El Niño de Guzmán: 03

El Niño de Guzmán
de Emilia Pardo Bazán
Capítulo III

Capítulo III

Centellitas



La conversación prorrumpió con ciertas observaciones, entre encomiásticas y críticas, que hizo el Duque a la lista de platos. Sin meterse en si es o no elegante consultar esa cartulina -golosos y glotones de altísima escuela afirman que conocer la lista de antemano es cohibir el ensueño gastronómico y además poner en duda la infalibilidad del jefe-, don Gaspar nunca perdonaba el menú: servíale de guía para hacer ciertas concesiones al método que los facultativos le mandaban seguir, temerosos de que la gota subiese de las extremidades a los focos de la vida. Cuando se quejaba -con efusión y verbosidad de egoísta, que impone a los demás lo que a él solo interesa-, don Servando Tranquilo, siempre chancero, citaba con énfasis:


Ya me comen, ya me comen
por do más pecado había...



Bien había pecado por el estómago el Duque, merecedor de largo ayuno en el círculo dantesco. Mientras ponía en las nubes los huevos a la rusa, revueltos con caviar -receta de Mirovitch, el secretario de la Embajada-. Boltaña se descolgó protestando de que ni con caviar ni con gloria divina tragaba él a las rusas; y como, efectivamente, las diplomáticas moscovitas de la colonia veraniega no eran cosa de gusto, rió Colmenar y sonrió benévolamente don Servando. Mauricio, ceñudo, desganado, ni atendió ni quiso servirse. Procedía su mal humor de que él prefería esperar a su mujer aunque fuese hasta las dos de la tarde; no era comilón, y la impaciencia le quitaba el ya escaso apetito. El Duque le interpeló:

-Porque te dejes morir de hambre, cabeza de estudio, no añade carbón el maquinista... Pues si fuésemos a sujetarnos a las horas del tren... esta casa sería la fonda de la estación. Las señoras, hace más de una semana en Biarritz, a vueltas con los trapos; el sobrinito siempre amagando llegar y no llegando nunca...

-¿Has tenido carta, papá? -preguntó con interés Borromeo.

-Desde la última de París... ¡Una quincena de fecha! ¡Bah! Que venga cuando le dé la ventolera... Así como así...

-La mía es más reciente -dijo Borromeo-. Del 11, y estamos a 16... No fijaba día.

-¡Naturalmente! -declaró el hípico, que en sacándole de su especialidad, no decía sino patochadas-. ¡Que suelten en París a un muchacho con guita y al momento se recoge al hogar paterno de su tío!

-Estará en París como el ratón en el queso -corroboró don Servando.

-Tan ricamente -asintió Colmenar.

-Pues no saben ustedes lo que se pescan -replicó Borromeo, que generalmente desestancaba la bilis disputando con los convidados, ninguno santo de su devoción-. Confunden ustedes a Pedro con los niños de la goma. Se les figura que estraga en París la vida y despabila el dinero, como harían los monines que conocemos todos. Lo menos creen ustedes que se pasa las horas muertas admirando el rabo de un potro, o tirando de la oreja a Jorge en algún club...

Al hablar así, Borromeo fijó en la cara de su hermano los ojos negrísimos, y recogió y saboreó rápida expresión de sufrimiento.

-Pedro -continuó con vehemencia- les va a dejar a ustedes turulatos. Les parecerá un bicho raro... Van ustedes a presumir que viene de otro planeta. No acertarán a comprenderle..., porque es... ¡un hombre!

Con entonación insolente Boltaña profirió:

-¿Y qué somos los demás, sabandijas?

-Tú... eres centauro -repuso prontamente, Borromeo-. Para encontrarte cabal necesitas cuatro patas y cola.

-¡Anda, venenoso! -refunfuñó el gentleman ridder entre dientes, sin saber si debía enojarse de veras.

-Clasifíqueme usted, Vizconde -suplicó reposadamente don Servando Tranquilo.

-¿Usted...?, pero si ya estaba usted clasificado, ¡y por Linneo! Es usted rana... de brillantes y esmalte verde ¡Qué honor! En la colección zoológica del guardajoyas de una dama, que tiene un arca de Noé de pedrería, figura usted entre los batracios... Algunos aseguran que usted no es rana; pero la mayoría está conteste en que sí. No ha ascendido usted a lagarto. Se espera que antes le promuevan a borrego...

Después de andanadas por este estilo, Gentileza se quedaba algo aliviado; en cambio el Duque, que se creía único poseedor del derecho de arañar, y realmente no arañaba tan sangriento, lanzaba a su hijo una ojeada fulminante, y cambiaba el giro de la conversación, generalmente en tono desdeñoso para Borromeo.

-A ver, sabiondo -articuló remedando el cadencioso tonillo de los actores que representan papeles de chulos-, entéranos de por qué el Niño es todo un hombre y los demás, por lo visto, bichos del Museo... Señores -añadió, recobrando su natural pronunciación, castellana fina y correcta-, la verdad es que mi sobrino, con tanto estudiar y tantos requilorios y exquisiteces, de juro tendrá la cabeza lo mismo que un bombo americano. Sabe Dios si a fuerza de libros me le han vuelto tonto de remate... (Estos de la tontería pegada por los libros era para don Gaspar artículo de fe.) De cuantos sabios conozco, sólo no es pedante Cánovas... En fin, no es culpa mía si el Niño... Debe de venir lleno de aprensiones y de manías contra todo lo de su tierra.

-Error craso... -interrumpió Borromeo.

-Error obeso se dice. Sé bien parlado -advirtió Boltaña, con una risotadita.

-Obeso, adiposo o como te dé la gana, Cervantes... Entérense de que Pedro, al contrario, siempre me escribe que sueña con España, que es su mayor ilusión vivir aquí, y que se creerá en el quinto cielo cuando lo realice.

-¿Y por qué no lo ha realizado ya? -objetó don Servando-. Supongo que no está sentenciado a extrañamiento...

-Pues lo estaba -advirtió el Duque-. ¿Qué quieren ustedes? Cosas de mi hermana Anita, que fue mujer de gran talento, ¡eso sí!, pero rara... Dios nos asista si el chico sale a su mamá. Como ella y yo quedamos huérfanos tan chicos, Anita cayó en poder de una famosa aya irlandesa, que vino recomendada a O’Donell y que él nos metió en casa... Se alababa de parienta del General: familia antigua. Pues mi Anita tanto se encariñó con la Odónela, que al casarse con don Pedro Arbués Niño de Guzmán y Leiva -de la misma pata derecha del Cid, y rico, pero señorón ya talludo-, se llevó a Sevilla a su miss ¡Miau! indispensable y allí la tuvo consigo como tendría a una madre, hasta que se murió de vieja... Nace este chico y, ¡claro!, la papilla debió de dársela miss ¡Miau! que también le zagalearía.

Riéronse todos, excepto Mauricio, que no quitaba ojo al característico reloj de bronce y mármol, donde el Tiempo, inflexible, alzaba su guadaña y empuñaba su clepsidra. Las dos menos veinte, y el tren llegaba a las dos y cinco... ¡Todavía, entre unas cosas y otras, media hora lo menos!

-Anita- prosiguió don Gaspar-, así que se quedó viuda, se marchó con el unigénito a Inglaterra. Claro: ¡aquel clima infernal! Casi inmediatamente una pleuresía... y al otro mundo. Yo iba a hacer lo natural, señores; traerme a casa al chico, que estaría en sus nueve años... Cátate que se abre el testamento de mi hermana, y nos encontramos unas disposiciones perentorias, que el nene se educase fuera de España hasta los veinticinco y que dirigiese su educación un cuñado de la Odónela, un irlandés estrafalario que por poca entra jesuita... Cumplimos religiosamente los deseos de la madre. Entre colegios británicos y universidades germánicas y ese ayo tan elevado a la raíz cuadrada de lo sublime, buena le habrán puesto la chola a mi sobrino. Eso sí, dicen que rema, que boxea, juega al foot y al polo y hace todas esas hazañas de mozo de cuerda, que ahora son moda. Aquí, si tiene puños, le enseñaremos a derribar; ¡por vida de los apóstoles! A los veintitrés podía haberse venido ya; era dueño de su caudal y de su personita... Se lo escribí. No quiso. Había de cumplir el programa de su madre... Diga lo que diga ese termómetro sin azogue -añadió el Duque, señalando a Borromeo-, las ganas de venir a España no deben de sobrarle. En julio hizo los veinticinco; estamos ya en septiembre... Se ha entretenido en Bélgica y Holanda, después en París. ¡Vendrá por la Pascua... o por la Trinidad!

-¿Qué apuestan ustedes a que no tarda ni ocho días? -porfió Borromeo.

-¿Te lo ha escrito? Porque entonces, no apuesto...

-No; repito que no señalaba fecha... Tengo presentimiento. Veremos si me engaño.

Encogiose de hombros Boltaña, que no creía en presentimientos ni cosa que se parezca; alzó más las melancólicas cejas el Duque; y don Servando -rompiendo el pasajero silencio que coincidía con la aparición gloriosa del jamón en salsa de trufas al madera, dulce y cruel tentación para don Gaspar, que solía expiar la flaqueza de disfrutarlo con rabiosas dentelladas en las articulaciones de los pies- preguntó en el tono que en sociedad se emplea para aparentar interés por lo que realmente nos tiene sin cuidado:

-¿Y el Niño... va a vivir con ustedes?

No fue el Duque, sino Mauricio, quien, desde lo alto de su entrecejo, se apresuró a decidir:

-Imposible... Aquí en San Sebastián, no digo; pero en Madrid, ya ve usted; para un muchacho, la vida de familia sería una sujeción...

-¡Bah! ¡La vida de familia que se hace en casa!... -objetó malignamente Borromeo.

-¿Querías que nos pasásemos las noches alrededor de la camilla, jugando a la lotería de cartones? -saltó Mauricio.

-No, si ya sé que esos juegos no te divierten -replicó incisivamente Gentileza.

Esta vez, la ojeada sombría del padre fue para el primogénito. La alusión del menor le despertaba desagradables reminiscencias de pagos recientes. A fin de consolarse condescendió con la gula, sirviéndose firme ración del aromático plato, cuyas emanaciones le cosquilleaban voluptuosamente en la nariz y le humedecían y estremecían el paladar; y, trinchando despacio, murmuró:

-Yo no me opongo a tener conmigo al hijo de Anita; pero realmente, estando en casa Gelita... Además, Pedro ha de querer arreglarse en Madrid su garzonera, como ustedes le llaman... con aquello inevitable del trofeo en la pared, y del diván ancho para fragilidades y soponcios...

El ¡puff! que ahogó con la servilleta Boltaña, el malicioso guiño de don Servando hacia el capellán -el cual, impasible, ni parecía que se enterase de la libre conversación, y únicamente bajaba los ojos y comía más aprisa-, avisaron al Duque, que se dio, con chuscada mejor infantil que senil, una palmadita en los labios.

-¡Empeño de dibujar en caricatura un Pedro que no existe! -exclamó el sobrio Borromeo tomando la ampolleta, mientras los demás, excepto Mauricio, se entregaban al jamón-. Pedro es otra cosa distinta; Pedro no viene a pintar la cigüeña en Madrid, ni a armar panoplias cursis con espaldas de zinc y corazas de lata... Quiere estudiar a España, recorrerla, registrar, como él dice, el solar de sus antepasados; no de los antepasados de su linaje, sino de los antepasados nacionales -nuestras glorias...-. ¿A que se ríen ustedes de esto? No esperen que se pague de futilidades y vanistorios. Le importa un rábano la vida smart. Otros son sus gustos, y así que venga, las primeras palabras que diga y las primeras acciones que ejecute, van a estar en abierta contradicción con lo que otros harían si se viesen en su caso. No entiende él, de seguro, las diversiones como mi hermano y mi cuñada; ni la política como usted, Tranquilo; ni los negocios como usted, Colmenar; ni siquiera los caballos como tú Boltañita... Ese ayo que llevó el timón de la educación de Pedro, y que aquí le pintan chiflado, era en realidad un hombre de gran mérito, religioso, ferviente, místico, artista... Tomó a Pedro cariño entrañable, y Pedro le miró como se mira a un padre, cuando es padre del alma y del cuerpo a la vez...

El acento estridente y punzante de Borroneo distrajo al Duque de sus delicias gastronómicas y le hizo exclamar:

-Si ese O’Neal educó mal a mi sobrino... ¡como ya está en el otro mundo, vaya usted a pedirle cuentas!

-A Dios las habrá rendido -contestó seriamente el giboso.

-Y si nos ha formado un Niño apestoso o insufrible -declaró don Gaspar haciendo imperceptible seña para que volviesen a pasarle la fuente del jamón- se las ajustaremos nosotros a su sombra. ¡No faltaba más! Que no nos envíe el difunto mister O’Neal un lila, que aquí ya hay bastantes... Que nos mande un muchacho vivo, despabilado, alegre, poco gazmoño... Como el rey Alfonso, que ¡por vida de los moros!, tenía más talento que todos los irlandeses juntos, y la sal de Torrevieja...

Colmenar asintió:

-¡Aquél sí! -repetía-, ¡aquél sí! No era para el mundo...