Don Segundo Sombra: 19

Don Segundo Sombra: XIX de Ricardo Güiraldes

En un par de días, tuve tiempo para conocer los habitantes del rancho.

Con la partida de los paisanos, que habían venido a ayudar, quedaron las casas como eran siempre.

Comíamos en la cocina, los hombres: Don Candelario, dueño de casa, Fabiano, un mensual, y Numa, un muchachote tioco, de mi edad. Nos servía la mujer de don Candelario, doña Ubaldina, alcanzándonos galleta y unos platos que casi nunca usábamos pues, cortada nuestra presa del churrasco, comíamos a cuchillo, tajeando los bocados sobre la misma galleta.

Eran los únicos momentos de reunión, salvo los del mate mañanero.

El puestero era hombre afable, aunque de pocas palabras. Interrogaba siempre con tono suave y comentaba las respuestas con exclamaciones de admiración: ¡Ah, pero qué bien!, ¡no le digo!, ¡ahahá! Subía las cejas agrandando los ojos para expresar su sorpresa, con lo que corregía la indiferencia de sus bigotes caídos y ralos.

Hablando con él, tenía uno la sensación de estar diciendo siempre cosas extraordinarias. Preguntaba:

-Son campos güenos los de por allá. ¿No?

-Muy güenos, sí, señor. Campos altos y pastosos.

-¡Fíjese! (los ojitos se le asombraban).

-De lo que saben sufrir es de la seca.

-¡Pero vea!

-¡Ah, sí! cuando dentra a no querer llover, puede ir arriando la hacienda.

-¡Hágase cargo!

-Y a veces no hay más que ir cueriando por el camino.

-¡Qué temeridá!

Doña Ubaldina, chusca, enterrada en la grasa, era una chinaza afecta a la jarana, y solía pimentar sus bromas con palabrotas, que tiraba en la conversación como zapallos en una canasta de huevos.

Fabiano, que no decía nunca palabra, reía entonces con una alegría de niño y la miraba como el perro mira a la res volteada. Su contento solía llevarlo hasta el escándalo de golpearse con el puño las rodillas, exclamando: «¡Aura sí, aura sí, que la junción se ha puesto güena!» y los demás hacíamos coro a sus carcajadas.

Numa era un pazguato sin gracia, con una cara a lo bruto. Nunca estaba en nada y si no perdía las alpargatas en su lento andar de potrillo frisón, era porque se olvidaba de perderlas.

Además de esta gente, estaban las tres muchachas de las casa, de las que ya Paula me había hablado burlonamente: «¡Si las viera!..., no andaría gastando saliva en una pobrecita olvidada de Dios, como yo.» Si Dios se había acordado de ellas, debió ser en un día de mal humor. Eran unas tarariras secas y ariscas que nunca salían de la pieza. Cuando uno las sorprendía en la puerta, como lechuzas en la boca de su cueva, se llevaban por delante afanadas por disparar, o contestaban el saludo con una mueca de susto. Comían en su rincón y Paula con ellas. Pero Paula luego salía, siempre hacendosa y risueña, para alegrar el patio del rancho con su andar cadencioso, sus saludos, bromas y retruques con todos. Que Paula y las otras se llamaran igualmente mujeres, era una verdad que no entraba en mis libros.

No había tardado, ¡cómo había de tardar!, en darme cuenta de que Numa le arrastraba el ala a mi prenda. El asunto resultaba más bien ridículo. ¡Qué rival! Yo le guardaba rencor a Paula por haber inspirado amor a semejante gandul, que andaba como sonso rodeándola por donde quiera, para mirarla con ojos de ternero enlazado, suplicante y húmedo de ternura. Me reía por no saberlo hacer mejor.

Nos topábamos a cada salida o entrada en el rancho, a cada vuelta de pared. Le rogué a Paula que espantara a ese mosquito, pero sólo conseguí que me reconviniera en son de burla:

-Había sido celoso hasta de lo que no es suyo.

No digo menos; pero ¿por qué entonces esa baquía para encontrarme abajo de los paraísos, al caer la tardecita, y los cabeceos de flor en el viento, cuando le arrimaba algún requiebro halagüeño sobre su donosura y los reproches cuando por prudencia evitaba estar demasiado tiempo con ella?

-Se ha hecho chúcaro como guayquero...; tal vez está extrañando la flor de su pago y anda por ahí mandándole las cartas que no le sabe escrebir.

La mujer bonita es coqueta y buscadora, eso lo sabe todo paisano, pero a veces por poner trampas se sabe quedar enredada.

Y para no mentir, yo presumía de que Paula no me miraba con disgusto.

El pobre guachito iba bebiendo el veneno como agua bendita. Aprendía poco a poco a mirar en lo que siempre desconoció y su corazón se mareaba en esas cosas que sólo había oído mentar: cariño de mujer, gusto de no hacer nada sino remover pensamientos de amor, tranquilidad larga de convalecencia.

¿Qué puede hacer un hombre, en tal situación, y para qué sirve un gaucho que se deja ablandar por esas querencias? Tras de todo veía mi libertad, mi fuerza. Sin embargo me disculpaba con argumentas de circunstancia. Me era imposible partir antes de componerme y, en mi estado, todo trabajo remataría en nuevas dolencias. Todavía me anulaban dolorosos insomnios. Soñaba que me metían en un pozo, como poste de quebracho, y que apisonaban la tierra, haciéndome crujir los costillares y cortándome el aliento.

La viejita curandera volvió al tercer día de mi quebradura, según su promesa, y me trajo el alivio de aflojarme las vendas, dando con esto mayor juego a mi cuerpo. Pero ¡qué poca cosa para el amor es un pobre manco, que ni siquiera puede suponer un abrazo sin el consiguiente «Ay» de dolor! De abrazos, a pesar de esto, tenía llena la imaginación, cuando conversábamos con Paula detrás del rancho.

A los diez días de tal tratamiento, me sentía sano del brazo y enfermo del alma. Estaba todavía maneado por las lonjas, que me servían de vendas. Mis juegos de toma y traiga con Paula ya se servían de grandes palabras, y la antipatía entre Numa y yo, amenazaba reventar con algún rebencazo.

Esto último se resolvió de golpe.

No tuve duda de que Numa se evalentonaba viendo mi manquera. Aquel pavote se animaba a reír mirándome, aunque ninguna frase de burla acudiera en su ayuda. Me miraba y se reía.

Una tarde, lo hizo mejor que las demás y yo lo tomé peor que de costumbre, a fuerza de hartazgo. Lo mandé a que fuera a la cocina, para aprender como se despluman batituces.

Un bruto nunca hace las cosas bien. Numa embestió más que nunca la expresión de su cara. Hizo unos pasos hacia nosotros.

-¿Estaré en la escuela pa que me den liciones? -decía-. ¿Estaré en el colegio? ¿Ahá? ¿Estaré en el colegio pa que me den liciones?

Su desplante pareciéndole bueno, lo repitió hasta cansarse. Entonces, a pesar de la inquietud de Paula, me reí a mi vez con convicción. Numa se puso furioso. ¡Qué confianza no le daría mi manquera! Sacó el cuchillo y se vino derecho. Hice un paso de costado, lo que debió parecerle inverosímil, dado el tiempo que puso en rectificar la dirección de su atropellada. Tres veces se repitió la misma maniobra y ya empecé a ver, yo también, la posibilidad de concluir la jugarreta en sangre. Pero el opa de Numa daba lástima, tan sonsamente perdía el rumbo.

-State quieto -le dije amenazando-, sosegate no te vah'a llevar por delante un cuchillo.

Paula también le gritaba, pero ya nada era válido para aquella porfía. Presumí lo que iba a suceder, visto que Numa me acorralaba cada vez con más empeño.

Lo dejé venir cerca. Al tiempo que me tiraba, de abajo, un puntazo de mala intención, saqué el puñal y, de revés, mientras esquivaba el bulto, le señalé la frente para acobardarlo. Así fue. Numa dejó caer el cuchillo al suelo y quedó con las piernas abiertas y la cabeza baja, esperando su susto. La herida, un rato blanca, se llenó, como manantial, de sangre y empezó a gotear, luego a chorrear abundantemente. El infeliz estaba blanco como un papel y, largando un quejido como para escupir la entraña, se abrazó la cabeza y salió para el lado del rancho. Iba despacio. Metódicamente gruñía su ¡Ay! de idiota, mientras dejaba un rastro rojo tras de su paso. Paula se fue con él.

Me quedé solo, sin saber en qué pararía aquello. Confusamente experimentaba lástima ¿pero era mi culpa? ¿no había sido una cobardía su ensañamiento en atropellar a un hombre que creía inválido? Al fin de cuentas me daba rabia. Me habían forzado la mano y también a Paula la sentía culpable. ¿Por qué no había espantado de su vecindad a ese embeleco pegajoso? «Si tiene gusto -me dije- en andar con ese tordo en el lomo, que le aproveche». Y decidiéndome a una acción rápida, enderecé a la cocina, donde debían estar los mayores:

Al pasar frente a la pieza en que dormí la primer noche, vi al hembraje amontonado. Ahí debía estar el herido. Seguí para la cocina donde encontré a don Candelario y a Fabiano. Este último era el hombre que necesitaba.

-Güenas noches -saludé.

-Güenas noches -me contestaron.

-Me va a hacer un favor, cuñao -dije a Fabiano-. Echeme la tropilla pa este lao, que algún día si la ocasión se presienta le devolveré el servicio.

El silencioso Fabiano, salió con un gesto de aceptación, y quedé solo con don Candelario.

-Siéntese -me dijo éste y me alcanzó un mate.

-Le vi a pedir disculpa -empecé- por lo que ha sucedido. A mí me han atendido por demás bien en esta casa y vengo a pagarle con un dijusto. Sta mal sindudamente, pero, válgame Dios, que yo no he buscao el plaito...

-Deje estar -me interrumpió suavemente don Candelario-. ¿Piensa dirse?

-Dentro de un rato, sí, Señor. He faltado a la casa y quiero que me olviden cuanto antes.

-¡Pero si usté no lleva culpa!

-No le hace, Don. A lo hecho pecho. Graciah'a Dios ya estoy güeno.

Decidido, corté con el cuchillo las lonjas que me sujetaban el brazo quebrado. Hice unos movimientos con prudencia y vi que andaba bien. Don Candelario me miró sacudiendo la cabeza.

Cada hombre -dijo- sigue su destino. Si ha de ser el supo dirse, Dios lo habrá dispuesto. Lo que es por mí, puede quedarse si gusta, que nadie dirá que en mi rancho no sé ofrecer lo que pueda al que anda de mala suerte. Soy mayor que usté mocito y, eso sí, puedo darle el consejo de que se cuide de andar peliando por hembras.

-Así es -cerré, sin querer entrar en explicaciones.

Entró doña Ubaldina.

-Güenas noches.

-Güenas noches.

Dirigiéndose a su marido, dijo la puestera gorda:

-Ya lo h'emos vendao y ha parao la sangre. No ha de morir por tan poco -sonrió mirándome- ni ha de dejar de encandilarse con las polleras.

De pronto sentí que de la estúpida aventura, podía quedar un comentario sucio para Paula. Agaché la cabeza y, Dios me perdone, me sentí hondamente triste.

Salí para el patio a ver si la cruzaba para hablarla. ¡Si me la hubiera podido llevar! Creo que no hubiese dudado un momento. Estaba en estado de olvidarlo todo. Al cabo cruzó a unos metros de donde yo estaba:

-Paula, quisiera hablarla.

Me miró por sobre el hombro:

-No sé de qué -me respondió, sin detenerse.

¿Así que se iba a hacer la farsa de que yo era el solo y único culpable? ¿Era un criminal por haberme defendido?

Entré a la cocina mal dispuesto. Si un hombre cargara con palabras como las de Paula, «pitaríamos del juerte» juntos.

Al rato cayó Fabiano.

-Ahí están sus caballos.

-Gracias, cuñao.

Fabiano me ayudó a juntar mis pilchas, mi ropa, y a ensillar.

¡Qué sola me parecía la noche en que iba a entrar! Siempre, hasta entonces, lo tuve a mi padrino y con él me sentí seguro. Hasta alcanzarlo, en el puesto en que estaba trabajando, siete u ocho horas de camino, me encontraría perdido ante las sorpresas tristes que me habían deparado esos pagos de mal agüero.

Volví. Cenamos los de siempre menos Numa. Junto con el asado, mascaba yo mi despecho al que no quería dar salida.

Al concluir la cena, me despedí de los presentes. Don Candelario me acompañó hacia afuera. En el rancho de las mujeres, pegó unos puñetazos contra la puerta:

-¡Se va este mozo y quiere despedirse!

Salieron las tres tarariras flacas y Paula. Les di la mano, una por una, diciéndoles adiós. Paula fue la última.

-Siento -le dije- lo que ha pasao. No he tenido intención de agraviarla.

-No me gusta -retó nerviosa y encabritada- la gente ligera pal cuchillo.

-Tampoco -respondí- me gustan a mí las mujeres que andan haciendo engreír a la pobre gente.

Lo decía mucho por Numa y un poco también por mí. Últimamente no quería discutir y agregué:

-Le encargo muchos recuerdos pa mi amigo Patrocinio.

-Serán dados -concluyó secamente.

Ya al lado de mi caballo, me despedí de don Candelario y Fabiano, que me deseaban buena suerte.

Le bolié la pierna al Picazo. ¡Qué lindo andar bien montado y estar libre! Mi brazo derecho, aún dormido, me servía sin embargo. Me habían indicado el camino. La silbé a la madrina Garúa y eché los caballos a su cola. Lo de siempre. Pero nunca había hecho tan noche sobre mí.

Aunque el trecho que me separaba del puesto, en el que encontraría a mi padrino, era un tanto largo, me puse a andar al tranco. Llegaría recién al amanecer ¡qué importaba! tenía ganas de pensar o tal vez de no pensar, pero seguramente sí de que los últimos acontecimientos se asentaran en mi memoria. Además no quería abusar de mi brazo, por el que corrían tropelitos de cosquillas.

Miseria es eso de andar con el corazón zozobrando en el pecho y la memoria extraviada en un pozo de tristeza, pensando en la injusticia del destino, como si éste debiera ocuparse de los caprichos de cada uno. El buen paisano olvida flojeras, hincha el lomo a los sinsabores, y endereza a la suerte que le aguarda, con toda la confianza puesta en su coraje. «Hacete duro, muchacho», me había dicho una noche don Segundo, asentándome un rebencazo por las paletas. A su vez, la vida me rebenqueaba con el mismo consejo. Pero qué mal golpe que me aflojaba la voluntad hasta los caracuces, sugiriéndome la posibilidad de volver hacia atrás, con un ruego de amor para una hembra enredadora.

Contrariando mi debilidad, miraba adelante, firme.

Crucé unos charquitos llorones, que quien sabe qué dijeron bajo los vasos del caballo. También el barro se pega en las patas del que quiere caminar.

Pobre campo sufridor el de estos pagos y tan guacho como yo de cariño. Tenía cara de muerto.

La noche me apretaba las carnes.

Y había tantas estrellas, que se me caían en los ojos como lágrimas que debiera llorar para adentro.




Don Segundo Sombra de Ricardo Güiraldes
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