El Criticón (Segunda parte)/Preliminares


[AL SERENÍSIMO SEÑOR DON JUAN DE AUSTRIA]


Serenísimo señor:

Arco vistoso y bien visto el que tantas tempestades serena, brillante rayo del Planeta Cuarto y raro ardiente de la guerra: hoy, en emulación de las aceradas hojas de Belona, siempre augustas, siempre vitoriosas en la hercúlea mano de V. A., llegan a tan florecientes plantas éstas de Minerva, prometiéndose eternidades de seguridad a sombra de tan inmortal plausible lucimiento. De hojas a hojas va la competencia, y no extraña, pues con igual felicidad suelen alternarse las fatigas de Palas valiente y las delicias de Palas estudiosa, y más en un césar novel, gloria de Austria y blasón de España. La edad, Señor, varonil, mal delineada en estos borrones, bien ideada en los aciertos de la anciana juventud de V. A., vincula su patrocinio en quien toda la Monarquía Católica, su desempeño, inaugurando que quien, cuando había de ser joven es tanto hombre, cuando llegue a ser hombre, será un jayán del valor, un héroe de la virtud y un fénix de la fama.

B. L. P. de V. A.
Lorenzo Gracián
Damos licencia para que se imprima,
en Zaragoza, a 24 de febrero de 1653
D. Sala, Offi. y Reg. el V. G.


CENSURA

Del Doctor Juan Francisco Andrés, Cronista de Su Majestad y del Reino de Aragón, por comisión del ilustre señor don Luis de Ejea y Talayero, del Consejo de Su Majestad, y su Regente la Real Concellería en el mismo Reino La juiciosa cortesana filosofía de García de Mariones, que es la que continúa la Segunda Parte del Criticón, no la comprehende ni censura, porque en ella no se encuentran obscuridades que mancillen el resplandor real ni enturbien las luces claras de la virtud; antes bien, debajo de metáforas ingeniosísimas, enseña y deleita juntamente a los lectores: trayéndolos suspensos la gustosa peregrinación de los héroes que introduce, deja burlados sus deseos dilatándoles el fin de jornada tan peregrina, útil y provechosa. Mas cerrará esta invectiva la Tercera Parte con llave de oro, aunque sea con las canas de la vejez, que el desengaño de las cosas de la vida, aunque tenga vislumbres y apariencias de plata, lo interior es de purísimo y muy acendrado oro.

La acrimonia deste libro censura, a mi entender, a algunos sujetos severamente (pero en algún modo tiene excusa la especulación rígida de un ceño crítico), pues todo lo que no es breve y muy picante le juzga por disgustado: estilo en que han dado algunos ingenios modernos, procurando introducir el laconismo, pareciéndoles que sólo es plausible la concisión. Y de aquí se origina tener por prolijos a los historiadores abundantes, como lo significo el padre Antonio Posevino, hablando del Secretario Jerónimo Zurita, cuya copia la tuvo por exceso; y el Padre Juan de Mariana, por afectar esta brevedad, despreció a todos los historiadores que le precedieron, sin advertir que le habían servido de pauta para sus escritos. Empero yo tendría por más acertado el estilo que usa Zurita en sus Anales, porque es propio para referir las hazañas; que si éstas se cifran en cláusulas breves, tal vez se confunden y quedan defraudados los hechos dignos de memoria, que la brevedad está muy cerca de la lobreguez. Demás, que fue de este sentir Cayo Plinio Cecilio Segundo; escribiendo a Tácito, dijo que de los libros buenos el mejor era el de más volumen: Ita bonus liber quisque milior est quo maior. Teniendo tan elocuente apoyo, tendrá alguna eficacia esta opinión, pues no se puede negar sino que Plinio en el elocuente y sentencioso excedió a muchos, y que pocos le aventajan, cuyo testimonio irrefragable es aquel gran Panegírico a Trajano, idea de elogios y admiración de los ingenios sutiles.

El cariño que tengo a estos escritores que se censuran en este escrito me ha dado ocasión de dilatarme más de lo que permite la brevedad de una Aprobación, pero no cumpliera con las obligaciones de mi oficio si no dijera libremente mi sentir, salvando siempre el más acertado.

Pero esta obra contiene tan primorosos desvelos y tantas ingeniosidades, que merece que a su autor se le dé licencia para que se publique. Éste es mi sentir. En Zaragoza, 9 de marzo, 1653.

El D. Juan Francisco Andrés
Imprimatur, EXEA, Reg.


CENSURA CRÍTICA DEL CRITICÓN DEL LICENCIADO JOSEF LONGO

Habiendo visto esta Segunda Parte del Criticón, sin otra comisión que haberme franqueado el impresor su original, le he leído, llevado primero de mi curiosidad y luego del gusto, cebado en la golosina de su lectura. Y porque leyéndole hallaba que sabía a la mano de quien ha hecho otros libros que han corrido por el mundo con grande aplauso y se han visto en la librería del mayor príncipe con mucho agrado, hice concepto cumplía bien con el precepto de Horacio: Omne tulit punctum, qui miscuit utile dulci, como advirtió doctamente el P. don Antonio Liperi en la Aprobación de la Primera Parte, y quedé gozoso de ver trocado por éste el primero bilbilitano. ¡Dichosas aguas, que si hacéis cortadoras las espadas, no menos bien cortadas las plumas!

Marcial, en su Epig. 17, lib. I: Sunt bona, sunt quaedam meliora, sunt optima plura; y en el lugar del último verso, otro del libro segundo: Nihil est quod demere possis. Digo aquí lo mismo, y más con Erasmo, hablando de su Luciano: Sic riderns vera dicit, vera dicendo videt. Tan igualmente parece que ríe con Demócrito los devaneos de la criatura, como [llora] con Heráclito la ingratitud a su Criador, y no sé si admiré más la acrimonia, energía y vivacidad de su ingenio, o la prudencia, cordura y sagacidad de su juicio, todo con eminencia y en la más alta categoría de plausibilidad. Así ponderaba una docta pluma del Orden de San Bernardo en el Estado de Milán a un gran sujeto, senador de aquel areópago comparándole su ingenio a un caballo castizo y generoso bien dotrinado, y el juicio a un diestro jinete o birdón que con el amago, con la sombra de la vara, sin acicate ni rienda, le mete ya al paso, ya al paseo, ya a los tornos, ya a las corbetas, ya a la carrera, ya al salto, ya a la escaramuza, ya a la pelea, ágil y suelto, versátil y dócil. Ya se remonta águila real a investigarle al sol sus rayos, registrándoselos en su eclíptica, y todas sus acciones en [su] esfera, cuando se abate al más profundo centro de la tierra a averiguarle sus pactos en los más escondidos minerales. Y no he encontrado en él un tilde ajeno de la pureza católica ni de la real christiana política. Mas ¿qué podía hallar yo, habiendo pasado por la censura del gran Tito Livio aragonés, nuestro cronista el D. Juan Francisco Andrés, sucesor del grande jerónimo Zurita y grande Homero suyo, en quienes podrán los Alejandros (si hubiese Alejandros), envidiar al primero y admirar al segundo? ¿Qué podía hallar, dije, sino riqueza de conceptos, tesoro de sutilezas y aseado camarín de realces de un sublime pensamiento, de un pensar sublimado? En la materia más estéril que se le ofrece y al parecer no tiene sino la corteza, desentrañándola, saca con primorosa moralidad el más útil aprovechamiento del hombre: dígalo el azabache del duque de Villahermosa, en la Primera Parte, y díganos Barclayo si el lapidario que engañó a Euformión le dio piedra semejante. Nada se le pasa por alto, sin hallársele descuido, porque el que lo parece es su mayor cuidado.

Todo entra en la variedad deste libro, mordiendo el áspid al vicio sin sacarle sangre al vicioso, campeando en el laconismo de las palabras la difusión de las sentencias, a imitación de lo conciso de Tácito y lo difuso de Livio; y no es vestir de ajenas plumas el hurtar versos a Homero, sino arrebatarle al mismo Hércules la clava, como lo dijo Virgilio Marón a su Zoilo, referido por el Petrarca. Aquí no echará menos el lector en el ocio de palacio la sátira en Persio y en Juvenal, como en el empleo del palaciego; a Claudiano, para su panegírico Plaza Universal, donde el juicioso Andrenio así hace reparo con la vulgaridad en la más vulgar tienda de Baco, cuanto con la singularidad en el más singular escaparate de los prodigios de Salastano. Tan liberado está el sastre que viste como sobresaltado el tirano que desnuda, el artista mecánico como el liberal; al César se le da lo que es del César, muy conforme todo a entrambas regalías, eclesiástica y secular. Y del alpha hasta el omega, una seria cartilla de la moral y estoica filosofía, teniendo por guía en la épica a Platón y Aristóteles, y por doctrina la del mayor maestro de los estoicos morales, Séneca, y antes de Focílides y Epicteto; ejecutada la eutropelia sin reprensión y vencida con maestría grande la mayor dificultad en el camino de la vida humana, en el reventón como dice este autor. Nosce te ipsum, habiendo hecho senda tan apacible con aquella su anotomía moral de la Primera Parte y con los cien ojos de Argos en esta Segunda, que las faltas propias de las espaldas (como maliciaba en sus apólogos del burlón griego) las pasa el hombre a los ojos, donde tenia las ajenas, para enmendarse a pesar de su filaucia. ¿Qué dijera el Ariosto, cuando nos pintó a Falerina, si viera a Falsirena en la Primera Parte, y Luciano, por Timón o por Damis, si hubiera visto en esta Segunda los cargos y descargos de la Fortuna? Y calle Jenofonte en su Ciropedia, que si allí quiso pintar en aquel monarca de los persas cuál ha de ser un grande rey, con más felicidad consigue El Criticón dibujándonos en Critilo lo que ha de ser un hombre para preciarse de ser hombre. Y si ha sido tan aplaudido el Boquelino por haber sacado a plaza las faltas del hombre en su nación, en su individuo, en Pedro, Juan y Francisco, con más razón debe serlo éste llevando por idea antes su corrección que su corrimiento, disimulando el oprobio al que incurrió en él y no faltando al elogio del que lo mereció: testigos son muchos beneméritos a quienes ha dado lo más que puede ver un escritor, que es la inmortalidad.

Finalmente, en la dulzura desta bien compuesta filosofía, que es dulce sin duda, como lo dice el Espíritu Santo, Favus mellis, verba composita, y por dulce, según Plinio, símbolo de la máquina celestial, el más desabrido y resabio gusto se ha de abrir el apetito con este Kempis cortesano, con este ramillete de apotegmas morales y con esta poliantea manual, sin el peligro de encontrar en este plantel de agudezas y pancarpia de Amaltea flor plebeya que le haga estorbo a la vista, disonancia al oído, ofensa al olfato, disgusto al gusto, ni embarazo a la mano: porque, ingeniosa abeja, así liba para la amargura de la repreensión en la morisca retama como para la candidez de su intención de la católica azucena, dejándole a la rosa lo medicinal y quitándole las espinas para poderle manosear.

Yo no conozco al autor desta Segunda Parte, y acuerdóme le tuve (viendo el Prólogo de la Primera) por ingenio solapado y que era arte mayor el quererse encubrir con el Arte de Ingenios; y así, no querría decir absolutamente que le desconozco en esta Segunda, porque en lo heroico de la obra (aun sin el cuidado de Fidias en su Minerva) se retrata como en espejo el héroe que la hizo y me le señala el Sabio con el dedo de los Proverbios: Doctrina sua noscitur vir. Y si por el primor de su línea se dio a conocer Apeles, por las deste libro se deja rastrear el autor. Sea anónimo, sea anagrama o sea enigma, yo fiador que no le costara a Homero lo que el de los pescadores, ni a mí para este Criticón la llave del Satiricón de Barclayo, y bastaría Davo sin ser necesario Edipo. Concluyo diciendo: Nihil non laudabile vide y que omnia quae legi, redolent leporem et Gratiam.

En Zaragoza y marzo, a 20 de 1653.
Josef Longo