El Lunar : 3

El Lunar de Alfred de Musset

Capítulo III


Se ha dicho que los viajes perjudican al amor, porque proporcionan distracciones; se ha dicho también que lo fortalecen, porque dejan tiempo para pensar en él. Pero nuestro caballero era demasiado joven para hacer tan sensatas distinciones. Cansado del coche a mitad del camino, había tomado un caballejo de posta, y hacia las cinco de la tarde llegó a la Hostería del Sol, que ostentaba su muestra, ya pasada de moda en tiempos de Luis XIV.

Había en Versalles un cura viejo que había sido párroco cerca de Neauflette; el caballero le conocía y le quería. El cura, sencillo y pobre, tenía un sobrino beneficiado, abate en la corte, que podía serle útil. El caballero fue, pues, a casa del sobrino, el cual, hombre importante, sumido en su alzacuello, recibió muy bien al recién llegado y se dignó escuchar sus cuitas.

-¡Hombre! -le dijo-, venís muy a punto. Esta noche hay ópera en palacio, cierta fiesta por no sé qué. Yo no voy porque estoy enojado con la marquesa para ver si consigo algo; pero he aquí, precisamente, una invitación del señor duque de Amnont, que le había yo pedido no sé para quién. Id allá. No estáis presentado, es cierto; pero para estos espectáculos no es necesario. Procurad hallaros al paso del rey por el saloncillo. Una mirada, y habéis hecho vuestra fortuna.

El caballero dio las gracias al abate, y, fatigado por la mala noche y la jornada a caballo, se atavió ante un espejo de la hostería con esa negligencia que sienta tan bien a los enamorados. Una criada poco experta le ayudó lo mejor que pudo, y le cepilló la casaca bordada. Y así se lanzó a la casualidad. Tenía veinte años.      Anochecía cuando llegó a palacio. Tímidamente se acercó a la verja y preguntó el camino al centinela. Mostráronle la gran escalinata, y, una vez allí, supo por el suizo que la función acababa de empezar, y que el rey, es decir, todo el mundo, estaba en la sala. [3]

[3] El autor no se refiere a la sala actual, construida por Luis XV, o más bien por madame de Pompadour, que no se terminó hasta 1769, ni se inauguró hasta 1770, para la boda del duque de Berry (Luis XVI) con María Antonieta. Se refiere a un cierto teatro transportable que, según la costumbre de Luis XIV, se armaba en cualquier galería o salón. (Nota del autor.)

-Si el señor marqués quiere atravesar el patio -añadió el suizo, que por si acaso le daba el tratamiento de marqués- llegará en un instante a la representación. Si prefiere pasar por los salones...

El caballero no conocía el palacio. La curiosidad le impulsó a responder que iría por los salones; luego, como un lacayo se dispusiese a servirle de guía, un movimiento de vanidad le hizo añadir que no necesitaba quien le acompañase. Siguió, pues, avanzando solo, no sin cierta emoción.

Todo Versalles resplandecía. Desde la planta baja hasta el tejado relucían las arañas, las girándulas, los mármoles y los muebles dorados. Excepto los aposentos de la reina, todas las puertas estaban abiertas de par en par. A medida que el caballero avanzaba, le invadían una admiración y una sorpresa difíciles de imaginar, pues lo que hacía realmente maravilloso el espectáculo que se le ofrecía no era solamente la belleza y el esplendor del mismo, sino la absoluta soledad en que se encontraba en aquella especie de desierto encantado.

En efecto, cuando se encuentra uno solo en un vasto recinto, ya sea un templo, un claustro o un palacio, se siente algo extraño o, por así decirlo, misterioso. Parece como que el monumento pesa sobre el hombre, que los muros le miran, que los ecos le escuchan y el ruido de sus pasos turba un tan gran silencio de tal modo, que siente un temor involuntario y no se atreve a andar sino con respeto.

Así le ocurrió al principio al caballero; pero pronto pudo más la curiosidad, y le arrastró. Los candelabro de la galería de los Espejos, al mirarse en ellos, se devolvían a sí mismos sus luces. Sabido es los millares de amorcillos, ninfas y pastoras que jugueteaban entonces por los artesonados, revoloteaban por los techos y parecían enlazar el palacio entero en una inmensa guirnalda. Había vastos salones con doseles de terciopelo salpicado de oro, y grandes sillones de gala que aun conservaban el majestuoso empaque del gran rey; más allá, otomanas chafadas y sillas de tijera en desorden alrededor de una mesa de juego; una serie infinita de salones, siempre vacíos, cuya magnificencia resaltaba tanto más cuanto más inútil parecía; de vez en cuando, puertas secretas que abrían sobre interminables corredores; mil escaleras y pasillos que se cruzaban como para un laberinto; columnas y estrados hechos como para gigantes; gabinetes desordenados como escondrijos de chicos; un enorme cuadro de Vanloo junto a una chimenea de pórfido; una caja de lunares olvidada al lado de una grotesca figurilla china; aquí una soberbia grandeza, allá una gracia afeminada, y por todas partes, entre tanto lujo y tal prodigalidad y molicie, mil olores embriagadores, extraños y variados, mezcla de perfumes de flores y de mujeres; una enervante tibieza, un aire de voluptuosidad.

Estar a los veinte años en semejante lugar, en medio de aquellas maravillas, y encontrarse solo, era motivo suficiente para sentirse deslumbrado. El caballero avanzaba al azar, como en sueños.

«¡Verdadero palacio de hadas!», murmuraba. Y, en efecto, le parecía que se realizaba para él uno de esos cuentos en que los príncipes extraviados descubren mágicos palacios.

¿Eran criaturas mortales las que habitaban aquella mansión ideal?

¿Eran mujeres verdaderas las que habían estado sentadas en aquellas butacas, y cuyas graciosas formas habían impreso a los cojines aquellas ligeras huellas, llenas todavía de indolencia? ¿Quién sabe si tras aquellas espesas cortinas, al fondo de alguna inmensa galería, se aparecería una princesa dormida desde hacía cien años, una Armida con lentejuelas, o alguna dríada de corte que saliera de una columna de mármol o entreabriese un dorado artesonado?

Aturdido, a pesar suyo, por todas aquellas quimeras, el caballero se había echado en un sofá para soñar más a gusto, y tal vez hubiera permanecido allí más tiempo de no haber recordado que estaba enamorado. ¿Qué haría en aquellos momentos su bienamada, la señorita de Annebault, que quedaba allá, en un viejo castillo?

-¡Atenaida! -exclamó de repente-. ¡De qué modo pierdo aquí mi tiempo! ¿Me he vuelto loco? ¿Dónde estoy, Señor, y qué es lo que me ocurre?

Y, levantándose, continuó su camino a través de aquel país desconocido, donde no hay que decir que se perdió. Vio a dos o tres lacayos que hablaban en voz baja en el fondo de una galería, y, dirigiéndose a ellos, les preguntó el camino para ir a la comedia.

-Si el señor marqués -le respondieron, usando siempre la consabida fórmula- quiere tomarse la molestia de bajar por esa escalera y seguir la galería de la derecha, hallará al final tres escalones que subir; debe volver luego a la derecha, y cuando haya atravesado el salón de Diana, el de Apolo, el de las Musas y el de la Primavera, bajará de nuevo seis peldaños, y luego, a la izquierda, la sala de las guardias, para tomar la escalera de los ministros, no puede por menos de encontrarse con otros ujieres que le indicarán el camino.

-Muchas gracias -dijo el caballero-. ¡Con señas tan detalladas, mía será la culpa si no me oriento!

De nuevo emprendió valerosamente la marcha, aunque deteniéndose con frecuencia, a pesar suyo, para mirar a uno y otro lado, hasta que el recuerdo de su amor le hacía continuar el camino; y, por fin, al cuarto de hora encontró, como le habían dicho, nuevos lacayos, que le dijeron:

-El señor marqués se ha equivocado, porque ha debido ir por la otra ala del palacio; pero nada más fácil que dar con ella: sólo tiene el señor que bajar esta escalera, pasar por el salón de las Ninfas, luego por el salón del Estío, luego por el de...

-Muchas gracias -dijo el caballero.

«El majadero soy yo -pensó luego-, que se pone a hacer preguntas como un papanatas. Estoy haciendo el ridículo inútilmente, y aunque, lo que no es probable, no se burlasen de mí, ¿para qué me sirve esa nomenclatura y los pomposos títulos que dan a esos salones, para mí desconocidos?»

Decidió caminar en línea recta en cuanto le fuese posible. «Porque -se decía-, después de todo, es muy grande y magnífico el palacio, pero terminará en alguna parte, y aunque sea tres veces más largo que nuestro conejar, habré de ver dónde acaba.»

Pero en Versalles no es fácil andar mucho rato en línea recta, y la rústica comparación de la morada real con un criadero de conejos debió desagradar a las ninfas del palacio, porque se dieron con más ahínco a extraviar al pobre enamorado, y para castigarle, sin duda, complaciéronse en hacerle dar vueltas y revueltas sobre sus propios pasos, volviéndole siempre al mismo lugar, como a un campesino extraviado en un bosque.

En las Antigüedades de Roma, de Piranesi, hay una serie de grabados que el artista llama «sus sueños», y que son un recuerdo de las propias visiones del artista durante el delirio de una fiebre. Representan estos grabados unas vastas salas góticas, en cuyo suelo hay toda clase de utensilios y de máquinas, ruedas, cables, poleas, catapultas, etc., etc.

A lo largo de los muros se ve una escalera, y trepando por ella, no sin trabajo, al mismo Piranesi. Mirando a los escalones, un poco más arriba, se ve que, de repente, se cortan ante un abismo, y ocurra lo que quiera con el pobre Piranesi, imaginamos que, al menos, ha dado fin a sus trabajos, puesto que no puede dar un paso más sin caer al abismo; pero si levantamos más los ojos, vemos elevarse en el aire una segunda escalera, y de nuevo vemos en esta escalera a Piranesi al borde de otro precipicio. Mirando aún más alto, se ve una nueva «calera, más aérea todavía que las anteriores, y al pobre Piranesi que continúa su ascensión; y así indefinidamente, hasta que la eterna escalera y Piranesi desaparecen juntos por las nubes, es decir, por el borde del grabado.

Esta febril alegoría representa, con bastante exactitud, el fastidio de un trabajo inútil y la especie de vértigo que produce la impaciencia. Asimismo, el caballero, que no cesaba de vagar de salón en salón, fue acometido de cierta cólera.

-¡Pardiez! ¡Esto es muy aburrido! ¡Después de estar tan satisfecho, tan encantado de encontrarme solo en este maldito palacio -ya no le llamaba de las hadas-, no voy a poder salir de él! ¡Mal haya la fatuidad que me inspiró la idea de penetrar aquí como el príncipe Fanfarinet, con sus botas de oro macizo, en lugar de decir al primer lacayo con que tropecé que me acompañase, sencillamente, a la sala del espectáculo!

Cuando sentía estos tardíos remordimientos, el caballero se encontraba como Piranesi, en la meseta de una escalera, entre tres puertas. Le pareció oír detrás de la puerta del centro un murmullo tan dulce, tan ligero, tan voluptuoso, por así decirlo, que no pudo por menos de escuchar; y en el momento en que se disponía a seguir adelante, temeroso de ser indiscreto, abriose la puerta de par en par. Una bocanada de aire embalsamado con mil perfumes y un torrente de luz capaz de hacer palidecer a la galería de los Espejos le sorprendieron tan repentinamente que retrocedió algunos pasos.

-¿Quiere pasar el señor marqués? -preguntó el ujier que había abierto la puerta.

-Desearía ir a la comedia -respondió el caballero.

-Acaba de terminar en este instante.

Al mismo tiempo, bellísimas damas, delicadamente pintadas con blancos y carminosos afeites, y dando, no ya el brazo, ni siquiera la mano, sino la punta de los dedos a viejos y jóvenes, comenzaban a salir de la sala de espectáculos, poniendo gran cuidado en andar de costado para no estropear sus miriñaques. Toda aquella, brillante sociedad hablaba en voz baja, con una semialegría mezcla de temor y de respeto.

-¿Qué es esto? -dijo el caballero, sin adivinar que el azar le había conducido precisamente al saloncillo de descanso.

-¡El rey va a pasar! -anunció el ujier.

Hay una especie de intrepidez que no duda de nada y que es sumamente fácil: el valor de las gentes mal educadas. Aunque nuestro joven provinciano era bastante valiente, no poseía esa facultad, y a las solas palabras de «el rey va a pasar» quedó inmóvil y casi aterrado.

El rey Luis XV, que cuando salía de caza hacía a caballo una docena de leguas sin notarlo, era, como se sabe, soberanamente indolente. Se vanagloriaba, no sin razón, de ser el primer caballero, de Francia; y sus queridas le decían, no sin justicia, que también era el más guapo y apuesto. Era una cosa extraña verle abandonar su sillón y dignarse andar a pie. Cuando atravesó el salón, con un brazo apoyado, o más bien extendido, por el hombro del señor de Argenson, mientras sus tacones rojos resbalaban por el suelo -había puesto de moda ese aire perezoso-, cesaron todos los cuchicheos; los cortesanos bajaban la cabeza, y las damas, replegándose suavemente sobre sus jarreteras de color de fuego, arriesgaban ese coquetón saludo que nuestras abuelas llamaban una reverencia, y que nuestro siglo ha reemplazado por el brutal shakehand [4] de los ingleses.

[4] Apretón de manos.

Pero el rey no se fijaba en nada, y sólo veía lo que le complacía. Tal vez estuviera allí Alfieri, que cuenta del siguiente modo, en sus Memorias, su presencia en Versalles:

«Sabía que el rey no hablaba nunca a extranjeros, no siendo personas notables; pero no pude, sin embargo, acostumbrarme al aire impasible y altanero de Luis XV. Medía de pies a cabeza al que le presentaban, y su semblante no acusaba la más mínima impresión. Creo, sin embargo, que si se le dijese a un gigante: «Permitid que os presente a esta hormiga», al mirarla, sonreiría, o tal vez dijese: «¡Animalito!»

El taciturno monarca pasó, pues, entre aquellas damas y aquella Corte conservando su soledad en medio de la multitud. No necesitó el caballero reflexionar mucho para comprender que nada podía esperar del rey y que el relato de sus amores no tendría allí el menor éxito.

-¡Qué desgraciado soy! -pensó-. Sobrada razón tenía mi padre al decirme que a dos pasos del rey vería un abismo entre él y yo. Y aunque pidiese una audiencia, ¿quién me presentaría? He aquí a este amo absoluto que puede, con una palabra, cambiar mi suerte, asegurar mi fortuna y satisfacer mis aspiraciones. Delante de mí le tengo; si extendiese la mano podría tocar su manto..., y, sin embargo, creo estoy más lejos de él que en el fondo de mi provincia. ¿Cómo hablarle? ¿Cómo llegar a él? ¿Quién me ayudaría?

Mientras que el caballero se desconsolaba de esta manera, vio llegar una bella dama de gracioso y elegante porte. Vestida de blanco, muy sencilla, sin joyas ni encajes, con una rosa única sobre el pelo. Daba el brazo a un señor muy emperejilado, tout a l'ambre, como dice Voltaire, y le hablaba en voz baja, tapándose con el abanico. Y quiso el azar que, hablando y riendo, se le escapase el abanico y cayese bajo un sillón, delante precisamente de nuestro caballero, el cual precipitose inmediatamente a recogerlo; y como pusiese para ello la rodilla en tierra, le pareció la joven dama tan encantadora, que le devolvió el abanico sin levantar del suelo la rodilla. Detúvose la dama, sonriose, y siguió su camino, después de darle las gracias con un ligero movimiento de cabeza; pero si la mirada que lanzó al caballero hizo latir su corazón, sin motivo alguno al parecer, el motivo existía, porque aquella damita era la chiquilla de Etioles, como la llamaban los descontentos, mientras que los demás, al mencionarla, la llamaban «la Marquesa», como si dijesen «la Reina».


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