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Dos liberales o lo que es entenderse. Segundo artículo

Dos liberales o lo que es entenderse. Segundo artículo
de Mariano José de Larra



Al sentar la pluma en el papel para este segundo artículo, que en nuestro número 122 del jueves dejamos prometido, mal pudiera dejar de recordar cierto lance ocurrido no ha muchos años a un buen cómico francés. Había empezado su carrera dramática con no muy buenos auspicios, y esto en tales términos, que nunca le dejaba el público llegar al fin de la representación. Escarmentado el hombre de estudiar papeles en balde, y deseoso de mudar públicos, tomó la rara resolución de no dar en cada parte más de una representación, y de no estudiar nunca más que el primer acto del papel que a su cargo tomaba. Transcurrió así algún tiempo felizmente; pero hubo de llegar un día a un pueblo donde, fuese por casualidad, fuese por alguna causa en él sobrenatural, no sólo no le silbó el público desde los primeros versos, como le solía acontecer, sino que descendieron los aplausos sobre él, como el maná sobre los israelitas. Pero bajó el telón acabado el primer acto y nuestro cómico, no habiendo estudiado el segundo, se vio precisado a salir y decir: «Señores, no hallándome acostumbrado a la acogida benévola que este ilustrado público acaba de hacerme, me veo en la triste precisión de anunciar el segundo acto para mañana, a causa de no haberlo estudiado». Con lo cual recibió la acostumbrada silba, entonces por haberlo hecho bien.

Los que hayan leído el principio de mi anterior artículo habrán comprendido ya el cuentecillo; a los que no les diré francamente que al ver por fin impreso un artículo mío en El Observador del jueves, cosa a que no estaba ya acostumbrado, me hallé en el mismo, mismísimo caso que el cómico silbado. No presumiendo que había de imprimirse nunca ni aun la primera parte de mi artículo, quedeme in pectore con la segunda.

He aquí la causa de su detención en publicarse; supuesto, sin embargo, que me he visto tan agradablemente sorprendido, vuelvo a hojear mi correo, encuentro la continuación y, tal cual es, allá sale la siguiente carta del otro liberal, si no lo han mis lectores por enojo.

Yo, señor Fígaro, con permiso del Gobierno, soy liberal de padre a hijo, porque en mi casa éste fue mal de familia. Mala herencia me dejaron; pero sobre no haber otra, quien lo hereda no lo hurta. A saber yo hurtar, otro gallo me cantara, y no tendría necesidad de ser hoy en el día liberal, que antes pudiera ser lo que me diese la gana; y así podría irme a Francia con el dinero y la maldición del público como tomar a mi cargo un buen destino de donde pudiera seguir haciendo de las mías, que el dinero llama dinero.

El hecho es que no hay nada de esto, y que en mi casa no hay más que dos cosas: mi opinión liberal, con la cual me doy a todos los diablos, y una silla en la cual me siento.

Yo fui de los primeros que tomaron las armas contra los franceses en tiempo de la Independencia: a un mismo tiempo casi acabó la guerra y la Constitución. Entonces no extrañé yo que no me diese premio el recién llegado; pero llegó el año 20 y, por más que peroré en todos los cafés de Madrid, por más patriotismo que lucí en listas públicas y motines, no pude ser nunca más que empleado en loterías. Yo fui miliciano nacional, yo pedí regencia... yo... qué sé yo lo que hice. Pero mi suerte era trabajar siempre para otros. En la guerra de la Independencia trabajé, como todos, para Su Majestad; y dejemos este cuento, que es cuento de cuentos. En la Constitución trabajé para que se hiciesen ministros unos cuantos, y para que se hiciesen ricos otros pocos. Esta es la suerte de los que vamos de buena fe. Hasta en mi empleo de loterías, al cabo, ¿qué hacía? Trabajar porque les cayese a otros. El año 23 se fue a Cádiz la patria, y yo me fui con ella. Llegué roto y descalzo, hice prodigios en el Trocadero, la cosa se puso de pésima data y cada pedazo de la patria tomó por donde pudo. Pedazo hubo que no paró hasta América. Solo yo, sin patria, que se me había ido entre las manos, y sin empleo, que se encargó un realista de regentar en Madrid durante mi ausencia, sin dinero, porque yo no había hecho más que motines, mientras que otros habían hecho pacotilla, volvime a Madrid, donde me pasé en la cárcel muy buenos meses por haber sido liberal. Los diez años, no hablemos de ellos. ¡Ojalá hubiera sido emigrado! Con solo este deseo se podrá formar idea de mi situación.

Ocurre lo de La Granja y, viendo un resquicio por donde salvar la patria, hágome cristino de aquellos primeros que en secreto casi se armaron en Madrid. A poco el ministro famoso que no quería innovaciones peligrosas debió encontrar malo que hiciéramos la innovación de ser cristinos, y salimos desterrados yo y otros pocos.

Vuelvo del destierro a fuerza de empeños, y amanece el día 27 de octubre. Los realistas amenazan a Madrid. Lleno de patriotismo salgo a salvar la patria en peligro, desarmo cuantos puedo, a riesgo de mi vida, pero pasa el peligro, ceden los rebeldes, y una autoridad a quien presento mis trofeos me prende porque la patria no necesita de mis servicios, y porque ando armado sin autorización. He aquí lo que es la suerte de los hombres. Si los realistas aprietan más, soy un héroe aquel día: cedieron pronto, y fui un desobediente, un perturbador. Si ellos hubieran vencido, me hubieran ahorcado. Mi partido fue más generoso, se contentó con prenderme.

Salgo, por fin, de la cárcel, y mi entusiasmo siempre en pie. Al fin los liberales, digo para mí, hemos de ser premiados algún día. Me presento a alistarme en las filas de la Urbana, y me dicen que habiendo perdido mis pocos bienes el año 23, no ofrezco garantías. ¡Qué bien hicieron los realistas en dejarnos sin camisa! Si nos dejan algo hubiéramos podido armarnos contra ellos. En el ínterin nace el Estatuto y las leyes fundamentales. Me presento a reclamar mi destino; pero, amigo, las leyes fundamentales no dicen nada de loterías; llévese el diablo las invenciones modernas. Por más que he registrado crónicas y partidas, nada he encontrado; me he convencido, pues, de que las loterías es una innovación. Mi empleo, pues, nada tiene que ver con la monarquía; no apoyándose mi reclamación en las leyes fundamentales, es considerada como sin fundamento.

Amplíase entretanto la Milicia, y al fin entro en ella. Me ofrezco a la patria para lo de Vizcaya, creyendo hacer falta. ¡Error! Nadie hace falta allí. Aprendo el ejercicio, y como no nos reunimos, ¿querrá usted creer, señor Fígaro, que todavía no conozco la cara de mis compañeros?

Pero no importa; ocurren no sé qué conspiraciones, y préndenme por anarquista. Se indaga, se busca; lo único que se ha descubierto es que yo he estado en la cárcel. El peligro, pues, no era para la patria, sino para mí.

Éste es mi estado, señor Fígaro. Con todo, sigo siendo liberal: así es, que no me llega la camisa al cuerpo.

En atención a estos datos, suplico a usted que se sirva no dejar dormir su pluma en ese camino de la oposición, en que ha marchado con tanta gloria; en la inteligencia de que si usted afloja, yo y los míos haremos correr por todas partes la voz de que se ha vendido usted al Ministerio.

Esto no marcha, y sólo una oposición sostenida puede salvarnos. A ellos, pues, señor Fígaro, y dóblelos usted a sátiras si quiere conservar el aprecio de su segundo servidor.

El liberal progresivo, y sin destino

Ésas son las dos cartas: las dos son liberales. Las dos de hombres de buena fe que sólo desean el bien de la patria. Si escribo en liberal, dirán unos que estoy vendido a don Carlos. Si escribo en ministerial, dirán otros que estoy vendido al Ministerio. ¡Si al menos se supiese quién paga mejor!

¡Gracias a Dios, por fin, que ya estamos de acuerdo, gracias a Dios que nos entendemos!