Don Segundo Sombra: 18

Don Segundo Sombra: XVIII de Ricardo Güiraldes

-...después se deja estar tranquilo.

Hice un gran esfuerzo para comprender lo que quería decir aquello. Vislumbraba, que era algo para mí y que debía escuchar. Pero, ¿qué quería decir? y ¿qué era esa cara de hombre, rubia, por cierto conocida, y esa otra de mujer en que dejaba estar mis ojos con placer, recordando un sentimiento borroso de gratitud tal vez? Una luz me hacía daño y todo me parecía hostil, menos la expresión de esos dos rostros.

¡Oh, el dolor de no poder comprender y la sensación de estar hombreando un mundo de pesos vagos, que sin embargo aparecían como míos! ¿Qué era cierto? Hacía un rato vivía en un mundo liviano y me lo explicaba todo:

Estábamos en la estancia de Galván, bajo los paraísos del patio; el patrón poniéndome una mano sobre el hombro me decía:

-Ya has corrido mundo y te has hecho hombre, mejor que hombre, gaucho. El que sabe los males de esta tierra por haberlos vivido, se ha templao para domarlos.

Andá no más. Allí te espera tu estancia y, cuando me necesités, estaré cerca tuyo. Acordate...

Cerca nuestro había un rosal florecido y un perro overo me husmeaba las botas. Yo tenía el chambergo en la mano y estaba contento, muy contento, pero triste. ¿Por qué? Me habían sucedido cosas extraordinarias y sentía casi como si fuera otro..., otro que había ganado algo grande e indefinido, pero que tenía asimismo una impresión de muerte.

Pero bien suponía que eso no era cierto. Verdad era mi abrumador estado de incomprensión y la lucha matadora en que me empeñaba para despojarme de esa torpe ignorancia. La luz me atribulaba; más lejos, habían sombras y algo se movía en ellas, haciéndome presumir que debía concentrar mi atención en su sentido.

-...después se deja estar tranquilo.

Llegué a un recuerdo, como a un abra en el monte:

-¡Patrocinio!

-Déjese estar no más y no se mueva.

Me dolía todo el lado derecho del cuerpo y la cabeza, también del lado derecho.

-¿Qué tengo?

-Se ha quebrao la eslilla y se ha lastimao la cabeza. Parece que el costillar lo tiene machucao.

Recordé: El toro, el tirón... Y entré claramente en la comprensión de lo sucedido y lo actual.

Pedí un vaso de agua y miré alrededor.

Estaba en una prolija pieza de rancho, acostado en un catre. Patrocinio, sentado en un banquito bajo, me espiaba de vez en cuando. Una muchacha desconocida, bonita, entró con un jarro de agua y me ayudó a enderezar la cabeza para beber. Por amor propio hubiera querido desenvolverme solo, pero por el placer que me daba su mano, soliviándome la cabeza, y un extraño sentimiento de gratitud para con su sonrisa afectuosa, me callé.

El inútil y brutal esfuerzo por comprender, había desaparecido. Estaba contento. No podía moverme.

-¡Bien haiga! -dije-. Entoavía la osamenta no se me ha desnegao pa vivir.

Patrocinio reía. Yo también. Me sentía tan agradablemente inútil que me dormí.

Al despertar fue lo más amargo.

Sin acordarme de mi mal, quise incorporarme y todo el cuerpo me gritó de dolor.

-No se mueva compañero -me advirtió una voz.

En un rincón del cuarto, aclarado por el amanecer, vi al paisano que en el rodeo había caído raboneando una vaca. Sentado sobre una matra, con la espalda apoyada en la pared, fumaba despacito, echando sus nubes de humo. Comprendí que no había dormido y pensé que estaba en la misma postura desde el día anterior a eso de las doce. «Gaucho duro», dije en mis adentros, y me prometí aguantar sin queja mi parte de dolor.

-¿No se halla mejor? -le pregunté.

-Igual no más.

-¿Durmió?

-Hasta aurita, no más.

De golpe, y por primera vez, me agobiaron las ligaduras con que me habían inmovilizado el brazo. Una lonja de cuero de oveja, con lana para adentro, me sujetaba, pasada en ocho bajo el sobaco derecho y sobre el hombro izquierdo, toda la parte superior del pecho y la paleta. La lonja tendría unos cuatro dedos de ancho y apretaba que era un contento.

-Me han maniao de lo lindo -dije en voz alta.

-El otro pajuerano ha sido -explicó el lastimado-, ése que vino con usté.

Tomé confianza porque lo hecho por don Segundo, bien hecho debía de estar. ¿Qué más quería? Quebrado de la eslilla, con los costillares machucados y un golpe en la cabeza, no podía hallarme como de baile.

Patrocinio trajo una pava caliente, se sentó en medio de la pieza, y nos estuvo cebando dulces más de una hora. Para que pudiera yo dormir, me colocó unos pellones atrás de la cabeza. Al cabo de aquel momento de tranquilidad y conversación, cayó una curandera del pago. Era una viejita seca como tasajo y arqueada del espinazo. Vino para mi lado, me saludó con tanto cariño como si me hubiera parido, me revisó las vendas, me dijo sin desvendarme que estaba quebrado en el mismo medio de la eslilla, que tenía unos raspones en el costado derecho, y que el tajo de la cabeza iba a cerrar muy pronto. Después, preguntó quién me había arreglado como estaba y dijo que no era necesario cambiar nada. Yo la miraba con cada ojo como patacón boliviano, no comprendiendo cómo sabía tan bien todo, sin siquiera revisarme. Me puso la mano sobre la cabeza y me dijo:

-Que Dios te bendiga, hijo. Dentro de tres días, con licencia'e la Virgen, vendré a verte. Te podeh'enderezar si así es tu gusto, porque estás vendao por alguien que sabe y no tenés peligro ninguno.

Sin darme tiempo para responder, se fue arrastrando las alpargatas a cucar al otro hombre. Le hizo alzar el calzoncillo más arriba de la rodilla, le dijo a Patrocinio que trajera un cabresto o un correón y le pidió a uno de los paisanos, que por curiosidad se habían agolpado en la puerta, que se arrimara a ayudarla.

-Está sacao -dijo.

La viejita hizo que Patrocinio se colocara atrás del enfermo, pasándose el maneador por debajo de los brazos, sobre el pecho, y aguantara cuando el otro paisano tirara del pie, en el momento que ella avisaría.

«Lo van a estaquear», pensé con angustia.

-¡Aura! -dijo la viejita y, en el momento en que tiró del pie el paisano y Patrocinio hacía fuerza para atrás, se apoyó con las dos manos sobre la rodilla enferma. El dolor debió ser medio regular, porque de zaino que era el herido, se puso más amarillo que patito recién salido del huevo.

-Sta güeno -dijo la curandera y aconsejó que al hombre se lo llevaran para su rancho, en algún, carrito o zorra, porque tendría para unos veinte días de no moverse. Dicho esto lo vendó con unos trapos y después de agraciarlo con un «Dios te ayude», habiéndole puesto la mano sobre la cabeza, se fue quebradita del espinazo como había entrado.

No bien la curandera se despidió, vi entrar a la muchacha que, hacía pocas horas, me había ayudado a tomar agua. Enseguida se puso a andar de un lado para otro, risueña, acomodándolo al compañero golpeado, para que pudieran llevarlo. Por mi parte no la perdía de vista ni un momento. ¡Qué chinita más linda y armadita! Era de un altor regular, tenía una cara desfachatada y alegre como un canto de jilguero y cada movimiento del cuerpo, me insultaba como un relámpago los ojos. Adivinando mi intención, me miró de soslayo y se rió. ¿Sería de las casas? ¡Qué a tiempo me había quebrado! Con tal que la convalecencia durara siquiera medio mes.

Al poco rato, lo sacaron al paisano, colocándolo sobre un cuero de vacuno soliviado por dos hombres. Me levanté en el cuarto solo y fui hasta la puerta, para presenciar su partida. En un carrito de pértigo, (el de las carneadas) lo acomodaron, con la espalda afirmada contra uno de los bastidores.

-¡Que se mejore! -le grité.

-Igualmente -contestó-. ¡Aura vamos lindo no más! -y echó las necesarias nubecitas de humo, para convencernos de que siempre era el mismo.

Se fue el carrito y la gente que lo despedía entró a la cocina, a matear seguramente. Yo también quería ir; dolor no sentía ninguno y como no me habían desnudado, me eché el pañuelo al pescuezo, mordí una punta para poder hacer el nudo, me reí de mi inhabilidad de mando y me apronté para enderezar a la cocina, que estaba en otro rancho más chiquito, haciendo escuadra con la casa. Antes de llegar a la puerta para salir, me topé con la mocita risueña.

-¿Ande va tan güeno? -me preguntó.

-...¿güeno?... Güeno soy no más. Manquera tengo pa un rato cuanti más y ya la estoy sintiendo.

-¿Andará por enlazar otra vez

-No..., pero las muchachas me van a buscar plaito en viéndome ansina, tan incapaz.

-Pobrecito. Verdá que no está como pa alzar mozas en l'anca.

En medio de su burla había un arrimo. Yo no quería dejarme tomar por infeliz, pero ya me estaban entrando ganas de buscarle el lado tierno. Serio le pregunté:

-¿Es de acá usté?

-Soy de ande más me gusta.

-¿Y por dónde le gustaría?

-Acasito no más.

-¡Bien haiga! ¡También yo sería de acasito mientras usté lo juera!

-¡Dios me ampare!

-¿Dios me ampare? ¿Seré tan desgraciao y de tan mala presencia que ni una lastimita me tenga?

En el juego de tira y afloje nos habíamos seguido sonriendo. Ella se puso seria y me dijo cordialmente:

-Siéntese en ese banquito. Yo vi'a trair un mate pa cebarle, así no anda caminando por ahí más de lo que debe.

Se fue, obedecí sentándome en el banco y esperé unos diez minutos.

Llegó con una pava, el poronguito y una yerbera, se acomodó en una silla petiza y, con gran seriedad, como si de pronto hubiese perdido el habla, se concentró en los preparativos de la cebadura.

Yo la miraba con un hambre de meses y con la emoción de todo paisano, que solamente por rara casualidad queda frente a frente con una mujer bonita. ¡Vaya si era bonita! Y sus ademanes hábiles y las muecas coquetas de flor de pago que se sabe admirada. Y las delicadezas de las manos hacendosas. Y el cambiar de posturas, de puro vicio, para ver de marearme mejor y tenerme sujeto a su vida como cinta de sus trenzas.

El tiempo pasaba.

-Sta seria la cosa -dije con malicia.

-No. Si todo va a ser chacota.

-¡Amalaya!

Cambió de tema, siempre burlona:

-¿Durmieron bien en el rancho'el bajo? Pensé que el rancho del bajo debía ser el del embrujado.

-¿Qué hombre eh'ese? -pregunté, recordando la flacura seca de don Sixto Gaitán.

-Un hombre güeno. Pobre..., aurita hemos tenido noticias dél. La noche que estuvieron ustedes en el rancho, se le murió un hijo que tenía enfermito.

-¿Qué me dice?

-Lo que oye. A cualquier hombre se le puede morir un hijo.

Entonces, asustado con aquella coincidencia y mi recuerdo, le conté la locura de don Sixto.

La chica se santiguó. Me acordé del fin de aquella relación que dice:

Quisiera darte un besito
donde decís enemigos.

-Pero ¿por qué milagro -exclamé- ha nacido una flor en un pago tan tioco?

Admitiendo con naturalidad el piropo me explicó:

-Yo no soy de aquí. He venido con mi hermano Patrocinio pa ayudar, estos días. Aquí hay tres mujeres que ¡si las viera! no andaría gastando saliva en una pobrecita olvidada de Dios como yo.

-No ser Dios -comenté- pa poderla olvidar tan fácil cuando me vaya.

-Zalamero -me dijo sin risa ni aparente emoción.

-No sé si...

En() eso entró Patrocinio.

-¿Cómo va ese cuerpo, cuñao? -interpeló.

¿Cuñao? Yo le había llamado así todo el día anterior, sin saber qué privilegio eso significaba.

-¿Sabe que va lindo? -le dije-. Ni siquiera me acuerdo'el porrazo.

-Y yo que craiba que llegaría finao. Como tres veces se me desmayó por el camino. ¿Se acuerda del trabajo que tuvimos pa alzarlo en el caballo?

-Y ¿cómo vi'acordarme, si he venido muerto todo el camino?

-No señor. Si a trechos se componía y cuando le puse el maniador pa sujetarle el brazo, usté me ayudaba y me decía: Mah'arriba..., aura va bien..., ansinita.»

Hice todo lo posible por recordar aquello pero fue inútil. Habría hablado dormido. ¡Qué larga mi pérdida de conocimiento!

Patrocinio se dirigió a la hermana:

-Andá pues Paula, que en la cocina te andarán necesitando.

Sometidamente la prenda alzó sus cachivaches y se fue. Patrocinio se sentó y volvió a hablarme de mis caballos:

-¿Y cuñao, cerramos trato?

-¿Cómo anda el bayo?

-Rengo no más.

-¿Y tiene tanto apuro por cambiarlo'e dueño?

-Le vi a decir, cuñao. Yo mañana me güelvo pa'l rancho.

Adiós, pensé. Se me va el amigo y la moza, y yo tengo que quedar como peludo de regalo en estas casas, donde ni conocidos tengo. Con razón dice el refrán que «no hay golpeado que dé con las casas». Asonsado por la noticia, ni se me ocurrió remedio a la desgracia y me largué a muerto.

-Y güeno. Lléveselos.

-Tenemos que arreglarnos por el precio.

-Será lo que usté diga.

-¿Ochenta pesos por el bayo y el lobuno?

-Son suyos.

Patrocinio quedó un rato como pensativo, luego despidiéndose con un «hasta aurita», me dejó solo.

Me levanté y di unos pasos por el cuarto, rocé un banco con la pierna y rabioso lo aventé de una patada.

Salí para afuera. Pasé cerca de Paula y me hice el que no la veía. Por detrás de las casas crucé la sombra de los paraísos, y me acodé sobre un poste del alambradito que cercaba el patio, mirando para el campo. Manco o no manco, rengo y aunque fuera sin cabeza, yo también me iría al día siguiente. Ya estaba recansado de esa tierra descomedida y no habría diablo que me sujetara, así tuviera un facón de tres brazadas.

Me saqué el sombrero, me rasqué la cabeza y me puse a silbar un estilo:

Yo me voy, yo me despido,
yo ya me alejo de vos,
quedá mi rancho con Dios.

A lo lejos vi que Patrocinio arrimaba mi tropilla. Al día siguiente, pensé, me iría con ella. No hay querencia mejor que el lomo de sus caballos para un resero, ni cama más acomodadita que sus jergas y sus pellones. «No necesito mah'embras que mis pulgas», me dije.

La voz de Paula me increpó juguetonamente:

-Oiga, mozo. Se le van a asolear los recuerdos.

Poniéndome el chambergo, me encaminé hacia ella, deseoso de volcarle encima mi despecho.

-Y usté, no va a tener tiempo pa acomodar sus adornos pa mañana.

-¿Estamos de baile?

-¿Y cómo no? De algún modo hemos de festejar la despedida.

-¿Quién se va? ¿Usté? No lo veo tan garifo como pa que lo conchaben.

Su voz se había puesto a tono con la mía. Por primera vez le observé un gesto de agria altanería:

-Por mal compuesto que esté -repliqué, no queriendo cejar- me he de ir cuantito ustedes se hayan ido.

-¿Ustedes?

Los brazos se me cayeron como alones de avestruz cansado. No comprendía y juzgué que debía tener un aspecto regularmente sonso.

-¿No se va con Patrocinio? -pregunté.

Encogiéndose de hombros y frunciendo despreciativamente los labios, me retó:

-Entoavía no tengo dueño que me ande mandando.




Don Segundo Sombra de Ricardo Güiraldes
I -

II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI - XXII - XXIII - XXIV - XXV - XXVI - XXVII