Don Segundo Sombra: 22

Don Segundo Sombra: XXII de Ricardo Güiraldes

Sintiéndome merecedor de los mismos apodos que el herrero viejo, ensillé a la madrugada uno de mis tres caballos. Poca cosa para un resero. ¿Cómo me iba a ganar la vida? Nadie querría conchabarme en tal estado de inutilidad. Un gaucho de a pie es buena cosa para ser tirada al zanjón de las basuras.

La mañana no decía ni palabra. El vacaje que debía haber en esos campos, vista su riqueza en pastos, no había comenzado a vivir todavía y a gatas unos pajaritos cantaban bajito, como una canilla que gotea.

Un cielo gris, arrugado como las arenas de la playa que conocí en los malos pagos de mis aventuras, anunciaba tormenta. La tormenta que sentíamos en la blandura de los correones, las riendas y la lonja del rebenque, más floja que moco de pavo.

Pero ¡qué descanso más lindo el de esa noche, y qué gusto moverse en el aire grande que nos caía de todos lados en el cuerpo, como cariño!

Allí íbamos, siempre por el callejón o cortando campo, a la cola de nuestros pingos, acostumbrados a curiosear novedades con las orejas paradas.

Llegamos, después de cuatro días de marcha, a una estancia nueva.

La arboleda tierna asomaba apenas unas varas del suelo y las casas blanqueadas, frescas, parecían grandes con su mirador pretencioso y sus caminos y canteros, lucientes como ropa de Domingo.

El patrón era joven. Andaba bien montado y su trato con el paisanaje daba confianza.

Nos dijo que tenía unos potros bayos, por si queríamos darles los primeros galopes, y que siendo doce, regalaba dos por la amansadura.

Antes de que mi padrino tomara cartas en el asunto, me ofrecí para la changa. ¡Qué diablos! Era fuerte y me tenía fe. Ya mis primeras pruebas estaban hechas y, aunque sería ese mi estreno de domador, me sacudiría el polvo sobre los bastos, como si fuese acostumbrado. La necesidad, dicen, tiene cara de hereje y no andaba yo en trances de mostrarme más delicado de lo que era. ¿No vería el otro lado, el de la suerte? La ocasión se presentaba como la había esperado durante mucho tiempo. Dos bayos son principio de una tropilla de bayos y aquella coincidencia con mis deseos me infundió audacia.

Cuando quedamos solos, mi padrino me filió de reojo, sonriendo. Aguanté con indiferencia aquel principio de burla y, como viera mi padrino que no salía de botaratada, sino de necesidad mi compromiso, me dijo que él podía aliviarme del trabajo, tomando por su cuenta cinco de los doce baguales.

Por suerte fue así. Los siete potros me dieron suficiente quehacer.

Los ensillaba apurado, como en un sueño, siguiendo al pie de la letra los consejos de don Segundo que, al lado mío, ya alcanzándome alguna pilcha, ya apadrinándome, me guiaba paso a paso, sapientemente. Agarrábamos uno por turno y, aunque me tocara el primero y el último, tenía la ilusión de una tarea por partes iguales, sin contar la ventaja de descansar entre animal y animal.

Éramos cuatro en el corral de palo a pique. El patrón, a caballo entre nosotros, no nos perdía pisada, ni desperdiciaba ocasión de ayudarnos con alguna broma. ¿Cómo sería él para un apuro?, me preguntaba en mis adentros.

¡Qué susto tenía cuando ensillé el primero! Las piernas se me escapaban de abajo del cuerpo y me atoraba con los detalles, que por suerte eran todos previstos por mi padrino.

El más viejo de los hombres que nos ayudaban, montado en un tostado retacón, enlazaba los potros que nosotros volteábamos de un pial, para embozalarlos y enriendarlos en el suelo. Después los embramábamos en un palo, con dos o tres vueltas de maneador, y les poníamos los cueros. Por mi parte, no perdía los potros de vista, espiando indicios que pudieran anunciarme algún peligro: ¿sería flojo de cincha, se me bolearía? Entre tanto, mientras ensillaba, tenía que cuidarme de coceadas, manotones, abalanzos y caídas.

Todo está en comenzar bien, porque muy luego el optimismo crece y uno amaña con mayor empeño, siempre que no se quiera sobrar.

-No los busquen -había dicho el patrón-, pero, al que corcovee, ¡leña hasta que afloje!

¿Por qué entonces había de buscarlo al clines blancas, que me tocó de estreno? Lo dejé correr, sin gastarme de entrada, y lo rematé de vuelta con unos tirones bien sentidos.

-Ganaste una -me dijo el patrón.

Y aunque no respondí nada, me sentí como abochornado. Me creía en verdad capaz de ganar algunas, que no se me presentaran tan fáciles.

Por cierto, los bayos resultaron menos duros de pelar de lo que podían haber sido, mediando peor suerte. Corcoveaban por derecho o sin mayor empeño y ya casi me estaba dando vergüenza y ganas de buscarles pleito, cuando uno, el quinto, vino a desantojarme en tanto cuanto podía pedir.

El patrón se sonreía.

Dado que el bicho era uno de los que servían de pago por el trabajo, malicié una celada. ¿Cómo, si no tenía algún defecto o maña de chúcaro, lo habían elegido para deshacerse de él, siendo el de mejor presencia?

No queriendo pasar por sonso, dije fuerte al hombre del tostado:

-Este es el de probar los forasteros, ¿no?

El paisano no respondió sino meneando la cabeza y el patrón conservó su sonrisa. Muy bien. ¿Querían a la bruta?..., pues a la bruta andaríamos. Pero la jugada estaba hecha verdaderamente con picardía, pues siendo el potro uno de los que iban a quedar en mis manos, no quería estropearlo con una rebenqueda mayor.

Se dejó ensillar sin muchas cosquillas. Mal olor le iba tomando yo al negocio.

Todos estábamos como en misa.

Mientras lo sacaban a la playa y lo agarraban de la oreja, me resbalé las botas, para poder con más firmeza sostener los estribos, y me ajusté bien la vincha, no fuera que el pelo viniera a enceguecerme en lo mejor.

Cuanto le bolié la pierna, sentí que tenía el lomo arqueado como el de un barril y me acomodé lo más fuerte que pude. Coligiéndome bien fijo, dije despacio, sin ostentación, pues no estaba el asunto como para compadradas:

-Lárguelo no más.

Maliciaba detrás mío la sonrisita del patrón, pero no era cosa de perder la cabeza. En un segundo de tiempo pensé cruzarle de un lonjazo el hocico y desheché tal propósito, pues con ello me pondría a disposición de cualquier antojo del animal. Mejor era estudiarle los vicios. Por suerte mi padrino tomó la iniciativa.

-¡Afirmáte! -me dijo y le envolvió al potro las patas de un arriadorazo.

El animal se abalanzó, manoteando el aire, y se trabó en dos corcovos duros, para volvérseme, en un cimbrón, sobre el lado del lazo, con lo que perdió pie. Quise abrirle pero alcanzó a apretarme el tobillo por un momento, pues enseguida se enderezó, quedando a la espera como al principio. Sin embargo algo había yo perdido y es que sentía dolorido el pie; algo también había ganado y es que, a pesar de tratarse de un reservado, no pudo en su astucia y baquía desacomodarme ni un chiquito.

Mi mejor ganancia estaba en que don Segundo ya había visto de qué se trataba. Lo comprendí porque me dijo:

-No le bajés el rebenque.

Por segunda vez lo azotó por las patas y el bayo se abalanzó. La partida le iba a resultar más dura, pues mandado por mi padrino, le crucé el hocico de un rebencazo y, cuando como anteriormente se clavó a corcovear, le menudié azotes por la cabeza sin darle alce. Ni bien quiso pararse, don Segundo lo apuró a lazazos, para quitarle la maña de volverse sobre el corcovo. Entrando en el juego, aumenté la dosis de lonja, cosa que me permitía charquear en el rebenque, al par que abatatar al bruto. Y viendo mi resistencia a los sacudones, se me calentó el cuerpo y empecé a aporrearlo al bayo, al compás, repitiendo como un estribillo el dicho del patrón:

-Al que corcovee, ¡leña! y ¡leña! y ¡leña!

Y salimos por la playa, ya sin sentadas ni vueltas, arrastrados por una bellaqueada furiosa. No hubo nada que hacerle, la habíamos ganado desde el primer tirón y la seguimos ganando hasta el fin. Las riendas no me servían para afirmarme, porque el bruto sacudía tanto la cabeza, que llegaba a golpearme los estribos. Pero en el compás mismo de la rebenqueada había yo encontrado una base de equilibrio, que no perdí hasta volver a la puerta misma del corral, donde de un tirón lo hice sentar al bayo sobre los garrones. Y ya le bajé los cueros.

El patrón se acercaba a nosotros de a caballo. Con satisfacción, vi que no sonreía ya, pasando por lo contrario una mano pensativa sobre su bigote.

Con un tono de elogio me dijo:

-¡Qué padrino tenés, muchacho!

-Y -contesté- no ayudándome el cuerpo, con algo debía contar pa un apuro.

-No es que te falte con que desempeñarte -rearguyó- pero aquel hombre -insistió, aludiendo a don Segundo- no me parece ser como cualquiera de los muchos que somos.

En silencio, concluimos nuestra tarea. El último de los baguales algo se sacudió pero, después de lo pasado, me pareció un juguete.

Dejando los doce animales palenqueados con fuertes sogas, nos fuimos para la estancia.

El oficio de domador tiene sus descansos, gracias a Dios, y aunque la peonada anduviera en sus tareas de campo y no fueran más que las diez de la mañana, nosotros teníamos el derecho de matear o arreglar nuestras lonjas y recados en las casas, sin recibir órdenes de nadie.

Como tenía el tobillo un poco hinchado y doloroso, a causa del apretón, me fui hasta un pozo, cerca de la cocina, tiré un balde de agua y, con un jarrito, después de haberme descalzado, me puse a refrescarme la parte golpeada.

Aliviadito por el agua y con el cuerpo medio desencuadernado a causa de la doma, me quedé sin más pensamiento que bañarme el dolor un rato largo.

Miraba el galpón grande, la huellita que de él arrancaba hasta el pozo, los corrales un poco retirados, las cabeceadas que daban al viento unas casuarinas nuevas que señalaban el principio del monte, un cazalito de cabecitas negras que venía a beber en el surco de agua, nacido seguramente de las baldeadas...

El hombre que nos había ayudado a la mañana, enlazando los potros, vino del lado del galpón por la huellita, hasta parárseme en frente:

-Tengo un encargue pa usté -me dijo.

-Usté dirá.

-¿Es del oficio?

-¿Qué oficio?

-Domador.

-No, señor, soy resero. Solamente así, cuando la ocasión se ofrece de ganar una changa...

-Y ¿no sería gustoso de quedarse aquí, de domador? Me manda el patrón pa que le ofresca el trabajo. Yo ya estoy viejo y llevo trainta años en el oficio. Aquí vienen domadores po'l tiempo de la amansadura, y se van. El patrón, hasta aurita, no ha querido conchabar nenguno pa que se quede.

Nos fuimos caminando hasta el galpón. Me halagaba la propuesta, pero el vivir separado de mi padrino me parecía imposible.

-¿Pa mí solo es el encargue?

-Pa usté solo.

Bajo el alero del galpón, me puse a desparramar mis pilchas a fin de que se orearan. Don Segundo no estaba. El patrón vino al rato y, mirando al hombre del tostado, preguntó:

-¿Y?

-No me ha contestao entuavía. Yo le he dao el parte.

-¿Cómo te llamás? -me preguntó el patrón.

-Quisiera saberlo, señor.

El patrón frunció el ceño.

-¿No sabes de donde venís tampoco?

-¿De ande vendrá esta matrita? -comenté como para mí.

-¿De modo que ni tus padres quedrás nombrar?

-¿Padres? No soy hijo más que del rigor; juera de esa, casta no tengo nenguna; en mis pagos algunos me dicen «el Guacho».

El patrón se tiró los bigotes, después me miró de frente. Nunca nadie me había mirado tan de frente y tan por partes.

-Razón demás -me dijo- pa que te quedes conmigo.

-Siento endeveras señor, pero tengo compromisos que no puedo dejar de cumplir. Usté me disculpará..., y muchas gracias de todos modos.

El hombre se fue.

Nos sentamos con el domador, bajo el alero. Parece que el día estaba especial para los consejos, pues mi compañero, después de haber golpeado el suelo pensativamente con el rebenque, durante un tiempo, me dijo:

-Vea mocito. No es que yo quiera meterme e suh'asuntos, pero no rechace la oferta antes de pensarla. El patrón aunque es medio mandón pa'l trabajo, es servicial cuando quiere. Más de un hombre ha salido del campo con su tropilla o su majada... y, hasta yo mesmo, aunque trabajando juerte es cierto, he conseguido asegurar mi tranquilidá pa mi vejez y mis cachorros. Don Juan es generoso en la ocasión. Sabe abrir la mano grandota y es fácil que se le refalen unos patacones.

-Vea Don -contesté sobre el pucho- no es que yo quiera desmerecer a nadie, ni que inore lo que vale una voluntá, pero ¿ve aquel hombre? -dije, señalando a don Segundo que venía del corral, trayendo despacio su chiripá, familiar para mí, su chambergo chicuelo y unos maneadores enrollados-. Güeno, ese hombre también tiene la mano larga... y, Dios me perdone, más larga cuando ha sacao el cuchillo...; pero igual que su patrón, sabe abrirla muy grande y lo que en ella se puede hallar no son patacones, señor, pero cosas de la vida.

El domador se levantó, me palmeó la espalda y se fue, de pronto enmudecido. Yo me quedé muy blandito.

Y ¿qué diablos me había venido a mí de golpe, para que quisieran que me quedara y me palmearan el lomo y me anduvieran con miramientos?



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