Don Segundo Sombra: 26


Tanto las yeguas como los caballos viejos, olfatearon el camino de la querencia. Yo también sentía contenidamente esa aproximación a mis pagos, de donde tan desplumado y dolorido había salido, jurando en mi interior no volver. Pago es patria chica y, por más que nos independicemos, nos quedan metidos dentro cuñas de goce o de dolor ya, hechos carne con el tiempo.

Sin querer apurar el galope, llegamos esa noche a Luján.

Al día siguiente, partimos y mis ojos empezaron a acostarse en lo conocido, como en un sueño evocado de intento. El olor particular de los pastos y de algún arroyo, se me metían en el pecho como en su casa.

Hicimos noche en la pulpería de «La Blanqueada» ¡qué de recuerdos! donde el pulpero nos agasajó, sin dejar de decirme al fin, palmoteándome las espaldas:

-Y ahora estoy yo a tu disposición, pa que saqués de mi casa lo que quieras, y me pagués enseguidita como yo te pagaba los bagres.

¡Muy bien! ¿Me recibirían todos así, o me mostrarían un respeto tan falso como repugnante?

Con gusto pues, dormí esa noche en el patio de la pulpería.

Al día siguiente, como no íbamos a ver a don Leandro sino a la tarde, tuve ocasión de espiar qué intenciones había en el trato de la gente.

El peluquero me saludó, como si me hubiese presentado con el traje que los príncipes usan en los cuentos de magia. Me llamó «Señor» y «Don», hasta cansarse, y ni se acordó de mi pasada indigencia, ni de mi actual ropa, ni de las propinitas con que supo pagarme algún servicio menudo.

El platero me ofreció sus vidrieras; tampoco se acordó de haberme errado un escobazo, un día en que, acompañado por algunos vagos como yo, le había preguntado si la plata que empleaba en sus trabajos ya había aprendido a andar sola, o si necesitaba entreverarse con otros amigos.

Los copetudos, que tantas veces divertí con mis audacias de chico perdido, se mostraron más cariñosos que nunca y colegí que algunos me miraban, como si me vieran la cara remendada con patacones.

Juré que ni el peluquero me cortaría el pelo, ni el platero me vendería un pasador, ni los copetudos me pagarían una copa. Por otra parte, hacía años les había hecho la cruz y me quedaría en mis veinte.

A medio día, comimos con don Segundo en «La Blanqueada», donde menudearon las bromas y los recuerdos y los proyectos. Don Pedro era por cierto el pulpero más gaucho del mundo y, antes que hablarme de riquezas, me hizo mil preguntas sobre mi larga ausencia, queriendo saber si me había hecho jinete, que tal era para el lazo, cuantas mudanzas de malambo había aprendido y si sabía descarnar bien las botas de potro.

De paso, me robó una tabaquerita bordada que llevaba en el bolsillo de la blusa y, después de concluir de comer, se fue a atender su negocio, sin más cumplimiento que el de pedirnos disculpas por no tener dependiente en el despacho.

Un rato más tarde, tomábamos el callejón, rumbo a lo de Galván.

Como fuéramos por llegar, comenzó a preocuparme mi vestuario. Nada había mudado de mis pilchas; sólo quise renovar mi chiripá, mis botas, mi chambergo, una camisa y el pañuelo del pescuezo, para estar paquete, eso sí, pero conservando mi traje de paisano.

Olvidando el buen rato pasado con don Pedro, volvió a acongojarme mi situación.

Antes, es cierto, fui un gaucho, pero en aquel momento era un hijo natural, escondido mucho tiempo como una vergüenza. En mi condición anterior, nunca me ocupé de mi nacimiento; guacho y gaucho me parecía lo mismo, porque entendía que ambas cosas significaban ser hijo de Dios, del campo y de uno mismo. Así hubiese sido hijo legítimo, el hecho de poder llevar un nombre que indicara un rango y una familia, me hubiera parecido siempre una reducción de libertad; algo así como cambiar el destino de una nube por el de un árbol, esclavo de la raíz prendida a unos metros de tierra.

Volví a pensar en que iba a ver un hombre rico y que yo era lo que los ricos tienen por la deshonra de una familia.

¡Malhaya!

Nos apeamos en el palenque de los peones, entramos a la cocina donde no había nadie. Un chico apareció, diciéndome que el patrón me esperaba en el patio de los paraísos. Sabía de antes el camino y lo encontré a don Leandro como cuando le cebaba mate.

-Arrímese, amigo -me dijo cuando me vio.

Me acerqué descubierto y tomé de lejos la mano que me ofrecía. Me miró con un cariño que me turbaba.

-Te has puesto mozo y grande -me dijo-. No tengás vergüenza. Me has conocido como patrón, pero ahora soy tu tutor y eso es casi como quien dice un padre, cuando el tutor es lo que debe ser. Veo que estás cansado -continuó, como haciendo que se equivocaba sobre mi palidez-. No es cosa de aburrirte ahora con detalles, ni consejos. Tenemos mucho tiempo por delante si Dios quiere.

Dejé de oírlo un momento. La voz continuó:

-Ya has corrido mundo y te has hecho hombre, mejor que hombre gaucho. El que sabe de los males de esta tierra, por haberlos vivido, se ha templado para domarlos...

¿Qué significaban esas palabras oídas? Yo había vivido aquello en un mundo liviano.

Cerca nuestro, había un rosal florecido y un perro overo me husmeaba las botas. Yo tenía el chambergo en la mano y estaba contento, pero triste. ¿Por qué? Me habían sucedido cosas extraordinarias y sentía casi como si fuera otro... otro que había ganado algo grande e indefinido, pero que tenía asimismo una sensación de muerte.

-Te irás de aquí cuando quieras y no antes -siguió la voz-. Allá te espera tu estancia y, cuando me necesités, estaré cerca tuyo...

Dando la conversación por terminada, don Leandro llamó hacia el lado de la cocina de los peones:

-¡Raucho!

Me sentía bien a pesar de mi crisis moral. Tenía una extraña sensación de existencia nueva.

Un muchachote, vestido a lo paisano, vino y se paró a mi lado. Don Leandro le ordenó:

-Llévelo a este mozo a que largue su caballo y muéstrele su cuarto y acompáñelo en lo que necesite y a ver si se hacen amigos.

-Sta bien padre.

Mientras íbamos caminando para el lado del palenque, miré a mi futuro amigo. Era más grande que yo, aunque no acusara más edad; parecía curtido por la vida de campo; me daba una impresión de fortaleza, de confianza en sí mismo y de alegre simpatía. Tenía una linda cabeza de facciones finas y una expresión de inteligencia franca. En conjunto un paisanito perfecto. No pude dejar de preguntarle:

-¿Usté es hijo'el patrón?

Risueño me respondía:

-Así dicen y dice él.

Llegamos al palenque. Subió en un coloradito de rienda: un redomón. Otra vez pregunté, como siguiendo mi interrogatorio reciente:

-¿Y usté mesmo se doma los caballos?

Tuteándome, como a veces se hace de primera intención entre muchachos, respondió burlón:

-Hasta aura que has venido vos.

Le miré otra vez la cara simpática, el traje, el recado.

-¿Qué me estás filiando? -preguntó a su vez.

Deseando devolverle su cordialidad bromista, le dije:

-¿Sabés lo que sos vos?

-Vos dirás.

-Un cajetilla agauchao.

-Iguales son las fortunas de un matrimonio moreno -rió-. Yo soy un cajetilla agauchao y vos, dentro'e poco, vah'a ser un gaucho acajetillao.

Nos reíamos.

Después de haberme mostrado su tropilla, volvimos para las casas, desensillamos y largamos los caballos.

Me llevó para el que debía ser mi cuarto. Miré la cama, las paredes empapeladas, el lavatorio. Lo miré a Raucho.

-¿No te hallás? -me preguntó.

-Me parece -le dije- que me vi a pasar la noche almirando las florcitas del papel.

Le hablaba con confianza, fraternalmente, como no lo hubiera hecho con ningún otro rico. Me propuso:

-Si querés tender el recao, allá por el galpón, yo te acompaño.

-¡Lindo!

Por Raucho conseguí permiso para comer en la cocina de los peones. Don Leandro debió comprender mi timidez y mandó a su hijo a que me acompañara.

Tomamos unos mates con don Segundo y con Valerio, que mostró gran alegría de verme. Yo me encontraba conmovido con los recuerdos y, como los modos y el traje de Raucho me hacían olvidar mi cambio de situación, lo llevé por donde más podía encontrarlos.

-Aquí dormí la primer noche. Estos chiqueros los barría antes de la salida'el sol. ¿Vive entuavía el petizo Sapo? ¡Vierah'ermano que contento me puse cuando volví de lo de Cuevas con el Cebrunito! ¿Está siempre Cuevas?

Me quedé suspenso, esperando la respuesta. Sentía la boca seca.

-Hace mucho que no está.

Largas horas nos pasamos, esa noche, conversando con mi nuevo amigo. No recordaba haber hablado nunca tanto y hasta me parecía que, por primera vez, pensaba con detenimiento en los episodios de mi existencia. Hasta entonces no tuve tiempo. ¿Cómo mirar para atrás ni valorar pasados, cuando el presente siempre me obligaba a una continua acción atenta? ¡Muy fácil eso de pensar, cuando minuto por minuto hay que resolver la vida misma! ¡Vaya uno a ser distraído con un redomón arisco bajo el cuerpo y saque quién pueda la cuenta de sus placeres y dolores, cuando de la claridad de la atención depende el cuero y la derrota! Cierto, había pensado mucho, mucho, pero siempre enfocando las vicisitudes() de cada segundo. Había pensado como el hombre que pelea, con los ojos bien abiertos hacia el peligro, y toda la energía pronta para ser empleada, allí mismo, sin dilaciones ni mermas.

¡Qué distinto era eso de barajar imágenes de lo pasado! Yo había vivido como en una eterna mañana, que lleva la voluntad de llegar a su medio día, y entonces, en aquel momento, como la tarde, me dejaba ir hacia adentro de mí mismo, serenándome en la revisión de lo que fue.

Como un arroyo que se encuentra con un remanso, daba vueltas y me sentía profundo, lleno de una pesada quietud.

Me cansé de hablar y de removerme el alma. Callé un rato largo.

Mi compañero se había dormido. Mejor. Ahí estaba la noche, de quien me sentía imagen.

Morirme un rato...

Hasta que la raya de luz de la aurora, viniera a tajearme a lo largo los párpados.




Don Segundo Sombra de Ricardo Güiraldes
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