Don Segundo Sombra: 16

Don Segundo Sombra: XVI de Ricardo Güiraldes

Al caer la tarde, después de haber andado unas ocho leguas por la misma pampa triste y haber comido un resto de carne asada, que yo traía a los tientos, avistamos la gente de la población que hacía tiempo veníamos contemplando, gozosos por su verdor fresco. Allí siquiera había unos sauces, unos perros, un corralito y unos dueños de casa.

Otros paisanos llegaban ya para el trabajo del día siguiente. De lejos nos veíamos entre nuestras tropillas, mudar de caballo, preparándonos lo mejor posible. Agarré mi moro, crédito para el rodeo, porque no quería andar fallando. Le acomodé el tuse, lo desranillé y habiéndole puesto los cueros, caí al rancho cortando chiquito al compás de la coscoja. Ya cruzábamos algunas palabras con los paisanos, en el palenque. Nos mirábamos los caballos ponderándolos cortésmente:

-Lindo el bayito -dije a un hombre que se acababa de apear cerca mío- ha de ser de conseguir, dentrando al pueblo.

-¡Azotes! -reía el paisano-. ¿Y su moro?

-Medio dispuesto p'al dentro. Pero ¿qué va a hacer con una desgracia en el lomo?

-¿Ande está la desgracia?

-Un servidor -dije señalándome el pecho.

-Este sí que es güeno -dijo un viejito flaco, acodillando su cebruno petizón, que no se movió más que un fardo de lana.

-¡Ahá!... ¡Ponderan la juria'el sapo! -rió el del bayo.

-No te fiés muchacho..., no te fiés de los gallos qu'entran a la riña dando el anca -aconsejó el viejo.

Un hombre achinado y gordo, que desembarraba con el lomo del cuchillo las paletas de su overo pintado, arguyó señalando el espléndido alazán de don Segundo:

-Ese es un pingo.

Todos lo miraron con un silencio de asentimiento.

Con su voz clara y tranquila, don Segundo explicó a la gente callada:

-Lo cambié por unas tortas.

Cuando pasó la risa insistió imperturbable:

-El otro debía estar en pedo.

Era lo que habían pensado muchos sin animarse a decirlo. Don Segundo parecía querer recordar el hecho:

-Lo que no puedo acordarme es como estaba yo... Cierto que debía andar más fresco, al menos que ya hubiese llegao por la tranca a perder la vergüenza. Me parece acordarme de algo así como un barullo. La gente hasta pelió. Jue una linda diversión. Al día siguiente el paisano no se acordaba bien del cambio, pero yo le refresqué la memoria.

¿Yo le refresqué la memoria? Bien se imaginaban los oyentes la energía de esa ayuda. Además don Segundo había dicho: «La gente hasta pelió. Jue una linda divirsión.»

Ahora lo tasaban detallando su estatura, la reciedumbre de sus rasgos y sobre todo, esa tranquilidad con que debía tomar las cosas, fueran como fuesen, como si le quedaran chicas. Yo sentía por una vez más esa fuerza de mi padrino, tan rápida para suscitar en el paisanaje, reservado e incrédulo, una incondicional admiración. Sabía desconcertar quedando impasible y a la duda que por momento despertaba, sobre su inocencia aparente o su profunda malicia, seguía de inmediato el respeto y la expectativa. Como otro arte suyo era saberse ir a tiempo, aprovechó la atención general para ponerse a hablar bajo con un hombre, que estaba a su lado.

El paisano del overo me preguntó de dónde éramos.

-De San Antonio.

-¿De San Antonio? -terció el del cebruno-. Yo he sabido trabajar allá, en los campos del General Roca. Y este hombre -dijo señalando al del bayo- ha andao hace poco con arreo por esos pagos.

-¡Ahá! -contestó el aludido- en una estancia de un tal Costa.

-Acosta -corregí.

-Eso es.

Nos fuimos arrimando al rancho. En el patio grande, abajo de los sauces, ardían los fogones lamiendo la carne de los asadores. ¡Lindo olorsito!

Habría entre todos unos veinte paisanos. Al aclarar del día siguiente llegarían unos diez más. Todos venían de distantes puestos. Decididamente, iba a ser nuestra recogida un trabajo bruto y grande.

No hubo, antes de echarnos a dormir, ni muchas bromas, ni una alegría muy visible, ni guitarra. A la gente de esos pagos no parecía importarle nada de nada. Uno por uno enderezábamos al asador, cortábamos una presa, nos retirábamos a saborearla, en cuclillas. Los más salvajes y huraños desaparecían en lo oscuro, como si tuvieran vergüenza que los vieran comer o temieran que los pelearan por la presa. Como muchos, por tratarse de hacienda chúcara, habían traído sus perros, estábamos rodeados de una jauría hambrienta y pedigüeña.

Ya los fierros estaban desnudos.

Antes de acostarme dije a mi padrino:

-Lo que eh'esta noche, ansina llueva, naides me hace dentrar al rancho. Más que el abrigo'e'las paredes con un loco adentro me gusta el amparo de Dios.

-¡Bien dicho, muchacho! -comentó mi padrino, y no supe si pensaba así, o si quería simplemente que lo dejara en paz.

Antes de aclarar salimos. Me habían dado por compañeros dos mocetones de unos veinte años. Uno alto, aindiado, lampiño. El otro rubio y flaco, con ojos sesgados de gato pajero. El rubio subió en un alazancito malacara que, ni bien sintió el peso, se arrastró a bellaquear. El mocito debía tenerse fe, porque a pesar de la oscuridad lo cruzó de unos rebencazos.

-S'tás contento con la fresca -dijo después de sofrenarlo.

El campamento que anoche parecía numeroso, desapareció en la noche y la pampa, disolviéndose en direcciones distintas, como un puñado de hormigas voladoras en el aire.

Mis compañeros me echaron al medio. El trigueño tenía un recadito que de corto parecía prestado por algún hermano menor. Su caballo era un azulejo overo zarco, salvaje y espantadizo como pájaro de juncal. Las colas iban cortadas como una cuarta arriba del garrón. Los estribos, cruzados por delante hacían grupa bajo los cojinillos: modas sureras.

No decíamos palabra. Galopábamos por una huella que poco a poco se fue perdiendo, hasta dejarnos entregados al campo raso, sin más indicio de rumbo que el instinto de mis acompañantes. Pregunté no sin recelo por los cangrejales. El mocito del malacara me dijo que allí no había. En los cangrejales no podían aventurarse sino los que eran muy baqueanos y a nosotros nos habían dado un pedazo de campo limpio. Eso sí, tendríamos que cruzar los médanos y llegarnos hasta el mar, para de allí, por los arenales, echar hacia el lado del campo los animales matreros que sabían esconderse.

Nuevas curiosidades para mí: los médanos, el mar. No quise pasar por chapetón y dejé mis preguntas de lado, como una vergüenza, esperando instruirme por mis cabales.

En el cielo, las primeras claridades empezaban a alejar la noche y las estrellas se caían para el lado de otros mundos. Orillamos un bajo salitroso y unas lagunas encadenadas, en que los pájaros, medio dormidos, se espantaron de nuestra presencia. Clareó más y comenzaron a vivir los animales de la pampa. Pasamos cerquita de una osamenta hedionda, que unos treinta caranchos aprovechaban, porfiando ganársela a la completa podredumbre.

¡Qué amabilidad la de esos pagos, que se divertían en poner cara de susto!

Al querer despuntar el sol, divisamos a contra luz la línea de los médanos. Era como si al campo le hubieran salido granos.

Varios vacunos trotaron por lo alto de una loma, nos miraron un rato y huyeron disparando. Mis compañeros iniciaron los clásicos gritos de arreo.

Pronto pisamos las primeras subidas y bajadas. El pasto desapareció por completo bajo las patas de nuestros pingos, pues entrábamos a la zona de los médanos depura arena, que el viento en poco tiempo cambia de lugar, arriando montículos que son a veces verdaderos cerros por la altura.

La mañanita volvió de oro el arenal. Nuestros caballos se hundían en la blandura del suelo, hasta arriba de los pichicos. Como buenos muchachos, retozamos, largándonos de golpe barranca abajo, sumiéndonos en aquel colchón amable, arriesgando en las caídas el quedar apretados por el caballo.

Satisfechos nuestros impulsos, nos decidimos a atender el trabajo. Andábamos torpemente, hamacados por el esfuerzo del tranco demasiado blando. Ni un pasto entre aquel color fresco, que el sol nuevo teñía de suave mansedumbre. Me dijeron que en el ancho de una legua, entre tierra y mar, toda la costa era así: una majada monótona de lomos bayos, tersos y sin quebraduras, en que las pisadas apenas dejaban un hoyito de bordes curvos. ¿Y el mar?

De pronto, una franja azul entre las pendientes de dos médanos. Y repechamos la última cuesta. De abajo para arriba, surgía algo así como un doble cielo, más oscuro, que vino a asentarse en espuma blanca, a poca distancia de donde estábamos.

Llegaba tan alto aquella pampa azul y lisa que no podía convencerme de que fuera agua. Pero unas vacas galopaban por la costa misma y mis compañeros se precipitaron arena abajo hacia ellas. Me hubiera gustado quedar un rato, si más no fuera, contemplando el espectáculo vasto y extraño para mis ojos. Más vale no hacerse el gusto, que pasar por pazguato y arremetí también contra las bestias.

En la arena mojada de la orillita, dura como tabla, corríamos a lo loco. Mi Moro se hizo ver tomando la punta, descontando la ventaja que le llevaban.

Por momentos nos acercábamos. Los chúcaros corrían como gamas y, al verse apareados, se sentaban gambeteando de lo lindo. Para mejor estaban más delgados que parejeros. Errábamos los topes a porrillo. Por fin un toro, más haragán o más pesado, cayó entre el alazán y el overo. Lo paletearon hasta echarlo por entre los médanos.

Yo había seguido por detrás de una yaguanesa y la llevaba cerca. Forzándola hacia el mar, cuyo ruido me sorprendía y achicaba, hice que se resistiera y así pude arrimarle el caballo. El Moro se le prendió como tábano en la paleta y allí íbamos con la vaca afirmándonos uno con otro.

De repente entramos a pisar algo sonoro y resbaloso. Largué los estribos por las dudas. La yaguanesa, queriéndose caer, se atravesó, pero el Moro seguía echándola por delante con el impulso de la corrida. Y sucedió lo que debía suceder. Al salir del fragmento de roca resistente, encontrando la blandura de la arena, la vaca se tumbó. Sentí por el encontronazo que el Moro se daba vuelta por sobre la cabeza. «Con tal que no se quiebre» tuve tiempo de decirme, y me eché hacia atrás. Un momento se deja de pensar. El cuerpo cumple su deber por instinto. Sufrí en la planta de los pies el chicotazo del suelo. Tuve que correr unos pasos para recobrar el equilibrio. Volví sobre mi caballo, que aún se esforzaba por ponerse de aplomo. La vaca enderezándose me amagó un tope. Lleno de audacia le crucé el hocico de un rebencazo y le saqué el cuerpo. Tomé mi caballo de las riendas. Por ahí cerca venían los compañeros. ¡Pobre Moro! Lo hice caminar. Bien. Le manotié la arena del recado y las clines. Ya los dos muchachos estaban conmigo.

-¡Gran puta! -dije, y la palabra me sonó bien, aunque no fuera mal hablado-. Esta playa había sido como jeta'e comisario.

Subí dispuesto al trabajo. Por los médanos se perdió la yaguanesa. Mis compañeros se enredaban en mil dicharachos conmigo.

Comprendí que empezábamos a ser amigos.

No hay desayuno mejor que un porrazo para envalentonar el cuerpo. Estábamos más decididos para la recogida.

Después de un pesado galopar y gritar por los médanos, salimos al campo. Nuestro trabajo y el de los demás, que por ahí andarían, iba surtiendo efecto. La pampa, antes sola, se poblaba de puntas de hacienda que corrían, en montón o en hilera, para el lado opuesto al mar; para el lado de la gente hubiera dicho yo. Muy lejos, unas polvaredas indicaban las partes más numerosas de la recogida.

Ya podíamos estar más tranquilos. Las puntas se buscaban entre sí, constituyendo masas cada vez más grandes. Las huellas insensiblemente marcaban rumbos al animalaje. No teníamos más que hacer una atropellada, de vez en cuando, para que a muchas cuadras repercutiera en un apuro y hasta en huidas sin fin.

Íbamos dejando a un lado las vacas recién paridas, que nos miraban hoscas, con una cornada pronta en cada aspa. Vencíamos la distancia lentamente, por tener que ir de derecha a izquierda en una fatigosa línea quebrada.

Los balidos formaban como una cerrazón de angustia en el aire, angustia de las bestias libres agarradas por su destino de obedecer, aunque acostumbradas a no ver hombres sino a muy largas distancias y muy de tiempo en tiempo.

Allí, como a legua y media, sobre una lomada, se formó un centro de movimiento. Debía haber gente sujetando ese principio de rodeo. Y, conforme íbamos andando, aquello se agrandaba, empenachándose de una creciente nube de tierra, sumándose de todos los retazos de hacienda destinados a desaparecer allí, como llamados por una brujería.

Hacía un rato el campo estaba despejado, nosotros lo poblamos de vida, para luego irla barriendo hacia un punto, dejando el campo nuevamente solo.

Conservábamos la vista fija en el lugar del rodeo y deseábamos ya estar allí, pues poco que hacer y diversión encontrábamos en galopar atrás del vacaje cimarrón, que no se dejaba arrimar. Sin embargo anduvimos, anduvimos.

El rodeo aumentaba de tamaño, por los animales que llegaban y porque nos acercábamos. Ya el entrevero de los balidos se hacía ensordecedor, y empezamos a notar que aquello nos absorbía como única razón de ser posible, en el gran redondel trazado por el horizonte, dentro del cual todo lo demás parecía haberse anulado.

Llegamos. Algunos paisanos rondaban el tropel asustado de animales. Otros mudaban caballo. Otros con la pierna cruzada sobre la cabezada del basto, liaban un cigarro o platicaban con tranquilidad. Los caballos sudados, con los sobacos coloreando de espolazos, o embarrados hasta la panza, delataban la tarea particular a que habían sido sometidos. Reconocía caras vistas el día anterior, observaba otras nuevas.

Contemplé el rodeo. Nunca había presenciado semejante entrevero. Debían de ser unos cinco mil, contando grande y chico. Los había de todos los pelos, todos los tamaños; pero esto no estaba hecho para asombrarme. Lo que sí llamaba mi atención, era el gran número de lisiados de todas clases: unos por quebraduras soldadas a la buena de Dios, otros a causa del gusano que les había roído las carnes dejándoles anchas cicatrices. Esos animales nunca fueron curados por mano de hombres. Cuando un aspa creciendo se metía en el ojo, no había quien le cortara la punta. Los embichados morían comidos o quedaban en pie, gracias al cambio de estación, pero con el recuerdo de todo un pedazo de carne en menos. Los chapinudos criaban pesuñas con más firuletes que una tripa. Los sentidos del lomo aprendían a caminar arrastrando las patas traseras. Los sarnosos morían de consunción o paseaban una osamenta mal disimulada, en el cuero pelado y sanguinolento. Y los toros estaban llenos de cicatrices de cornadas, por las paletas y los costillares.

Algunos daban lástima, otros asco, otros risa. Los sanos y jóvenes, que eran los más porque la pampa al que anda trastabillando muy pronto se lo traga, demostraban un salvajismo tal, que se llevaban por delante, afanados en alejarse cuanto fuera posible.

Un lujo de toros de toda laya, hacía del rodeo un peligro. Ya varios andaban buscando enojarse solos.

Los atajadores tenían que quedar a cierta distancia, haciendo rueda, cosa que ocupaba a mucha gente. Más afuera las tropillas con sus yeguas maneadas, formaban el último círculo.

-¿Compañero no ha visto el venao?

Me interpelaba un paisano, bien montado en un oscurito escarciador, refiriéndose a que estábamos en ayunas.

A la verdad, nuestra hambre bien nos podía hacer ver cualquier cuadrúpedo comible, pues eran las diez y, desde las dos de la madrugada, no habíamos «matao el bichito» más que con unos cimarrones.

Miré para el lado de los carneadores, que ya llevaban a medio asar la vaquillona de año, que esa mañana habían volteado para el peonaje.

-¿Por qué no noh'arrimamos -pregunté- a tomar unos amargos si mal no viene?

No faltaban, de rodeos anteriores y anteriores carneadas, buenas cabezas de osamenta, guampudas, en que asentar el cuerpo. Después mudaría caballo. Por el momento le aflojé la cincha al Moro y me ocupé de mí mismo.

Como la noche anterior, comimos y mateamos en silencio.

Decididamente esa gente me daba gana de estar solo y, como tenía tiempo antes de empezar trabajo, dejé mate y compañía para tardarme mudando caballo, hasta que el aparte empezara. Además, me alejaba un poco de esa baraúnda de balidos que ya me estaba hinchando la cabeza. ¿Por qué -me pregunté- esa luna repentina?

Me dejé estar, ensillando el bayo, que elegí por más corajudo y duro para el trabajo. Acomodé bien matra por matra. Emparejé como tres veces los bastos. Sirviéndome de mi alesna, que llevaba siempre a los tientos, con la punta clavada en un corcho para defenderla, corregí la costura de la asidera que estaba zafada en un tiento. Acomodé los cojinillos como para ir al pueblo. Desenrollé el lazo para volverlo a enrollar con más esmero. Y como ya no tenía qué hacer, lié un cigarrillo que por el tiempo que puse en cabecearlo, parecía el primero de mi vida.

En eso oí un griterío y vi que un toro venía en mi dirección, corrido por unos paisanos.

Me le enhorqueté al Comadreja proponiéndome sacarme pronto el mal humor.

Los dejé acercarse. A breve distancia me coloqué bien a punto para llevar a cabo, mi intento. Cuando calculé por buena la distancia, grité:

-Con licencia, señores -y cerré las piernas al bayo.

Mi pingo era medio brutón para el encontronazo. Por mi parte había calculado bien. A todo correr, el pecho del bayo dio en la paleta del toro. Ayudé el envión con el cuerpo. Quedamos clavados en el lugar del tope. El toro saltó como pelota, se dio vuelta por sobre el lomo.

Había hecho una cosa peligrosa entre todas. Agarrar un animal, en toda la furia, a la cruzada, es un alarde que puede costar el cuero si la velocidad de cada animal no está calculada con toda justeza.

¡Buen principio que me comprometía para el trabajo bruto iniciado!




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