El árbol del mejor fruto (Versión para imprimir)

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Personas
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El árbol del mejor fruto


El árbol del mejor fruto

Tirso de Molina


Los que hablan en ella son los siguientes:


CLODIO.
MELIPO.
PELORO.
CONSTANTINO.
ANDRONIO.
MAXIMINO.


CLORO.
LISINIO.
NISE.
MINGO.
ELENA.
IRENE.


ISACIO.
CONSTANCIO.
ZABULÓN.
LEVÍ.
JUDAS.


UN PAJE.
Cuatro soldados.
Dos cristianos.
Tres indios.
Judíos.


>>>

Escena I
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El árbol del mejor fruto Acto I Tirso de Molina


Salen con máscara CLODIO, MELIPO y PELORO, bandoleros,
acuchillando a CONSTANTINO, de camino, y ANDRONIO.
  
CLODIO

Rendíos, caballeros,
que somos cuatrocientos bandoleros.


MELIPO

¿Qué habéis de hacer tan pocos
contra tantos, si no es que venís locos?


CONSTANTINO

Yo no rindo la espada
a quien la cara trae disimulada.
Quien no hace alarde,
traidor es, y el traidor siempre es cobarde;
que, en fin, entre villanos,
cuando las caras, sobran, faltan manos;
y será afrenta doble
que se rinda a quien no conoce un noble;
quien descubrir la cara juzga afrenta.


PELORO

Mataldos, caballeros.


CONSTANTINO

Mal conocéis, villanos, los aceros
que aqueste estoque animan.


ANDRONIO

Porque no te conocen, no te estiman.
Diles quién eres.


CONSTANTINO

Calla,
cobarde, que es honrar esta canalla
mostrar tenerlos miedo.
Cincuenta somos, y el valor que heredo,
basta.


ANDRONIO

¡Qué desatino!


Escena I
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CONSTANTINO

Villano, ¿es bien que tema Constantino
a cuatro salteadores,
cuando besan sus pies emperadores?
¡Mueran los forajidos!


TODOS

¡A ellos!


PELORO

Pocos son, pero atrevidos.

(Métenlos a cuchilladas.)
  

CONSTANTINO

(Dice dentro.)
 
¡Ay, Irene querida!
Muerto soy.}}


CLODIO

Por callar, pierdes la vida.


ANDRONIO

Romanos, de la muerte
huyamos, que no es cuerdo el que por fuerte
la fortuna provoca,
que la temeridad pierde por loca.
  
(Salen los bandoleros,
sacan a ANDRONIO
y trae CLODIO unas cartas y un retrato.)
  

CLODIO

No harás, mientras repares
encubrirte, y quien es no declares,
este retrato y pliego,
que alimentaba del difunto el fuego.


ANDRONIO

Ya el callar, ¿qué aprovecha,
fortuna en mis desdichas satisfecha,
si ha de decir la fama
lo que la lengua encubre y el mundo ama?
Al César Constantino
habéis, bárbaros, muerto, y al camino
saliéndole tiranos,
la esperanza quitáis a los romanos
del más noble mancebo
que vio en sus ojos coronado Febo.


Escena I
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PELORO

¡Válgame Dios! ¿Qué dices?


ANDRONIO

La yedra de sus años infelices
en cierne habéis cortado,
en túmulo su tálamo trocado
a César con Irene,
por quien la Grecia luz y vida tiene.
Desde Roma venía,
viudo antes que casado; en este día
le llora el tiempo ingrato.
De Irene es el bellísimo retrato,
que en aqueste trasunto
amor pintado paga amor difunto.
Huid de la venganza
de un monarca que a todo el mundo alcanza,
que su padre, el augusto,
tiene de procurar con amor justo,
en sabiendo la nueva
que mi desdicha y su rigor le lleva.

(Vase.)


Escena II
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Dichos, menos CONSTANTINO y ANDRONIO.
  
CLODIO

¡Cielos!, si aquesto es cierto,
todo el imperio ha de vengar el muerto.
¿Pues de qué traza y modo
podemos resistir al mundo todo?
Huyamos, bandoleros,
que no son muros estos montes fieros
para excusar castigos
de tantos y tan fuertes enemigos.


MELIPO

No nos han conocido
con el disfraz, que nuestra vida ha sido,
y destos desconciertos
no hay que temer, no siendo descubiertos.
Lo mejor es que huyamos,
y los ricos despojos repartamos,
pues con ellos podremos
de la pobreza asegurar extremos.


PELORO

¡Notable desatino!


UNO

Corra la voz que es muerto Constantino.


CLODIO

Murió en este desierto
el César.


OTRO

Constantino ha sido el muerto.
  
(Vanse dando voces.)


Escena III
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CLORO y LISINIO, labradores.
  
CLORO

Será el mismo que hizo a CONSTANTINO.
  

LISINIO

La conformidad constante,
Cloro, que quiso algún Dios
hacer que fuese en los dos
de un natural semejante,
de tal suerte me ha inclinado,
que no me hallo sin ti.
¿Qué es lo que haces aquí,
siempre en libros ocupado?
Mira que al tosco sayal
el ser letrado repugna.


CLORO

Desmintiendo a mi fortuna,
Lisinio, mi natural,
aunque en verme te congojas
cuadernos desentrañando,
por árboles voy mirando
libros, pues todos son hojas.
No nací para pastor,
puesto que mi madre sea
natural de aquesta aldea,
porque el oculto valor
que vive dentro en mi pecho,
me inclina, si lo penetras,
a las armas y a las letras;
y aunque estudio sin provecho,
el amor de aquesta gente,
que los césares romanos
persiguen por ser cristianos;
el verla tan inocente,
tan constante en los trabajos
y en los tormentos tan firme,
he venido a persuadirme
que, no pensamientos bajos,
sino verdades ocultas
amparan su profesión,
y helos cobrado afición.


Escena III
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LISINIO

No sin causa dificultas
lo mismo que yo resisto
cuando de sus cosas trato.
Su sencillez y recato
amo, pero aquese Cristo
que adoran, me hace dudar,
y que de su ley me asombre.


CLORO

¿Por qué?


LISINIO

Anteponer un hombre
a los dioses, ¿no ha de dar
ocasión de que por locos
los juzgue? A un crucificado,
de su nación despreciado,
tenido por Dios de pocos,
y esos pocos, pescadores,
a quien, como simples, pudo
engañar, roto y desnudo:
¿qué Augustos, qué emperadores
de su parte alegar puedes,
que acrediten sus hazañas,
sino barcas y marañas
de engaños como de redes?
La ley de nuestros pasados
es de más autoridad,
porque toda novedad
fue dañosa en los estados.
La adoración de los dioses,
por antigua y santa adoro;
déjate de engaños, Cloro.


Escena III
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El árbol del mejor fruto Acto I Tirso de Molina


CLORO

Cuando repugnalla oses,
¿qué importa, Lisinio amigo,
si sus obras celestiales
muestran que son inmortales?
Aunque yo a los dioses sigo,
¿perdieran tantos la vida
con tal gusto, a no saber
que otra mejor ha de ser
para su fe prevenida?
¿Hicieran milagros tantos?,
¿vencieran tantos tormentos,
siempre humildes y contentos,
a no ser buenos y santos?
¿Qué fuego se atreve a ellos?,
¿qué mares los anegaron,
aunque millares echaron
con hierro y plomo a sus cuellos?
Los anfiteatros digan
si los tigres y leones,
mansos a sus oraciones,
a sus pies vienen y obligan.
Diga el cuchillo más fuerte
si en ellos tuvo poder:
si es así, ¿qué pueden ser,
hombres que vencen la muerte?


LISINIO

Encantadores.


CLORO

No creo
que ese atributo les dieras
si en este libro leyeras
lo que yo admirado leo.


LISINIO

No dio el cielo a mi ignorancia
tal ventura, que aprender
haya podido a leer,
aunque soy todo arrogancia.
Mas ¿qué libro es éste?


Escena III
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CLORO

Historia
de mil de aquestos que dieron
sus vidas, y al fin salieron,
aunque muertos, con victoria.
¿Quieres oír algo dél,
y sabrás quién es su Dios?


LISINIO

Di.


CLORO

Sentémonos los dos
debajo deste laurel.
  
(Siéntanse debajo de un laurel
y lee CLORO.)
  
«Pedro y Andrés, en cruz, con fe divina,
un Dios confiesan, sólo Omnipotente;
victorioso del mar, triunfa Clemente;
del cuchillo y navajas, Catalina.
Palmas ganan Eulalia con Cristina;
un Laurencio honra a España y un Vicente;
del cordero en la púrpura inocente
justa se baña, auméntala Rufina;
Sebastián, con las plumas de sus flechas
corónicas al cielo en sangre envía;
salen Diego e Ignacio vencedores;
Leocadia ablanda cárceles estrechas;
cuchillos vence Inés, llamas Lucía.»


UNA VOZ

(Dentro.)
Lisinio y Constantino, emperadores.

(Cae sobre sus cabezas un ramo de laurel.)

CLORO

¿Qué es esto?


LISINIO

Son las grandezas
con que el cielo nos sublima:
cayendo el laurel encima,
corona nuestras cabezas.


Escena III
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CLORO

Emperadores nos llama
quien nuestra dicha pregona,
y la ninfa nos corona
que Apolo consagró en rama.


LISINIO

Cloro, ya el cielo se ofende
de nuestro ocio, pues que dél,
cayéndose este laurel
nos despierta y reprehende.
Tu pecho con él anima,
y deja estorbos cobardes.
Basta esta rama, no aguardes
que se caiga un monte encima,
que yo, animado por él,
desde hoy el traje grosero
dejo, porque verdadero
salga este imperial laurel.
Escuadrones de soldados
me ofrece el cielo propicio,
no en el rústico ejercicio
hatos de humildes ganados.
Aquesta es mi inclinación:
púrpura, a mi ser igual,
reinos dará a mi sayal
y hazañas a mi opinión.
Maxencio en Roma adelanta
su ambición y mis deseos,
y con augustos trofeos
gentes alista y levanta.
Con Constancio tiene guerra,
del mundo competidor;
un sol y un emperador
pretende solo la tierra.
Si quieres que militemos
a su sombra, Cloro noble,
y que la encina y el roble
en lauro y palma troquemos,
dejemos montes los dos,
que rústicos animales
ni cívicas, ni murales
dan coronas, sino Dios.


Escena III
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CLORO

Oye, Lisinio, primero,
pues como el oro en la mina,
una alma escondes divina
dentro de un cuerpo grosero;
que puesto que el pensamiento
que tienes en mí es de estima,
lo que más el pecho anima
es el noble nacimiento.
Déjame saber quién soy,
pues nunca mi ingrata madre
me ha dicho quién es mi padre,
que mi palabra te doy,
ya sea, como imagino,
generoso, ya al sayal
deba el ser y natural,
que este presagio divino
contigo haga verdadero,
sin que peligros sean parte
para que de ti me aparte;
antes, desde ahora quiero
que de cualquiera fortuna
que nuestra dicha prevenga,
igual parte en ella tenga
cada cual porque sea una.
Si fuere César, serás
César como yo; si rey,
rey serás con igual ley,
sin dividirse jamás
por guerra o por otro extremo;
que más puede una amistad,
si es firme, que la hermandad
crüel de Rómulo y Remo.




Escena III
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LISINIO

Eso mismo que me ofreces
cumpliré, Cloro, contigo,
haciendo al cielo testigo,
como a sus deidades, jueces.
Pero no puedo esperarte,
que la inclinación me llama,
aplica espuelas la fama
y abrasa mi pecho Marte.
No nos veremos los dos
mientras monarca no sea
del mundo.


CLORO

Su esfera vea
a tus pies.


LISINIO

Adiós.


CLORO

Adiós.
  
(Vase LISINIO.)


Escena IV
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CLORO, NISE, labradora,
y MINGO, villano, con un harnero.
  
MINGO

¡Válgame Dios! ¿Por echalle
la cebada os da molestia?


NISE

¡Calla, bruto, necio, bestia!


MINGO

Eso sí: apodar y dalle.
Pues no suelo yo ser mudo,
ni vos muy limpia, aunque habláis,
que media azumbre gastáis
de agua en lavar un menudo.


NISE

¡Yo!..., ¡cuándo!


MINGO

El de hoy os avise.

Texto



NISE

Tú mientes.


MINGO

¡Dalle, y gruñir!


CLORO

¡Que siempre habéis de reñir!
¿Qué tienes con Mingo, Nise?


NISE

Aposentose un doctor
en el mesón...


MINGO

¡Qué!, ¿quería
decillo ella? En fin, venía
afligido del calor
y de hambre de la jornada.
Mandonos poner a asar
una gallina, y echar
paja a la mula, y cebada.
Entró luego en la cocina,
y como mal entendí,
la cebada al doctor di
y a la mula la gallina:
¡miren qué culpas son éstas!


Escena IV
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CLORO

¿Viose necedad mayor?


MINGO

¿Pues no ha llevado al doctor
la cansada mula a cuestas?
¿No es bien que a quien más trabaja
se dé mejor de cenar?
Luego bien hice de dar
al doctor cebada y paja,
y a la mula la gallina.


NISE

¡Calla, bestia!


MINGO

¿Pensáis vos
que no sabe de los dos
la mula más medicina?


Escena V
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Dichos y ELENA, de labradora.
  
ELENA

¡Que no ha de haber ocasión
que donde quiera que estáis
ambos a dos, no riñáis!


MINGO

¿Qué quiere? Soy un riñón.


NISE

Mientras este bruto esté
en casa, ¿quién no dará voces?


ELENA

Éntrate tú allá.


NISE

¡Para ésta!


MINGO

¡Jurad la fe!,
si es bien que en vuesa fe crea,
no siendo la fe de Dios,
aunque si se añade en vos,
no va mucho de fe a fea.
  
(Vase NISE.)


Escena VI
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Dichos, menos NISE.
  
ELENA

Cloro, ¿qué haces aquí?


CLORO

Generosos pensamientos
animan atrevimientos
tan poderosos en mí,
que me han obligado, madre,
que, porque los certifique,
aquesta vez te suplique
me digas quién fue mi padre.
Que el ilustre natural
que a mi humildad hace guerra,
me certifica que encierra
este rústico sayal
prendas con que esfuerzo cobre
el valor a que se aplica,
sin creer que alma tan rica
procede de un padre pobre.


Escena VI
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ELENA

Cloro, si estos pensamientos
los gobernara el juïcio,
que en esta ocasión te falta,
fueran sabios como altivos.
A un pastor, humilde y pobre,
debes el ser abatido,
que no en palacios soberbios
te dio, sino entre cortijos.
Una pajiza cabaña,
que contra el sol, el estío,
y contra el agua, el invierno
sirve de toldo propicio,
es tu casa de solar;
no los pavimentos ricos,
ni los artesones de oro,
asombro del artificio.
¿Qué importa que el arroyuelo,
soberbio cuanto atrevido,
con las lluviosas corrientes
haga competencia al Nilo,
si la tempestad pasada
vuelve al mísero principio,
y después pisar se deja
del animal más sencillo
y pequeño de la tierra,
dando a sus pasos camino?
Nacen a la hormiga avara
alas para su peligro,
pues cuando a Dédalo intenta
imitar, de un pajarillo
es miserable sustento,
sepulcro haciendo su pico.
No es bien que porque la palma
hasta el alcázar lucido
se atreva a subir del sol,
un junco, desvanecido,
quiera competir con ella,
pues de su flaco principio
ignorando el fundamento,
es verdugo de sí mismo.
Cuando te pintes, soberbio,
Rómulo, Alejandro y Ciro,
y la ambición te prometa
coronas y señoríos,
considérate un arroyo,
no profundo caudal río;
un junco, una hormiga vil,
y desharás, convencido,
ruedas de pavón soberbias;
que si la corneja quiso
vestirse plumas hurtadas,
ellas le dieron castigo.
No violentes, ambicioso,
tu natural, si perdido
después llorar no pretendes
juveniles desatinos.
Una azada son tus armas,
y en vez del estoque limpio,
la hoz corva, el tosco arado,
veinte ovejas y un novillo.
Éstos ejercita, Cloro,
y a Scipiones y Fabricios
deja triunfos y victorias,
pues para pobre has nacido.

(Vase ELENA.)


Escena VII
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CLORO, MINGO.
  
CLORO

Rigurosa madre, espera.
¡Ay cielos!, no sé si impíos,
porque en tales desengaños
sepultáis nobles designios.
¿Para qué Elena te llamas,
si siempre este nombre ha sido
blasón de ilustres matronas,
que en ti despreciado miro?
Nunca yo quien soy supiera,
pues la humildad pone grillos
al deseo ya frustrado,
que de un rústico soy hijo.


MINGO

Yo, a lo menos más dichoso
soy, aunque me llamo Mingo,
pues si no mintió mi madre,
diz que me parió en el signo
de Capricornio, y en fe
desto, la comadre dijo
que un sátiro me engendró
y por eso satirizo.


Escena VIII
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CLODIO, con las cartas y retrato.
PELORO y MELIPO. Después, CLORO y MINGO.
  
CLODIO

Cuanto más lejos estemos
del emperador, airado,
cuyo hijo malogrado,
sin conocer, muerto habemos,
más se asegura la vida,
que con tanto riesgo está.


MELIPO

Al romano imperio da
Persia guerra defendida;
en ella no hay que temer,
Clodio, castigo o venganza,
pues en su reino no alcanza
de Roma todo el poder.
Descansemos por ahora
en esta venta.


CLORO

¡Ay de mí,
que tan humilde nací!
¡Que cuando el cielo mejora
con el esfuerzo el valor
de quien ilustrar desea,
Cloro, cielos, Cloro sea
hijo de un pobre pastor!


CLODIO

Labradores, ¿hay posada?


MINGO

¿Para cuántos?


CLORO

¡Deteneos,
desvanecidos deseos!


MINGO

No les faltará cebada
que coman, si son doctores,
ni gallinas que les demos
a las mulas.


Escena VIII
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CLODIO

¿No tenemos,
a pesar de los temores
con que a costa del cansancio
animan nuestro camino,
presente aquí a Constantino,
hijo de César Constancio?


MELIPO

A no desdecirlo el traje
y saber que queda muerto,
yo lo tuviera por cierto,
si no es que del cielo abaje
a castigar nuestro insulto
disfrazado en el sayal.


CLODIO

¿No es retrato original?
Sí, que vive en él oculto.
¿No es aquella su cabeza,
sus ojos, su boca y talle?


PELORO

En él quiso retratalle
la sabia Naturaleza.
No he visto igual semejanza.


CLODIO

Ahora bien: sea o no sea
quien mi ventura desea,
si consigue mi esperanza
lo que mi intento procura,
y este hombre, amigos, engaño
hoy con un ardid extraño,
doy alas a mi ventura.


MELIPO

¿Pues qué pretendes hacer?


CLODIO

Pues que se parece tanto
al difunto, que es encanto,
si no es del cielo poder,
y aquí cartas y retrato
de Irene tengo, intentemos
persuadirle, si podemos
y tiene ingenio y recato,
que se finja Constantino
y se case con Irene.


Escena VIII
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MELIPO

¡Extraña traza, si viene
a admitir tal desatino!
Mas ¿cómo un tosco pastor
mudará su grosería
en el trato y policía
de un romano emperador,
si conforma con su traje
su ingenio?


CLODIO

De un tosco roble
se hace una imagen noble.


PELORO

Siendo bárbaro el lenguaje
que aqueste monte le ha dado,
descubrirá esta traición.


MELIPO

Disfrazose de león
un bruto torpe, y trocado
en él, bramar cual él quiso,
y dicen que rebuznó,
y en su afrenta, a todos dio
de su atrevimiento aviso:
lo mismo ha de sucedernos
si hacemos tal desvarío.


CLODIO

De su traza y rostro fío
que podamos atrevernos.
Aquellas nobles facciones,
del príncipe semejanza,
me animan.


MELIPO

Todo lo alcanza
la industria. A mucho te pones;
aunque si con eso sales,
seguro está el interés
y ventura de los tres,
porque a Dédalo te iguales.


Escena VIII
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CLODIO

Si con Irene se casa
y a ver a Constancio va,
cuando de su hijo está
llorando la suerte escasa,
la similitud extraña
que le iguala a su valor,
burlará al emperador;
y si dichoso le engaña
y le tiene por su hijo,
¿qué más dicha?


MELIPO

Quedó el muerto
a elección en el desierto
de las fieras. Yo colijo
que ya habrán hecho en él presa.
Si no parece, ¿quién duda
viendo que en éste se muda
y el imperio le confiesa
por el propio Constantino,
que su padre ha de hacer
ser el mismo?


PELORO

Vendrá a ser
un engaño peregrino.


CLODIO

Ponello en ejecución
falta sólo.


CLORO

¡Que haya sido
tan bajamente nacido!
¡Ay loca imaginación!


CLODIO

(De rodillas.)
 
Danos esos pies augustos,
si merecemos besallos.


CLORO

¿Qué es esto?


CLODIO

Honra tus vasallos
con premios, señor, tan justos.


Escena VIII
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CLORO

Señores, si el tosco traje
que traigo, os obliga así
a que hagáis burla de mí,
ninguno me hizo ultraje
que, con honrada venganza,
no sirviese de escarmiento
a su necio pensamiento.


CLODIO

Generosa semejanza
del más ilustre heredero
que Roma a su imperio dio
y la muerte malogró,
si el retrato verdadero,
que autoriza y ennoblece
hoy en ti su original,
no es en tu alma desigual
y a la tuya le parece,
por un extraño camino
ha puesto el cielo en tu mano
la esfera y globo romano,
y feliz de Constantino.
Si a tu saber satisfaces
y tu persona eternizas,
de sus augustas cenizas
milagro al mundo renaces.
Constantino, sucesor
de Constancio, partía a Grecia,
que en fe de lo que le precia
Maximino, emperador
y monarca del Oriente,
a Irene le había ofrecido,
hija suya, y reducido
el griego lauro a su frente.
Con este retrato y pliego
caminaba Constantino,
cuando saliendo al camino
un escuadrón loco y ciego
de quinientos forajidos,
de repente le asaltaron,
y el abril verde agostaron
de treinta años no cumplidos.
Por no darse a conocer
dio venganza a sus aceros.
Huyeron los bandoleros,
que vinieron a saber
la calidad del difunto,
temerosos del castigo.
Yo, de su muerte testigo,
tomando aqueste trasunto
de Irene, y cartas, volvía
con las nuevas lastimosas
a su padre; mas, piadosas
las deidades este día,
ofreciéndome tu vista,
quieren en ti consolar
la pérdida y el pesar,
que es imposible resista
Constancio, si a saber viene
que le ha quebrado su espejo
la fortuna, y por ser viejo
la muerte su fin previene.
Tú, pues, dichoso pastor,
que con su imagen heredas
su imperio, para que puedas
dar principio a tu valor,
si quieres en lugar dél
transformarte en Constantino,
el cielo a ofrecerte vino
el siempre augusto laurel.


Escena VIII
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PELORO

No pierdas esta ventura,
que por lo que interesamos
della, palabra te damos
de hacella los tres segura.


MELIPO

Constantino (que ya quiero
de aqueste modo llamarte),
procura determinarte;
deja ese traje grosero,
que aquí del César traemos
con que serás transformado
original, no traslado.


MINGO

¿Pullas en casa tenemos?
¡Voto al sol!, gente ruin
que si la honda desato,
o doy dos silbos al hato
y hago venir al mastín,
que el dimuño os trajo acá.


CLORO

Basta la burla, señores;
ved que somos labradores
y no se sufren acá.


CLODIO

Para que la verdad creas,
que por tu dicha te trato,
en este sutil retrato
quiero que tu imagen veas,
y con ella a Constantino,
que al sacro laurel te llama.


PELORO

Al atrevido la fama
ayuda.


CLORO

¡Cielo divino!
Parece que en el cristal
me miro de alguna fuente,
aunque en traje diferente,
seda aquí y en mí sayal.
¿Qué hay que recelar, temor,
si el cielo a cumplir empieza
del laurel que en mi cabeza
me gratuló emperador
el pronóstico divino?
Crédito a mi dicha doy.
Cloro he sido; ya no soy,
sino el César Constantino.
Dadme el retrato de Irene.


Escena VIII
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CLODIO

Éste es.


CLORO

¡Qué hermosa pintura!
Cifrada aquí la hermosura
todos sus milagros tiene.
Sólo de mis pensamientos,
que ya ejecutallos trato,
puede ser este retrato
dueño hermoso. Atrevimiento,
en vuestras alas sutiles
fundo mi imaginación;
nobles mis intentos son,
si mis principios son viles.
Vamos a Grecia, vasallos,
que aunque este apellido os doy,
vuestro amigo firme soy.
Haced prevenir caballos,
y advertid que si el secreto
de este engaño descubrís,
aunque pastor me advertís,
ser Constantino os prometo
en vengarme y castigaros.
Ya el verdadero murió,
y en mi pecho se infundió
su alma. Sabré premiaros,
y castigaros también.
Su alma el César me ofrece,
que en quien tanto le parece
por fuerza ha de hallarse bien.


Escena VIII
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PELORO

¿Hay mudanza semejante?


MELIPO

¿Hay más portentoso extremo?


CLODIO

¡Vive el cielo que le temo!


PELORO

Yo tiemblo en velle delante.


CLORO

(A MINGO.)
 
¿Quieres venirte conmigo?


MINGO

¿Que porque le pareció
al otro, Cloro salió
emperador?


CLODIO

Sí amigo.


MINGO

¡Que nunca yo me parezca
a nadie!


CLORO

Acaba, grosero.


MINGO

¿No habrá otro emperadero
por ahí a quien merezca
parecerme?


MELIPO

Sí, a un jumento,
pues os parecéis los dos.


MINGO

Luego, parézcome a vos.
Ir contigo, Cloro, intento.


CLORO

No soy Cloro desde aquí,
Mingo, sino Constantino.


MINGO

Yo os llamaré así, si atino.
Una vez me parecí
a otro: en tiempo cruel,
porque a palos me molieron
de noche, y luego dijeron:
«perdonen, que no era él».


CLORO

Dadme el caballo y vestido,
y no pongamos en duda
nuestra suerte, pues ayuda
la fortuna al atrevido.


CLODIO

A mucho nos atrevemos,
y temo...


ELORO

¿Qué hay que temer?


CLODIO

Que nos venga a deshacer
aqueste, porque le hacemos.
  
(Vanse.)


Escena IX
Pág. 027 de 115
El árbol del mejor fruto Acto I Tirso de Molina


MAXIMINO e IRENE.
  
MAXIMINO

Ya, Irene, se llegó el día
en que el César sea tu esposo.


IRENE

Si de la inclinación mía
el ánimo belicoso
sabes que mi valor cría,
¿por qué tu rigor le enlaza
en el yugo que embaraza
la libertad y quietud?
Manda tú a mi juventud
que se ejercite en la caza;
que del jabalí protervo
el curso ligero siga
con que mis gustos conservo;
que el tigre sagaz persiga
y alcance al tímido ciervo;
que en sus despojos celebre
triunfos, y el venablo quiebre
en el león arrogante,
ya con el noble elefante,
ya con la tímida liebre,
y no me mandes que el gusto
pierda a mi edad el respeto,
que aunque es el tálamo justo,
no sabrá vivir sujeto
mi pecho libre y robusto.


MAXIMINO

Si a mi voluntad te allanas,
al César por dueño ganas,
de las romanas esferas.
Anda a caza, en vez de fieras,
de libertades humanas.


IRENE

No es, padre y señor, decente
el estado que me das
al valor que el alma siente.


MAXIMINO

Yo sé que mi gusto harás,

(Vase.)


Escena X
Pág. 028 de 115
El árbol del mejor fruto Acto I Tirso de Molina


IRENE, sola.
  
IRENE

La cerviz indomable del toro ata
con las coyundas de su yugo grave
el labrador, y brama, porque sabe
que su preciosa libertad maltrata.
Al pájaro, que en plumas se dilata,
el cazador cautiva del süave
acento enamorado, y llora el ave,
aunque honren su prisión rejas de plata.
No en los jardines la florida yerba
medra del modo que en el monte y prado,
patria y solar de su morada verde.
Dichoso, libertad, el que os conserva,
pues es prisión el solio sublimado
de quien, por reinos, vuestro reino pierde.


Escena XI
Pág. 029 de 115
El árbol del mejor fruto Acto I Tirso de Molina


ISACIO, duque e IRENE. Luego UN PAJE.
  
ISACIO

Hermosa prima, ¿qué haces
sola, si lo puede estar
quien se precia de llevar,
tiranizando las paces
del amor, como él atados
al carro de sus prisiones
encendidos corazones
con grillos de sus cuidados?
¡Ay, si mereciera yo
que te acordaras de mí!


IRENE

¡Oh Isacio!, como nací
libre, y el cielo me dio
un alma de quien soy dueño,
por no ser pródiga y dalla
a prisión, quiero gozalla.
Pensar que he de amar, es sueño.
Hoy dicen que Constantino
a darme la mano viene
de esposo, como si Irene
al mismo Apolo divino
sujetar imaginase
la preciosa libertad,
que en mí es única deidad,
sin que amor mi pecho abrase.
¡Viven los cielos, que adora
todo el humano poder,
que de Irene no ha de ser,
si no es Irene, señora!
Mal mi padre me conoce.


Escena XI
Pág. 030 de 115
El árbol del mejor fruto Acto I Tirso de Molina


ISACIO

Con eso contento quedo.
Pues yo gozarte no puedo,
ninguno, Irene, te goce;
que si tu desdén furioso
a cuantos te aman alcanza,
quedaré sin esperanza,
mas no quedaré quejoso.


IRENE

Verás, cuando el César venga,
retratado en mí el desdén.


ISACIO

Más vale tratarle bien,
porque tu padre no tenga
ocasión que a la impaciencia
provoque, que es el poder
rayo, y éste suele ser
más daño en más resistencia.
Entretenle con engaños;
ni le trates amorosa,
ni le mires desdeñosa,
hasta que los desengaños
le dispongan poco a poco,
que en repentino rigor
suele aumentar el amor,
pues con furias crece el loco.


IRENE

No dices mal; y a fe, Isacio,
que luce más con su opuesto
el sol a la sombra expuesto.
Desdeñarele despacio,
y por tu consejo sabio
me guiaré en esta ocasión,
forzando mi inclinación.


Escena XI
Pág. 031 de 115
El árbol del mejor fruto Acto I Tirso de Molina


ISACIO

Fingiendo no ser agravio,
cuando llegue, encubre enojos;
recíbele agradecida,
ostenta risa fingida,
dale a beber por los ojos
ponzoña sabrosa y lenta,
y engaña a tu padre así.


UN PAJE

Ya llega, señora, aquí
el César.


IRENE

Mi pena aumenta.
Pero ¿sabes qué he pensado?
Que para que me aborrezca
y en verme no se enternezca,
encontrando a amor armado,
pensando hallarle desnudo,
que en el marcial ejercicio
me halle ocupada.


ISACIO

Codicio
el daño, que de eso dudo,
porque de aquesta suerte
te ve bella y belicosa:
si te amaba por esposa,
ha de adorarte por fuerte.


Escena XI
Pág. 032 de 115
El árbol del mejor fruto Acto I Tirso de Molina


IRENE

En eso, primo, te engañas;
el amante que es prudente
no busca dama valiente.
Al hombre ilustran hazañas,
y a la mujer, la hermosura,
los regalos, la afición,
la apacible condición,
las lágrimas y blandura.
Tiernos les dieron los nombres,
porque con terneza amasen
y regaladas templasen
la condición de los hombres;
que el ejercicio marcial
es violento en la mujer,
como en la nieve el arder,
derretirse el pedernal,
y acobardarse el león.
Y la que así no lo hiciere,
es señal que usurpar quiere
la preeminencia al varón.
Yo sé que si Constantino,
en vez de amorosa, armada
me ve, a la guerra inclinada,
que por el mismo camino
que en mi amor tierno se abrasa,
primo, me ha de aborrecer,
porque no pueden caber
dos hombres en una casa.


ISACIO

Tu divina discreción
es igual a tu hermosura.
Que te aborrezca procura;
ejecuta esa invención
en que estriba mi esperanza,
dando alas a mi deseo.


Escena XI
Pág. 033 de 115
El árbol del mejor fruto Acto I Tirso de Molina


IRENE

Quiero ensayar un torneo.
Sácame, Isacio, una lanza,
mientras la espada me ciño,
para que el César, amante,
de verme armada se espante;
que amor teme, porque es niño.


ISACIO

De las que en esta armería
hay, es ésta la mejor.


IRENE

Haz tocar un atambor.


ISACIO

Miedo me das, prima mía.
De la guarda de palacio
hay uno aquí.


IRENE

Toque, pues.
Aquesta la entrada es
del torneo. Advierte Isacio...

(Hace la entrada del torneo con gallardía.
Tocan chirimías.)


Escena XII
Pág. 034 de 115
El árbol del mejor fruto Acto I Tirso de Molina


Dichos, CLORO, vestido de príncipe;
MELIPO, PELORO, CLODIO, MAXIMINO y MINGO.
  
MAXIMINO

Aquí aguarda a Vuestra Alteza
la princesa, agradecida
a vuestro amor y venida;
mas, ¿qué es esto?


CLORO

A su belleza
añade la fortaleza,
como a mi amor, nuevas alas.
Las armas entre las galas
parecen en ella bien,
porque en ella a un tiempo estén
tierna, Venus; fuerte, Palas.


MAXIMINO

Su inclinación belicosa
me asombra. Sepa que estamos
aquí.


CLORO

Eso no. Suspendamos
en su hermosura animosa
la vista y alma dichosa
en este ejercicio un poco.
¡Vive el cielo, que estoy loco!
¡Ay griega del alma hermosa!


IRENE

¿Qué te parece?


ISACIO

El extremo
de la gracia y la destreza.
Aunque adoro a tu belleza,
tu valor y ánimo temo.


CLORO

¡Por Júpiter, que me quemo
entre su armado rigor
de inmortal y tierno amor!


Escena XII
Pág. 035 de 115
El árbol del mejor fruto Acto I Tirso de Molina


MINGO

¡Válgate Dios por muchacha!
Si eres hembra, o eres macha;
no casarte es lo mejor.


IRENE

Saca la espada y verás
cuán bien los golpes ensayo.


ISACIO

En tus manos será rayo.
Cinco se dan, y no más.
  
(Danse los cinco golpes de espada, tocando dentro.)
  

IRENE

Retira ahora el paso atrás.


CLORO

Basta, hechizo de esta tierra,
o cielo que al sol encierra,
que para alcanzar la palma
y rendir, princesa, un alma,
no es menester tanta guerra.


MAXIMINO

Tu esposo es, Irene mía.


IRENE

¡Oh, gran señor! ¿Vos aquí?
Ya las armas os rendí.
Mejor el alma diría.

(Aparte.)
 
¡Qué apacible gallardía!


CLORO

Dichoso, divina Irene,
quien a ver y a gozar viene
tal belleza, tal valor,
pues en vos, Marte y Amor
rayos vibra y llamas tiene.


MELIPO

Clodio, ¿es éste aquel villano
que hijo de un monte fue?


CLODIO

Mejor, Melipo, diré
que es Constantino romano.


PELORO

¿No adviertes qué cortesano
la gravedad imperial
representa?


Escena XII
Pág. 036 de 115
El árbol del mejor fruto Acto I Tirso de Molina


CLODIO

A su sayal
desmiente con la presencia,
que también hay elocuencia
en las almas, natural.


MINGO

¡Válgate el diablo por Cloro!
Verá lo que decir sabe.
¡Qué quillotrado está y grave!


CLORO

De suerte, Irene, os adoro,
que a la divina beldad
de ese simulacro rico
esperanzas sacrifico,
sin creer que hay más deidad
que vos, señora, en el cielo.


IRENE

Y yo, que en veros y hablaros
tengo en poco compararos
al claro señor de Delo:
no adoro yo a dios ninguno,
sino a vos; y si dichosa
merezco ser vuestra esposa,
no tendré envidia de Juno,
pues en vos tengo presente
de Júpiter el valor.


ISACIO

Bien finge tenelle amor.


IRENE

(A ISACIO.)
 
¿Va bueno?


ISACIO

Divinamente.


CLORO

Si yo, princesa, lo fuera,
nunca más me transformara:
otros cielos os criara,
otro mundo os ofreciera,
que uno para vos es poco.


IRENE

Si yo pudiera mostrar
la ventaja que en amar
hago a todas...


Escena XII
Pág. 037 de 115
El árbol del mejor fruto Acto I Tirso de Molina


CLORO

¡Estoy loco!


IRENE

Ni Cartago honrara a Elisa,
como a Penélope Grecia,
ni Roma honrara a Lucrecia,
ni hubiera en Caria Artemisa.
Pero hipérboles refreno,
pues más que ellas os estimo.

(A ISACIO.)
 
¿No hago buen amante, primo?


ISACIO

Bravo.


IRENE

¿Va bueno?


ISACIO

Rebueno.


CLORO

¿En fin, me amáis?


IRENE

Como a dueño.


CLORO

Vos sois mi sol.


IRENE

Vos mi esposo.


CLORO

Vivo en vos.


IRENE

Yo en vos reposo.


CLORO

¿Si me olvidáis?


IRENE

Eso es sueño.


CLORO

En gloria estoy.


IRENE

Mi mal calma.


CLORO

¡Gran suerte!


IRENE

¡Bien soberano!


CLORO

Dadme, mi bien, esa mano.


IRENE

Y con ella, esposo, el alma.


ISACIO

(A IRENE.)
 
¿La mano, tirana, das?


IRENE

Burleme, jugué y perdí.
No he podido, primo, más.


Escena I
Pág. 038 de 115
El árbol del mejor fruto Acto II Tirso de Molina


CONSTANCIO viejo,
emperador, con luto;
ANDRONIO y otros.
UN PAJE.
  
ANDRONIO

En este desierto fue
la tragedia, gran señor,
que provocó su valor.
Aquí muerto le dejé,
y huyendo los forajidos
cuando se certificaron
ser César el que mataron,
temerosos, si atrevidos,
de tu enojo y su castigo.
Llegué a esta pequeña aldea,
que en llantos su amor emplea;
llevé pastores conmigo,
tomé el cadáver difunto,
y habiéndole embalsamado,
le dejé depositado,
partiéndome al mismo punto
a darte la nueva triste
que certifican tus ojos
en sus funestos despojos.


Escena I
Pág. 039 de 115
El árbol del mejor fruto Acto II Tirso de Molina


CONSTANCIO

Muerte con ella me diste.
¡Ay parca fiera y ingrata!,
¿por qué ofendes tu decoro?,
¿juventud despojas, de oro?,
¿vejez reservas de plata?
Vieran mis años prolijos
tu rigor ejecutado
en este padre cansado;
conservárase en sus hijos
mi memoria; y la grandeza,
que ya mi esperanza pierde,
floreciera en abril verde
su joven naturaleza,
y dieras final enero
de la vejez que ya lloro.
Cobraste el tributo en oro:
menospreciaste el acero.
Traedme el cuerpo y veré,
mientras llanto le apercibo,
muerto el gusto, el dolor vivo.
Segunda vez le daré
el ser, si el dolor informa,
como el alma, al cuerpo frío
almas llora, el llanto mío
podrá dalle vida y forma.


ANDRONIO

Ya con fúnebre aparato
le traen.


Escena I
Pág. 040 de 115
El árbol del mejor fruto Acto II Tirso de Molina


CONSTANCIO

¡Ay cielo!, ¡ay rigor!,
cortaste un árbol en flor,
de la belleza retrato;
dejaste un tronco con vida.
¡Elección bárbara y ciega!,
huye a quien te llama, y ruega
al que te huye apercibida.
Muriera el César romano
entre armados escuadrones,
dando vida a sus blasones,
ya conquistando al britano,
o ya oponiéndose al persa,
ganando con pompas reales,
ya cívicas, ya murales,
glorias de fama diversa.
Ya cegando cavas hondas,
ya muros altos midiendo,
porque imitara muriendo
la fama de Epaminondas;
pero ¡entre unos bandoleros,
porque de una misma suerte
den a tu fama la muerte
como a tu vida! ¡Qué fieros
te son los hados! ¡Qué esquiva
la fortuna, que envidió
tu suerte, y no permitió
dejar tu memoria viva!


UN PAJE

El príncipe Constantino
viene ya.


Escena I
Pág. 041 de 115
El árbol del mejor fruto Acto II Tirso de Molina


CONSTANCIO

Ya sé que viene,
por mi mal; ya sé que tiene
determinado el camino.
Sin vista a mis años largos,
infeliz, porque en mi espejo
quebrado mire este viejo
fines de un principio, amargos.
¿Por qué prolijo me adviertes
pena que yo llego a ver?
Mi alma no ha menester
que a pedradas la despiertes.
  
(Tocan cajas destempladas
y trompetas roncas.

Sacan enlutados un ataúd
y banderas negras arrastrando.)
  
Con otro recibimiento,
hijo, os aguardaba yo;
en túmulo se trocó
vuestra boda y mi contento.
Con vos, el tiempo avariento
pagó el censo acostumbrado
a la muerte, juez airado
que, ya grave, ya ligera,
dando a otros pleitos de espera,
de vos cobra adelantado.
Descubrime el rostro triste,
retrato de lo que fue;
en él mi muerte veré,
si en él mi vida consiste.
Vaso que el licor tuviste
de un alma que ya en su ocaso
se puso y con leve paso
voló a eterno señorío,
bien parece que vacío
no tiene valor el vaso.
¡Qué hermoso que te vi yo!
Pero eres vaso de tierra.
Bañó la vida que encierra
el alma que te informó;
como el baño se acabó,
la tierra te desengaña,
pues de su color te baña,
y el alma de ti se aleja,
como el pastor cuando deja
despoblada la cabaña.
  
(Suenan chirimías y atabales.)
  
Pero ¿qué muestras son éstas
de triunfos y glorias reales,
mezclando vivas señales
entre memorias funestas?
¿Yo lágrimas y ellos fiestas?


Escena II
Pág. 042 de 115
El árbol del mejor fruto Acto II Tirso de Molina


Dichos, CLORO,
del mismo modo que CONSTANTINO,
MAXIMINO, IRENE, ISACIO, MINGO,
CLODIO, PELORO y MELIPO.
  
CLODIO

Muestra, Cloro, tu valor
aquí; no como pastor,
como el César verdadero
te trata, porque así espero
verte presto emperador.


CLORO

Clodio, vuestro desatino
hasta ahora os ha engañado;
que soy Cloro habéis pensado,
siendo el César Constantino.


MELIPO

¿Cómo?


CLORO

Por Jove divino,
si injurias el noble ser
que me vino a engrandecer,
que a costa de vuestras vidas
experimente perdidas
las fuerzas de mi poder.
Si más Cloro me llamáis,
lloraréis vuestro fin hoy.
Constantino el César soy,
y mi padre el que miráis.


Escena II
Pág. 043 de 115
El árbol del mejor fruto Acto II Tirso de Molina


PELORO

Melipo, Clodio, ¿escucháis
la arrogancia del villano?
Como le dimos la mano,
por eso nos da del pie.


MINGO

Con más miedo vengo, a fe,
que vergüenza.


MELIPO

¿Hay tal tirano?


CLORO

Vuestra Sacra Majestad
me dé los pies.


CONSTANCIO

¡Cielo santo!,
¿qué es esto?


CLORO

Y al bello encanto
de esta divina beldad,
los brazos.


CONSTANCIO

¡Alma, dejad
sueños, si es que estáis durmiendo!


MAXIMINO

Mi fortuna engrandeciendo
ampara el cielo divino,
pues a Irene y Constantino
ha enlazado.


CONSTANCIO

¿Qué estoy viendo?


MAXIMINO

Dad a Maximino ahora
los brazos, que alegre viene
a ofreceros con Irene
el ave en quien Arabia adora.


CONSTANCIO

Si la desdicha que llora
este trágico suceso,
y tiene el sentido preso
en la cárcel del pesar,
no me ha venido a engañar,
yo estoy soñando sin seso.
Andronio, si estoy despierto,
libra mi imaginación
de esta extraña confusión.
¿Qué es esto?


ANDRONIO

Señor, lo cierto
es que Constantino muerto
en este bosque quedó.


Escena II
Pág. 044 de 115
El árbol del mejor fruto Acto II Tirso de Molina


CONSTANCIO

Pitágoras afirmó
que las almas que dejaban
un cuerpo, se trasladaban
a otros, y no mintió.
Si, a creer me determino
lo que alegra mi esperanza,
que el amor, que es semejanza,
apoya este desatino.
El alma de Constantino
buscó un cuerpo semejante
al primero, en que, constante,
sus espíritus reciba,
dándome la imagen viva
del muerto que está delante.
El corazón dividido
en dos mitades agora,
cuando un hijo muerto llora,
vivo un hijo ha recibido.
Luto por el que ha perdido
fuerza el dolor a traer;
fiestas hacen suspender
el pesar que en velle calma;
dos contrarios en un alma
me obligan a suspender.
Pésames tristes recibo
del hijo que muerto veo,
plácemes dan al deseo
contento del mismo vivo.
Lágrimas aquí apercibo,
brazos aquí dar consiento,
y en los extremos que siento,
cuando la verdad ignoro,
en un mismo tiempo lloro
de pesar y de contento.
Si al efeto natural
hago juez en esta prueba
y la sangre siempre lleva
el alma a su original,
con amor y gusto igual
por entrambos dos suspira;
este fuerza, estotro tira
el corazón a sus brazos,
y hecha entre los dos pedazos
dividiéndose me admira.
¿Viose jamás tal portento,
juntos los bienes y males,
y por una causa iguales
la tristeza y el contento,
perplejo el entendimiento,
la voluntad sin saber
lo que en tal caso ha de hacer,
y que en un mismo lugar
den lágrimas de pesar
las lágrimas del placer?
Ahora bien: la semejanza
que tal vez naturaleza
en fe de su sutileza
forma para su alabanza,
de tan extraña mudanza
pudo ser sutil autora.
Averigüemos agora
en mi provecho o mi daño
si es ésta verdad o engaño,
mientras el alma lo ignora.
¿Quién es aqueste pastor?


Escena II
Pág. 045 de 115
El árbol del mejor fruto Acto II Tirso de Molina


MINGO

Yo, señor, soy un salvaje,
testigo, persona y traje,
que en fe de mi buen humor
me trae el emperador
Constantino en su servicio,
y aunque serville codicio,
nunca de traje he mudado,
que aunque tosco, siempre he dado
en que es liviandad o vicio.


CONSTANCIO

¿Sabes tú quién es ese hombre
que afirma que mi hijo es?


MINGO

No le he dejado después
que le pusieron el nombre.


CONSTANCIO

Aunque este encanto me asombre,
la simple rusticidad
deste dará claridad
a esta extraña maravilla,
que siempre en alma sencilla
se aposenta la verdad.


IRENE

¿No sabremos, gran señor,
que confusión te divierte,
que en luto el gozo convierte
de nuestra vista el dolor?


MAXIMINO

Nuestro único sucesor
es este, César romano.
Dejad el pesar tirano.


CLORO

¿Qué es esto?


CONSTANCIO

Estoy sin acuerdo,
llorando el hijo que pierdo,
gozando el hijo que gano.

(A MINGO.)
 
Ven acá, pastor.


Escena II
Pág. 046 de 115
El árbol del mejor fruto Acto II Tirso de Molina


MINGO

Aquí
el miedo el alma embaraza.


CONSTANCIO

¿Quién es el que se disfraza,
sin serlo, en mi hijo así?


MINGO

Yo, señor, ni lo comí,
ni lo bebí. De un pastor
viene todo mi valor.
Verdad es que en la cocina
di a la mula la gallina,
y la cebada al doctor.


CLODIO

Éste nos ha de causar
la muerte por descubrirnos.


MINGO

A no venir a decirnos
que habíamos de reinar
estos... Yo de mi lugar
alcalde he sido... No fui,
sino porque rico... Y así...
diz que éste se pareció...
Diga: ¿parézcome yo
a ningún hombre de aquí?


CONSTANCIO

Villano, ¡viven los cielos!,
si no dices la verdad,
que han de ahorcarte.


MINGO

¿Hay crueldad
como ésta? Descubrirelos.
¿Para mí han de ser los duelos
y para otros la ventura?


CONSTANCIO

¿Quién es este que procura
usurpar ajena fama?


Escena II
Pág. 047 de 115
El árbol del mejor fruto Acto II Tirso de Molina


MINGO

Aqueste Cloro se llama.


MELIPO

¿Qué dices?


MINGO

La verdad pura.
Dijeron aquestos tres
que en el talle y el semblante
parecía a un imperante,
príncipe, o diablo, o lo que es;
vistiéronle así después,
llamáronle jamestad,
lleváronle a una ciudad,
casose con esta moza,
como marido la goza,
y ésta es la pura verdad.


MAXIMINO

¿Qué es esto, traidor fingido?
¿Tú a Irene has engañado?


PELORO

Buen fin la fortuna ha dado
al ardid que hemos fingido.


CONSTANCIO

¡Matad aqueste atrevido!


CLORO

No me dejo matar yo.
Lo que la suerte me dio,
eso pienso defender:
el César tengo que ser,
que el cielo me lo llamó.


IRENE

Y yo, que te llamo dueño
y como esposo te adoro,
ya seas príncipe, ya Cloro,
ya hombre ilustre, ya pequeño,
puesto que parezca sueño
lo que miro, y me divierte
tu adversa y próspera suerte,
seguiré siempre a tu lado.


CONSTANCIO

¿Qué es aquesto, cielo airado?
Matalde, dalde la muerte.

(Empuñan las espadas unos contra otros.)


Escena III
Pág. 048 de 115
El árbol del mejor fruto Acto II Tirso de Molina


ELENA.
  
ELENA

Invicto César augusto,
a quien todo el mundo llama
Constancio, en fe de que el nombre
conforma con tu constancia:
suspende el justo rigor
que da filos a tu espada,
ocasiones a tu enojo
y a nuevos misterios causa.
Yo soy Elena, que un tiempo
llamaste dueño del alma,
blanco de tu ciego amor
y objeto de mi esperanza.
No te acordarás de mí,
que el olvido y la mudanza
andan con la posesión,
de la ingratitud hermana.
Amásteme siendo César,
y puesto que no te iguala
mi valor en la nobleza,
reyes tuvo mi prosapia.
Persuasiones amorosas
derribaron la muralla
de mi noble resistencia;
dísteme mano y palabra
de esposo, y en pago della
te deje dentro del alma
el absoluto dominio
que funda su imperio en llamas.
Un hijo, que es el que ves,
hizo nudo las lazadas
de mi amor y tu firmeza;
mas como el tiempo desata
obligaciones de bronce,
milagros de su mudanza
pervirtieron tu memoria,
dieron principio a mis ansias.


Escena III
Pág. 049 de 115
El árbol del mejor fruto Acto II Tirso de Molina


Elena

Tu padre, el emperador,
te casó en Roma, quebrada
la palabra que me diste,
mas ¿qué príncipe la guarda?
Temí el valor de mi padre,
que, intentando la venganza
de mi injuria y de su afrenta,
quiso hacer de mis entrañas
túmulo al hijo que dellas
salir a luz deseaba,
para enseñar con tu olvido
mi agravio y tu semejanza.
Víneme huyendo a estos montes
su rigor y mis desgracias,
depositando el secreto
en sus peñas intrincadas.
En aquesta aldea al fin,
vuelta pastora de infanta,
vio el sol el triunfo amoroso
en quien tu valor retratas.
Constantino le llamé,
el Magno, aumentando el agua
mis lágrimas de sus fuentes,
que murmuran tu mudanza.
Supe después que tenías
otro Constantino, causa
de nuevas penas en mí
y nuevas desconfianzas.
Jurarle hiciste por César,
y con distinta crianza
los dos, de un principio efectos,
y de un mismo tronco ramas,
él entre palacios ricos,
éste entre humildes cabañas,
púrpuras aquél vistiendo,
y éste humildes antiparas,
juego del tiempo y fortuna
fueron, que montes abaja
y valles, tal vez, sublima,
ciega, en fin, mudable y varia.


Escena III
Pág. 050 de 115
El árbol del mejor fruto Acto II Tirso de Molina


Elena

Treinta veces pobló enero
aquestos prados de escarcha
y de acanto y madreselva
los vistió el mayo otras tantas,
que crecieron igualmente
tus hijos y mis desgracias;
ése, César, pastor, éste;
tú, mudable; yo, olvidada;
cuando, muriendo tu esposa
(si puedo con razón darla
este nombre, siendo yo
en tu amor legitimada)
a casarse con Irene,
princesa hermosa del Asia,
e hija de Maximino,
a Constantino enviabas;
y en fin, para dar lugar
a mi perdida esperanza,
recuerdos a tu memoria
y castigo a tus mudanzas,
quiso el cielo y la Fortuna
que en estos montes quedara
muerto el César, porque puedas
cumplir leyes y palabras.
Constantino el Magno, que es
el que tus brazos aguarda,
y tu mayor heredero,
puesto que le decía el alma
quién era, y yo lo encubría,
humillando acciones altas
con memorias mentirosas,
tan humildes, cuanto falsas,
llamándose Cloro entonces,
y afrentado que montañas
ocultasen su valor,
que aspira a cosas más altas,
dio crédito a persuasiones
de aquestos que le acompañan,
resucitando del muerto
la dicha y la semejanza.
Si lo que por ti he pasado,
si el darte, invicto monarca,
vivo un hijo por un muerto,
en quien tu dicha restauras;
si el ser yo tu esposa, en fin,
merece que satisfagas
deudas que el tiempo atestigua
y el cielo piadoso ampara,
cumple, noble y generoso:
si no en oro, paga en plata,
dando los brazos a Elena
y a Constantino las plantas.


Escena III
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El árbol del mejor fruto Acto II Tirso de Molina


CONSTANCIO

¡Oh restauración querida
de mi fe y de mi contento!
Fénix, de quien nacer siento
a nuevas glorias mi vida,
agraviada y perseguida,
lloro tu olvido y mi pena;
mas, pues la fortuna ordena
la ventura que en ti fundo,
hoy ha de adorar el mundo
por su emperatriz a Elena.
Dame esos brazos constantes
y Constantino entre ellos
poseerá, con poseellos,
lauros de Roma triunfantes.
Cesen lágrimas amantes
de un hijo muerto, pues vino
por caso tan peregrino
otro vivo a ver mi amor;
de un Constantino el dolor
remedio otro Constantino.
Dadme vos también, Irene,
brazos de padre, y de hermano
Vuestra Alteza.


Escena III
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El árbol del mejor fruto Acto II Tirso de Molina


MAXIMINO

En ellos gano
dichas que callar conviene.


IRENE

Si tan buen suceso tiene
tu desgracia, esposo mío,
ya de tus venturas fío
triunfos con que al mundo asombres
para que todos los hombres
dilaten tu señorío.


CLORO

Para coronar tu frente
la esfera del sol quisiera
heredar, porque en tu esfera
te adore todo el Oriente.


CONSTANCIO

Magencio intenta al presente
arrogante y rebelado
contra el imperio sagrado,
gozar el lauro de Roma.
César eres, monstruos doma
que la ambición ha sacado.
Lleva todas mis legiones;
por su señor te obedezcan.
Cerca a Roma, y permanezcan
en sus muros tus pendones.
Empieza a ganar blasones
que te den nombre divino.


CLORO

A eso, señor, me inclino.


CONSTANCIO

Diga el aplauso feliz:
viva Elena, emperatriz.


TODOS

¡Viva Elena, emperatriz!


CONSTANCIO

¡Viva el César Constantino!


TODOS

¡Viva el César Constantino!

(Vanse con música.)


Escena IV
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El árbol del mejor fruto Acto II Tirso de Molina


LISINIO, de capitán, con jineta.
Soldados.
  
LISINIO

A Constancio, de la patria amigo,
defiendo contra el bárbaro Magencio;
el hijo de Constancio, mi enemigo,
por legítimo César reverencio.
Siga al tirano Roma, que yo sigo
a quien gobierna al mundo, y al silencio
de la lengua remito en noble alarde
las obras, no palabras de cobarde.


SOLDADO 1.º

Valeroso Lisinio, tus hazañas
te han dado justamente la jineta
que en la tirana sangre honras y bañas,
digna que nuevas honras te prometa.
Pastor fuiste, entre rústicas montañas
criado; si un laurel fue tu profeta
y el imperio te ofrece, como dices,
tiempo es de que te ilustres y eternices.
Constancio, Emperador, a Roma viene
contra Magencio, y el amor divino,
que acreditadas sus victorias tiene,
al heroico renombre abre camino.
Casado con la griega y bella Irene
le sigue el invencible Constantino.
Si tu pecho y hazañas reconoce,
tu fama hará que su privanza goce.


Escena IV
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El árbol del mejor fruto Acto II Tirso de Molina


SOLDADO 2.º

Vámosle a dar, Lisinio valeroso,
la obediencia debida que le ofreces;
como sea de tu pecho belicoso
el premio que en su ejército mereces.


SOLDADO 1.º

Constantino, agradecido y generoso,
si en las victorias como en dicha creces,
de tu lealtad ofrecerá a tu fama
coronas de laurel, de roble y grama.


SOLDADO 2.º

¡Muera Magencio, capitán romano!
¡Constantino y Constancio, eternos vivan!


LISINIO

Vámosle a ver, y sellaré en su mano
labios leales, que su amor reciban.
Ampárese entre muros el tirano,
que célebres hazañas los derriban.
Sólo es Augusto el célebre y romano
Constantino, y en él honras estriban.
A Constantino mi valor inclino.


TODOS

¡Viva Constancio! ¡Viva Constantino!
  
(Vanse.)


Escena V
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El árbol del mejor fruto Acto II Tirso de Molina


ELENA, IRENE, CONSTANTINO, ISACIO y Soldados.
CONSTANTINO aparece sentado en medio de ELENA e IRENE.
  
CLORO

Este es el Babel del mundo,
que encerrando siete riscos
entre agujas y obeliscos,
no se conoce segundo.
Roma es ésta, en fin; extremo
de la real ostentación;
lastimosa emulación
de los dos, Rómulo y Remo.
Y siendo imperial cabeza
de cuanto mira el aurora,
si os tiene a vos por autora,
honrando en vuestra cabeza
el laurel que ya os previene
¿quién duda que en más estime
desde hoy su Imperio sublime,
pues le honran los pies de Irene?


IRENE

Véaos yo su emperador,
vencido el loco Magencio,
que yo sólo reverencio,
Constantino, vuestro amor,
sin que del laurel los lazos
deseo a mi gusto den,
mientras en mi cuello estén
coronándole esos brazos.


Escena V
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El árbol del mejor fruto Acto II Tirso de Molina


ELENA

Ocasión hay en que puedas
mostrar que heredas, romano,
las hazañas de tu hermano,
como el Imperio le heredas.
Constantino el Magno, el Grande,
todo el imperio te llama;
grandes hazañas la fama
te pide para que ande
el valor con el blasón
igual; la ocasión te obliga
a que el nombre no desdiga
de tus hechos y opinión;
Magencio, en Roma seguro
se ampara, y triunfa ya dél,
que no corona el laurel
a quien no corona el muro
de victoriosas banderas
que planten manos gallardas.
A su vista estás, ¿qué aguardas?;
Roma es aquesta, ¿qué esperas?
Conquístela tu valor,
que en Roma tu imperio fundo:
no serás señor del mundo,
si en Roma no eres señor.
Mientras con triunfo solene
en Roma tu nombre afames,
ni de Elena hijo te llames,
ni ilustre esposo de Irene.


Escena V
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El árbol del mejor fruto Acto II Tirso de Molina


CLORO

Que eres mi madre negara
y la sangre que te debo,
si con ánimo tan nuevo
tu valor no me obligara.
Hoy, madre, verás que dél
soy legítimo heredero;
morirá el tirano fiero,
que si es cobarde, es cruel,
que ensangrentando sus manos
en inocentes se infama,
la que Magencio derrama
de los humildes cristianos
anima mi corazón
a que vengallos intente.
No sé qué tiene esta gente,
que me roba el corazón.
Cosas en ellas he visto
de más que humano poder.
A Magencio he de vencer
con la ayuda de su Cristo.


IRENE

¿Qué dices? ¿A un hombre alabas
muerto en cruz, y en él esperas?
¿A los dioses vituperas
cuando de imperar acabas?
¿A un ajusticiado estimas,
que en un pesebre nació,
a Egipto de un rey huyó,
y con su favor te animas,
cuando en un tosco madero
no se pudo a sí librar?
Dioses en quien esperar
tiene tu imperial acero;
Júpiter rayos fulmina,
que cíclopes sicilianos
forjados dan a sus manos
llenos de furia divina;
Marte, en sangre humana tinto,
contra tu elección se enoja,
y lanzas de fuego arroja
reinando en el cielo quinto.
¿No hay una Palas que invoques,
un Apolo, cuyas flechas,
pitones, sierpes deshechas,
a darte favor provoques?
¿A un hombre muerto y desnudo
pides que te ayude?


CLORO

Espera.


IRENE

Quien habla desa manera
mal tener esfuerzo pudo.
Haz con él en Roma alarde
del triunfo que darte intenta,
y quien los dioses afrenta
nunca, ser mi esposo aguarde.
(Vase.)


Escena VI
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El árbol del mejor fruto Acto II Tirso de Molina


Dichos, menos IRENE;
después, Cristianos.
  
CLORO

¿Hay caso más peregrino?
Escucha, espera, mi bien,
que me abrasa tu desdén,
bella Irene.


VOZ

(Dentro.)
 
¡Constantino!


CLORO

¡Cielo! ¿Quién me llama ansí?


VOZ

(Dentro.)
 
¡Constantino!


CLORO

Dulce voz,
que con discurso veloz
triunfas amorosa en mí;
¿qué me quieres?


VOZ

¡Constantino!


CLORO

Ya te escucho y reverencio.


VOZ

Hoy vencerás a Magencio
si el estandarte divino
llevas, que a Apolo da luz,
y es símbolo de la fe.


CLORO

¿Con qué señal venceré?
  
(Cantan dentro.)
  
(Con la señal de la cruz.)


Escena VI
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El árbol del mejor fruto Acto II Tirso de Molina


ELENA

¿Hay música más suave?


CLORO

¿Hay cosa más celestial?
Pues me das esta señal,
el mismo cielo te alabe.
A mis tinieblas des luz,
pues en ti he de merecer
triunfar en Roma y vencer.
  
(Cantan dentro.)
  
(Por la señal de la cruz.)
  
(Pasa por el aire una cruz;
suena música y dice CLORO arrodillándose.)
  
Si por esa señal venzo,
¿qué es lo que temo, cobarde?
Haga aquí mi esfuerzo alarde:
hoy a adorarte comienzo.


ELENA

Hijo, el cielo es en tu ayuda.
Por la señal vencerás
de la cruz: no esperes más.


CLORO

Al arma, confusa duda.
  
(Entran algunos Cristianos en escena.)
  
¿Qué es esto?


Escena VI
Pág. 060 de 115
El árbol del mejor fruto Acto II Tirso de Molina


CRISTIANO 1.º

Danos los pies.


CLORO

¿Quién sois? ¿Qué queréis de mí?


CRISTIANO 1.º

Cristianos, que sólo en ti
esperan, señor, después
que Magencio, vil tirano
de Roma, donde se encierra,
conjurado nos destierra,
porque con nombre cristiano
ilustrados nos ha visto.


CLORO

Basta ese divino nombre
para que el mundo se asombre.
Yo también adoro a Cristo.
Seguid en su nombre santo
mis banderas: suyo soy;
por él he de vencer hoy
y dar a Magencio espanto.


CRISTIANO 1.º

Todos los que aquí venimos,
en su nombre te ofrecemos
que al tirano venceremos,
y en este papel pusimos
nuestras firmas de ofrecerte
diez cabezas cada uno
de los contrarios.


CRISTIANO 2.º

Ninguno
teme, gran señor, la muerte.


Escena VI
Pág. 061 de 115
El árbol del mejor fruto Acto II Tirso de Molina


CLORO

¡Oh valor, sólo cristiano!
De quien sois, dais testimonio.
General eres, Andronio;
mi estandarte honre tu mano;
deja águilas imperiales,
que idólatras prendas son,
la cruz en su lugar pon,
pues vencen estas señales.


ANDRONIO

Yo no puedo derogar
la antigüedad del Imperio,
ni con ese vituperio
a Júpiter provocar.
Suyas las águilas son
que Roma ilustre enarbola.
Con esta bandera sola
daré nombre a mi opinión
volando hasta las estrellas:
otro a honrar su cruz comience,
y veremos hoy quién vence,
ella, o mis águilas bellas.

(Vase.)

CRISTIANO 1.º

¡Oh bárbaro!, yo me encargo
de alcanzar del mismo Marte
victoria, si el estandarte
de la cruz está a mi cargo.


CLORO

Llévala, pues; saca a luz
de Dios en ella el poder,
que a Magencio he de vencer
por la señal de la cruz.

(Vanse los Cristianos.)


Escena VII
Pág. 062 de 115
El árbol del mejor fruto Acto II Tirso de Molina


CLORO, LISINIO, ELENA, ISACIO y Soldados.
  
LISINIO

(Aparte.)
 
Gran señor. ¡Válgame el cielo!
¿No tengo a Cloro delante?


CLORO

(Aparte.)
 
¡Cielo!, si no es que me espante
lo que mirando recelo.
¿No es este Lisinio?


LISINIO

Él es;
¿pero tan presto un pastor
puede ser emperador?


CLORO

¿Qué quieres?


LISINIO

Dame esos pies,
y en tus banderas recibe
un capitán que se inclina
a tu fama peregrina,
y animoso te apercibe
a Roma, donde has de entrar,
a pesar de su tirano,
hoy con triunfo soberano.


CLORO

(Aparte.)
 
Lisinio es: ¿qué hay que dudar?


LISINIO

Cloro es éste, o estoy loco.


Escena VII
Pág. 063 de 115
El árbol del mejor fruto Acto II Tirso de Molina


CLORO

La verdad he de saber.
No sabe Lisinio leer;
así su esfuerzo provoco.

(A LISINIO.)
 
Yo estimo vuestro valor;
por mi capitán os nombro.


LISINIO

¡Cielos! ¿Quién vio tal asombro?


CLORO

Y porque podáis mejor
con hechos extraordinarios
vencer la envidia y olvido,
ahora me han prometido
de los bárbaros contrarios
darme cuarenta cabezas
cuatro soldados valientes.
Si a sus hechos excelentes
comparáis vuestras grandezas,
en este papel firmados
sus nobles nombres están:
imitaldos, capitán,
pues lo sois, y ellos soldados.
Firmad aquí.


LISINIO

¡Vive el cielo!
Que es Cloro, y me ha conocido.
Nunca a leer he aprendido:
mi afrenta noble recelo.
Decir que leer no sé,
es decir que no soy hombre:
pues ¿de qué suerte mi nombre
aquí cielos, firmaré?


CLORO

¿Qué dudáis?


Escena VII
Pág. 064 de 115
El árbol del mejor fruto Acto II Tirso de Molina


LISINIO

De firmar dudo,
porque no es bien que presuma
que firme hazañas la pluma,
sino el acero desnudo.
Cien cabezas de enemigos
ofreceré a tu laurel:
las piezas deste papel
 
(Rómpele.)
 
sean de aquesto testigos,
y la que tengo en la cinta
cumplirán aquesa suma,
siendo mi espada la pluma
y siendo sangre la tinta.
Por eso rompo las firmas
de todos, porque yo solo
he de cumplir por Apolo
su promesa.

(Vase.)

CLORO

Bien confirmas
tu valor y atrevimiento
digno de Lisinio fiel.
Él es; no mintió el laurel:
yo cumpliré el juramento.
César ha de ser conmigo;
que así cumple mi valor
palabras de emperador
y premia un heroico amigo.
¡Al arma, nobles romanos!
¡Triunfad de Roma, valientes!
Coronas ciñan las frentes
que os rindan estos tiranos.
Salga vuestro esfuerzo a luz.


TODOS

¡Arma! ¡Arma!


CLORO

Roma ha de ver
que sabe la fe vencer
por la señal de la cruz.

(Vanse todos.)


Escena VIII
Pág. 065 de 115
El árbol del mejor fruto Acto II Tirso de Molina


Dase la batalla.
Durante ella aparece MINGO,
con casco y rodela, a lo gracioso.

Van saliendo sucesivamente
Soldados durante la escena.
  
MINGO

¡Ea!, aquí, Mingo es soldado
sin haber tenido potra;
ni estar quebrado quillotra
el miedo con que vo armado.
¿Mas que tiene de llover
esta fiesta sobre mí?
Del escuadrón me escurrí:
¿dónde me podré esconder?

(Dentro.)
 
¡Al arma!, ¡al arma!


MINGO

La grita
que anima a otros y alborota,
me va helando cada gota
de sangre, ¡oh, mi paz bendita!
¡Cuánto mejor me estuviera
yo agora junto al hogar,
viendo la sartén chillar!

(Salen los Soldados con espadas desnudas.)
  

SOLDADO 1.º

¡Viva Constantino!


SOLDADO 2.º

¡Muera!


MINGO

Si estos encuentran conmigo,
y preguntan de quién soy,
¿qué diré? ¡Al infierno doy
la guerra!


Escena VIII
Pág. 066 de 115
El árbol del mejor fruto Acto II Tirso de Molina


SOLDADO 1.º

¿Quién va allá?


MINGO

Amigo.


SOLDADO 1.º

¿Quién vive?


MINGO

Magencio viva
por siempre jamás, amén.


SOLDADO 1.º

(Dándole.)
 
¡Ah traidor!


MINGO

¿No dije bien?
Aquí me han de volver criba
¡que no pueda acertar yo
en cosa alguna!


SOLDADO 1.º

Villano,
viva el César soberano
Constantino.


MINGO

¿Por qué no?
Viva más que una madrastra:
siempre su campo seguí.


SOLDADO 1.º

Pues dilo, cobarde, así.

(Vanse.)
  

MINGO

Mi muerte el cordel arrastra.
¡Ay, cuál tengo las costillas!
  
(Salen otros dos Soldados.)
  
Otros vienen; ¿de qué parte
serán?


Escena VIII
Pág. 067 de 115
El árbol del mejor fruto Acto II Tirso de Molina


SOLDADO 3.º

Hoy ayuda Marte
con divinas maravillas
a Magencio.


SOLDADO 4.º

El cielo ordena
dalle el laurel que apercibe.


SOLDADO 3.º

¿Quién va?


MINGO

Ya no voy.


SOLDADO 3.º

¿Quién vive?


MINGO

¡Dios me la depare buena!
Estos son de Constantino.

(Aparte.)
 
Constantino, Emperador,
viva más que un tundidor.


SOLDADO 3.º

(Dándole.)
 
¡Oh, perro!


MINGO

Nunca adivino.
Téngase, señor soldado,
la espada, que reverencio...


SOLDADO 3.º

Pues ¿quién vive?


MINGO

¿Quién? Magencio,
que es el hombre más honrado
que el licor de Baco bebe.


SOLDADO 3.º

¿De Constantino sois vos?


MINGO

¿Yo?


SOLDADO 2.º

Sí.


MINGO

Mas que plegue a Dios,
señor, que el diablo le lleve.


Escena VIII
Pág. 068 de 115
El árbol del mejor fruto Acto II Tirso de Molina


SOLDADO 2.º

El combate anda encendido,
a la batalla acudamos.
  
(Vanse.)
  

MINGO

Buenos, costillas, andamos.
¡Gentil adivino he sido!
  
(Salen otros dos Soldados.)
  
Otros salen: ¿qué diré?


SOLDADO 1.º

Los caballos nos han muerto.


SOLDADO 2.º

¿Quién va?


MINGO

Si esta vez no acierto,
volaréis, alma, a la fe.


SOLDADO 2.º

¿Quién vive?


MINGO

Todo viviente.
Vive un perro, un elefante;
vive un cuñado, un amante;
vive...


SOLDADO 2.º

Mátale.


MINGO

Detente.


SOLDADO 2.º

¿Quién vive de aquestos dos,
o Magencio o Constantino?


MINGO

Viven ambos, si convino
con la bendición de Dios.


Escena VIII
Pág. 069 de 115
El árbol del mejor fruto Acto II Tirso de Molina


SOLDADO 1.º

(Danle.)
 
Dale, que aqueste es neutral.


MINGO

¡Ah, señores!


SOLDADO 1.º

¡Oh villano!

(Vanse los Soldados.)
 

MINGO

Malo soy para gitano,
¿vio el mundo desdicha igual?
Si vuelvo por Constantino,
con los de Magencio doy;
si digo que él viva, estoy
con estotro; si me inclino
a entrambos, también me pegan.
Amparadme, cueva, vos,
que ya vienen otros dos,
y han de acabarme si llegan.
Si de aquí vengo a escapar
con vida, y pasa la guerra,
he de poner en mi tierra
escuela de adivinar.
(Éntrase en la cueva.)


Escena IX
Pág. 070 de 115
El árbol del mejor fruto Acto II Tirso de Molina


MINGO, en la cueva, y
LISINIO, con dos o tres cabezas,
un estandarte y una espada.
  
LISINIO

Con estas cabezas tengo
cincuenta, y le prometí
ciento a Constantino. Aquí,
mientras a cumplillas vengo,
guardádmelas, cueva, vos;
por las demás volveré.

(Échalas dentro y da con ellas a MINGO.)


MINGO

¡Ay, que me ha muerto!


LISINIO

¿No fue
voz humana aquesta?


MINGO

¡Ay Dios!
¡que aunque me esconda y encueve
no ha de faltar quien me asombre!
¡ay de mí!


LISINIO

¿Quién eres, hombre?


MINGO

Soy el demonio que os lleve.


LISINIO

¿Quién eres?

Texto



MINGO

¡Qué malas trazas
hoy me persiguen!


LISINIO

¿Quién eres?


MINGO

Un hombre solo, ¿qué quieres?,
que hoy has muerto a cabezadas.


LISINIO

¡Es Mingo!


MINGO

¿Quién diablo os dijo
mi nombre?


LISINIO

Lisinio soy.


Escena IX
Pág. 071 de 115
El árbol del mejor fruto Acto II Tirso de Molina


MINGO

Mas... no... Nada... Tal estoy
que no os conozco. Colijo
que sois Lisinio el pastor.


LISINIO

Y del César, capitán.


MINGO

¿Vestido de tafetán?
Mas, si es Cloro, emperador,
¿de qué me admiro y espanto?


LISINIO

¡Ah cobarde!


MINGO

Estó confuso,
y al fin soy valiente al uso:
todo aquesto es por encanto.


LISINIO

No temas; vente conmigo,
que Constantino venció.


MINGO

Mas ¡arre allá!


LISINIO

Ya quedó
muerto el tirano enemigo.


MINGO

El parabién le vo a dar.


LISINIO

¡Buen valor en ti se emplea!


MINGO

Pondré, si llego a mi aldea,
escuela de adivinar.
  
(Vanse los dos.)


Escena X
Pág. 072 de 115
El árbol del mejor fruto Acto II Tirso de Molina


Salen CONSTANCIO,
CLORO, ELENA, IRENE
y Soldados.
  
CLORO

Yo, cruz divina, os prometo
buscar en vos nuestro bien,
y dentro en Jerusalén,
aunque os encubra el secreto
del idólatra o hebreo,
no descansar hasta hallaros,
y desde hoy eternizaros
por el más noble trofeo
que conserva la memoria.
Sólo al soberano Dios,
que fue sacrificio en vos,
atribuyo esta victoria.


IRENE

¡Ingrato a los dioses pagas
la ventura que hoy te han dado!
Un hombre crucificado,
por más que te satisfagas,
no pudo victoria darte;
Júpiter sí, que es dios solo,
con sus rayos de oro, Apolo,
y con sus rigores, Marte.
No busques prendas infames
de un patíbulo afrentoso,
o deja de ser mi esposo,
y tuya más no me llames.


ELENA

Hijo, Cristo es el Eterno;
quien no le adora se ofusca;
la cruz soberana busca,
noble asombro del infierno:
vamos a Jerusalén.


IRENE

Si niegas la adoración
de los dioses, la afición
mientes; no me quieres bien.


ELENA

Por Dios se ha de dejar todo.


IRENE

No imagines que he de amarte,
si a Apolo dejas y a Marte.


ELENA

Paga con heroico modo
aquesta vitoria a Cristo.
Busca su cruz soberana.


Escena X
Pág. 073 de 115
El árbol del mejor fruto Acto II Tirso de Molina


IRENE

No sigas la ley cristiana,
que firme ves que resisto.


ELENA

Ingrato eres si la dejas.


IRENE

A mi amor eres ingrato
si la sigues. Poblar trato
el aire de justas quejas,
si menosprecias mi amor
por un madero insensible.


CLORO

¿Viose aprieto más terrible?
¿Viose confusión mayor?


IRENE

Yo sé que me antepondrás
a Cristo, si bien me quieres.


ELENA

Augusto por la cruz eres;
¿por qué a buscarla no vas?


CLORO

¿Qué haré en duda tan esquiva,
que tan perplejo me tiene?
Amo a Cristo; estimo a Irene:
mas ¿qué importa? Cristo viva.
Su cruz vamos a buscar.


IRENE

Oprobio de emperadores,
que la ley de tus mayores
quieres, bárbaro, dejar.
No esperes que el vituperio
de tu vil intención siga;
ya es Irene tu enemiga;
yo te quitaré el imperio;
en odio mi amor trocado;
que yo no he de ser mujer
de un hombre que da poder
de Dios a un crucificado.

(Vase.)


CLORO

Espera, el paso reporta;
muda el bárbaro consejo:
mas, si por la cruz te dejo
en que murió Dios, ¿qué importa?


Escena XI
Pág. 074 de 115
El árbol del mejor fruto Acto II Tirso de Molina


Dichos, menos IRENE; ANDRONIO,
atravesado por una flecha
y empuñando la bandera de las águilas.
  
ANDRONIO

Las águilas imperiales
en que idólatra adoré
los dioses con vana fe,
postro a tus plantas reales.
Herido de muerte estoy,
que Júpiter, torpe y vano,
no me defendió, tirano:
que no es Dios diré desde hoy.
Perezca su ley lasciva:
apelo a un Dios verdadero;
en la ley de Cristo muero,
Constantino, Cristo viva.


Escena XII
Pág. 075 de 115
El árbol del mejor fruto Acto II Tirso de Molina


Dichos, y un Cristiano,
con la bandera de la cruz.
  
CRISTIANO

El estandarte divino
que al Dios humano enarbola
y con su sangre acrisola,
ha vencido, Constantino.
A su victoriosa mano
tus victorias atribuye,
pues tus contrarios destruye.


CLORO

¡Oh valeroso cristiano!,
mi alférez eres mayor.
Pisen águilas romanas,
ciegas, bárbaras y vanas,
los pies de un emperador;
adórnese mi corona
con la cruz, que es nuestro amparo;
honre desde hoy mi lábaro,
y autorice mi persona.
Ley divina, aunque lo estorbe
el infierno, a su pesar,
os he de hacer adorar
desde aquí por todo el orbe.


Escena XIII
Pág. 076 de 115
El árbol del mejor fruto Acto II Tirso de Molina


Dichos.
Sale LISINIO, con el estandarte y cabezas;
MINGO.
  
LISINIO

Cien cabezas prometí
de los enemigos darte.
Cincuenta aqueste estandarte
vale, que te ofrezco aquí;
otras cincuenta te doy,
con que cumplo mi promesa.


MINGO

Y la mía en esta empresa
te presento, que a fe que hoy,
según son las cabezadas
que la han dado, si las cuentas,
que vale más de trescientas.
No más guerra y cuchilladas;
a mi aldea he de tornarme.


CLORO

Lisinio, de tu valor
has dado muestra mejor
que imaginé. A presentarme
vienes hazañas, que intento
premiar. Pues que las trujiste,
tu juramento cumpliste:
cumpliré mi juramento.
La mitad juré de darte
del Imperio, si mi suerte
me le daba. Hoy has de verte
Augusto: goza la parte
que justamente te toca.
Vasallos, Lisinio es
César.


LISINIO

Deja que en tus pies
selle, gran señor, la boca.


CLORO

Pero has de jurar primero
dos cosas.


LISINIO

Si dellas gustas,
claro está que serán justas.
Proponlas.


CLORO

Que jures, quiero
no perseguir los cristianos,
sino honrallos y querellos,
pues fundo mi dicha en ellos.


LISINIO

Yo lo prometo en tus manos.


CLORO

Has de jurar, lo segundo,
no levantarte jamás
contra mí.


LISINIO

No me verás
aunque se alborote el mundo,
con falso y villano trato
y torpe conjuración,
hacerte jamás traición,
que eso fuera serte ingrato.
Yo lo juro, gran señor,
en tus imperiales manos.


CLORO

¡Viva Lisinio, romanos!


TODOS

¡Viva por emperador!


CLORO

Alza: y vos, madre y señora,
venid conmigo a buscar
la Cruz que he de entronizar
en cuanto ciñe el aurora.
Prevenga Jerusalén
triunfos a la cruz divina.


ELENA

Dios tu corazón inclina.
Monarca cristiano, ven.


MINGO

Yo y todo tus pasos sigo.
Cristiano, aunque aporreado,
soy desde hoy, y no soldado.
La guerra y golpes maldigo.


CLORO

Bautizará a Constantino
de Roma el sacro pastor.


MINGO

Y a mí y todo, aunque mejor
me bautizara con vino.


CLORO

El madero soberano
busquemos, que a amar me obliga
su señal, y el campo diga:
Lisinio, César romano.


TODOS

¡Lisinio, César romano!


Escena I
Pág. 077 de 115
El árbol del mejor fruto Acto III Tirso de Molina


IRENE e ISACIO.
  
IRENE

¿A un villano, a un Lisinio la corona
de Roma? Mas ¿qué mucho, si es villano,
que autorice su misma semejanza?
El monarca romano
los dioses deja, y bárbaro pregona
a Cristo, del hebreo vil venganza.
No verá su esperanza,
Constantino, cumplida
mientras a Irene el alma diese vida.
Isacio, ya el amor se ha convertido
en lícito rigor, en odio justo.
¡Plegue al Cielo, si más le amare Irene,
que cautive mi gusto
un alarbe crüel, y que querida,
me aborrezca y dé celos! No conviene
que con triunfo solene
por César le reciba
Roma, ni que la ley de Cristo siga.


ISACIO

Murió Constancio, y con la viuda Elena
partió a Jerusalén, supersticioso,
a buscar el madero, que castigo
dio a un hombre sedicioso:
justa y debida pena
de un hombre que a su patria fue enemigo.


IRENE

Búsquela, que conmigo
en odio se convierte
el amor, que aspirando va a su muerte.
Isacio, de tu amor y fe constante
obligada, pretendo, en premio justo,
darte el alma rendida con la mano,
si das muerte al Augusto,
que, ciego e ignorante,
los dioses niega, el nombre honra cristiano.


Escena I
Pág. 078 de 115
El árbol del mejor fruto Acto III Tirso de Molina


ISACIO

Por bien tan soberano
diera muerte, no sólo
a Constantino: a Júpiter y a Apolo.


IRENE

Lisinio es este que el gobierno goza
de Roma, mientras halla Constantino
la cruz que estima y su valor infama.


ISACIO

Si halláramos camino,
pues nuestra ley destroza
el loco emperador que a Cristo llama,
para engañar a este hombre,
Roma me diera de su Imperio el nombre.
Finge que, si contra él fiero conspira,
serás su esposa, le darás la mano,
que tu hermosura más que aquesto alcanza,
y el bárbaro villano,
si en tu beldad se mira,
rendirá su lealtad a su esperanza,
y dándonos venganza,
matando a Constantino,
serás mi esposa.


IRENE

¡Ingenio peregrino!
Apruebo tu consejo. Éste, atrevido,
por sus hazañas, con valor extraño,
alcanzó el trono augusto y opulento:
si con mi amor le engaño,
verá Roma cumplido
mi nuevo amor y justo pensamiento,
y el matador violento
pagará su delito.


ISACIO

Él viene.


IRENE

Mi venganza solicito.


Escena II
Pág. 079 de 115
El árbol del mejor fruto Acto III Tirso de Molina


Dichos, y LISINIO.
  
LISINIO

(Aparte.)
 
Mucho a Constantino debo,
emperador soy por él;
cumplió el presagio el laurel,
propicio a mis dichas Febo;
pero esto de compañía
reinando me da tristeza.
Sólo pide una cabeza
el nombre de monarquía;
luego, no seré monarca
mientras que reinemos dos.
Un sol sólo, siendo Dios,
la esfera del cielo abarca;
un planeta sólo tiene
cada cielo, y es mayor
que la tierra.


IRENE

¡Gran señor!


LISINIO

¡Oh, hermosa y divina Irene!


IRENE

¿De qué viene pensativo
Vuestra Alteza?


LISINIO

El gobernar
consigo tiene el pesar,
por ser su peso excesivo.
Hame puesto mi ventura
en lo que no sé si acierto,
pero luego me divierto
en viendo vuestra hermosura.
Y ojalá que Constantino
su posesión no gozara,
que, nuevo Ícaro, volara
a vuestro cielo divino,
puesto que a su imitación
soberbio como él cayera,
pues muriendo, al fin pudiera
honrar mi imaginación.


Escena II
Pág. 080 de 115
El árbol del mejor fruto Acto III Tirso de Molina


IRENE

La que yo, Lisinio, tengo
al presente, es olvidar
a quien pretende injuriar
la ley que a defender vengo;
que el culto que reverencio
de los dioses, ha trocado
en odio mi amor pasado.
Venció el César a Magencio
con el favor soberano
de Júpiter, y en su ofensa,
Constantino ensalzar piensa
la ley y nombre cristiano.
Y mal por dueño tendrá
mi alma al que en desacato
del cielo, es a Jove ingrato;
pues conmigo lo será
quien a despreciallos viene;
y así, aquel que los vengare
y a Constantino matare,
vendrá a ser dueño de Irene.
Si no es encarecimiento
el amor que me mostráis,
e imperar sólo intentáis
(que lo demás es tormento)
vengad este vituperio,
siendo desta causa juez,
y ganaréis de una vez
mi voluntad y el Imperio.
¿Qué dices?


LISINIO

Que dificulto
tan ardua empresa.


ISACIO

El amparo
de los dioses está claro
por vos, si en fe de su culto,
castigáis este tirano.
El reinar sin compañía
es la mayor monarquía.
Mi prima os dará la mano
y la posesión de Oriente,
si nuestra fe defendéis.


Escena II
Pág. 081 de 115
El árbol del mejor fruto Acto III Tirso de Molina


LISINIO

Grande premio me ofrecéis;
gran peligro es el presente;
pero de dos grandes cosas
se ha de escoger la mayor.
El Imperio y vuestro amor
hazañas dificultosas
merecen; mas pues escucho
el bien a que me provoco,
nunca mucho costó poco:
si mucho pedís, dais mucho.
Juré al César Constantino
no perseguir los cristianos,
ni con intentos tiranos
abrir ingrato camino
contra él, de traición ni guerra;
mas de los dioses el celo
puede más, pues en el cielo
reinan, cuando él en la tierra.
No puedo yo ser traidor,
si su ley quiero amparar:
el amor y el imperar
no admiten competidor.
Amor e Imperio me espera,
y pues nuestra ley derriba,
el amor de Irene viva,
y el tirano César muera.


IRENE

Dame esos brazos, valor
de Roma, que dignamente
honra en su lauro tu frente
y en tus méritos mi amor,
que, desde hoy, Irene es tuya.


ISACIO

Llámete restauración
de su ley nuestra nación.
Constantino se destruya:
reine Lisinio, no más,
en el mundo y en Irene.


Escena II
Pág. 082 de 115
El árbol del mejor fruto Acto III Tirso de Molina


LISINIO

Trazar el cómo, conviene.


IRENE

En Roma por él estás.
Disfrazados y encubiertos
a Jerusalén partamos,
y en ejecución pongamos
deseos que saldrán ciertos,
pues los dioses nos amparan;
que encubiertos y fingidos,
antes de ser conocidos
de los que a Cristo declaran,
por Dios, podremos matarle.
Y en fe que el alma te adora,
yo he de ser ejecutora
desta hazaña; yo he de darle
la muerte: que mi rigor
muestro cuando en él me vengo;
que en más a los dioses tengo
y su culto, que mi amor.


LISINIO

Alto, pues. Haga el efeto
lo que la lengua propone.
Mi juramento perdone,
y ampárenos el secreto.
Goce yo el globo del mundo,
y el laurel que adora Apolo,
imperando en Roma solo,
siendo Rómulo segundo,
y la belleza de Irene
disculpe aquesta traición.


IRENE

Mis brazos, en galardón,
la voluntad te previene,
con mi venganza cumplida.


LISINIO

Presto muerto lo verás.


ISACIO

(Aparte.)
 
Y tú después pagarás
este insulto con la vida.

(Vanse.)


Escena III
Pág. 083 de 115
El árbol del mejor fruto Acto III Tirso de Molina


Salen JUDAS, viejo;
LEVÍ y ZABULÓN. Judíos.
  
JUDAS

No pasó nuestra nación
desde Vespasiano y Tito
tal persecución, Leví.


LEVÍ

No tuvieron los judíos
tal desdicha, tantas plagas,
aunque cuente las de Egipto.


ZABULÓN

Ni Nabucodonosor,
monarca de los asirios,
ni las de Antíoco fiero,
como las de Constantino.


JUDAS

¡Que se haya un emperador
aficionado de Cristo
de tal suerte! ¡Que defienda
con tanto amor el bautismo,
y que la Cruz nos demande,
y si no la descubrimos,
a muerte vil nos condene,
a tormentos y martirios!


TODOS

¡Guayas!, ¡guayas de nosotros!


JUDAS

Su madre le ha persuadido
que a tormentos nos la saque:
para aquesto Elena vino.


LEVÍ

Pues el comisario fiero
que ha nombrado por ministro
y ejecutor deste caso...


ZABULÓN

¿Ni dádivas ni suspiros
son bastantes a ablandalle?


JUDAS

¡Que un bárbaro, que un indigno
de ser hombre nos persiga!
¿Viose más cruel castigo?


LEVÍ

¡Que un hombre tan ignorante
nos tenga tan oprimidos!


JUDAS

Si no le damos la cruz,
si no decimos el sitio,
donde de nuestros pasados
estar oculta supimos,
este bárbaro feroz,
ayer, colérico, dijo
que nos había de azotar
y pringarnos con tocino.


TODOS

¡Guayas!, ¡guayas de nosotros!


ZABULÓN

¡Que a este punto haya venido
nuestra mísera nación!


LEVÍ

Éste es.


JUDAS

De verle me aflijo.


Escena IV
Pág. 084 de 115
El árbol del mejor fruto Acto III Tirso de Molina


Dichos,
y MINGO, vestido de comisario,
graciosamente, con ropa de levantar y gorrilla.
  
MINGO

¿Qué hay, hermanos narigones?
¡Loado sea Jesucristo!
Respondan todos amén,
de rodillas y de hocicos.
¿Callan? Respondan amén,
o habrá latigazo fino:
digan amén, judiotes.


JUDÍOS

Amén, humildes decimos.


MINGO

¿Cómo les va de cosecha
aqueste año de tocino?
¿Ha habido mucho solomo?
¿Qué chicharrones han frito?


JUDÍOS

Prohíbelo nuestra ley.


MINGO

Pues yo no se lo prohíbo.
Coman conmigo mañana,
que a salchichas los convido.
 
(Paséase muy grave. A JUDAS.)
 
¿Cómo os llamáis vos?


JUDAS

Señor,
Judas es el nombre mío.


MINGO

¿Judas el Escariote,
de aquel saúco racimo?
¿Cómo no tenéis las barbas
rubias, ¡eh!, Judas maldito?
Enrubiaos, noramala,
o mudar el apellido.


JUDAS

Señor, estoy cano y viejo.


MINGO

¿Estáis viejo? Pues teñíos,
y andaréis al uso nuevo,
aunque en los años antiguo.

(A LEVÍ.)
 
¿Qué narices son aquesas?


LEVÍ

¿Cómo han de ser?


MINGO

¡Oh, qué lindo!
No son éstas de la marca,
hermanos, de los judíos.
Esas son narices romas
e hidalgas.


ZABULÓN

¡Señor!...


Escena IV
Pág. 085 de 115
El árbol del mejor fruto Acto III Tirso de Molina


MINGO

¡Pasito!
Sabéis que es el comisario
de vuestras narices, Mingo.
Quítense ésas luego, luego,
so pena de un romadizo
por dos años y dos meses,
y miren que ya me indigno:
póngase otras de dos gemes.


JUDAS

¿Hay más torpe desvarío?


MINGO

Con narices garrafales
tienen de andar, ¡vive Cristo!


ZABULÓN

¡Señor!...


MINGO

Esto se ha de hacer.
No replique.


ZABULÓN

No replico.


MINGO

¿Con naricicas me vienen
enanas?


JUDAS

¡Ay cielo impío!


MINGO

¿Qué hace la sinagoga?
¿Cómo va de sabatismo?
¿Su Mesías cuándo llega?
¿Viene en mula o en pollino?


JUDAS

No profanes nuestra ley.


MINGO

Como es lejos el camino,
si viene a pie, quedarase
en algún mesón dormido.
¿No dan orden que parezca
la cruz?


ZABULÓN

Si no hemos sabido
dónde está, ¿qué hemos de hacer?


Escena IV
Pág. 086 de 115
El árbol del mejor fruto Acto III Tirso de Molina


MINGO

Luego, ¿búrlanse conmigo?
Pues los judicame Deus
adviertan lo que les digo;
que si la cruz no parece
el sábado o el domingo,
ha de criar en su casa
un lechón cada judío,
y con regalo y amor
tratarle como a sí mismo.


JUDAS

¿Lechón? Nuestra ley lo veda.


MINGO

Vede, o no, yo soy ministro,
y han de hacer lo que les mando.
No repliquen.


JUDAS

No replico.


MINGO

A fe de archicomisario,
si no callan y me indigno,
que he de mandar que en la cola
besen...


JUDAS

¿A quién?


MINGO

A un cochino.
Han de acostarle en sus camas,
ya esté puerco, ya esté limpio,
y dalle la delantera,
que es lugar de los maridos.


ZABULÓN

Señor, no permitas tal.


JUDAS

Señor, humildes pedimos
que interceda por nosotros
el oro deste bolsillo.
Cien escudos hay cabales.


MINGO

Soy ministro; no recibo.
Pero ¿no sois Judas vos?

(Apárale en la manga.)


JUDAS

Este es, señor, mi apellido.


MINGO

¿Cómo os atrevéis a dar
cien escudos, fementido?
Si fueran treinta dineros,
fuera el número cumplido
en que vendistes a Dios.


Escena IV
Pág. 087 de 115
El árbol del mejor fruto Acto III Tirso de Molina


JUDAS

(Aparte.)
 
¡Que así nos trate, Dios mío,
un villano, un ignorante!


MINGO

Oigan lo que mando y digo:
pongan en todas sus puertas,
para honrar sus frontispicios,
cada uno una cruz.


TODOS

¡Señor!


MINGO

No repliquen.


JUDAS

No replico.


MINGO

¡Por vida del comisario!,
voy a recoger bolsillos
por todos los judaizantes.
Parezca la cruz de Cristo,
o si no, de los lechones
serán ayos, que apercibo.

(Aparte.)
 
Desde aquí quiero escuchar
lo que tratan, escondido,
y si murmuran de mí,
yo haré que sueñen a Mingo.

(Escóndese MINGO.)


Escena V
Pág. 088 de 115
El árbol del mejor fruto Acto III Tirso de Molina


JUDAS, ZABULÓN, LEVÍ,
MINGO, que está oculto,
y se va al poco rato,
cuando se indique.
  
ZABULÓN

¿Fuese?


JUDAS

Sí.


ZABULÓN

¿Qué hemos de hacer
si azotados y oprimidos,
por no parecer la cruz
nos da muerte Constantino?


JUDAS

Enterráronla en un monte
nuestros pasados y antiguos,
diciéndonos el lugar,
el cual, de padres a hijos,
sabemos por tradición;
pero muertes ni peligros
no nos tienen de obligar
a descubrilla.


MINGO

(Aparte.)
 
¡Oh, qué lindo!
¡Vive Dios!, que es de provecho
mi cauteloso escondrijo.
La verdad voy apurando;
sacarela presto en limpio.


Escena V
Pág. 089 de 115
El árbol del mejor fruto Acto III Tirso de Molina


ZABULÓN

Pues ¿cómo nos libraremos
de la muerte y el castigo
que nos está amenazando?


JUDAS

Escuchad aqueste arbitrio.
Labremos luego otra cruz,
pues es de noche, de pino,
y enterrándola, diremos
que es en la que murió Cristo.


ZABULÓN

¡Linda traza!


LEVÍ

¡Bravo enredo!


MINGO

(Aparte.)
 
Si no estuviera escondido
el lobo tras las ovejas,
mejor dijera cabritos,
cruz sin duda, ¡ah narigones!
A Elena voy a decillo,
y con el hurto en las manos
los hemos de coger vivos.


JUDAS

Zabulón, trae un candil.


Escena V
Pág. 090 de 115
El árbol del mejor fruto Acto III Tirso de Molina


MINGO

(Aparte.)
 
¡Qué propia luz de judíos!


JUDAS

Ve, Leví, por la madera;
trae la azuela y el cepillo.


ZABULÓN

Vamos.


MINGO

Vayan, norabuena,
que yo me escurro pasito,
para que Elena los coja
como barbos en garlito.

(Vase MINGO.)


JUDAS

¿Cuándo tienes de venir,
Mesías santo y divino,
y librar tu pueblo triste
de tanto daño y peligro?


ZABULÓN

Estos son los instrumentos:
luz, escoplos y martillo.
  
(Sacan un candil encendido,
y unos maderos para hacer la cruz,
y herramienta.)
  

JUDAS

Alumbrad, pues, y daré
a nuestro engaño principio.


LEVÍ

La cruz en que nuestra gente
hizo heroico sacrificio
de aquel hombre galileo,
que adora el mundo por Cristo,
dicen que de cedro fue,
y haciéndola tú de pino,
dudarán de tu verdad
los cristianos atrevidos.


Escena V
Pág. 091 de 115
El árbol del mejor fruto Acto III Tirso de Molina


JUDAS

Eso está dudoso agora,
altercado entre ellos mismos
con diversas opiniones
y pareceres distintos,
Leví, sobre esa materia.
Unos dicen que se hizo
del árbol en que pecó
Adán en el paraíso,
porque desterrado dél,
un ramo llevó consigo
de aquella planta, que fue
nuestra pena y su castigo;
y plantándole lloroso
en este monte divino,
donde Salomón después
hizo el templo ilustre y rico.
Creció, emulación del Cielo,
y por extraño prodigio
nació una fuente del tronco,
de quien a formarse vino
la saludable piscina,
que de dolores distintos,
al movimiento del ángel,
sanó tantos afligidos.
Hizo Salomón cortarle,
por ser estorbo, del sitio
que eligió, sabio y discreto,
para el célebre edificio;
y enamorado de verle,
aplicarle al templo quiso
para artesón de su techo,
que asombró al arte corinto.
Labráronle codiciosos,
y ya compuesto y pulido,
procuraron aplicarle
en el pavimento rico;
pero por misterio oculto,
ya siendo grande, ya chico,
desmintiendo arquitectores,
nunca a la fábrica vino.
Por lo cual desesperados,
juzgándole por indigno
e inútil del templo santo,
mandaron que por castigo
en la piscina le echasen.
Hundiose, pero nacido
el Nazareno que adoran
los cristianos enemigos,
sobre las aguas salió.


Escena V
Pág. 092 de 115
El árbol del mejor fruto Acto III Tirso de Molina


ZABULÓN

¡Misterio jamás oído!


JUDAS

Y sacándole de allí,
le echaron en un camino,
por donde corre en cristales
el Cedrón, arroyo limpio,
puesto que tal vez crecientes
le dan ambición de río.
Sirvió en el de puente y paso,
hasta que por sus delitos
a muerte de cruz sentencia
el pretor romano a Cristo,
que por ver que era pesado,
decretaron los judíos
que dél se hiciese la cruz,
como en fin, a hacerse vino.
Murió en ella, y los cristianos
supersticiosos han dicho
que es digno de adoración,
haciéndole sacrificios.
Escondiéronle por esto
nuestros padres, y escondido
por tradición nos dejaron
donde estaba. Constantino,
que a Cristo manda adorar
con generales edictos,
con tormentos nos compele
a dársela.


Escena V
Pág. 093 de 115
El árbol del mejor fruto Acto III Tirso de Molina


ZABULÓN

Yo no afirmo
eso de aquesos milagros,
aunque así lo hayan escrito
los cristianos hechiceros.


LEVÍ

Ni yo; solamente digo
que con la fingida cruz
que labráis, a Constantino
engañamos, pues dichosos
de tantos males salimos.


Escena VI
Pág. 094 de 115
El árbol del mejor fruto Acto III Tirso de Molina


Dichos, que han estado trabajando en la cruz;
ELENA, MINGO y gente.
  
MINGO

Esta es la pura verdad,
y agora lo puedes ver.


ELENA

¿Qué hacéis aquí?


JUDAS

La crueldad
y desdicha debe ser
de nuestra infelicidad.


ZABULÓN

¡Guayas de mí!, ¿qué diremos?


ELENA

¿Qué hacéis aquí?


JUDAS

Gran señora,
del comisario tenemos
expreso mandato ahora
que si la cruz no ponemos
sobre las puertas de casa,
nos ha de mandar quemar,
que por saber lo que pasa
la queríamos labrar.


MINGO

¡Buena excusa!


LEVÍ

¡Ay suerte escasa!


Escena VI
Pág. 095 de 115
El árbol del mejor fruto Acto III Tirso de Molina


MINGO

¡Chilindrinas para Elena!
judíos, todo lo sabe,
y daros la muerte ordena,
porque a vuestra culpa grave
iguale también la pena.
Por ocultar la Cruz santa
que buscas, labrar querían
ésta, que ya los espanta,
y enterrándola decían
que por ser la instancia tanta,
decir que es la verdadera
esta que ahora labraban,
y con aquesta quimera
librarse de ti intentaban.
Escondido, desde aquí
esta traición escuché.


ELENA

Traidores, ¿esto es así?


JUDAS

Lo que te he contado fue.


MINGO

No es sino lo que yo oí.
Mándalos a puros tratos
de cuerda que el sitio digan
de la cruz, cuyos retratos
labran.


LEVÍ

¡Que nos persigan
tanto los cielos ingratos!


ELENA

Decid dónde está el madero,
donde el eterno Abraham
sacrificó al verdadero
Isaac, y el dedo de Juan
nos mostró el tierno cordero.


LEVÍ

Señora, a tener noticia
dél, huyéramos sin duda
el temor de tu justicia;
el rigor en piedad muda.


MINGO

Que la esconden de malicia,
señora.


Escena VI
Pág. 096 de 115
El árbol del mejor fruto Acto III Tirso de Molina


ELENA

¡Oh infame gente,
incrédula y contumaz!
Vive el rey omnipotente,
que restauró nuestra paz
y en la cruz murió obediente,
¡que os he de quitar la vida
a tormentos! Vayan presos.


MINGO

Garrucha hay apercibida,
judíos, mas no confesos,
nones dicen.


JUDÍOS

Bien perdida
será, pues tú lo dispones,
gran señora.


ELENA

Andad, ingratos.


MINGO

Yo, judíos socarrones,
os daré a pares los tratos
mientras dijéredes nones.

(Vase MINGO con los Judíos.)


Escena VII
Pág. 097 de 115
El árbol del mejor fruto Acto III Tirso de Molina


ELENA y CONSTANTINO.
  
CLORO

¿Qué es esto, madre y señora?


ELENA

Diligencias, hijo mío,
son de la cruz, en quien fío
que tengo de hallarla agora.
Tormento tengo de dar
a cuantos hebreos hallare
mientras la tierra ocultare
de Dios el divino altar
en que se pagó a sí mismo,
y en cuya ara misteriosa
halló la iglesia, su esposa,
su fuente y nuestro bautismo.


CLORO

Palma divina, regalado cedro
del fruto más sabroso y más suave
que la tierra gozó; nido del ave
del cielo, y no de Arabia, por quien medro.


ELENA

Restauración de Adán, cuyo desmedro
originó la culpa al hombre grave;
árbol mayor en la divina nave
que Andrés requiebra, que gobierna Pedro.


CLORO

Merezca hallaros yo, laurel divino.


ELENA

Alivie vuestro hallazgo nuestra pena.


CLORO

Enriqueced a Elena y Constantino.


ELENA

Sin vos no hay bien.


CLORO

Sin vos no hay suerte buena.


ELENA

Llave del cielo sois: abrid camino.


CLORO

Constantino os adora.


ELENA

Y busca Elena.


Escena VIII
Pág. 098 de 115
El árbol del mejor fruto Acto III Tirso de Molina


Dichos, y MINGO.
  
MINGO

Ellos dirán la verdad,
gran señora, aunque les pese.


CLORO

Escuchad: ¿qué traje es ese?


MINGO

Digno de mi autoridad.
Comisario soy, señor,
de toda la judiada
que la cruz tiene ocultada.


CLORO

¿Quién te la dio?


MINGO

Mi valor.
Si indicios he descubierto
de la cruz que oculta está
y tu madre sabe ya,
¿parécele desconcierto
que Comisario me nombre?
Dellos en oro he cobrado
salarios que no me has dado,
que no soy piedra, soy hombre,
y he de comer.


CLORO

Basta, basta.


ELENA

Indicios tengo, hijo mío,
de hallar la cruz en quien fío.


MINGO

La gente es de mala casta,
pero no seré yo Mingo,
o Jerusalén verá,
si la Cruz oculta está,
que con tocino los pringo.


CLORO

El cielo nos dé a los dos
tal ventura.


ELENA

¡Ay cielo santo!,
¿por qué nos dilatáis tanto
la dicha que estriba en vos?

(Vase CONSTANTINO.)


Escena IX
Pág. 099 de 115
El árbol del mejor fruto Acto III Tirso de Molina


ELENA, MINGO y JUDAS,
atado en una garrucha.
  
MINGO

Aquí está la guindaleta
y el delincuente.


ELENA

Colgalde
hasta que la verdad diga.


MINGO

Traidor, diréisla en el aire,
pues no queréis en la tierra.


JUDAS

¡Ay guayas de mí!


MINGO

Aunque guayes
más que cien niños de teta.


JUDAS

¿Vois sois verdugo?


MINGO

Y alcalde.
Confiesa, perro.


ELENA

Decid:
¿en qué lugar, cueva o parte
os dijeron que escondida
está la cruz, vuestros padres?


JUDAS

No sé nada, ¡ay!, no me ha dicho
cosa, mi señora, nadie,
que a sabello, lo dijera.
¡Ay!


ELENA

Dalde otro trato; dalde.


MINGO

¡Ah!, Judas, como él colgado:
¡ojalá que reventases
de la suerte que el primero!


JUDAS

¡Ah sayón!


MINGO

¡Ah escriba infame!


ELENA

¿Dónde está el Ara divina,
deificada con la sangre
de mi Dios?


JUDAS

¡Ay!, no lo sé.


MINGO

Aunque más arrojes ayes
te tengo de columpiar.
Otra aquivolta tiralde.


JUDAS

¡Ay!


ELENA

Di la verdad.


JUDAS

Sí, haré.
Haz, señora, que me bajen.
  
(Bájanlo.)


Escena IX
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El árbol del mejor fruto Acto III Tirso de Molina


ELENA

¿Dónde está la cruz divina?


JUDAS

No sé, señora.


ELENA

Sí, sabes.


MINGO

¡Oh borracho! ¿Para aquesto
pediste que te bajasen?


ELENA

Hebreo, di dónde está,
o mandaré que te maten.


JUDAS

Si no lo sé, ¿cómo puedo
decirlo, por más que mandes?


ELENA

Atormentalde otra vez.


MINGO

¡Ah de arriba! Columpiadme
a este niño.


JUDAS

¡Ay, qué tormento!


ELENA

¿Dónde está la cruz, que es llave
del alcázar celestial?


JUDAS

¡Ay!, yo lo diré.


MINGO

En el aire,
porque mientras no lo diga,
no hay pensar que han de bajarle.


JUDAS

Enterrada está en un monte
entre el Tigris y el Éufrates.


MINGO

Ya lo dijo.


Escena IX
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El árbol del mejor fruto Acto III Tirso de Molina


ELENA

¿Dónde?


MINGO

Dice
que entre los tigres y frailes.


ELENA

Morirás en el tormento,
traidor, mientras no declares
dónde está mi amada prenda.


JUDAS

¡Ay! La maldición te alcance
de Sodoma y de Gomorra.


MINGO

¡Oh! Rabino, al fin cobarde;
¿mi gorra, qué culpa tiene,
que la maldices?


JUDAS

¡Ayudadme,
Dios de Jacob, Dios de Isaac,
Mesías santo!


MINGO

Aunque llames
al menjuí y al ámbar gris.


JUDAS

Haz, señora, que me abajen,
que yo la verdad diré.


ELENA

Bájenle, pues, y matalde
si donde está no confiesa.


JUDAS

No es posible ya que calle,
que me quebrantan los güesos
y me atormentan la carnes.
¡Adiós, secretos ocultos!
¡Dios de Israel, perdonadme!
En el monte de Sión
hicieron que se enterrase,
los antiguos de mi ley,
y que encima edificasen
una casa deshonesta,
donde mujeres infames
con ganancia torpe y vil
aquel lugar profanasen.
Después Adrïano César
mandó poner una imagen
o estatua suya, y que allí
como deidad le adorasen.
Mas, vamos, señora, allá
y donde dijere, caven,
que yo sacaré la cruz,
aunque mis deudos me maten.


Escena IX
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El árbol del mejor fruto Acto III Tirso de Molina


ELENA

Vamos, pues. ¡Ay árbol mío!,
¡nido santo de aquel ave,
que es fénix de nuestro amor,
y en ti permitió abrasarse!
Si merece mi ventura
que venga, mi cruz, a hallarte,
yo haré que de plata y oro
un templo ilustre te labren,
donde te adoren y estimen,
y que el monarca más grave
por timbre de su corona
tu figura santa ensalce.
Avisen a Constantino,
acudan sus capitanes,
sus príncipes vengan todos,
los sacerdotes se llamen.
Instrumentos venturosos
traigan que la tierra aparten
que esta joya santa oculta,
digna de reverenciarse.
Yo os haré muchas mercedes
si esta joya viene a hallarse
por vos.


JUDAS

Yo la sacaré.


MINGO

Pues la verdad confesaste,
ya serás de hoy más confeso.


ELENA

¡Ay palma hermosa y suave!


JUDAS

¡Ay descoyuntados güesos!


MINGO

¡Ay, qué tocino he de darte!

(Vanse.)


Escena X
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El árbol del mejor fruto Acto III Tirso de Molina


Sale CONSTANTINO y criados.
Siéntase en una silla,
con un retrato en la mano,
y vanse los criados.
  
CLORO

Dejadme solo este rato;
ya que está ausente mi Irene,
si alma una pintura tiene,
hablaré con su retrato.
Similitud de un ingrato
pecho, que encendiendo el mío,
le provoca al desvarío
de un receloso desdén,
¿por qué, queriéndote bien
espero, si desconfío?
¿Es posible que el amor
de tu dueño fue fingido?
Pero sí, que tanto olvido
dimana de tu rigor.
Porque de Cristo el favor
sigo, ¿es razón que me deje
Irene, y de mí se queje?
Si de veras me quisiera,
mi ley Irene siguiera;
pero no hay quien la aconseje.
Los dioses falsos adora,
que es falsa su voluntad,
y en mujer la falsedad
siempre salió vencedora:
¡quién vella pudiera agora!
Un sueño me inquieta en vano.
Dormir quiero. Amor tirano,
mi peligro conjeturo,
que no dormiré seguro,
con mi enemigo en la mano.

(Duérmese.)


Escena XI
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El árbol del mejor fruto Acto III Tirso de Molina


CONSTANTINO, dormido;
IRENE, ISACIO y LISINIO, de villanos.
  
LISINIO

Entrado hemos en su tienda,
sin habernos conocido
nadie en el disfraz fingido
que nuestros pasos ofenda.


IRENE

Hoy la venganza encomienda
las armas a mi rigor;
agravio es ejecutor
que viene a satisfacerme.
Pero ¿no es este que duerme
el mudable emperador?


ISACIO

Él es, y los dioses altos
en fe que los ha ofendido,
te le dan, prima, dormido.


IRENE

Amor todo es sobresaltos.
Dentro el pecho, dando saltos
el corazón inquieto anda.
Matarle el rigor me manda;
la voluntad no obedece,
pues si la ira le endurece,
con su presencia se ablanda.
Pero venza la razón
y el desprecio de mi ley.


LISINIO

¿Qué aguardas?


IRENE

Si el gusto es ley,
monarcas mis celos son.
Cobrarán satisfacción
con su muerte. Amor, no hay más:
sujeto a mi agravio estás;
satisfacelle colijo.


Escena XI
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El árbol del mejor fruto Acto III Tirso de Molina


CLORO

(Hablando en sueños.)
 
¡Ay Irene!


IRENE

¿Irene dijo?
Pues vuélvome un paso atrás.
Quien durmiendo sueña en mí,
no me quiere mal despierto,
ni es bien que yo llore muerto
a quien vivo me ama ansí:
mas, ¡muera!


CLORO

¡Qué! ¿Te perdí?
Irene mía: ¡qué!, ¿estás
ausente? Mal pago das
a quien el alma te dio.


IRENE

¿Suya el César me llamó?,
pues doy dos pasos atrás;
que si por suya me tiene,
traidor será mi rigor
si da muerte a su señor
quien a dalle el ama viene.
Con el retrato de Irene
dormido está cuando estoy
para matalle: ¿yo soy
amante?, ¿hay tal desvarío?
¡Vos con el retrato mío!
Dos mil pasos atrás doy.
¡Mal haya el primero, amén,
que las armas inventó,
si tengo de llorar yo
por ellas el mayor bien!
¡Afuera, ingrato desdén!
¡Fuera, venganza atrevida!,
que quien ama, tarde olvida,
y si lo intenta, no acierta.
Despierta, César, despierta,
que está en peligro tu vida.


Escena XI
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El árbol del mejor fruto Acto III Tirso de Molina


CLORO

¡Válgame la cruz sagrada!
¿Qué voz el cielo me envía?
¡Irene del alma mía!


IRENE

¡Prenda por mi bien hallada!,
a matarte vine airada,
pero ¿cuándo supo amor
ejecutar el rigor
en presencia del que adora?
Corta esta mano traidora
contra su esposo y señor,
venga tu agravio en Irene.


CLORO

Sí haré con aquestos brazos,
que con amorosos lazos
mi ventura se previene.


IRENE

Lisinio a matarte viene
e Isacio, aunque el ser mi amante
le disculpa.


CLORO

¿Hay semejante
traición?, ¿hay atrevimiento
igual?


LISINIO

¡Oh mujeres!, ¡viento
en la inconstancia!


CLORO

Villano,
¿tú contra mí?: ¿tú, tirano?
¿Y el propuesto juramento?


LISINIO

El verte seguir a Cristo,
de Irene las persuasiones,
desleales ambiciones
me obligan a lo que has visto.


CLORO

¿Cómo mi enojo resisto?


ISACIO

A tus pies, pido, señor
perdón, si basta el amor
a disculpar mi delito.


Escena XI
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El árbol del mejor fruto Acto III Tirso de Molina


IRENE

Si tu cólera limito,
perdona a Isacio por mí.


CLORO

Yo le perdono por ti,
que en todo, mi bien, te imito.
Y a ti, Lisinio traidor,
indigno de mi corona;
que el que injurias no perdona,
no se llame emperador.


LISINIO

Dame esos pies.


CLORO

Mi valor
se venga desta manera.
Darte la muerte pudiera
que piden tus tiranías,
pero las ofensas mías
no se vengan. Oye, espera.


LISINIO

¿Qué mandas?


CLORO

Dos juramentos
hiciste, que has quebrantado.
Ya el uno está perdonado,
y en él tus atrevimientos.
Con martirios y tormentos
los cristianos perseguiste;
a infinitos muerte diste,
asombro siendo del mundo,
y el juramento segundo
bárbaro y cruel rompiste.
Bien puedo yo perdonar
mis agravios, pero no
los de Dios, que me mandó
sus contrarios castigar.
Vengan en ti a escarmentar
desleales y crueles,
y los romanos laureles,
sepan en mi desatino
que así venga Constantino
la sangre de sus Abeles.

(Dale muerte dentro.)


IRENE

Matole: ¡heroico valor!
Pero es justo aqueste pago
de mis servicios. ¿Qué estrago
hizo jamás el rigor
yéndole a la mano amor?
Refrenaron mis enojos
su vista.


ISACIO

Leves antojos
te disculpan, enemiga.


IRENE

Nadie que se venga diga
si ve a su amante a sus ojos.

(Vanse.)


Escena XII
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El árbol del mejor fruto Acto III Tirso de Molina


ELENA, MINGO y JUDAS, con azadas.
  
ELENA

Cruz divina, que yo adoro,
si yo os hallo, si yo os veo,
rico queda mi deseo,
infinito en su tesoro.
La primera quiero ser
que saque mi cruz, la tierra
que como mina os encierra;
merézcaos mi dicha ver.


JUDAS

En aqueste monte está,
conforme la tradición,
señora, de mi nación.


MINGO

De sepulcro os servirá
el hoyo que hemos de abrir,
si no parece, judío.


JUDAS

Que habemos de hallarla, fío.


ELENA

Ni el oro que ofrece Ofir,
mi cruz, se iguala con vos,
ni las riquezas del Asia,
ni el cinamomo y la casia,
que sois árbol de mi Dios,
lleno de valor divino.


MINGO

Comencemos a cavar.


ELENA

Haced primero llamar
a mi hijo Constantino;
no pierda el precioso hallazgo
desta joya soberana,
pues en ella el César gana
tan ilustre mayorazgo.


MINGO

Voile a llamar; mas él viene,
trocando el cetro en azada.


Escena XIII
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El árbol del mejor fruto Acto III Tirso de Molina


Dichos;
IRENE y CONSTANTINO, con una azada.
  
CLORO

Murió el tirano, y mi espada,
hermosa y querida Irene,
a vuestros pies, si es capaz,
mi bien, del que en vos encierra,
trocad mi enojo y su guerra
en vuestra amorosa paz.


IRENE

Con tanto gusto la admito,
generoso emperador,
que en fe de mi firme amor,
en cuanto hacéis os imito.
La cruz preciosa buscad,
que yo desde aquí, con vos,
a Cristo tendré por Dios
rendida mi voluntad;
que quien a un César obliga
a que la tierra grosera
cave de aquesta manera
y humilde sus pasos siga,
no es posible que no tiene
fuerza de Dios y valor.


CLORO

Echaste el sello a mi amor,
discreta y hermosa Irene,
y si idólatra te amé,
contra nuestra ley tirana,
ya agradecida y cristiana
sol de mis ojos te haré.


Escena XIII
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El árbol del mejor fruto Acto III Tirso de Molina


ELENA

Hijo, solamente a vos
os aguarda mi deseo
para buscar el trofeo
y triunfo eterno de Dios.
Con ese humilde instrumento
mostráis mayor majestad
que con él autoridad
de vuestro imperio opulento.
Vamos los dos a este monte,
preñez del parto que espero,
nacerá el sol verdadero
que dé luz a este horizonte.
Yo he de dar, postrada en tierra,
la primera azadonada.


CLORO

Si es, madre y señora amada,
el depósito esta tierra
del tesoro que esperamos,
pidamos juntos los dos
favor a su fénix Dios.


ELENA

Bien dices, hijo, pidamos.


CLORO

Puente divina, en piélago profundo,
que Dios franquea y pasa en mi reparo;
pendón del cielo, e imperial lábaro
del monarca divino sin segundo.


ELENA

Báculo de Jacob, en quien me fundo
sustentar mi esperanza; Oriente claro,
antes ocaso, donde el pueblo avaro
hizo ponerse el Sol, que alumbra el mundo.


CLORO

Arco de paz, que venturoso adoro.


ELENA

Cátedra donde Dios leyó de prima.


CLORO

Tálamo del amor, feliz misterio.


ELENA

Merezcamos hallar vuestro tesoro.


CLORO

Dadnos la joya que mi suerte anima,
y estableced con ella nuestro Imperio.

(Cavan, y suena un gran ruido,
y cae una montaña,
donde estarán las cruces.)


Escena XIII
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El árbol del mejor fruto Acto III Tirso de Molina


UNA VOZ

Constantino, sólo a vos
se reserva esta ventura.
Esta es la cruz que procura
vuestra fe, cama de Dios.


CLORO

¡Oh misterio soberano!
¡Oh celestial interés!


MINGO

Una buscáis, y son tres
las que halláis.


IRENE

César cristiano,
derretida por los ojos
sale a ver alegre el alma
este cedro, aquesta palma
que a Dios tuvo por despojos.


ELENA

Sí; pero ¿cuál dellas es
la cruz en quien Dios derrama
su sangre, y sirvió de cama
a su muerte?


CLORO

Aquí están tres.
¿Cómo haremos experiencia
de la que es joya infinita?


JUDAS

Si vuestro Dios resucita
muertos, la misma excelencia
tendrá la cruz verdadera.
Manda traer un difunto,
y aquella que diere al punto
vida al muerto, que no espera,
en tocándole, esas dudas
satisfará.


CLORO

Buen consejo.


MINGO

Sin fe le habéis dado, viejo;
mas ¿qué mucho si sois Judas?


CLORO

A Lisinio muerte di
por idólatra y traidor.
La cruz le ha de dar favor
y vida. Tráiganle aquí.


MINGO

Vamos por él.


ELENA

¡Palma santa
que veros he merecido!


CLORO

¡Que tal ventura he tenido!


IRENE

¡Que por vos, divina planta,
salí de la confusión
de la ciega idolatría!


Escena XIV
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El árbol del mejor fruto Acto III Tirso de Molina


Dichos, y
LISINIO, muerto, sobre una tabla.
  
MINGO

Ya un buitre, señor, quería
hacer con él colación.


CLORO

La cruz primera bajad,
y al muerto pongan sobre ella.


JUDAS

Si cobra la vida en ella,
yo tendré por ceguedad
la ley que el hebreo profesa
y la sinagoga adora;
yo seré cristiano agora,
si tal veo.

(Toma MINGO la primera cruz.)
  

MINGO

¡Oh, cómo pesa!
No la llevara un Sansón,
y más si sube una cuesta.
¿Quieren apostar que aquesta
fue la cruz del mal ladrón?


CLORO

Ponelda encima los dos
del difunto.


ELENA

Dadnos luz
si sois vos, divina cruz,
la que dio abrazos a Dios.


MINGO

¡Pardiós! Tan muerto se está,
como su agüelo. ¿Qué espera?,
que esta cruz ya salió huera.


CLORO

Sin duda esotra será
el árbol divino y santo.
Quitalda.


Escena XIV
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El árbol del mejor fruto Acto III Tirso de Molina


MINGO

Yo bien decía
que del mal ladrón sería
cruz, señor, que pesa tanto.
 
(Trae MINGO la segunda cruz.)
 
Pues ésta no le va en zaga.
Dándome va testimonio
que es la cruz del matrimonio,
según pesa.


CLORO

En ella se haga
la experiencia apercibida.


ELENA

Pues en la cruz dio a la muerte
muerte Dios, por nuestra suerte
dad a este muerto la vida,
si sois vos, mi cruz, la cierta
en quien se hizo aquesta hazaña.


MINGO

A la primera acompaña.


IRENE

¿Muévese?


MINGO

Sí, a esotra puerta.


CLORO

Yo he de traer la tercera,
que la fe a ello me inclina.

(Trae CONSTANTINO la cruz de Cristo.)


Escena XIV
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El árbol del mejor fruto Acto III Tirso de Molina


ELENA

Esfera de Dios divina,
si sois vos la verdadera,
sacadnos de aquestas dudas.


JUDAS

Si ella tal milagro hiciese,
sería ocasión que viese
el mundo cristiano a Judas.


CLORO

Árbol que en el Paraíso
de vida da fruto eterno,
en quien el racimo tierno
su licor exprimir quiso;
mostrad agora que en vos
nuestra ventura hemos visto.

(Pónenla sobre LISINIO,
y éste resucita.)
  

LISINIO

No hay más; Dios es Jesucristo;
Cristo es verdadero Dios.


JUDAS

Y yo cristiano desde hoy.


IRENE

Yo la ley de Cristo sigo.


CLORO

Yo de sus glorias testigo.


ELENA

Y yo mil gracias le doy.


LISINIO

Yo con penitencia larga,
cruz, por vos adquiriré
el bien que perdí sin fe.


ELENA

Mi devoción, cruz, se encarga
de haceros un templo tal,
que no iguale a vuestra iglesia
la antigua fábrica efesia,
ni el de Delfos le sea igual.


Escena XIV
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El árbol del mejor fruto Acto III Tirso de Molina


CLORO

Llevémosla entre los dos
al Calvario, donde esté,
pues en él, señora, fue
el triunfo y muerte de Dios.


ELENA

Con vuestro hallazgo, soberana planta,
granjeó nuestra dicha la riqueza
de más valor, más precio y más grandeza
que de Alejandro Grecia finge y canta.


CLORO

Yo, señal misteriosa y sacrosanta,
os pienso colocar en mi cabeza,
cifrando en vos mi vida y fortaleza,
dando a mis sucesores dicha tanta.


ELENA

No os tiene de dejar, preciosa oliva,
palma, cedro y laurel, mi justo celo,
pues deposito en vos el bien que he visto.


IRENE

La cruz de Cristo viva.


TODOS

¡La cruz viva!


CLORO

Árbol del mejor fruto, iris del cielo.


TODOS

¡Viva la cruz adonde murió Cristo!


CLORO

Ya su hallazgo habemos visto:
a su triunfo os convida
y aquí da fin el árbol de la vida.


 
FIN DE «EL ÁRBOL DEL MEJOR FRUTO»

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