sobras en la represión.

Llegó la época de proceder a nuevas elecciones (1860), y el Sr. Pereira, padre amante, se forjó la dulce ilusión de poder ser reemplazado por su señor hijo; pero no contaba Pereira senior con la huéspeda, la cual se le apareció en forma de un respetable anciano llamado D. Bernardo Berro, ornamento del partido que estaba en candelero y antiguo lugarteníente de Oribe.

El Sr. Berro manifestó desde luego que no apelaría a los procedimientos de violenta represión de que habla echado mano su antecesor; pero ni aun así logró tranquilizar a los colorados, que andaban emigrado» en Buenos Aires y sólo esperaban una ocasión propicia para invadir el Uruguay. Sin embargo, por de pronto no hubo que lamentar ningún desorden, y la prosperidad de la Banda Oriental no sufrió interrupción. Lo que habla era que Berro era un demócrata muy especial; pues en cuanto le parecía que alguno de sus ministros le podía hacer sombra se apresuraba a dimitirlo. En fin: el hombre fue tirando como pudo, pues no le faltaban quebraderos de cabeza, no sólo por las amenazas de los colorados, sino también por las continuas reclamaciones de Italia e Inglaterra, hasta que, perdiendo decididamente la cabeza, comenzó a repartir palos de ciego contra la prensa, los ciudadanos y cuanto le parecía tenía aspecto de querer derribarle del poder.

Así las cosas, sábese que acaba de desembarcaren el Uruguay (abril de 1863) el general Venancio Flores (el colorado), lanzando el grito de insurrección, y siendo lo peor que podía contarse con que la Argentina apoyaba a Flores. El desventurado Berro no daba pie con bola ni podía (digámoslo en su descargo). Todos le acusaban, todos le acriminaban; tachábanle los unos de sobrado provocador; los otros de harto débil; quién le echaba en cara que estaba vendido a Flores, quién le afeaba su soberbia, causa de todos los males. El hombre, hecha su cabeza un remolino, disuelve las Cámaras, que se le hablan sublevado. Se encuentra con que en caja no hay un cuarto, con que no hay vestuario ni qué comer para los soldados, y sólo pide a Dios le deje ver el término de su presidencia. Por fin, cesa a últimos de 1863 y es reemplazado por otro blanco, don Anastasio Aguirre.

Y sucedió que el Uruguay quedó por gala partido en dos: el Sr. Aguirre presidenciaba en la parte oriental; el general Flores en la occidental, apoyados respectivamente por la Argentina y el Brasil, pero con la mira, una y otro, de ver quién se quedaba con todo. Para colmo de males, salió el Brasil buscando tres pies al gato... de Aguirre, y declaró la guerra al Uruguay, negándose a aceptar el arbitraje que proponía el cuitado presidente de la Banda Oriental. Proceder alevoso, como se ve, pero que es el que suelen seguir siempre los fuertes con los débiles.

El partido blanco se dispuso a resistir heroicamente la agresión brasileña (1864). Montevideo, sobre todo, hizo prodigios de patriotismo, mientras lo cual Venancio Flores, a la cabeza de 6,000 soldados del emperador Dom Pedro II de Alcántara, entraba a saco en la uruguaya Paysandú. Como Aguirre no demostraba estar a la altura de la situación, fue depuesto. Proclamose el Terror y fue elegido presidente el Sr. Villalba. El nuevo presidente vio claramente que la cosa no tenía compostura. Montevideo estaba bloqueado por mar por trece buques de guerra brasileros y sitiada por tierra por 8,000 imperiales (enero de 1865). Apresurose, pues, a capitular, dejando que los colorados gozasen del festín del presupuesto. El 21 de enero entregó Villalba las riendas del Gobierno a un lugarteniente de Flores, y el 23 hacía éste su solemne entrada en la capital, al mismo tiempo que se embarcaban Aguirre y toda la plana mayor del partido blanco. Hubo Te Deum, regocijos, etc.

Flores, con delicada modestia, se intituló sencillamente Gobernador interino de la República. Acto seguido constituyó ministerio y comenzó a dictar disposiciones: restablecimiento de las buenas relaciones con los gobiernos de Río Janeiro y Buenos Aires; reorganización de los Bancos; restitución a los jesuitas y demás órdenes religiosas de la facultad de abrir colegios, y por ende de volver a la república, de donde habían sido expulsados en tiempo de Pereira; entrada del Uruguay en la alianza del Brasil y la Argentina contra el Paraguay, cuyo presidente López era amigo de los blancos; una quinta de un hombre por cada diez para formar parte del ejército que debía partir contra la heroica república antes citada.

Púsose Flores al frente del contingente uruguayo que debía hacer la guerra a López, y dejó encargado el poder ejecutivo a su ministro del Interior Sr. Vidal, el cual demostró poseer condiciones de verdadero hombre de Estado, y a cuya memoria debemos estar agradecidos por haber sido partidario firmísimo de la neutralidad del Uruguay cuando nuestro malhadado conflicto con las repúblicas del Pacífico.

Volvió Flores a Montevideo después de haber llevado una paliza de aquellas de órdago que acostumbraba a administrar Solano López a la triple alianza antiparaguaya; no funcionaba muy bien la máquina gubernamental; pero Flores tomó a pechos la cosa y restableció el orden y la tranquilidad, empezando para el Uruguay una era de portentoso florecimiento. En un solo mes (1867) rindió la Aduana cerca de millón y medio de francos, cifra nunca conocida. Flores atendió a todo: edificó, legisló, fomentó, reformó, organizó. Sólo faltaba devolver sus derechos políticos al país, privado de ellos desde la proclamación de Flores como gobernador interino de la República.

Flores, pues, se mostró bon prince y mandó celebrar elecciones a fines de 1867, las cuales se verificaron con el mayor orden, comprometiéndose, por su parte, el dictador a resignar sus poderes en las Cámaras. Desgraciadamente, no llegó a tiempo, pues fue asesinado al comenzar 1868. A la verdad, todo el bien que había hecho últimamente Flores no bastaba a que muchos depusiesen el odio mortal que le tenían, acusándole de haber vendido al Brasil la independencia del Uruguay y la entrada del Plata.

Fue reemplazado Flores por el honrado, pundonoroso y digno general D. Lorenzo Batlle, descendiente de catalanes y colorado resuelto. Insurreccionose contra el respetable Sr. Batlle el partido blanco, y costó mucho reprimir la rebelión. Por fin, gracias al patriotismo de todos y a la intervención de la Argentina, se llegó a una reconciliación, celebrándose con grandes festejos tan feliz resultado.

Llegó el período en que debía procederse a nuevas elecciones (1872) y se vio aparecer en escena un tercer partido, el radical, cuyo programa, eminentemente liberal, se separaba totalmente de los antiguos, blanco y colorado. Fue elegido para la primera magistratura de la República el doctor D. José Ellauri, cuya administración dejó los mejores recuerdos por las grandes mejoras realizadas. Desgraciadamente, fue arrojado del poder por una insurrección militar, siendo reemplazado por D. Pedro Varela (1875). Encontrose éste con un grande embrollo en la Hacienda y en los recursos del país, y, no queriendo comprometerse, presentó la dimisión. Reemplazole con el titulo que había adoptado Flores de Gobernador interino de la República el coronel D. Lorenzo Latorre.

Vino luego la presidencia del general D. Máximo Santos, muy distintamente apreciada; pero, en cambio, merece muchos elogios la del general Máximo Tajes.

Este excelente ciudadano creó un precedente notabilísimo en la tierra clásica de los presidentes mandilones, y fue que no quiso entrometerse en lo más mínimo en la elección de su sucesor; cosa rarísima en la América del Sur, donde, por lo general, el presidente en propiedad es el que saca al que lo ha de sustituir. Por primera vez, en 1890, viose el Uruguay en plena libertad de elegir presidente a quien mejor le pareciese, alcanzando tan elevado honor el Sr. Herrera y Obes. Verdad es que, como no hay dicha cumplida, resultó, luego, al parecer , que el general Tajes había sido un gran derrochador.

Bien puede asegurarse que para el Uruguay ha terminado definitivamente la era de las revoluciones, reduciéndose hoy todo el empeño de sus gobernantes a procurar la difusión y elevación de la instrucción pública, favorecer las obras de utilidad general y abrir nuevas fuentes al desenvolvimiento del país mediante la construcción de puertos, vías férreas, etc., a lo cual, por triste que sea tener que reconocerlo, contribuyen en primer término los capitales ingleses.

Aparte de esto, el Uruguay es una república representativa de verdad, siendo de desear que, imitando sus presidentes la conducta del general Tajes, se limiten a desempeñar su cometido sin anular la soberanía popular, como con tan lamentable frecuencia sucede en otras partes.

La República Oriental no ha escapado a la fiebre de la especulación, que tantos estragos hizo en 1890 en la Argentina; pero, en fin, no fue de gran consideración precisamente por el santo horror con que miran los orientales el papel moneda. El general Lorenzo Batlle, estrechado en 1870 para que firmase el decreto ordenando la circulación forzosa, dijo que antes se cortaría la mano que decretar la ruina del pueblo. Ese instintivo desapego del Uruguay hacia los billetes y láminas le ha salvado de un crack como el de la república de la otra parte del Plata. En fin, ya se va pasando; y así como en los primeros meses del año 1890 los empleados no veían sus pagas, hoy cobran todos a toca teja.



Nota: se han modernizado algunos acentos.